Salmos

Salmo 131
Humildad y confianza como la de un niño

La madurez espiritual requiere humildad, un alma serena y una confianza sencilla y perseverante en Dios.


Salmo 131:1 «Jehová, no se ha envanecido mi corazón ni mis ojos se han enaltecido; ni he andado en grandezas ni en cosas demasiado sublimes para mí».

El salmista describe la humildad tanto interior como exterior. El corazón envanecido representa el orgullo oculto, mientras que los ojos enaltecidos expresan una actitud de superioridad hacia los demás. Él renuncia a la necesidad de aparentar grandeza, controlar todo o comprender aquello que Dios todavía no le ha revelado.
Esta humildad no significa rechazar el conocimiento ni evitar responsabilidades importantes. Consiste en reconocer nuestros límites y depender de la sabiduría divina. La fe madura puede decir: «No comprendo todo, pero conozco el carácter de Dios». Jesucristo nos enseña que la verdadera grandeza no se encuentra en exaltarnos, sino en someternos al Padre y servir a los demás.


Salmo 131:2 «He calmado y aquietado mi alma; como un niño destetado junto a su madre, como un niño destetado está mi alma».

El niño destetado ya no permanece junto a su madre solamente para recibir alimento inmediato; puede descansar tranquilo simplemente por encontrarse en su presencia. De igual manera, el salmista ha aprendido a buscar a Dios no solo por lo que espera obtener, sino por la seguridad y comunión que encuentra junto a Él.
Calmar el alma es un aprendizaje espiritual deliberado. No significa negar las preocupaciones, sino llevarlas ante Dios hasta que dejen de gobernarnos. Mediante la oración, el recuerdo de Sus bondades y la confianza en Jesucristo, podemos descansar en Su presencia incluso cuando nuestras peticiones todavía no han recibido la respuesta deseada.


Salmo 131:3 «Espera, oh Israel, en Jehová desde ahora y para siempre».

La experiencia personal del salmista se convierte en una invitación para toda la comunidad. Después de aprender a aquietar su propia alma, anima a Israel a depositar su esperanza en el Señor. La confianza individual puede convertirse en un testimonio que fortalezca a todo el pueblo del convenio.
Esperar en Jehová «desde ahora» significa comenzar a confiar en las circunstancias presentes, no en un futuro ideal. «Para siempre» extiende esa esperanza hacia la eternidad. Las situaciones cambian y las respuestas pueden demorarse, pero Jesucristo permanece como fundamento seguro durante toda la jornada mortal y más allá de ella.


Salmo 132
El convenio davídico y la elección de Sion

Dios escogió a Sion como morada y prometió que de la descendencia de David vendría el Rey ungido, promesa cumplida finalmente en Jesucristo.


Salmo 132:5 «Hasta que halle lugar para Jehová, morada para el Poderoso de Jacob».

David expresa su determinación de preparar un lugar para la presencia de Dios. No busca solamente construir un edificio prestigioso, sino establecer una morada sagrada donde Israel pueda adorar, recibir revelación y recordar el convenio. La casa del Señor debía ocupar un lugar central en la vida del pueblo.
Este deseo también puede aplicarse personalmente. Dios no está limitado a edificios, pero espera que preparemos un lugar para Él en nuestro corazón, hogar y prioridades. Lo hacemos mediante la pureza, la oración y la fidelidad a los convenios, permitiendo que Jesucristo sea el centro de nuestra vida.


Salmo 132:7 «Entraremos en su tabernáculo; nos postraremos ante el estrado de sus pies».

Entrar en el tabernáculo y postrarse expresa reverencia, humildad y sometimiento. El adorador reconoce que se acerca al Rey celestial y que su voluntad debe rendirse ante Él. La casa de Dios no es únicamente un lugar para recibir bendiciones, sino también para ofrecer devoción y consagración.
La postura exterior debe representar una disposición interior. Postrarnos físicamente tendría poco significado si el corazón permaneciera orgulloso o desobediente. Adoramos verdaderamente cuando aceptamos la voluntad de Dios y permitimos que las enseñanzas de Jesucristo gobiernen nuestras decisiones.


Salmo 132:8 «Levántate, oh Jehová, al lugar de tu reposo, tú y el arca de tu poder».

El arca del convenio representaba la presencia, autoridad y fidelidad de Dios entre Israel. La oración pide que el Señor establezca Su morada en el santuario preparado para Él. El verdadero poder no residía mágicamente en el arca, sino en Jehová y en la relación de convenio que esta simbolizaba.
El «reposo» de Dios señala un lugar consagrado donde Su presencia puede permanecer entre un pueblo santo. Del mismo modo, los templos son casas dedicadas a Su nombre. Sin embargo, recibir Su gloria requiere más que disponer de un edificio: exige un pueblo dispuesto a honrar los convenios realizados allí.


Salmo 132:9 «Tus sacerdotes se vistan de justicia, y se regocijen tus santos».

La justicia aparece como una vestidura que debe caracterizar a quienes sirven en funciones sacerdotales. La autoridad religiosa no es suficiente por sí sola; debe estar acompañada de integridad, pureza y fidelidad. Quien representa a Dios tiene la responsabilidad de procurar reflejar Su carácter.
El regocijo de los santos se relaciona con un servicio sacerdotal ejercido en rectitud. Cuando la autoridad se utiliza para ministrar, enseñar y bendecir, el pueblo recibe gozo y seguridad espiritual. Jesucristo es el modelo perfecto del sacerdocio: empleó Su poder para sanar, servir y salvar.


Salmo 132:11 «En verdad juró Jehová a David y no se retractará de ello: Del fruto de tu cuerpo pondré sobre tu trono».

Este versículo recuerda el convenio de Dios con David: un descendiente suyo ocuparía el trono. Aunque la monarquía terrenal de Judá llegó a su fin, la promesa apuntaba más allá de una sucesión política inmediata hacia el Mesías que establecería un reino eterno.
Jesucristo nació en el linaje de David y cumplió plenamente esta promesa. Su trono no depende de fronteras ni instituciones mortales, y Su reinado no tendrá fin. Dios demostró así que no se retracta de Su palabra, aunque su cumplimiento llegue de una forma más amplia de lo que las personas esperaban.


Salmo 132:12 «Si tus hijos guardan mi convenio y mi testimonio que yo les enseñaré, sus hijos también se sentarán sobre tu trono para siempre».

