El  Lamanita mestizo

Capítulo 4

Israel, los gentiles y el lamanita mestizo


Si queremos aprender bien nuestro idioma, la mejor manera de hacerlo es estudiar un idioma extranjero.

Es lo mismo en cuanto a otras cosas. Si queremos entender la historia de nuestro país, la mejor manera es estudiar la historia de otros pueblos. Ese contraste nos da perspectiva. Nos da un punto de vista más amplio y nos ayuda a ver lo nuestro con más claridad.

Nosotros somos de Israel. Este conocimiento nos da identidad. Pero esa identidad será más significativa cuando entendamos por qué somos de Israel y por qué otros no lo son. ¿Qué relación existió y existe entre la gente que apoyó a Cristo en el Gran Concilio y la gente que aparentemente no lo apoyó? ¿Qué privilegios nos da esa diferencia y qué responsabilidades? Entonces, para conocer los asuntos de Israel es necesario que sepamos los asuntos de los gentiles.

¿Por qué no fueron escogidos los gentiles, y por qué nacieron en esta vida sin las bendiciones dadas a Israel?

Otra vez vamos a usar contrastes y ejemplos. En el capítulo 13 de Alma, versículo 4, dice que antes de la fundación del mundo se ofreció a todos el llamamiento de enseñar los mandamientos de Dios a los hijos de los hombres. Haciendo uso de su libre albedrío, unos espíritus aceptaron el llamamiento, pero otros no.

«Y así, por motivo de su fe, han sido llamados a este santo llamamiento, mientras que otros rechazaban el Espíritu de Dios a causa de la dureza de sus corazones y la ceguedad de su mente, cuando de no haber sido por esto, hubieran podido tener tan grande privilegio como sus hermanos» (Alma 13:4).

Alma está hablando del llamamiento de enseñar el evangelio, lo cual no se puede hacer sin la autoridad del sacerdocio. El sacerdocio, con el llamamiento para enseñar el evangelio, fue dado a la Casa de Israel, y en esta tierra los gentiles no podrían tenerlo, a menos que se mezclaran con Israel. El santo llamamiento de enseñar los mandamientos de Dios a los hijos de los hombres incluía el aceptar el sacerdocio.

Pero Alma, al explicar por qué unos rechazaron el llamamiento, también dice una cosa muy importante. Habla de la dureza de corazón y la ceguedad de mente.

La ceguedad de mente

Esto nos hace pensar en las personas que se dicen intelectuales en este mundo. ¿Qué dicen las escrituras de los «intelectuales», de los «instruidos» según el mundo?

Muchos «instruidos», cuando aceptan hacer obras buenas, a menudo piensan en la gloria del mundo y en el lucro que pueden obtener, y no lo hacen «para la gloria de Dios» (2 Nefi 27:16).

En cuanto a la calidad de su sabiduría, en otro lugar dice: «… la sabiduría de sus sabios e instruidos perecerá, y el entendimiento de sus prudentes será escondido» (2 Nefi 27:26). Y aun en otra situación, cuando los hombres sabios creen tener conocimiento, están aquellos que dicen: «… ¡no necesitamos más de la palabra de Dios, porque ya tenemos suficiente! (2 Nefi 28:29).

Algunos habrán observado a personas que tan pronto como prosperan, se instruyen y se hacen sabias según el mundo, se cansan de la religión y se van con el mundo (Helamán 6:17).

¿Podría haber sido que los gentiles en la vida anterior tuvieron ceguedad de mente? ¿Podría ser que mientras los de la Casa de Israel escogieron a su Rey, y le prometieron su apoyo para enseñar sus mandamientos a los hijos de los hombres aquí en la tierra, los ahora gentiles mostraron muy poco entusiasmo y rechazaron el llamamiento?

Si fue así en la vida anterior, ¿será posible que los «gentiles» en la vida venidera vayan a ser los que no fueron valientes en el testimonio de Jesús, en esta vida? Los que como «hombres honorables de la tierra» prefirieron los clubes sociales de personalidades importantes en este mundo, y juzgaron que el Reino de Dios en la tierra no era lo suficientemente sofisticado, o que no tenía suficiente prestigio social, y requería una vida «simple» y sin pretensiones y nunca se dieron cuenta de la verdadera profundidad y riqueza de esa vida «simple»?

Los gentiles, los que nacieron fuera de la casa de Israel en esta tierra (por ejemplo los egipcios, los griegos, los iberos, los orientales, los de Mesopotamia, etc., etc.), han realizado grandes logros intelectuales. Han aportado mucha ciencia y mucha literatura. Algunas de esas ideas son de gran valor porque manifiestan la habilidad de los hijos de Dios. Pero gran parte de eso es el producto del «brazo de la carne». Ninguno de esos logros, por sí mismos, produce la salvación.

