El  Lamanita mestizo

Capítulo 2

Isaías, Lehi, Nefi y la casa de Israel


Hay una plática que se escucha a menudo:

— ¿Has leído el Libro de Mormón? 

—  Pues terminé 1 Nefi. 

— ¿Y no le seguiste?

-Es que llegando a 2 Nefi me da mucho sueño. ¡Todos esos capítulos sobre Isaías! ¿Por qué habrá puesto Nefi tanto capítulo de Isaías en su segundo libro? Francamente, a Isaías no le entiendo yo.

Y ciertamente, el libro de Isaías, en las antiguas planchas de bronce, así como en la Biblia moderna, se compone de sesenta y seis capítulos, y Nefi tomó diecinueve de esos capítulos de las planchas de bronce, y los puso con sus escritos en las planchas menores que él hizo.1

Esos diecinueve capítulos de Isaías en 2 Nefi, hablan sobre la casa de Israel, que es un tema central del Plan de Salvación. Ese tema es de mayor importancia para los lamanitas en los últimos días, y para el mundo entero.

Nefi ha había hecho sus otras planchas (mayores) en las cuales había puesto «la historia» (1 Ne. 19:1, 2). Pero en las planchas menores, las cuales hizo años después (1 Ne. 9), Nefi escribió las cosas «más claras y preciosas». Esos capítulos de Isaías son parte de esas cosas preciosas que Nefi supo que en los últimos días nosotros íbamos a necesitar. Esos capítulos contienen profecías sobre la casa de Israel, sobre la primera venida de Cristo, su rechazo por parte de los judíos, la apostasía poco después de Cristo, la restauración del evangelio en los últimos días, la segunda venida de Cristo, el milenio y muchos detalles de gran importancia.

El profeta Isaías

Isaías vivió durante la segunda mitad del siglo VIII a. de C, y fue profeta en Jerusalén por casi cincuenta años. Fue el más famoso de los profetas de Israel y, como ningún otro, escribió profecías sobre la misión de la Casa de Israel en este mundo. Cuando Cristo visitó este continente después de su resurrección, directamente les dijo a nuestros antepasados que escudriñaran las palabras de Isaías «… porque grandes son las palabras de Isaías» (3 Ne. 23:1).

Lehi, Nefi, y su interés en Isaías

Así que Lehi, y después Nefi, en su primer libro, comentaron mucho sobre Isaías. Nefi incluyó parte de los escritos de Isaías en su segundo libro porque sabía que el registro que él estaba preparando era para nosotros en estos últimos días. Nefi entendió muy bien que Isaías había escrito también para nosotros en estos tiempos. Lehi y Nefi tuvieron las mismas visiones que Isaías tuvo sobre el futuro de la Casa de Israel y nosotros somos de quienes ellos hablaron y escribieron. Porque nosotros, los lamanitas, somos de la Casa de Israel (Mormón 7:2).

Las visiones de Lehi le enseñaron que él y su familia tendrían un papel central en el esparcimiento de una parte de la Casa de Israel. Lehi y su familia, como una rama de olivo (Casa de Israel), serían trasplantados en otra tierra. Lehi enseñó ese tema a sus hijos durante el resto de su vida. Las planchas de bronce tenían toda la información sobre las genealogías, y el deseo de Lehi de saber su genealogía y de ubicarse en la línea genealógica de Israel, pronto se convirtió en cosa urgente para él.

Parece ser que cuando Lehi fue llamado como profeta en Jerusalén, su interés en las profecías sobre Israel creció grandemente, porque es evidente que gran parte del resto de su vida lo pasó enseñando a sus hijos sobre el tema. Para entonces Lehi ya había entendido que su familia sería parte de «las rama naturales» del olivo (Israel) que el Señor plantaría en otra parte de su huerto, es decir, en otro continente.

La   genealogía de Lehi y la nuestra

Desde el principio, cuando Lehi pidió a sus hijos que fueran por las planchas de bronce, los envió a Labán porque supo por revelación que Labán «tiene los anales de los judíos, así como una genealogía de mis antepasados» (1 Ne. 3:3). Y Nefi nos dice que cuando a Laman le tocó hablar con Labán, «le pidió a Labán los anales que estaban grabados sobre las planchas de bronce que contenían la genealogía de mi padre» (1 Ne. 3:12).

Cuando sus hijos volvieron con las planchas de bronce, lo primero que Lehi hizo fue leerlas cuidadosamente para conocer su contenido y para ubicarse a sí mismo en las genealogías de Israel. Así que después de ofrecer «sacrificios y holocaustos al Señor… Lehi tomó los anales… y los examinó… Y vio que contenían los cinco libros de Moisés… la historia de los judíos… las profecías de los santos profetas… Y… Lehi también halló… la genealogía de sus padres, por lo que supo que descendía de José… que fue vendido para Egipto (1 Ne. 5:9-16).