Las bendiciones del convenio davídico incluían condiciones de obediencia para los descendientes que ocuparan el trono terrenal. La ascendencia por sí sola no garantizaba la aprobación divina. Cada generación debía guardar el convenio y recibir la instrucción de Dios con fidelidad.
Este principio se aplica a todas las familias del convenio. Una herencia espiritual es una gran bendición, pero no sustituye la conversión personal. Cada generación debe escoger a Jesucristo, recibir Sus enseñanzas y guardar sus propios convenios. La fe puede transmitirse mediante el ejemplo, pero debe ser aceptada individualmente.


Salmo 132:13 «Porque Jehová ha escogido a Sion; la quiso por habitación para sí».

Dios escogió a Sion como lugar de Su morada entre el pueblo. Esta elección no significaba que pudiera ser contenido en una ciudad, sino que allí manifestaría Su presencia y establecería una comunidad de convenio dedicada a la santidad, la justicia y la adoración.
Sion también representa a los puros de corazón. El Señor desea morar con personas unidas en Jesucristo, libres de contención y comprometidas con el cuidado de los necesitados. Edificar Sion significa preparar tanto lugares sagrados como corazones capaces de recibir la presencia divina.


Salmo 132:15 «Bendeciré abundantemente su provisión; a sus pobres saciaré de pan».

La presencia de Dios en Sion debe manifestarse en el cuidado de las necesidades temporales. El Señor promete provisión abundante y presta atención especial a los pobres. Una comunidad no refleja plenamente el carácter divino si disfruta de adoración y abundancia mientras permite que sus miembros padezcan hambre.
Con frecuencia, Dios cumple esta promesa mediante la generosidad y consagración de Su pueblo. Jesucristo alimentó a los hambrientos y enseñó a cuidar de los necesitados. Edificar Sion requiere compartir recursos para que nadie quede abandonado y todos puedan participar de las bendiciones comunes.


Salmo 132:16 «Asimismo vestiré de salvación a sus sacerdotes, y sus santos darán voces de júbilo».

En el versículo 9 se pide que los sacerdotes se vistan de justicia; aquí Dios responde prometiendo vestirlos de salvación. La justicia humana necesita ser completada por la gracia divina. Quienes sirven al Señor dependen, como todos los demás, del poder redentor de Jesucristo.
Cuando el sacerdocio se ejerce en rectitud y bajo la gracia del Salvador, los santos reciben motivos para regocijarse. La verdadera autoridad espiritual conduce hacia Cristo, administra ordenanzas y ayuda al pueblo a acceder a las bendiciones de la Expiación. Su fruto no es la exaltación del ministro, sino la salvación y el gozo de quienes reciben el servicio.


Salmo 132:17 «Allí haré retoñar el poder de David; he dispuesto lámpara para mi ungido».

El «poder» —literalmente, el cuerno— simboliza fuerza, autoridad real y victoria. Dios promete hacer surgir nuevamente el poder de la casa de David. La lámpara representa continuidad, esperanza y una dinastía cuya luz no sería extinguida definitivamente.
Ambas imágenes señalan hacia Jesucristo, el Ungido y legítimo Rey davídico. Él es el retoño prometido y la Luz que brilla en las tinieblas. Aunque la monarquía de David pareció desaparecer, Dios conservó Su promesa y la cumplió en un Rey resucitado cuyo poder y reino permanecen para siempre.


Salmo 133
La bendición de la unidad

La unidad del pueblo del convenio es santa, agradable ante Dios y crea un ambiente donde Él puede derramar bendiciones espirituales.


Salmo 133:1 «¡Mirad cuán bueno y cuán agradable es que los hermanos habiten juntos en unidad!».

La unidad es «buena» porque concuerda con la voluntad de Dios y «agradable» porque produce gozo, confianza y fortaleza entre Su pueblo. No significa que todos deban tener idénticas personalidades u opiniones, sino que permanecen unidos por la fe, el amor y los propósitos del convenio.
Esta unidad requiere más que la ausencia de discusiones. Se edifica mediante humildad, perdón, paciencia y disposición para escuchar. Jesucristo es su centro y modelo: cuanto más nos acercamos a Él, más aprendemos a abandonar la contención y a reconocer a los demás como miembros de una misma familia divina.


Salmo 133:2 «Es como el buen óleo sobre la cabeza, el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón».

El óleo derramado sobre Aarón representaba su consagración como sumo sacerdote. Al comparar la unidad con ese aceite sagrado, el salmista enseña que vivir unidos no es simplemente una conveniencia social; posee un carácter santo y está relacionado con la presencia y la autoridad de Dios.
El óleo desciende desde la cabeza hasta las vestiduras, comunicando abundancia y extensión. De manera semejante, la unidad inspirada por el Espíritu puede fluir desde Jesucristo, la cabeza de Su Iglesia, y alcanzar a todo el cuerpo del convenio. Donde prevalecen el amor y la consagración, el servicio del sacerdocio puede bendecir con mayor eficacia.


Salmo 133:3 «Porque allí envía Jehová bendición y vida eterna».

«Allí» se refiere al lugar espiritual donde el pueblo habita en unidad. Dios puede derramar bendiciones especiales sobre una comunidad cuyos integrantes procuran amarse, servirse y reconciliarse. La unidad crea un ambiente en el cual el Espíritu puede morar y la obra del Señor puede avanzar.
La culminación de esas bendiciones es la vida eterna, que no consiste solamente en existir para siempre, sino en vivir en comunión con Dios y con Su familia. Prepararnos para ella requiere aprender ahora a amar como Jesucristo. La unidad del convenio es, por tanto, una anticipación de la vida celestial.


Salmo 134
Bendecir al Señor en Su casa

Quienes sirven en la casa del Señor lo adoran con reverencia y reciben bendiciones del Creador desde Sion.


Salmo 134:1 «Mirad, bendecid a Jehová vosotros todos los siervos de Jehová, los que estáis por las noches en la casa de Jehová».

