Liahona Septiembre 2021

“He sentido que el cielo se ha abierto”

Por Marcela Flores de Monzón
Estaca San Pedro Sula, Honduras

Al ejercer la fe y seguir la voz del profeta, se pueden experimentar las tiernas misericordias del Salvador.

El año 2020 fue devastador, me atrevería a decir, para casi todas las personas; yo no fui la excepción. Cuando me di cuenta de lo que estaba pasando con la pandemia del Covid-19 en otros países y que era una amenaza tangible en mi país, sobre todo cuando entendí de lo precaria que podría volverse nuestra situación económica familiar, entré en una etapa de depresión.

Me sentí muy triste, angustiada y estresada. Mi esposo, que trabaja por su cuenta, perdió todas las promesas de trabajo que tanto le había costado adquirir al inicio del año. Por lo tanto, vi la necesidad de convertirme en el medio por el cual mi familia podría enfrentar la mayor parte de los gastos del hogar.

Esa situación me generó demasiado estrés y fue como un peso muy difícil de llevar sobre mis hombros. Me sentía cansada, ansiosa y preocupada, pero a pesar de todo lo que ocurría, el Señor permitió que tuviésemos alguna entrada de dinero por parte de mi esposo, lo que nos permitió, y aun nos permite, tener lo necesario para cubrir nuestras necesidades.

Por algunos problemas clínicos previos, el estrés le estaba pasando la factura a mi mente, a mi espíritu y sobre todo a mi cuerpo. La depresión amenazaba constantemente con arrastrarme a lugares donde solo podía haber oscuridad. Me alejé, me alejé de mi familia por un tiempo, de la gente y también de algunos de mis compromisos con el Señor. Había muchas situaciones que me causaban angustia y que, combinadas con mis temores, inseguridades y complejos, me impidieron hacer algunas cosas y adaptarme a la “nueva normalidad” que vivimos aún.

Luego en noviembre de este mismo año, Honduras sufrió el embate de dos despiadados huracanes con solo una semana de diferencia entre ellos. Dejaron a su paso un terrible escenario de destrucción, pérdida y desolación para la población, entre los cuales estaban incluidos muchos de los miembros de la Iglesia. Pensé que mi ya lastimado corazón no podría recuperarse y volver a sentir esperanza y paz.

Como familia donamos ropa, alimentos y mano de obra en la medida de nuestras posibilidades, mientras nos cuidábamos por la pandemia. Hicimos lo que pudimos. Sentía que mi espíritu aún desfallecía, pero llegó el día en que se anunció que el presidente Russell M. Nelson iba a dar un mensaje para el mundo, un mensaje de esperanza.

Me emocioné; en verdad necesitaba escuchar y sentir el amor del Salvador a través Su siervo. No podía imaginar o, mejor dicho, no deseaba especular sobre cuál podría ser el mensaje del profeta. Fue una sorpresa para mí escuchar la petición que nos hizo ese 20 de noviembre de 2020, ¿en qué consistía esa petición? Que fuésemos agradecidos. Pensé en algún momento, ¿cómo eso podría contrarrestar todo el sufrimiento, la angustia y soledad que estábamos viviendo?

Sin terminar de comprender, decidí ejercer la fe y seguir las instrucciones que nos dio el profeta, publicar en nuestras redes sociales durante siete días, aquellas cosas por las cuales nos sentíamos agradecidos. Lo hice. Cada día, al reconocer a aquellas personas, situaciones y parte de las bendiciones que he recibido a lo largo de mi vida, algo en mi interior fue cambiando.

Sentí cómo poco a poco las tinieblas que habían opacado mi espíritu se iban disipando para darle cabida a la calidez que solo se puede experimentar mediante las tiernas misericordias del Salvador, tal cual las describe Nefi en el Libro de Mormón.

Actualmente, he tratado de desechar aquello que me produjo tanta tristeza y ansiedad. Aunque la pandemia no ha terminado y los problemas en mi familia no se han solucionado del todo, siento una renovación espiritual que me ha permitido comenzar a prestar servicio al Señor y a las personas por medio de un nuevo llamamiento.

En nuestro estudio de Ven, Sígueme de Doctrina y Convenios, redescubrí una Escritura que le dio total sentido a la experiencia vivida con la petición del profeta. En la sección 21, versículos 5 y 6, el Señor manda a escuchar la voz de Sus siervos y da magníficas promesas a quienes lo hagan.

“[P]orque recibiréis su palabra con toda fe y paciencia como si viniera de mi propia boca.

“Porque si hacéis estas cosas, las puertas del infierno no prevalecerán contra vosotros; sí, y Dios el Señor dispersará los poderes de las tinieblas de ante vosotros, y hará sacudir los cielos para vuestro bien y para la gloria de su nombre”.

Puedo testificar que, tal como la Escritura lo dice, al obedecer con “fe y paciencia” de expresar mi gratitud durante una semana, pude recibir la promesa del Señor del versículo 6, “el infierno y los poderes de las tinieblas” fueron removidos de mi alma acongojada. He sentido que el cielo se ha abierto para permitirme ver la mano del Señor actuando sobre mí y mi familia.

Sé que el Señor nos ama y vela por nosotros y desea guiarnos hacia aguas más tranquilas y prados más verdes si se lo permitimos. Hoy en día, agradezco Su bondad y misericordia hacia mí, Su hija.

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