¿Por qué ese gran interés en la genealogía?

Porque una persona —o un pueblo— sin identidad, que no conoce su genealogía en este mundo, es una persona sin brújula. Esa persona existe sin saber por qué vino al mundo, sin saber el propósito de la vida o la razón de su existencia. Es casi igual que ignorar su propio nombre. En otras palabras, la identidad personal y familiar nos coloca en un lugar preciso en el universo; nos da la razón para cuidar, honrar y defender a la familia; nos ayuda a relacionarnos con lo que tiene más valor en la vida.

Lehi necesitaba saber su conexión precisa con la Casa de Israel. Él sabía que el no tener la conexión genealógica con Israel equivalía a ser un paria y perder todo derecho en la Casa de Israel, como les pasó a los que regresaron a Jerusalén del destierro, en el tiempo de Esdras (Esdras 2:62).

Así que leyendo las planchas de bronce, Lehi conoce ahora su lugar en la casa de Israel. Sabiendo las profecías y la historia de Israel, ahora se da cuenta mejor de que lo que Dios le ha pedido, es decir, partir de Jerusalén y dirigirse a otra tierra, es un llamamiento de suprema importancia en la historia del mundo.

Lamán y Lemuel no creen

Y Lehi les cuenta todo a sus hijos. Pero Laman y Lemuel no le creen. Ya desde el tercer día que habían salido de Jerusalén, Laman y Lemuel murmuraban y decían que todo lo que su padre les contaba eran «locas imaginaciones de su corazón» (1 Ne. 2:11).

Para Lehi esto es muy duro porque él ya tiene como cuarenta y cinco años de edad y en la enorme tarea que tiene por delante tiene que depender de sus hijos. Dios lo ha llamado a una misión importantísima, ¡y sus hijos mayores son rebeldes!

Nefi sí cree

Pero allí está Nefi. Un joven de algo así como dieciséis o diecisiete años. Un joven de tierno corazón (1 Ne. 2:16). Nefi quiere saber más. El desea conocer los misterios de Dios, es decir, todo ese conocimiento y bendiciones que Dios tiene para los que lo buscan. Nefi clama a Dios y su corazón se enternece y cree lo que su padre le dice, y Dios le contesta diciéndole que será bendecido y que lo conducirá a una tierra de promisión (1 Ne. 2:19, 20, 22). Este es el llamamiento de la presidencia, es decir, ser la cabeza de la nueva colonia.

Nefitas y Lamanitas

El patrón o modelo para la vida social del continente queda así establecido (2 Ne. 4:4). Estarán los obedientes, los que tienen fe y quieren saber más y confían en Dios. Y los desobedientes, los que murmuran, se quejan, no entienden ni quieren saber. A los primeros, Dios les dará prosperidad, paz interna, confianza en sí mismos y alegría de vivir (2 Ne. 5:27), aun con todas las penas y desafíos de la vida. A los segundos, Dios los separará de su presencia, les ocultará sus misterios porque ellos no están interesados, no quieren creer, endurecen su corazón y todo lo que buscan es la comodidad material de este mundo.

Más visiones de Lehi

Lehi tiene otros sueños y visiones sobre el destino de su familia y futuras generaciones en este continente. Ahora sabe bien que ellos son una rama importante de la Casa de Israel, y otra vez se lo cuenta a sus hijos.

La visión de Lehi repetida a Nefi

Nefi cree todo y hasta le pide a Dios que le muestre a él también lo que su padre vio. En los capítulos 11,12,13 y 14 de 1 Nefi, él recibe el conocimiento de los misterios que su padre recibió. Y eso, a propósito, es una vista panorámica de los mismos eventos que Isaías también recibió. Y, como todo profeta que tiene experiencias espirituales, Nefi regresa de la montaña lleno del Espíritu pero sin fuerza física por el tremendo impacto de estar cerca de lo celestial. Y encuentra a sus hermanos disputando (1 Ne. 15:2). ¿Por qué están disputando? Porque no comprenden lo que Lehi les había explicado sobre Isaías (1 Ne. 15:7).

Nefi da la clave para entender

Y lo que Nefi les dice a sus hermanos en seguida es la clave de la vida. Les dice:

¿Habéis preguntado al Señor?

