Liahona Septiembre 2021

“Dejas de pedir para ti…
y pides por las personas a quienes enseñas”

Por Luis Tejedor
Del comité de medios digitales de la Estaca

Mientras sobrevolaba los Andes, con destino a su misión en Chile-Viña del Mar, Andrés Cachaguay, de la Rama de León, se sorprendió de la majestuosidad de esas montañas. Aún le aguardaban sorpresas mayores para probar su carácter en aquella tierra, entre ellas un intenso estallido social y la pandemia global del COVID-19. Como él mismo señala, “fue una oportunidad para superarme más de lo que creía. Pude ver grandes bendiciones. Y esas bendiciones fortalecen mucho nuestro testimonio”.

La gente de Viña del Mar es una gente de extraordinaria calidez. Aprecian el trabajo de los misioneros. Andrés vio que hasta los que llevaban las vidas más turbias les respetaban. Fue un lugar para comprobar de primera mano cómo el Evangelio cambia las vidas. Y Andrés puso por delante su amor a aquellas personas: “Dejas de pedir a Dios cosas para ti y pides por los demás, sobre todo por los que enseñas. Se trata de estar consagrado a la obra”.

Andrés nunca olvidará aquella vez que fueron a prestar servicio a una persona enferma de cáncer. Su casa estaba ubicada en un lugar peligroso, pero eso no acobardaba a Andrés y a su compañero. Cierto día, unas personas con aspecto amenazante los detuvieron. “Cuando se enteraron de quienes éramos y lo que hacíamos nos trataron con una amabilidad que no esperábamos”, recuerda.

Como el Señor prepara siempre todo, cuando llegó el COVID-19 los misioneros en Chile ya estaban entrenados debido a las violentas protestas de octubre de 2019. En aquel entonces se les confinó para garantizar su seguridad y se les llegó a indicar que no llevaran sus placas. “Hubo momentos en los que la ira de la gente fue muy grave y hacían manifestaciones enfrente de la capilla”, recuerda. Pero Andrés no dejó de recibir bendiciones ni en el peor de los momentos.

La mayor lección de resistencia habría de aprenderla en plena pandemia. Mientras su expansión forzó la evacuación de los misioneros, Andrés tenía otros planes. “Tuve la opción de marchar en abril, pero sentí la necesidad de quedarme a ayudar y fui el único al que le dieron esa opción. Pude rechazar hasta tres aviones”. Como asistente del presidente de Misión, aún vería su último milagro: “Cuando se retomó el trabajo, con media misión en cuarentena, ¡se celebraban cuarenta bautismos al mes! La obra nunca se detiene”.

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