A la tierra vinimos, en primer lugar, a obtener un cuerpo como equipo indispensable para seguir avanzando en las eternidades, y también a obedecer el Plan de Dios (Abraham 3:25-26). Vinimos a vencer el hombre natural y vivir por el Espíritu, o guiados por Dios. En segundo, o tercero o cuarto lugar, vinimos para aprender tanto como pudiéramos por medio del «brazo de la carne», es decir, por esfuerzo propio. Se nos mandó que en todo pidiéramos a Dios (DyC 46:7) y que lo escogiéramos a Él (Moisés 7:32-33).

El gentil busca a Dios intelectualmente y así nunca lo podrá encontrar. Dios se revela solamente a los que tienen fe en Él.

No teniendo revelación institucionalizada, como la tuvo Israel por medio de profetas, el gentil pudo gozar y ha gozado de inspiración personal, pero nada que pudiera llegar a las ordenanzas de salvación necesarias para prepararlo para pasar de esta vida a la otra.

El poder intelectual, el poder de la mente, es un gran don. Pero cuando falta el poder espiritual para dirigirlo y darle sentido y valor eterno, el intelecto puede llevar al orgullo, al deseo de fama personal, a la ceguedad de mente. El hombre no fue puesto aquí para enamorarse de este mundo sino para prepararse para la vida venidera. Ningún logro que sea estrictamente de este mundo, y que no sea «con la mira puesta únicamente en la gloria de Dios», tiene valor eterno.

Los gentiles en este segundo estado, como pueblos y naciones podrían lograr el mismo nivel que tal vez lograron en la vida anterior, es decir, el desarrollo de la mente, de la razón. Pero los logros sin propósitos espirituales no acumularían tesoros en el cielo.

Principios de vida eterna

Pero aquí entra la eterna misericordia de Dios, y su interés es salvar a todos aquellos que se arrepientan y quieran la vida eterna, el tipo de vida que Él vive. Es decir, Dios no sólo quiere que vivamos para siempre, sino que vivamos el tipo de vida que Él tiene. La vida eterna que Dios vive tiene el poder de procrear de generación en generación. Ese tipo de vida necesita la disciplina que dan las ordenanzas de salvación. Es un tipo de vida de orden y de prioridades. El orden en la vida incluye propósito, incluye metas. Ese tipo de vida es para familias, no para individuos. Por eso, ni el hombre solo ni la mujer sola pueden llegar a la plenitud de la felicidad. El plan de salvación tiene esos conceptos y ese plan no fue dado a los gentiles.

Una de las necesidades innatas en el ser humano y uno de los propósitos más sublimes en la vida es el aprender. Aprender conocimiento y aprender las leyes para aplicarlos correctamente de manera productiva es una meta que llena el alma. Parece ser que la manera más productiva de aprender es servir, es decir, compartir los dones con otros. Uno crece cuando uno sirve. Uno aprende cuando enseña. Uno gana cuando uno da. El refrán: más vale dar que recibir, tiene un profundo significado. En la economía del universo algunas cosas, tal vez todas, son lo contrario de lo que parecen en esta tierra.

El tesoro de Israel

Los espíritus que apoyaron el Plan de Salvación en el Gran Concilio, cuando Cristo pidió apoyo, entendieron esos principios. Hay que dar para tener. Hay que dar amor para llenarse de amor. Hay que dar conocimiento para obtener más conocimiento. Hay que servir para magnificar los dones y perfeccionarlos.

Entendiendo eso, la Casa de Israel recibió un llamado para cumplir una grandiosa misión en esta tierra, adonde también vendrían espíritus en diferentes grados de desarrollo o de obediencia.

La Casa de Israel nacería en este mundo con el más grande capital espiritual acumulado en el primer estado. Serían el pueblo escogido de Dios. Serían los que tendrían las más complejas y extraordinarias experiencias. Serían los que se sacrificarían más por otros. Serían los que sufrirían más por el simple hecho de tener más conciencia y sentir más culpabilidad por las faltas cometidas. Sufrirían más por saber más y ser más sensibles a los sentimientos y necesidades de otros.

Ahora, conociendo Dios que sus hijos son indestructibles, y sabiendo que el sufrimiento santifica, y que toda experiencia aumenta el conocimiento, y que todo desafío hace crecer, llamó a sus hijos escogidos, la Casa de Israel, a una misión de amor, de sacrificio y de abnegación. Esa misión sería asistir a Jesucristo, el Mesías, el Salvador del género humano, en su gran misión redentora. La misión sería enorme en cuanto al sacrificio requerido, pero enorme sería también la recompensa, al cumplirla. El cumplir una misión de amor es su propia recompensa, pero Dios, en su infinita misericordia, también nos prometió el triunfo y la gloria de la gran experiencia.

Israel aceptó y Dios entonces ofreció otra oportunidad de salvación a los gentiles. La Casa de Israel se mezclaría literalmente con las naciones gentiles, paganas, y con gran sacrificio y alto costo, les llevaría las bendiciones del evangelio de Cristo (Abraham 2:9).