Es triste tener que admitir que la mayoría de las personas en este mundo viven, mejor dicho, existen solas, y se enfrentan solas a los problemas de la vida porque no saben, o no creen, que Dios puede y quiere ayudar. Nuestro Padre Celestial, al mandarnos a este mundo, no quiso que estuviéramos desamparados. Él nos ofreció llevarnos de la mano, por así decirlo, y mostrarnos el mejor camino. Y no nos dio ese privilegio como una opción: nos dio el mandamiento de que le pidiéramos ayuda en todos los acontecimientos y situaciones de nuestra vida. DyC 46:7 dice:

«Más en todo se os manda pedir a Dios, el cual da liberalmente…

Y en DyC 103:31 dice:

«He aquí, ésta es mi voluntad; pedid y recibiréis; pero los hombres no siempre obedecen mi voluntad».

Cuando caminamos solos, y no le pedimos ayuda a Dios, estamos quebrantando uno de los más importantes mandamientos que Él nos dio al mandarnos a esta vida.

Ese es el mandamiento que Laman y Lemuel desobedecían constantemente. Por eso andaban en tinieblas.

No podemos comprender las palabras que nuestro padre ha hablado (1 Ne. 15:7).

¿Habéis preguntado al Señor? (1 Ne. 15:8).

No, porque el Señor no nos da a conocer tales cosas a nosotros (1 Ne. 15:9).

¿Cómo es que no guardáis los mandamientos del Señor? ¿Cómo es que queréis perecer a causa de la dureza de vuestros corazones? ¿No recordáis las cosas que el Señor ha dicho: Si no endurecéis vuestros corazones, y me pedís con fe, creyendo que recibiréis, guardando diligentemente mis mandamiento, de seguro os serán manifestadas estas cosas? (1 Ne. 15:10, 11).

Esa es la clave para vivir la vida.

En el versículo 3 del mismo capítulo, Nefi ya lo había dicho:

«Porque verdaderamente (Lehi) les habló muchas grandes cosas que eran difíciles de comprender, a menos que uno recurriera al Señor».

El orgullo, la ignorancia y la dureza de corazón de Laman y Lemuel, impidieron que ellos le pidieran ayuda a Dios para entender lo que Lehi les explicó.

¡Qué triste que mucha gente viva así, sin pedir ayuda para comprender! Qué triste que existamos y suframos innecesariamente en la ignorancia de los dones que nuestro Padre Celestial ha prometido a todo aquél que pida.

Si pidiéramos ayuda para saber la voluntad de Dios, y tuviéramos dedicación para hacerla, viviríamos esta vida más abundantemente, con más sencillez, con más tranquilidad, con más provecho y logros, y con mucho más gozo. Dios nos ofrece toda la ayuda, y todo lo que tenemos que hacer es pedirla.

Nefi explica lo que su padre dijo a sus hermanos sobre la casa de Israel

¿Y de qué les había hablado Lehi a Laman y a Lemuel? De la Casa de Israel, del futuro de ellos en la nueva tierra de promisión. De los desafíos que tendrían en su misión en este continente. Nefi entonces, en ese profético capítulo 15, les explica a sus hermanos:

v. 12: «He aquí os digo que la casa de Israel fue comparada a un olivo por el Espíritu del Señor que estaba en nuestro padre; y he aquí, ¿no hemos sido desgajados de la casa de Israel? ¿No somos nosotros una rama de la casa de Israel?»

v. 13: «Ahora bien, lo que nuestro padre quiere decir concerniente al injerto de las ramas naturales, por medio de la plenitud de los gentiles, es que en los días postreros, cuando nuestros descendientes2 hayan degenerado en la incredulidad, sí, por el espacio de muchos años, y muchas generaciones después que el Mesías sea manifestado en la carne a los hijos de los hombres, entonces la plenitud del evangelio del Mesías vendrá a los gentiles; y de los gentiles vendrá al resto de nuestra posteridad».2

v. 14: «Y en aquel día el resto de los de nuestra posteridad2 sabrán que son de la casa de Israel, y que son el pueblo del convenio del Señor; y entonces sabrán y llegarán al conocimiento de sus antepasados, y también al conocimiento del evangelio de su Redentor, que El ministró a sus padres. Por tanto, llegarán al conocimiento de su Redentor y de los principios exactos de su doctrina, para que sepan cómo venir a Él y ser salvos».

v. 15: «Y entonces, ¿no se regocijarán en aquel día, y alabarán a su eterno Dios, su roca y su salvación? Sí, ¿no recibirán en aquel día la fuerza y nutrición de la verdadera vid? Sí, ¿no vendrán al verdadero rebaño de Dios?»

v. 16: «He aquí, os digo que sí; se hará memoria de ellos otra vez entre la Casa de Israel; y siendo una rama natural del olivo, serán injertados en el olivo verdadero.

