El  Lamanita mestizo

Capítulo 5

Cómo fue dispersado Israel

Castigo y bendición

El lamanita mestizo es parte de la dispersión de la casa de Israel. Esa dispersión ha sido considerada como un castigo debido a que Israel violó el pacto que había hecho con Dios. Pero como dijo un profeta moderno: «El Señor nunca castiga a su pueblo sin tornar ese castigo en una bendición».1

La dispersión fue un castigo para corregir. Esa corrección también es una bendición para los gentiles y, por la misión cumplida de bendecirlos, la corrección se tornará en bendición para Israel.

El «castigo» de Dios siempre es inteligente y misericordioso. Nunca es destructivo, ni es un acto sin provecho. Dios «castiga» para enseñar, para corregir, para proteger. El castigo de Dios siempre es un acto donde el que recibe la corrección crece en entendimiento y sabiduría, especialmente si acepta la corrección con humildad. El castigo de Dios siempre tiene un propósito positivo y es para elevar, salvar, exaltar y santificar.

Es por eso que vemos en las escrituras que cuando se menciona el esparcimiento de Israel, a veces en el mismo capítulo, o versículo siguiente, también se menciona el recogimiento (1 Nefi 10:13-14). El «castigo» del esparcimiento resultaría en la bendición para los gentiles y una gran experiencia para Israel.

Fe y conocimiento

Los misterios de Dios nunca son explicados abiertamente. Para entenderlos hay que tener paciencia, dedicación y fe. Cuando los hombres conocen los atributos de Dios, y saben que Él tiene todo conocimiento, es justo, misericordioso, todopoderoso, y verdadero,2 entonces los hombres saben que pueden tener fe ilimitada en El. Después de ejercer la fe y después de pedir y de escudriñar y hacer todo lo que podamos, entonces se nos descubren los misterios que Dios quiere que entendamos. La explicación viene después de ejercer la fe.

El misterio de la dispersión y el recogimiento de Israel forma parte del gran plan que Dios preparó para todos los hijos al mandarlos a este mundo. Es un plan para proveer experiencias y oportunidades de aprendizaje; un plan para probar al hombre en sus dimensiones física, mental, emocional, y espiritual; es un plan para templar el alma y perfeccionarla para los desafíos de la eternidad. En este capítulo vamos a examinar los principales aspectos de esa dispersión de la Casa de Israel.

De doce a una nación

La Casa de Israel fue una conglomeración de las Doce Tribus desde que salieron de Egipto alrededor del año 1300 a. de C. Por cuatrocientos años vivieron sin gobierno central, bajo once jueces que más o menos mantuvieron una relación política entre las tribus. La mayor parte de esos cuatrocientos años fue de idolatría, apostasía y desorganización (todo el libro de Jueces).

Después de esos cuatrocientos años, las doce tribus se organizaron bajo el profeta Samuel, en un gobierno tipo teocracia, lo cual produjo más interacción entre las tribus. Pero el pueblo no estuvo satisfecho y demandó tener rey «como tienen todas las naciones» y Saúl fue ungido como primer rey de Israel (1 Samuel 8:5).

El segundo rey fue David, y bajo su reinado las doce tribus de Israel llegaron a ser una nación poderosa, y dominaron política, militar y económicamente a todas las naciones que los rodeaban (1 Cr. 18-20).

El tercer rey fue Salomón, quien consolidó todos los logros de su padre David, y la gloria de Israel llegó al máximo entre los pueblos de la tierra (1 Reyes 10). Pero en sus últimos días, Salomón, aparentemente afectado de senilidad, se portó contrario a todos los principios de rectitud que él mismo había proclamado en su vida, y Dios le dijo que «romperé de ti el reino» (1 Reyes 11:11). Esto fue el principio de la preparación para el esparcimiento de la Casa de Israel por todo el mundo, para cumplir la gran misión de llevar las bendiciones a los gentiles (1 Reyes 11:16).

Separación de las tribus

Dios comenzó por dividir a la Casa de Israel en dos reinos o naciones: el reino del norte, que consistió en las Diez Tribus, y el reino del sur o tribu de Judá. Eso fue en el año 922 a. de C. Por los siguientes doscientos años, Israel, y Judá fueron dos naciones. La tribu de Benjamín se unió a Judá. Después, cuando Israel se corrompió, mezclándose con los pueblos gentiles, gran parte de la tribu de Leví se fue al sur, con Judá.