Los siervos que permanecían durante la noche en la casa del Señor continuaban la adoración cuando la mayoría del pueblo descansaba. Su servicio silencioso enseña que la obra de Dios también avanza mediante labores discretas que quizá no reciben reconocimiento público, pero que son conocidas y valoradas por Él.
Bendecir a Jehová significa alabar Su nombre, expresar gratitud y reconocer Su grandeza. Aun durante las «noches» simbólicas de aflicción o incertidumbre, podemos continuar adorándolo. La fe madura no alaba solamente cuando brilla el día, sino que permanece fiel cuando todavía espera la llegada de la luz.


Salmo 134:2 «Alzad vuestras manos al santuario y bendecid a Jehová».

Alzar las manos era una expresión de oración, reverencia y entrega. Las manos abiertas pueden simbolizar que el adorador no oculta nada delante de Dios y se encuentra dispuesto tanto a ofrecerle su servicio como a recibir Su voluntad. La adoración involucra así el corazón y el cuerpo.
Dirigir las manos hacia el santuario también orientaba toda la vida hacia la presencia divina. Para nosotros, este gesto puede representar la decisión de volver el corazón al Señor y vivir de acuerdo con los convenios. Bendecimos verdaderamente a Dios cuando nuestras acciones cotidianas armonizan con las palabras que pronunciamos durante la adoración.


Salmo 134:3 «Desde Sion te bendiga Jehová, el que hizo los cielos y la tierra».

Después de que los siervos bendicen al Señor, reciben una bendición procedente de Sion. Esto muestra el intercambio sagrado de la adoración: ofrecemos gratitud y consagración, mientras Dios concede gracia, fortaleza y paz. No ganamos Sus dones mediante la alabanza, pero abrimos el corazón para recibirlos.
Aquel que bendice desde Sion es el Creador de los cielos y la tierra. Su poder universal no le impide acercarse personalmente a cada adorador. El Dios que gobierna la creación conoce nuestras necesidades individuales y puede acompañarnos desde Su casa hasta todas las responsabilidades de la vida cotidiana.


Salmo 135
El Dios vivo y soberano

Jehová es el Dios vivo que gobierna, juzga y muestra compasión; los ídolos son impotentes y hacen espiritualmente insensibles a quienes confían en ellos.


Salmo 135:1 «Alabad el nombre de Jehová; alabadle, siervos de Jehová».

Alabar el nombre de Jehová significa reconocer Su carácter, autoridad y obras. Sus siervos reciben una invitación especial porque quienes ministran en Su nombre deben ser los primeros en recordar que la gloria pertenece a Dios y no a ellos.
El servicio y la adoración deben permanecer unidos. Podemos cumplir responsabilidades religiosas externamente y, aun así, olvidar a quién servimos. Cuando alabamos sinceramente al Señor, nuestro servicio se vuelve más humilde, agradecido y centrado en Jesucristo.


Salmo 135:3 «Alabad a Jehová, porque él es bueno; cantad salmos a su nombre, porque es agradable».

La razón principal para alabar es que Dios es bueno. Su bondad no depende de que todas nuestras circunstancias sean agradables, sino que forma parte de Su naturaleza perfecta. Podemos confiar en que aun Sus correcciones y Sus tiempos están guiados por sabiduría y amor.
Cantar a Su nombre es «agradable» tanto para Dios como para el alma que lo adora. La alabanza ordena nuestros pensamientos, despierta gratitud y nos ayuda a recordar Sus beneficios. En momentos difíciles, un himno puede convertirse en oración y devolver al corazón una perspectiva de fe.


Salmo 135:4 «Porque JAH ha escogido a Jacob para sí, y a Israel como posesión suya».

Enseña que Israel fue escogido por el Señor para pertenecerle como pueblo del convenio y cumplir una misión sagrada entre todas las naciones. Esta elección no significa superioridad ni favoritismo, sino responsabilidad: recibir Su evangelio, guardar Sus mandamientos y llevar Sus bendiciones a toda la humanidad. Mediante la fe en Jesucristo, el arrepentimiento y los convenios, todas las personas pueden ser contadas entre la casa de Israel y participar en su recogimiento. Ser posesión del Señor significa entregarle el corazón, representar dignamente Su nombre y colaborar con Él para que Sus hijos reciban las bendiciones de la salvación.

Russell M. Nelson: “La definición moderna que da el diccionario sobre la palabra ‘peculiar’ es ‘insólito’, ‘excéntrico’ o ‘extraño’. ¿Es acaso eso un cumplido?
“Pero el vocablo ‘peculiar’, como se usa en la Biblia, es muy diferente. En el Antiguo Testamento, el termino hebreo del cual se tradujo la palabra peculiar es ‘segula’, que significa ‘propiedad apreciada’ o ‘tesoro’. …
“Y así vemos que el vocablo ‘peculiar’, que se emplea en las Escrituras, significa ‘especial tesoro’, ‘pueblo único’ o ‘de su exclusiva posesión [de Dios]” (véase Salmos 135:4). Para nosotros, el que siervos del Señor nos describan con esos adjetivos es un excelso cumplido”. (Russell M. Nelson del Cuórum de los Doce Apóstoles, conferencia general de abril de 1995, “Los hijos del convenio”)


Salmo 135:5 «Porque yo sé que Jehová es grande y nuestro Señor está sobre todos los dioses».

El salmista habla desde una convicción personal: «yo sé». Jehová no es simplemente uno entre muchos poderes comparables; es supremo sobre todo ser, autoridad y objeto de adoración. Su grandeza abarca poder, sabiduría, santidad y misericordia perfectos.
Reconocer Su supremacía nos invita a examinar nuestras lealtades. Los «dioses» modernos pueden ser la riqueza, la aprobación, el poder o cualquier cosa que gobierne el corazón. Confesar que Jesucristo es Señor significa colocar Su voluntad por encima de todos esos competidores.


Salmo 135:6 «Todo lo que Jehová quiere, lo hace en los cielos y en la tierra».

Dios posee poder soberano para efectuar Su voluntad en toda la creación. Ningún acontecimiento, autoridad ni fuerza natural puede frustrar definitivamente Sus propósitos. Lo que Él ha prometido se cumplirá conforme a Su sabiduría y en Su tiempo.
Esta soberanía no significa que Dios actúe caprichosamente ni que apruebe todo cuanto ocurre. Su voluntad siempre concuerda con Su carácter justo y amoroso, aunque permita que Sus hijos ejerzan el albedrío. Podemos confiar en que finalmente corregirá el mal y hará que Su plan de salvación prevalezca.