Profecías para nosotros

Éstas son profecías maravillosas. Hablan de nosotros los lamanitas. Ni Laman ni Lemuel las entendían porque no pedían la luz del cielo. Las palabras de Isaías, dichas por Lehi, eran un misterio para ellos porque no pedían a Dios que les iluminara la mente para entender. Nosotros los lamanitas en estos últimos días deberíamos memorizar cada palabra de esos versículos y estudiarlas y aplicarlas a todos los sucesos de nuestra vida. El gigantesco esfuerzo de Nefi al grabar cada palabra en metal es un monumento a su amor por nosotros, sus descendientes.

Repitamos aquí que los lamanitas modernos descendemos de todos los hijos de Lehi, así como de Efraín y de Judá.

Nefi sigue con una explicación de doctrina fundamental: les explica a sus hermanos que esto sucederá hasta después que los gentiles dispersen a sus descendientes.

Y les explica que las profecías abarcan a toda la Casa de Israel.

Y se refiere al convenio que Dios hizo con Abraham y el porqué de la gran misión de la Casa de Israel.

Y les habla de los judíos y su restauración en los últimos días.

Y les da el significado del árbol que Lehi vio.

Y les da el significado de la barra de hierro.

Y los exhorta a que sean obedientes.

Y, como tampoco lo entienden, les explica sobre el río que vio Lehi y la inmundicia que representa, y hasta les dice que su padre estaba tan impactado con la visión que no pudo ver el grado de inmundicia, que era mucha.

Y les habla de los juicios de Dios, la justicia, el infierno y la recompensa final de los inicuos. Y aquí vemos la pobreza espiritual de Laman y Lemuel, pues no tenían idea de las doctrinas fundamentales del evangelio. Nunca oraban para saber. No usaban la clave de la vida.

Y Nefi les habla directo y duro.

Y Laman y Lemuel se enojan, y le dicen a Nefi: «Tú nos has declarado cosas duras, más de lo que podemos aguantar» (1 Nefi 16:1).

Si Nefi halló duro ¿qué les habrá dicho Lehi?

Uno se puede preguntar: si Nefi les habló duro, ¿qué les habrá dicho Lehi, que tenía la autoridad paterna, y que sentía el horrible peso de tal vez llegar a perder a sus hijos? No lo tenemos palabra por palabra, porque Nefi no lo reportó todo (1 Nefi 9:1).

Sin embargo, no es difícil imaginar o creer que Lehi les habrá dado todo el panorama tal como él y Nefi lo tenían en mente, aun si sabía que no lo entenderían.

Les habrá dicho que si eran obedientes serían bendecidos. Pero si eran desobedientes los juicios de Dios serían terribles. Porque de aquél a quien mucho se da, mucho se requiere. Con todo, Lehi les habrá dicho que los descendientes de todos ellos, sus hijos, en los últimos días se mezclarían con los gentiles y que el resultado de esa mezcla sería un pueblo mestizo. Y Lehi también les habrá dicho que el mestizo sería la salvación de los dos grandes pueblos que estarían sin esperanza: el lamanita tradicional y el gentil español.3

Y Lehi les habrá dicho, de varias maneras, que todo eso era parte de un plan difícil de comprender. Que en esta vida no vivimos por el conocimiento sino por la fe. Porque si Dios nos lo explicara todo, entonces cancelaría el propósito de la prueba de la vida. Podemos imaginarnos el enorme esfuerzo emocional que Lehi hacía al hablarles a sus hijos, al tratar de hacerlos entender, o persuadirlos a creer, que en este continente, del cual ellos eran los herederos por decreto divino, tenían una misión de sufrir para posteriormente salvar a los gentiles. Es decir, sufrir tal como toda la Casa de Israel sufriría entre las naciones de esta tierra, para llevar a cabo una misión de amor.

Como sufrió Adán, al decidir voluntariamente participar del fruto prohibido, para darnos la vida (Moisés 4:12).

Como sufrió Abraham, para hacerse digno de la confianza de Dios (DyC 101:4).

Como sufrió José, el de Egipto, para salvar a la casa de Israel (Génesis 50:20).

Como han sufrido los profetas, para enseñar el Plan de Salvación en sus dispensaciones (Éter 9:29).

Y casi como sufrió Cristo, el Salvador, para darnos la resurrección y la vida eterna.

Lehi les habrá explicado todo eso y más, mucho, mucho más, que Nefi no reportó en las planchas menores porque tal vez pensó que lo leeríamos en el Libro de Lehi que el mismo Nefi había compendiado y había incluido como la primera parte de sus planchas mayores, y que fueron las 116 páginas que Martin Harris perdió y que el Señor no quiso que José Smith tradujera otra vez.4

¿Y cuántas más cosas no les habrá explicado Lehi?