Todos los profetas de Israel supieron que eso sucedería. Moisés les había anticipado las condiciones y las consecuencias de no mantener el pacto y convenio de Sinaí (Dt. 28:15-68). Josué también los había amonestado (Josué 24:20). Cuando en el año 922 a. de C. el Rey Roboam (hijo de Salomón), que precipitó la rebelión de las Diez Tribus al aumentar los impuestos, juntó a 180,000 guerreros escogidos de Judá y de Benjamín, y quiso pelear contra las Diez Tribus y someterlas a su gobierno, Dios mandó a Semaías, profeta, a decirle a Roboam que no procediera «porque esto lo he hecho yo» (1 Reyes 12:21-24).

Otra vez, aquí vemos la mano de Dios en todos los acontecimientos de la historia.

Primera etapa de la dispersión

El primer gran evento de la dispersión tuvo lugar en el año 720 a. de C. Desde la separación de las tribus, las Diez Tribus del norte habían adoptado el nombre de Israel y fueron gobernados por la tribu de Efraín, la tribu de la mayordomía. Las escrituras relatan con detalle los pasos tomados hacia el futuro destierro:

Las Diez Tribus olvidaron el convenio, se mezclaron cada vez más con los gentiles y la apostasía entre ellos llegó al máximo (Oseas 7:5-8). Al final perdieron su identidad (Oseas 8:5).

Eso fue parte del mecanismo para completar su dispersión. En el año 720 a. de C, después de muchas intrigas políticas, las Diez Tribus fueron conquistadas por Asiría y fueron transportadas al norte de Nínive, la capital de Asiría (2 Reyes 17:6).

De Asiría Israel jamás regresó a su tierra.

Desde ese tiempo su paradero es conocido sólo por el Señor (3 Nefi 17:4). Hay varias teorías sobre dónde se encuentran pero no hay una sola escritura que lo indique. Las escrituras dicen que en los últimos días las Diez Tribus vendrán «desde el país del norte» (DyC 110:11).

Segunda etapa de la dispersión

El segundo gran evento de la dispersión tuvo lugar alrededor del año 600 a. de C. La nación judía quedó sola en Palestina. Entre ella vivieron la tribu de Benjamín y miembros fíeles de las otras tribus que habían emigrado del reino del norte, por ejemplo: la familia de Lehi, de la tribu de Manases y la familia de Ismael, de la tribu de Efraín.

Judá se había mantenido más o menos fuerte por poco más de cien años después de la desaparición de las Diez Tribus. Varias veces hicieron alianza con naciones paganas, en contra de la voluntad de Dios. Isaías les había prevenido que la apostasía, la corrupción y la idolatría los llevarían a la ruina. Hasta les dijo que sería Babilonia, no Asiría, la que los conquistaría (2 Reyes 20:16-19). Los principales pecados de Judá son denunciados en los capítulos 28 y 30 de Isaías, donde el profeta también les dijo especialmente que no hicieran pacto con Egipto (Isaías 30:1-5).

Como siempre, Dios usa a naciones injustas para castigar (corregir) a los injustos, y sus eternos propósitos se cumplen tal como los profetas los anuncian. Ya hacía más de cien años que las Diez Tribus habían desaparecido de Asiría cuando, en el año 612 a. de C, Babilonia ayudada por los medos y los persas, había dejado a Nínive, la capital de Asiría, como un montón de ruinas.3

Fue en el año 600 a de C. que muchos profetas volvieron a anunciar la destrucción de Jerusalén si Judá no se arrepentía. Lehi fue uno de los profetas. Los judíos se burlaron de él y lo amenazaron de muerte y el Señor mandó a Lehi que saliera de Jerusalén (1 Nefi 1:4,18,20).

En ese tiempo Judá, con otros reinos cercanos, pagaba tributo a Babilonia. Pero un día, Sedequías, rey de Judá, rehusó pagar tributo y Nabucodonosor fue y destruyó Jerusalén en el año 587 a. de C. (2 Cr. 36:9-17). Los nefitas, por obediencia al Señor, supieron por revelación la destrucción de la que recientemente habían escapado (2 Nefi 1:4).