Salmo 135:13 «Oh Jehová, eterno es tu nombre; tu memoria, oh Jehová, de generación en generación».

El nombre eterno de Jehová expresa la permanencia de Su identidad, Su carácter y Su autoridad. Las generaciones humanas pasan y los imperios desaparecen, pero Dios permanece inmutable. Ninguna época vuelve anticuada Su verdad ni agota Su misericordia.
Su memoria de generación en generación también alude al testimonio transmitido por Su pueblo. Los padres y maestros tienen la responsabilidad de relatar Sus obras a quienes vienen después. Cada generación debe conocer por sí misma al mismo Dios que sostuvo a las anteriores.


Salmo 135:14 «Porque Jehová juzgará a su pueblo y tendrá compasión de sus siervos».

El juicio y la compasión aparecen unidos en Dios. Él corrige a Su pueblo porque es justo, pero no lo abandona porque es misericordioso. Su disciplina busca despertar el arrepentimiento, restaurar el convenio y proteger a Sus hijos de las consecuencias eternas del pecado.
Esta armonía se manifiesta perfectamente en Jesucristo. Mediante Su expiación, la justicia puede satisfacerse y la misericordia alcanzar al arrepentido. El Juez divino conoce nuestras obras y también nuestras debilidades, intenciones y oportunidades, por lo que Su juicio será perfectamente recto y compasivo.


Salmo 135:15–17 «Los ídolos tienen boca, ojos y oídos, pero no hablan, ven ni escuchan».

Los ídolos poseen la apariencia de vida, pero carecen de toda capacidad para responder. No pueden revelar verdad, contemplar el sufrimiento ni escuchar una oración. El salmista contrasta su impotencia con Jehová, quien habla, ve, oye y actúa en favor de Su pueblo.
Los ídolos actuales no siempre son figuras materiales. Cualquier cosa que reciba nuestra confianza suprema sin poder salvarnos ocupa su lugar: el dinero, el prestigio, el placer o una ideología. Pueden prometer seguridad, pero permanecen incapaces de perdonar el pecado, vencer la muerte o satisfacer las necesidades eternas del alma.


Salmo 135:18 «Semejantes a ellos son los que los hacen y todos los que en ellos confían».

Aquello que adoramos termina moldeando nuestro carácter. Quienes confían en ídolos sin vida se vuelven espiritualmente insensibles: dejan de escuchar la verdad, contemplar las obras de Dios y responder con compasión. La adoración nunca es neutral; siempre nos transforma a semejanza de su objeto.
La promesa implícita también es esperanzadora. Si centramos nuestra adoración en Jesucristo, comenzamos a adquirir Sus atributos de amor, santidad y misericordia. Al contemplarlo, obedecerlo y seguir Su ejemplo, el Espíritu nos transforma gradualmente para que lleguemos a ser más semejantes a Él.


Salmo 136
Su misericordia permanece para siempre

La creación, la liberación, la provisión y la redención son manifestaciones de la misericordia eterna de Dios.


Salmo 136:1 «Alabad a Jehová, porque él es bueno, porque para siempre es su misericordia».

El salmo comienza afirmando que la alabanza se fundamenta en el carácter de Dios: Él es bueno. Su bondad no cambia según nuestras circunstancias ni depende de nuestra comprensión limitada. Todo cuanto hace se encuentra en armonía con Su sabiduría, justicia y amor perfectos.
La frase «para siempre es su misericordia» se repite a lo largo de todo el salmo para grabar esta verdad en el corazón. La inconstancia humana no agota la compasión divina. Mediante Jesucristo, siempre existe un camino de arrepentimiento, restauración y regreso a la presencia de Dios.

Jeffrey R. Holland: “Una conferencia general de la Iglesia es una declaración a todo el mundo de que Jesús es el Cristo, que Él y Su Padre, el Dios y Padre de todos nosotros, se aparecieron al joven profeta José Smith en cumplimiento de esa antigua promesa de que el Jesús de Nazaret resucitado volvería a restaurar Su Iglesia en la tierra. … Esta conferencia, y toda otra conferencia similar a ésta, es una declaración de que Él condescendió en venir a la tierra en la pobreza y la humildad para afrontar el dolor y el rechazo, la desilusión y la muerte a fin de que pudiésemos ser salvos de esa misma suerte a medida que se despliega nuestra eternidad. … Esta conferencia proclama a toda nación, tribu, lengua y pueblo la amorosa promesa Mesiánica de que ‘para siempre es su misericordia’ (Salmo 136:1)”. (Jeffrey R. Holland del Cuórum de los Doce Apóstoles, conferencia general de octubre de 2006, “De nuevo llegaron profetas a la tierra”)


Salmo 136:3 «Alabad al Señor de los señores, porque para siempre es su misericordia».

Llamar a Jehová «Señor de los señores» proclama Su autoridad suprema sobre todo gobernante, ser celestial y poder terrenal. Ninguna autoridad es independiente de Él ni puede frustrar definitivamente Sus propósitos. Todos deberán finalmente rendir cuentas ante Su gobierno.
Sin embargo, Su soberanía no es tiránica, porque está dirigida por una misericordia eterna. Jesucristo, Rey de reyes y Señor de señores, utilizó Su poder para servir, sanar y salvar. Su autoridad inspira reverencia y también confianza, porque se encuentra eternamente unida al amor.


Salmo 136:4 «Al único que hace grandes maravillas, porque para siempre es su misericordia».

Las maravillas de Dios incluyen la creación, la liberación de Israel y las numerosas intervenciones mediante las cuales sostuvo a Su pueblo. Esas obras no son simples demostraciones de poder; cada una revela que Su grandeza está orientada hacia propósitos misericordiosos.
La mayor de Sus maravillas es la redención efectuada por Jesucristo. Mediante Su expiación y resurrección, el Señor hizo posible lo que ningún ser humano podía realizar: vencer el pecado y la muerte. Cada corazón transformado por Su gracia continúa testificando que Dios todavía obra maravillas.


Salmo 136:5–6 «Al que hizo los cielos con entendimiento… al que extendió la tierra sobre las aguas, porque para siempre es su misericordia».