La evidencia indica que Lehi era un experto en hablar de principios difíciles. Pues de manera profunda, como ningún filósofo jamás ha podido hacerlo, Lehi explicó a su hijo Jacob el dilema de Adán y Eva, y lo hizo en un discurso que demuestra su profundo entendimiento del Plan de Salvación (2 Ne. 2:16-23).

Cierto que Lehi tuvo que terminar su explicación con un principio de fe pura, porque la razón tal vez ya no le era suficiente. En ese momento la fe pura le dio a Lehi la única explicación, así que usó la palabra para convencer a su hijo y entonces, en el versículo 24, le dice a Jacob: «Pero he aquí, todas las cosas han sido hechas según la sabiduría de Aquel que todo lo sabe».

En otras palabras, debemos creer, debemos confiar, debemos entender —aun sin comprender— que Dios tiene el control del universo y que todo lo hace para nuestro bien, porque somos sus hijos y nos ama. Por eso el lamanita debe ejercer una fe poderosa para creer y hacer, sin comprender, sabiendo que el comprender sigue al creer.

Aun si Lehi no pudo convencer a todos sus hijos, es seguro que supo que el sufrimiento de sus descendientes no sería en vano. Y especialmente habrá sabido que, en los últimos siglos, el sufrimiento del lamanita mestizo valdría toda la pena cuando la misión de bendecir a los gentiles fuera cumplida por ellos.

Para tener una idea de al menos parte de lo que Lehi enseñó a sus hijos, sólo tenemos que leer los capítulos 6 al 10 de 2 Nefi, así como el libro de Jacob, para ver lo que un hijo obediente aprendió de su padre y de su hermano mayor, Nefi.

El valor del Libro de Mormón.

Es por el hecho de explicar estas cosas que el Libro de Mormón es la base de nuestro conocimiento sobre el maravilloso Plan de Salvación que Dios tiene para el mundo entero.

Porque este libro contiene esas visiones de Lehi, de Nefi, y de Isaías. Y son: Lehi, explicando verbalmente eso a sus hijos, y Nefi, escribiendo y explicando los capítulos de Isaías los cuales él incluyó en sus planchas, quienes enseñan el plan de Dios y nos devuelven la identidad de miembros de la Casa de Israel.

Por supuesto, dentro de todas esas profecías está incluido el corazón del Plan de Salvación, que es la misión de Jesucristo. El Libro de Mormón explica y distingue entre la primera y la segunda venida del Señor. Lehi, Nefi y todos los profetas del Libro de Mormón, hablaron de las dos venidas de Jesucristo. Explicaron el propósito de la primera venida (Alma 7:9-13) y el porqué de la segunda, y de cómo El vendría en los últimos días (2 Nefi 25:17-29).

Y todos estos misterios, que son las verdades del evangelio, se nos manifiestan cuando le pedimos a Dios que nos ilumine la mente y nos enternezca el corazón, y nos haga comprender, o al menos creer y aceptar esos planes que Él tiene para nuestro beneficio.

En otros capítulos de este libro discutiremos más a fondo muchas otras cosas que Nefi incluyó para nosotros en los últimos días. En esta parte sólo daremos una reseña panorámica de la casa de Israel, que tanto les interesó a Isaías, a Lehi y a Nefi.

Isaías y la Casa de Israel

Isaías profetizó en su tiempo de acontecimientos de los 2700 años de la historia futura de Israel.5 Cientos de libros se han escrito sobre el profeta Isaías. En el mundo cristiano ha habido una gran controversia sobre lo que Isaías escribió, y algunos autores han dicho que los sesenta y seis capítulos del libro de Isaías fueron escritos por tres autores diferentes. Las traducciones de los libros de Isaías, hechas sin autoridad, también difieren. El más antiguo manuscrito del libro de Isaías que usa el mundo cristiano data del año 68 de nuestra era, es decir, como ochocientos años después de Isaías, y ese manuscrito proviene de los Rollos del Mar Muerto.

Por otro lado, el Libro de Mormón ofrece la copia más antigua de los veintidós capítulos de Isaías que se tomaron de las planchas de bronce. Esa copia de Isaías tuvo que ser fechada antes del año 600 a. de C, porque es la copia que Labán tenía en su posesión y, como sabemos, Labán o su casa guardaban y mantenían los registros (1 Nefi 5:16).

Ningún profeta escribió más sobre la Casa de Israel que Isaías. Él escribió sobre los eventos que sucederían en su tiempo y a través de los siguientes 2700 años de la historia del mundo. Las profecías de Isaías abarcan hasta nuestros días. Entre muchas otras cosas, eso incluye el comienzo del esparcimiento de Israel (las Diez Tribus en el año 720 a. de C), y el esparcimiento de una rama de la tribu de José (Lehi, 600 años a. de C). Isaías también escribió sobre la primera venida de Cristo, el esparcimiento de los judíos de Palestina en el año 70 d. de C. y hasta la restauración del evangelio en la última dispensación en nuestros días, y mucho sobre la segunda venida de Cristo, y sobre el milenio.