Así que a todos los gentiles, aun a los que aparentemente rechazaron más el sacerdocio y no aceptaron el convenio para nacer dentro de la Casa de Israel, Dios, por medio de la ministración de la Casa de Israel, ha invitado en los últimos minutos de la última dispensación a establecer la cadena de autoridad, para que durante el milenio la obra vicaria se pueda hacer por todos los de su grupo que acepten el ofrecimiento de una mejor resurrección y gloria. Todos los descendientes de Cam tienen ahora acceso a los poderes celestiales. El trabajo de los fieles entre ellos es usar el eslabón que ahora existe para ofrecer la esperanza de la redención a los millones de sus hermanos que por casi 6000 años no la pudieron tener (Abraham 1:21-27).

En cuanto a las naciones gentiles de gente blanca, ellos tendrían acceso al sacerdocio sin esperar hasta la última dispensación, pero solamente si se mezclaban con Israel o si eran adoptados dentro del pueblo del convenio. Y una de las grandes misiones de Israel en la tierra fue precisamente esparcirse entre todas las naciones gentiles de la tierra y llevarles las bendiciones del Plan de Salvación.

Pablo lo dice muy elocuentemente:

«¿Han tropezado los de Israel para que cayesen? En ninguna manera; pero por su transgresión vino la salvación a los gentiles, para provocarles a celos.

Y si su transgresión es la riqueza del mundo, y su defección la riqueza de los gentiles, ¿cuánto más su plena restauración?

Porque si su exclusión es la reconciliación del mundo, ¿qué será su admisión sino vida de entre los muertos?» (Romanos 11:11, 12,15).

El pacto que Dios hizo con Abraham, antes de este mundo y también en este mundo, fue que Abraham sería el padre de muchas naciones y que a través de él todos los pueblos de la tierra serían bendecidos.   ¡Todos los pueblos!

El llamamiento a servir

Esta bendición fue un llamamiento. Un llamamiento que sólo los fieles reciben. Un llamamiento a servir. Un llamamiento para sacrificarse en beneficio de los hijos de Dios.

Adán se sacrificó para hacer posible la prueba de la vida.

La Casa de Israel se ofrece en sacrificio para salvar a los gentiles.

Este es el prototipo de Cristo: el sacrificio para salvar.

Por eso se dice que por sacrificios se dan bendiciones. Porque el sacrificio es la más elevada forma de amar. Y también la mejor forma de aprender y de alcanzar el perdón y la santificación (DyC 101:5).

Y Pablo sigue explicándoles a los romanos (gentiles) y dice que el sufrimiento de Israel es parte del plan eterno:

«Porque no quiero hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles» (Romanos 11:25).

La expresión la plenitud de los gentiles se encuentra como siete veces en las escrituras. Quiere decir que Israel se mezclaría con los gentiles y lo haría hasta que todas las naciones gentiles tuvieran la oportunidad de saber de las buenas nuevas, del plan de salvación, de la esperanza en Cristo.

Sólo entonces, después de terminar esa misión de amor, Israel sería recogido para recibir la recompensa y la gloria de su obra entre todos los hijos de Dios.

La dispersión de Israel fue para llevar a cabo esa obra de amor. El recogimiento es para recompensar a Israel por haber hecho tal obra.

El logro más grande es el servicio que damos.

El sufrimiento que soportamos al servir se tornará en aprendizaje, en gozo y crecimiento eterno. Sin sufrimiento no hay perfección. (Hebreos 11:40, versión inspirada).

El sufrimiento es uno de los mejores maestros. La aflicción es para probarnos, para conocer nuestro corazón (Dt. 8:2,3,5).

Dios permite que suframos porque nos conoce y sabe que, después de todo, somos eternos e indestructibles y sabe que esas experiencias son para nuestro beneficio (DyC 122:7).

Dios quiere que confiemos en El y que no murmuremos (1 Nefi 18:16).

Esa es la relación entre Israel y los pueblos de la tierra que no nacieron en esta vida con las bendiciones y los poderes celestiales que Israel logró por su fidelidad.

Es una relación de amor, de sacrificio, de sufrimiento. Pero es una relación que terminará en gloria y exaltación para Israel y para todos los que hayan aprovechado el fruto de esa gran obra.

Es una relación que sólo un Ser muy inteligente pudo haber diseñado.

La obra de Jesucristo es el prototipo.

Al entender estos misterios el alma descansa.

Al vislumbrar la sabiduría de nuestro Gran Dios, uno no puede más que mostrar reverencia en profundo silencio. La sabiduría, la misericordia, la gracia, la justicia, la caridad del Padre y del Hijo son infinitas. El plan para sus hijos es su obra maestra del universo.

Conociendo estas cosas y creyéndolas con fe entenderemos la vida mejor cada día. Aprenderemos a vivir mejor, sirviendo mejor.

Israel entendió eso cuando aceptó servir a todos los hijos de Dios.  Aceptó la dispersión con todas sus implicaciones.

Nosotros, los lamanitas mestizos estuvimos allí. Supimos todo eso, lo aceptamos. Somos parte de Israel y el futuro será muy glorioso si somos fieles.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s