La creación fue realizada «con entendimiento», lo que comunica orden, sabiduría y propósito. Los cielos y la tierra no son presentados como productos de un caos sin significado, sino como una morada preparada cuidadosamente para los hijos de Dios.
El salmista contempla la creación como una manifestación de misericordia. La vida, la belleza y los recursos de la tierra son dones que sostienen nuestra experiencia mortal. Recibirlos con gratitud también implica ejercer una mayordomía responsable, utilizando la creación sin destruir ni desperdiciar aquello que pertenece al Señor.


Salmo 136:16 «Al que condujo a su pueblo por el desierto, porque para siempre es su misericordia».

El desierto fue un lugar de peligro y necesidad, pero también de revelación, provisión y aprendizaje. Dios no se limitó a sacar a Israel de Egipto; lo acompañó durante el largo camino hacia la tierra prometida. Su misericordia se manifestó tanto en la liberación inicial como en la guía cotidiana.
Nosotros también atravesamos desiertos espirituales donde el camino parece incierto y los recursos insuficientes. El Señor quizá no nos conduzca inmediatamente fuera de ellos, pero puede guiarnos dentro de ellos. Jesucristo proporciona alimento espiritual, dirección y fuerza hasta que alcanzamos las promesas preparadas por Dios.


Salmo 136:23 «Él se acordó de nosotros en nuestra humillación, porque para siempre es su misericordia».

Que Dios «se acordó» no significa que antes hubiera olvidado, sino que llegó el momento de actuar en favor de Su pueblo. La humillación que los hacía insignificantes ante el mundo no los volvió invisibles ante el Señor. Él contempló su aflicción y descendió para rescatarlos.
Este versículo consuela a quienes se sienten olvidados, avergonzados o reducidos por las circunstancias. Nuestro valor ante Dios no depende de la posición social ni del reconocimiento humano. Jesucristo se acerca a los humildes y puede convertir una condición de aparente derrota en una experiencia de redención.


Salmo 136:24 «Y nos rescató de nuestros enemigos, porque para siempre es su misericordia».

El rescate de Israel demuestra que la misericordia de Dios no es solamente un sentimiento, sino un poder que actúa y libera. Los enemigos parecían superiores, pero no podían conservar indefinidamente su dominio sobre un pueblo al que el Señor había decidido redimir.
La liberación más profunda se realiza mediante Jesucristo, quien nos rescata del pecado, del adversario y de la muerte. Algunas luchas continúan durante la mortalidad, pero su victoria garantiza que ninguna fuerza tendrá dominio eterno sobre quienes se arrepienten y permanecen fieles.


Salmo 136:25 «Él da alimento a todo ser viviente, porque para siempre es su misericordia».

La misericordia de Dios se manifiesta también en la provisión cotidiana. El mismo Señor que realiza grandes maravillas atiende las necesidades básicas de Sus criaturas. Su cuidado abarca tanto los acontecimientos extraordinarios de la historia como el alimento recibido cada día.
Dios suele proporcionar mediante los procesos de la creación y el trabajo de muchas personas. Por ello, recibir alimento debe despertar gratitud y responsabilidad hacia quienes carecen de él. Si reconocemos a Dios como Proveedor, procuraremos convertirnos en instrumentos de Su misericordia al compartir con los necesitados.


Salmo 136:26 «Alabad al Dios de los cielos, porque para siempre es su misericordia».

El salmo concluye donde comenzó: con una invitación a la alabanza. Después de recorrer la creación, el éxodo, el desierto y la provisión diaria, el pueblo reconoce un mismo principio detrás de toda su historia: la misericordia de Dios nunca dejó de acompañarlo.
Recordar este patrón fortalece la esperanza para el futuro. El Dios de los cielos gobierna sobre todo y, al mismo tiempo, permanece atento a Sus hijos. Las circunstancias y generaciones cambian, pero Su misericordia revelada en Jesucristo conserva eternamente su poder para sostener, perdonar y salvar.


Salmo 137
Fidelidad a Sion durante el exilio

Incluso en el exilio y el dolor, el pueblo del convenio debe conservar la memoria de Sion y mantener su lealtad espiritual a Dios.


Quentin L. Cook: “En su juventud, [Giuseppe] Verdi estaba intrigado con el profeta Jeremías, y en 1842, a los veintiocho años, logró la fama con la ópera ‘Nabucco’, una forma italiana más corta del nombre Nabucodonosor, rey de Babilonia. Esta ópera contiene conceptos extraídos de los libros de Jeremías, Lamentaciones y Salmos, del Antiguo Testamento. La ópera incluye la conquista de Jerusalén y el cautiverio y la esclavitud de los judíos. El Salmo 137 es la inspiración para el inspirador y conmovedor ‘Coro de los esclavos hebreos’ de Verdi. El encabezamiento de este Salmo en nuestras Escrituras es muy dramático: ‘Mientras estuvieron en cautiverio, los judíos lloraron junto a los ríos de Babilonia— A causa del dolor, no podían soportar cantar los cánticos de Sion’”. (Quentin L. Cook, del Cuórum de los Doce Apóstoles, conferencia general de octubre de 2013, “Lamentaciones de Jeremías: Cuidaos del cautiverio”)


Salmo 137:1 «Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos y aun llorábamos, acordándonos de Sion».

Los exiliados se encuentran lejos de Jerusalén, privados del templo, de su tierra y de muchas expresiones de su identidad de convenio. Sentarse y llorar no constituye falta de fe; es una respuesta legítima ante una pérdida profunda. El salmo enseña que el dolor puede expresarse honestamente delante de Dios.
Sin embargo, sus lágrimas están acompañadas por la memoria de Sion. Aunque físicamente se hallan en Babilonia, su corazón todavía pertenece a la ciudad de Dios. Recordar los convenios y experiencias sagradas puede ayudarnos a conservar nuestra identidad espiritual cuando las circunstancias nos hacen sentir lejos del hogar o de la presencia divina.


Salmo 137:4 «¿Cómo cantaremos cántico de Jehová en tierra extraña?».

La pregunta refleja el conflicto de cantar himnos sagrados en un ambiente asociado con la opresión y la idolatría. Los exiliados temían que sus canciones fueran utilizadas como entretenimiento por sus captores o separadas de la adoración que les daba sentido. Su silencio expresa dolor y reverencia.
Sin embargo, el versículo no enseña que Dios solo pueda ser adorado en un lugar determinado. Con el tiempo, el pueblo tendría que aprender a buscarlo también durante el exilio. En nuestras propias «tierras extrañas», la adoración puede parecer difícil, pero precisamente allí los cánticos, la oración y las Escrituras pueden preservar nuestra fe.