Es absolutamente indispensable saber lo que escribió Isaías, porque él escribió sobre nosotros, los lamanitas. Y por eso Nefi tomó esos capítulos de las planchas de bronce y los puso en las planchas menores, donde escribió sólo lo que Dios le mandó, sólo lo que era más precioso y de gran beneficio para nosotros, su posteridad (1 Ne. 6:3).

Bosquejo general de la historia de Israel.

Pero lo que nos concierne en el presente estudio es principalmente los antecedentes históricos para entender la misión del lamanita mestizo. Así que aquí sólo daremos un bosquejo general de la Casa de Israel para después proceder con nuestro estudio.

Si fuéramos a dar un panorama general de la Casa de Israel, tal vez podríamos hacerlo así:

  1. La Casa de Israel, como grupo, nació en el Gran Concilio, antes de la fundación del mundo, cuando Cristo pidió y recibió de todos nosotros el apoyo para su misericordiosa obra redentora aquí en la tierra (Abraham 3:22-23).
  2. Podemos suponer que hubo otros espíritus en ese concilio que no se unieron a la Casa de Israel. Ellos nacerían en este mundo entre naciones que se llamarían gentiles, es decir los pueblos aparte de la casa de Israel. Pero siendo los gentiles también hijos de Dios, y mereciendo por alguna razón otra oportunidad en esta tierra, el Señor, como parte de su Plan Maestro, encargó a Israel que aquí en la tierra se mezclara con los gentiles y les llevara el conocimiento de Cristo y del Plan de Salvación. Esa es una gran parte de la misión de Israel en la tierra (Abraham 2:9). En esta tierra, Cristo, en su primera venida para vencer a la muerte y efectuar la resurrección, visitaría solamente a la Casa de Israel y no a los gentiles (3 Ne. 15:21-23). A los gentiles los bendeciría por medio del Espíritu Santo y por medio de misioneros de Israel como Pedro y Pablo, y nosotros en los últimos días.
  3. Los cuerpos mortales para los espíritus de la Casa de Israel comenzarían con el patriarca Abraham, por la línea de Isaac, no la de sus otros hijos(Génesis 21:12). Dios hizo convenio con Abraham de que en él y en su posteridad todas las naciones de la tierra serían bendecidas (1 Nefi 15:18).
  4. El esparcimiento de Israel entre todas las naciones tuvo al menos dos propósitos: uno, bendecir a los gentiles, entremezclándose con ellos. Dos, ser el medio usado por Dios para enseñarle la obediencia a Israel y reprenderlo por olvidarse del convenio que recibió como pueblo escogido. El Señor tiene todo en mente, y sabiendo que su pueblo escogido se componía de los espíritus más avanzados y más poderosos (Abraham 3:22-23), y sabiendo que al ejercer el libre albedrío esos poderosos espíritus, ya en la carne, podrían rebelarse, el Señor usó el esparcimiento con el propósito también de corregir y enseñar. Siempre que los profetas mencionaron el castigo, también mencionaron que Dios jamás olvidaría a su pueblo, y que después de la prueba de la vida, Israel recobraría toda su gloria (2 Nefi 24:2). El Señor siempre amó a Israel y las escrituras mencionan que toda corrección de parte del Señor es muestra de su amor (Hebreos 12:6,10-11; Salmos 94:12).
  5. Como nación en esta tierra, Israel se formó en Egipto, cuando José mandó traer a su familia para protegerla del hambre. Con el tiempo llegaron a ser muy numerosos y los faraones los esclavizaron para controlarlos. Lo que podemos entender de toda esa experiencia de cuatrocientos treinta años de esclavitud es que Dios permite que suframos para enseñarnos(Deutero. 8:2, 3, 5). El sufrimiento es uno de los mejores maestros y es necesario para la santificación (DyC 101:5). Algún día entenderemos eso y estaremos agradecidos por todas las experiencias que pasamos aquí en la tierra. Eso es parte de los misterios de Dios que Él quiere que entendamos. Si no podemos entender, Dios nos pide entonces que lo aceptemos por medio de la fe, del estudio y de la obediencia.

Israel, como pueblo, sufriría en esta vida. Ese sufrimiento sería parte del precio que se tendría que pagar para rescatar a los gentiles. Cristo sufrió voluntariamente para rescatarnos, y la historia de Israel es una historia de sufrimiento a veces indecible. Pero en la sabiduría de Dios, todo sufrimiento relacionado con una misión siempre será recompensado con creces (DyC 122:7).

Formada la nación de Israel en Egipto, Moisés la sacó de ahí para ponerla como ejemplo ante el mundo entero (Éxodo). Antes de eso, con la ciudad de Enoc, Dios ya había tratado de establecer una sociedad modelo para enseñarnos cómo vivir en este mundo. En ese primer intento sólo unos pocos obedecieron, y el Señor tuvo que llevarse a la ciudad de Enoc de la tierra y esperar otra oportunidad (Moisés 7:23). En el año 1300 a. de C, cuando el Señor sacó a Israel de Egipto, quiso establecer con ellos otra sociedad modelo. Es posible que si Israel hubiera usado el libre albedrío para ser un modelo ante las demás naciones, la historia del mundo hubiera sido algo diferente (Mateo 23:37).

Pero el hombre tiene el libre albedrío y cuando no aprende por obediencia tiene que aprender por experiencia. En ese tiempo Dios ofreció a Israel todas las bendiciones del Templo, del Sacerdocio Mayor y de las ordenanzas eternas. Pero Israel rechazó todo eso y entonces sólo recibió el evangelio preparatorio (la ley de Moisés, las segundas tablas), es decir, bendiciones menores, aunque suficientes para poder seguir cumpliendo al menos parte de su misión en esta tierra. Dios siempre ha tenido listas para sus hijos muchas más bendiciones de las que ellos aceptan, o se hacen dignos de recibir. A Cristo mismo los judíos no le creyeron, y no recibieron todo lo que Él estaba deseoso de darles (3 Ne. 19:35).

Vino el tiempo del esparcimiento de Israel para seguir con su misión de bendecir a los gentiles. Primero las Diez Tribus, después otras ramas (Lehi y nuestros antepasados), y por último la tribu de Judá, después de rechazar al Salvador.

Ese esparcimiento, uno de los grandes misterios de las escrituras, tiene una explicación perfectamente racional; una explicación que satisface al alma del creyente; una explicación que convencerá a los incrédulos cuando vean todo el panorama del Plan de Salvación. El esparcimiento de Israel ha sido una gran experiencia de aprendizaje así como una misión de rescate. Ese esparcimiento está siendo, y seguirá siendo, un evento heroico y una satisfacción por la misión cumplida. El Señor tiene todo planeado para nosotros, sus hijos, y todo lo que nos pasa en esta vida es para nuestro eterno beneficio —y nos irá mejor mientras más pronto ejerzamos la fe necesaria para creerlo y para aceptarlo—. La ignorancia de quiénes somos, es decir, la ignorancia de nuestra identidad, nos produce un sufrimiento como el de un sordomudo: el hombre ignorante de su identidad no tiene comunicación satisfactoria con el universo que le rodea. Sufre sin saber por qué y gime sin esperanza.

Pero conociendo nuestra identidad, y con ella nuestra misión en la vida, todo sufrimiento vendrá a ser una enseñanza de gran valor que finalmente nos alegrará el alma.

En el esparcimiento de Israel las tribus de José y de Judá recibieron misiones especiales. Especiales significa que recibieron más responsabilidad, más desafíos, más sufrimientos y más experiencias, y por supuesto, mayor galardón. Efraín, Manases y Judá tendrían historias muy renombradas y recordadas. El lamanita mestizo recibió una de esas misiones especiales.

  1. Todo indica que en el proceso de llevar a las Diez Tribus «al norte», el Señor, sabiendo bien la necesidad de los últimos días, tomó a una buena parte de Efraín (la tribu de la mayordomía que tiene los derechos de presidencia del sacerdocio),y la mezcló con las naciones gentiles que consiguientemente poblarían la parte norte del continente europeo.6 Esos pueblos llegarían a ser las naciones anglosajonas. Esos «gentiles», con la sangre de Efraín en muchos de ellos, vendrían al Nuevo Mundo en los últimos días y organizarían una nación poderosa. Esos gentiles generalmente no se mezclarían con los lamanitas, tal vez porque ya tenían siglos de haberse mezclado con Efraín.Esa gran nación gentil sería bendecida con leyes justas. Leyes que darían libertad política a la mayoría de los habitantes y tratarían de dársela a todos; leyes que permitirían la restauración de la última dispensación del evangelio al mundo, en preparación para la segunda venida de Cristo (1 Nefi 22:7).

En esa época futura, en el mundo entero no habría ninguna otra nación con leyes seculares que pudieran ofrecer la libertad necesaria para proteger la restauración del Reino de Dios en la tierra. La constitución política de los Estados Unidos de América institucionalizó secularmente por primera vez en la historia del mundo los principios de libertad y justicia que Dios reveló a Israel en Sinaí. Con ese apoyo social y político Efraín, de nacionalidad gentil, recibiría la última dispensación del evangelio.