Salmo 137:5 «Si me olvido de ti, oh Jerusalén, pierda mi diestra su destreza».

La mano derecha representaba capacidad, fuerza y habilidad, incluso para tocar instrumentos. El salmista declara que preferiría perder su destreza antes que utilizarla mientras olvida a Jerusalén. Su compromiso expresa una lealtad profunda hacia Sion y hacia los convenios que la ciudad representaba.
Olvidar Sion significaría permitir que Babilonia redefiniera completamente su identidad y sus prioridades. Del mismo modo, podemos vivir en el mundo sin permitir que sus valores desplacen nuestra lealtad a Jesucristo. Nuestros talentos alcanzan su propósito más elevado cuando se emplean para recordar, servir y glorificar a Dios.


Salmo 137:6 «Mi lengua se pegue a mi paladar si de ti no me acuerdo, si no enaltezco a Jerusalén como preferente asunto de mi alegría».

La lengua que antes cantaba quedaría inmóvil si el salmista abandonara la memoria de Jerusalén. La imagen comunica que toda expresión de alegría perdería su integridad si excluyera a Sion. El pueblo podía adaptarse a nuevas circunstancias, pero no debía permitir que la comodidad del exilio reemplazara su anhelo por la presencia de Dios.
Hacer de Jerusalén el «preferente asunto» de la alegría significa ordenar correctamente los afectos. Las bendiciones temporales pueden disfrutarse, pero no deben ocupar el lugar de Dios y Sus convenios. Para el discípulo, Jesucristo y Su reino constituyen la fuente central de gozo, identidad y esperanza, aun mientras vive lejos de su hogar celestial.


Salmo 138
Dios escucha y fortalece al humilde

El Dios Altísimo se acerca al humilde, responde a su clamor y continúa perfeccionando la obra que ha comenzado en él.


Salmo 138:1 «Te alabaré con todo mi corazón».

El salmista se compromete a adorar a Dios con un corazón íntegro, sin dividir su lealtad entre Jehová y otros poderes. La alabanza verdadera no consiste únicamente en pronunciar palabras correctas, sino en orientar los pensamientos, deseos y afectos hacia el Señor.
Alabar con todo el corazón tampoco significa que siempre experimentaremos emociones intensas o que careceremos de dudas. Significa escoger a Dios como centro de nuestra vida y acudir a Él con sinceridad. Jesucristo desea una devoción completa que transforme tanto nuestra adoración como nuestras decisiones cotidianas.


Salmo 138:2 «Alabaré tu nombre por tu misericordia y tu verdad, porque has engrandecido tu palabra sobre todo tu nombre».

El nombre de Dios representa Su carácter y reputación, especialmente Su misericordia y fidelidad. El salmista lo alaba porque la palabra divina ha demostrado ser completamente digna de confianza. Dios honra Sus promesas y actúa de una manera coherente con todo lo que ha revelado acerca de Sí mismo.
Engrandecer Su palabra también destaca la seriedad con la que el Señor trata Sus declaraciones y convenios. Él no promete descuidadamente ni cambia Su verdad según las circunstancias. Jesucristo es la manifestación suprema de esa palabra fiel, pues en Él se cumplen las promesas divinas de redención y vida eterna.


Salmo 138:3 «El día en que clamé, me respondiste; me fortaleciste con vigor en mi alma».

La respuesta de Dios no se describe primero como un cambio de circunstancias, sino como un fortalecimiento interior. El peligro quizá continuaba, pero el salmista recibió vigor para enfrentarlo. Esta es una de las formas más frecuentes y profundas en que el Señor contesta nuestras oraciones.
Dios puede quitar una carga, pero también puede aumentar nuestra capacidad para llevarla. Mediante la gracia habilitadora de Jesucristo recibimos fuerzas que superan nuestros recursos naturales. Una respuesta espiritual puede no eliminar inmediatamente la prueba, pero transforma a la persona que la atraviesa.


Salmo 138:6 «Porque Jehová es excelso y atiende al humilde, mas al altivo conoce de lejos».

La grandeza de Dios no lo vuelve distante de quienes son pequeños ante el mundo. Aunque es excelso, presta atención al humilde: a quien reconoce su necesidad, acepta corrección y depende de Su gracia. La humildad nos dispone para recibir la revelación y el poder divinos.
El altivo, en cambio, se coloca espiritualmente lejos porque confía en sí mismo y resiste la voluntad de Dios. El Señor lo conoce perfectamente, pero no puede existir una comunión profunda mientras permanezca cerrado a Él. Jesucristo nos invita a descender del orgullo para que podamos acercarnos y ser transformados.


Salmo 138:7 «Aunque ande yo en medio de la angustia, tú me vivificarás».

El versículo no dice que el salmista evitará toda angustia, sino que caminará «en medio» de ella. La presencia de dificultades no demuestra que Dios lo haya abandonado. Precisamente allí, el Señor promete vivificarlo, es decir, renovar su fuerza, esperanza y vida espiritual.
Jesucristo puede sostenernos dentro de una prueba antes de librarnos de ella. Su poder vivificador alcanza el corazón agotado y le permite continuar avanzando. Esta promesa culmina en la Resurrección: incluso cuando atravesemos la muerte, el Salvador posee poder para levantarnos y darnos vida inmortal.

Timothy B. Smith: “Él tiende la mano hacia nosotros. Así es como obra el Salvador. Es Su obra y Su gloria. Cuando sometemos nuestra voluntad a la Suya, recibimos el mayor de todos los dones (véanse Salmo 138:7; Doctrina y Convenios 14:7)”. (Timothy B. Smith en su devocional de BYU de febrero de 2008, “El amor del Salvador”)


Salmo 138:8 «Jehová cumplirá lo que concierne a mí; tu misericordia, oh Jehová, es para siempre; no abandones la obra de tus manos».