Esos «gentiles» que recibieron la restauración en 1830 son parte de los gentiles mencionados en el Libro de Mormón.

Es posible que haya otros gentiles en la misma nación que sólo por medio del bautismo podrán ser adoptados como parte de la casa de Israel. El Libro de Mormón también parece hablar de ellos, y si no se arrepienten y vienen a Cristo, serán rechazados (3 Nefi. 30). El Señor también usaría a los «gentiles» del norte para dispersar a los lamanitas nómadas en el norte del continente, que aparentemente nunca organizaron grandes centros de población. Desde antes que él gentil europeo llegara a este continente, las grandes poblaciones de lamanitas estaban concentradas en grandes ciudades en el sur del continente.

  1. Los otros gentiles, que saldrían mayormente de la parte sur de Europa (España, Portugal, Italia), vendrían al sur de nuestro continente y muchos de ellos sí se mezclarían con los lamanitas. Y eso con un propósito muy importante.

Los gentiles que llegarían al sur de este continente vendrían a dos cosas: primero, tal como los gentiles del norte, para ser el instrumento de Dios para castigar a los rebeldes lamanitas de Israel que habían tenido, y después abandonado, el evangelio de Cristo, y que ahora estaban en la incredulidad y en la vil ignorancia de su noble identidad (Mormón 1:16). Esto el Señor lo predijo. Pero junto con su plan para corregir a los lamanitas descarriados, el Señor organizó un plan para la preservación de su pueblo y la final recuperación del mismo. Esos gentiles vendrían también a mezclarse con los lamanitas para poder recibir la esperanza de Cristo. Porque sin la mezcla con la Casa de Israel, los gentiles no tendrían esa esperanza. Otro misterio del plan de Dios que sólo la luz del evangelio puede descubrir y esclarecer.

Porque si los gentiles en Latinoamérica no se bautizan en la Iglesia verdadera, ni se mezclan con los lamanitas, es probable que no tengan descendientes que se preocupen por hacer su obra vicaria. Los gentiles sudamericanos que, con ideas equivocadas, se jactan de no tener sangre lamanita en sus venas, no se imaginan el aprieto en que se encuentran.

Todos esos sucesos y situaciones son parte de un plan maravilloso para dar experiencias y conocimiento a los hijos de Dios. A la Casa de Israel Dios le tiene reservadas grandes bendiciones porque ha cumplido y sigue cumpliendo esa gran misión que Él le encargó: llevar la esperanza en Cristo a los gentiles. En particular, al lamanita mestizo, de la casa de José, a quien Dios le encomendó una misión casi imposible en este continente, —incluyendo el sufrir despojo, esclavitud, humillación, discriminación, angustia, ignorancia, pobreza, rechazo y mil males más en su propia casa—, Dios lo restaurará a su noble grandeza, y con su hermano Efraín heredará el continente que fue dado a la tribu de José.


Notas

  1. El capítulo 14 de Mosíah y los capítulos 20 y 22 de 3 Nefi también mencionan a Isaías, así que el total de capítulos de Isaías en el Libro de Mormón es de veintidós.
  2. Los lamanitas modernos descienden parcialmente de Nefi. Véase 2 Ne. 25:8; 26:15; DyC 3:17-20.
  3. En todo este libro se hace una distinción entre el lamanita tradicional, que no se mezcló con el europeo, y el lamanita mestizo. Desde que los europeos llegaron a este continente, hasta el presente, siempre ha habido un residuo de lamanitas que quedaron marginados, y social y culturalmente mantuvieron su identidad como naturales. Estos lamanitas van a tener que depender de su hermano mestizo para escuchar y entender el evangelio, y finalmente incorporarse a la sociedad del milenio, la cual se parecerá mucho a la sociedad que nuestros antepasados tuvieron después que Cristo los visitó en este continente (4 Ne. 1:23).
  4. DyC 10:30-48. Toda la sección 10 es una explicación del problema de las 116 páginas perdidas. Véase también la sección 3.
  5. Cleon Skousen, Isaiah talks to modern times, The Ensign Publishing Co., Riverton, Utah, 1984, p. 3.
  6. DyC 64:36; 133:30. La palabra «Efraín» es hebrea y quiere decir fructífero (Génesis 41:52). En la bendición que Israel le dio a Efraín le dice que «formará multitud de naciones». Cuando Israel bendijo a José le dijo que sería «rama fructífera». Oseas dice que «Efraín se ha mezclado con los demás pueblos». Estas referencias a Efraín indican que Dios tenía preparado algo especial para esa tribu durante la dispersión.
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