El salmista confía en que Dios llevará a término Sus propósitos para su vida. No cree que todo dependa de su propia capacidad, sino que el Señor continúa trabajando en él. Somos obra de Sus manos, y Él no pierde interés en nuestro progreso cuando aparecen debilidades o dificultades.
Esta confianza no elimina nuestra responsabilidad de ejercer fe y obedecer. Implica colaborar con la gracia de Dios mientras confiamos en Su paciencia. Jesucristo puede completar lo que todavía está incompleto, reparar lo quebrantado y guiarnos hacia el destino eterno para el cual fuimos creados.


Salmo 139
Dios nos conoce perfectamente

Dios conoce perfectamente nuestra vida, pensamientos y formación; Su presencia nos alcanza en toda circunstancia y puede guiarnos por el camino eterno.


Salmo 139:1–2 «Oh Jehová, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pensamientos».

Dios no posee solamente un conocimiento general de la humanidad; conoce personalmente a cada uno de Sus hijos. Las acciones más ordinarias —sentarse y levantarse— y los pensamientos más íntimos están abiertos ante Él. Nada de nuestra vida es demasiado pequeño para Su atención.
Ser conocidos de esta manera puede producir reverencia, pero también consuelo. El Señor comprende motivaciones y heridas que otras personas no pueden ver. No necesitamos aparentar ante Él, pues Jesucristo conoce plenamente nuestra condición y aun así nos invita a acercarnos para ser sanados y transformados.


Salmo 139:3 «Has escudriñado mi andar y mi reposo, y todos mis caminos te son conocidos».

Dios conoce tanto nuestros períodos de actividad como nuestros momentos de descanso. La totalidad de nuestro camino —decisiones, hábitos, avances y tropiezos— permanece ante Su mirada. Su conocimiento no es superficial: Él escudriña y comprende la dirección que está tomando nuestra vida.
Esta verdad invita al examen personal. Podemos ocultar ciertas conductas de los demás, pero no de Dios; al mismo tiempo, ninguna obra fiel pasa inadvertida ante Él. Su propósito al mostrarnos nuestros caminos no es humillarnos sin esperanza, sino corregirnos y conducirnos hacia la senda de Jesucristo.

Ulisses Soares: “En su poético himno de alabanza, el salmista declaró:
“Oh Jehová, tú me has escudriñado y conocido.
“Tú has conocido mi sentar y mi levantar; desde lejos has entendido mis pensamientos.
“Has escudriñado mi andar y mi reposo, y todos mis caminos te son conocidos (Salmo 139:1-3)”.
En el paralelismo semántico de este poema, el salmista alaba el atributo divino de la omnisciencia del Señor porque Él en verdad conoce todos los aspectos de nuestra alma. Al conocer todo lo que necesitamos en esta vida, el Salvador nos invita a buscarlo en todo pensamiento y seguirlo con todo nuestro corazón. Esto nos da la promesa de que podemos andar en Su luz y que Su guía evita la influencia de la oscuridad en nuestra vida”. (Ulisses Soares, del Cuórum de los Doce Apóstoles, conferencia general de octubre de 2020, “Buscar a Cristo en todo pensamiento”)


Salmo 139:7 «¿A dónde me iré de tu espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?».

Las preguntas esperan una respuesta clara: no existe lugar donde podamos quedar fuera del alcance de Dios. Su Espíritu puede manifestar Su influencia en cualquier nación, circunstancia o profundidad. La distancia física no limita Su conocimiento ni Su poder.
Para quien desea esconder el pecado, esta verdad constituye una advertencia; para quien se siente perdido o abandonado, es una promesa. Aun cuando nuestras decisiones nos hayan alejado espiritualmente, el Señor sabe dónde estamos y continúa llamándonos. No podemos huir tan lejos que la gracia de Jesucristo sea incapaz de alcanzarnos.


Salmo 139:9–10 «Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano y me asirá tu diestra».

Las «alas del alba» sugieren desplazarse con la luz hasta los límites más remotos, mientras que el extremo del mar representaba un lugar distante y desconocido. Aun allí, la presencia de Dios no desaparece. Ningún cambio geográfico o circunstancia de aislamiento nos coloca fuera de Su cuidado.
La mano del Señor cumple dos funciones: guía y sostiene. Puede mostrarnos la dirección cuando no conocemos el camino y afirmarnos cuando carecemos de fuerzas para continuar. En Jesucristo encontramos una mano extendida que no solo señala la senda de regreso, sino que también nos ayuda a caminar por ella.


Salmo 139:12 «Aun las tinieblas no encubren de ti, y la noche resplandece como el día».

Las tinieblas que limitan la visión humana no afectan el conocimiento de Dios. Lo oculto, confuso o amenazante permanece plenamente visible ante Él. Ningún pecado puede esconderse para siempre, pero tampoco existe sufrimiento secreto que pase inadvertido ante Sus ojos.
Este versículo ofrece esperanza durante períodos en los que no podemos comprender nuestro camino. Lo que para nosotros es noche, para Dios está iluminado como el día. Podemos confiar en Su dirección porque ve el trayecto completo y conoce cómo conducirnos desde la oscuridad hasta la luz de Jesucristo.


Salmo 139:13 «Porque tú formaste mis entrañas; tú me entretejiste en el vientre de mi madre».

La imagen de ser «entretejido» presenta la formación del cuerpo humano como una obra extraordinaria realizada bajo el conocimiento y la providencia de Dios. La vida en desarrollo no es anónima ante Él. Desde antes del nacimiento, cada persona es conocida y posee dignidad como integrante de Su familia.
El versículo también enseña gratitud y reverencia hacia el cuerpo. Aunque la mortalidad incluye fragilidad, enfermedad y diferencias físicas, el cuerpo forma parte esencial del plan divino. Mediante la resurrección de Jesucristo, todo cuerpo será levantado, perfeccionado y reunido para siempre con el espíritu.


Salmo 139:14 «Te alabaré, porque formidables y maravillosas son tus obras».

Al contemplar su propia existencia, el salmista responde con alabanza. El cuerpo, la mente y la vida misma testifican de una sabiduría que supera nuestra comprensión. Reconocer que somos parte de las obras maravillosas de Dios combate tanto el orgullo como el desprecio hacia nosotros mismos.
Nuestra dignidad no depende de ajustarnos a los estándares del mundo, sino de nuestro origen y potencial divinos. Esta verdad no enseña autosuficiencia, sino gratitud. Honramos al Creador cuando cuidamos nuestro cuerpo, desarrollamos nuestros dones y empleamos la vida para servir a Sus hijos.


Salmo 139:16 «Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas».

Antes de que otras personas pudieran contemplar plenamente su desarrollo, Dios ya conocía al salmista. La imagen del libro expresa Su conocimiento perfecto de nuestros días, posibilidades y recorrido mortal. Ninguna etapa de la existencia queda fuera de Su mirada.
Esto no elimina el albedrío ni significa que cada decisión esté predeterminada. Dios conoce perfectamente nuestras posibilidades y elecciones sin obligarnos a realizarlas. Su conocimiento anticipado le permite guiarnos con sabiduría, preparar oportunidades y obrar para nuestra salvación respetando siempre nuestra libertad moral.


Salmo 139:17 «¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos!».

Los pensamientos de Dios son preciosos porque están llenos de sabiduría, propósito y misericordia. Su entendimiento de nosotros es infinitamente mayor que el nuestro. Él contempla no solo lo que somos ahora, sino también aquello en lo que podemos llegar a convertirnos mediante Su gracia.
Conocer los pensamientos de Dios requiere acudir a la revelación, las Escrituras y el Espíritu Santo. Nunca podremos abarcar la totalidad de Su mente, pero podemos recibir suficiente verdad para caminar con fe. Cuanto más conocemos Su plan manifestado en Jesucristo, más valiosos llegan a ser Sus caminos para nosotros.


Salmo 139:23–24 «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame por el camino eterno».

Aunque el salmista ya ha reconocido que Dios lo conoce todo, ahora lo invita voluntariamente a examinarlo. Esta petición demuestra humildad y valentía espiritual: desea descubrir pecados, motivaciones o hábitos que quizá él mismo no reconoce. No pide solamente ser consolado, sino también corregido.
El examen divino tiene una finalidad redentora: ser guiados por el camino eterno. Dios revela lo que debe cambiar para conducirnos hacia la vida, no para dejarnos en la culpa. Mediante el arrepentimiento y la expiación de Jesucristo, podemos abandonar los caminos destructivos y recibir dirección constante hacia Su presencia.


Salmo 140
Liberación del mal y defensa del afligido

El Señor protege contra el mal, defiende la causa del afligido y prepara a los rectos para morar en Su presencia.


Salmo 140:1 «Líbrame, oh Jehová, del hombre malo; guárdame de hombres violentos».

El salmista reconoce que existen personas cuyas decisiones deliberadas pueden causar daño real. No intenta enfrentar solo esa amenaza, sino que acude al Señor en busca de liberación y protección. La oración no niega el peligro; lo presenta ante Aquel que conoce las intenciones y posee autoridad para limitar el mal.
Pedir protección divina no excluye tomar medidas prudentes, buscar ayuda o establecer límites frente a la violencia. Dios puede responder mediante autoridades, familiares, líderes o profesionales preparados. La fe nos invita a actuar sabiamente mientras confiamos en que el Señor puede abrir una vía de escape y preservar nuestra alma.


Salmo 140:4 «Guárdame, oh Jehová, de manos del malvado; líbrame de hombres violentos, que han pensado trastornar mis pasos».

El enemigo no busca solamente herir al salmista, sino «trastornar» sus pasos: desviarlo, hacerlo caer o impedir que continúe por el camino recto. La oposición puede ejercer presión para que respondamos con temor, odio o métodos semejantes a los de quienes nos atacan.
Por eso, la protección espiritual es tan importante como la liberación física. Jesucristo puede guardarnos para que la maldad ajena no determine nuestro carácter. Permanecer en Su camino implica buscar justicia sin venganza, protegernos sin cultivar odio y conservar la integridad aun bajo presión.


Salmo 140:6 «He dicho a Jehová: Dios mío eres tú; escucha, oh Jehová, la voz de mis súplicas».

En medio del peligro, el salmista reafirma su relación personal con Dios: «Dios mío eres tú». Antes de conocer el resultado de la prueba, declara dónde se encuentra su lealtad y confianza. La oración comienza así con una confesión de pertenencia al Señor.
Pedir que Dios escuche no significa que Él sea indiferente, sino que expresa dependencia y urgencia. El Señor oye cada súplica sincera, aunque la respuesta pueda llegar de una forma inesperada. Mantener esta relación personal nos ayuda a no sentirnos completamente abandonados durante la adversidad.


Salmo 140:7 «Jehová, Señor, poder de mi salvación, tú cubriste mi cabeza en el día de la batalla».

Cubrir la cabeza representa protección en el lugar más vulnerable durante una batalla. El salmista recuerda que Dios lo había preservado anteriormente y utiliza esa memoria como fundamento para su confianza presente. Jehová no es solamente quien concede salvación; es el poder mismo que la hace posible.
Las batallas que enfrentamos pueden ser físicas, emocionales o espirituales. Dios no siempre evita que entremos en ellas, pero puede proteger nuestra mente, fe e identidad mientras luchamos. Jesucristo nos ofrece la esperanza de salvación y el poder para resistir hasta que la oposición sea vencida.


Salmo 140:12 «Yo sé que Jehová defenderá la causa del afligido y el derecho de los necesitados».

El salmista pasa de la súplica a una declaración de certeza: sabe que Dios toma en serio la causa de los vulnerables. El Señor no mide la dignidad de una persona por sus riquezas, influencias o posibilidades de defenderse. Su justicia contempla a quienes el mundo puede ignorar.
Esta convicción también establece una responsabilidad para Sus discípulos. Si Dios defiende al afligido y al necesitado, nosotros debemos procurar hacer lo mismo. Seguir a Jesucristo implica escuchar al que carece de voz, actuar contra la injusticia y convertirnos en instrumentos de Su protección y misericordia.


Salmo 140:13 «Ciertamente los justos alabarán tu nombre; los rectos morarán en tu presencia».

El salmo concluye mirando más allá del conflicto hacia el destino final de los rectos. Su alabanza no será silenciada para siempre por la oposición. Dios hará prevalecer la justicia y Su pueblo reconocerá que la liberación procedió de Su nombre, carácter y poder.
Morar en la presencia divina es la culminación de la salvación. No se trata únicamente de escapar de enemigos temporales, sino de ser purificados y reconciliados con Dios. Mediante la expiación de Jesucristo, quienes perseveran en rectitud pueden recibir la gracia necesaria para regresar y vivir eternamente ante Él.