Muchos judíos fueron llevados a Babilonia y vivieron ahí setenta años cautivos (2 Cr. 36:20-21). Algunos nunca volvieron a Jerusalén sino que quedaron esparcidos entre los gentiles.

Lehi y su familia, la familia de Ismael, y Zoram, el siervo de Labán, pasaron ocho años en el desierto y después se embarcaron al nuevo continente, la tierra prometida a su antepasado José;

Unos años después, uno de los hijos de Sedequías, Mulek, quien se escapó de los babilonios, se embarcó también para este continente (Omni 1:15-16).

Ellos son nuestros ancestros. Los lamanitas modernos descendemos de esas familias.

Somos parte del esparcimiento de Israel (1 Nefi 15:12).  Somos parte del plan maestro que Dios preparó para bendecir a todos sus hijos. Y es el lamanita mestizo, ahora mezclado con los gentiles que Dios trajo a este continente, quien tiene una misión especial en el recogimiento: salvar a las dos naciones que lleva en sus venas; sus parientes gentiles y sus hermanos lamanitas que nunca se mezclaron.

Tercera etapa de la dispersión

El tercer evento del esparcimiento tuvo lugar en el año 70 de la era cristiana.

De la cautividad de setenta años en Babilonia, los judíos regresaron a Jerusalén bajo la dirección del profeta Nehemías y dirigidos después por el sacerdote Esdras (Esdras 1). Ciro, el gentil persa, destructor de Babilonia, reconoció a Jehová como el Dios de Israel porque Isaías lo había mencionado a él, Ciro, como el conquistador de Babilonia casi doscientos años antes del hecho (Isaías 45:1-7).

Ciro dio cartas y facilitó el regreso de los judíos a su tierra. Este regreso también había sido predicho por los profetas (Esdras 6:14).

Después de los setenta años de cautividad, los judíos regresaron a sólo un pedazo de tierra de lo que antes había sido su nación. Pero no regresaron como pueblo libre. Persia, Grecia, Siria y Roma los dominaron. Aun siglos después, durante la primera venida del Salvador, Judá estaba gobernada por árabes que eran súbditos de Roma.

Durante la sexta dispensación, la cual trajo al mismo Salvador  al mundo, los judíos tuvieron otra oportunidad de volverse al Señor, pero fue en vano. Rechazado y crucificado por su misma tribu, Jesús el Cristo, repitiendo personalmente lo que les había dicho antes por medio de profetas, les volvió a decir que serían dispersados entre todas las naciones:

«He aquí vuestra casa os es dejada desierta» (Mateo 23:38).

Para los judíos, y para la Casa de Israel en general, la libertad siempre tuvo un valor supremo. En el corazón entendían que Dios había puesto al hombre en esta tierra para ser libre. Siempre lucharon por esa libertad. Siempre hubo rebeldes entre ellos que no toleraban vivir bajo un gobierno que no fuera el de ellos.

Pero Roma no toleraba la rebelión. Las legiones romanas llegaron a Jerusalén y después de un terrible sitio de tres años, barrieron con la ciudad y no dejaron piedra sobre piedra. Más de un millón de judíos pereció en la lucha. Muchos fueron vendidos como esclavos. Muchos se dispersaron hacia diversos rincones de la tierra. Un puñado de ellos se atrincheró en Masada, una fortaleza al sur de Jerusalén, y resistieron a los romanos hasta que, ante la inminente captura, cometieron suicidio en masa. La nación judía dejó de existir en el año 70 d. de C. No volvería a existir hasta 1948.

Por fin todas las doce tribus de la Casa de Israel habían sido dispersadas. Su misión de salvar a los gentiles, uno de los dramas más grandes en la historia del mundo, estaba en completa operación.

La dispersión duraría hasta la plenitud de los gentiles, es decir, hasta que cada nación gentil tuviera la presencia de algún miembro de la Casa de Israel.

El recogimiento comenzaría en el año 1830, con la restauración del evangelio en la última dispensación y el establecimiento del reino de Dios para preparar al mundo para el milenio.


Notas

1.José Fielding Smith, Answers to gospel questions, Deseret Book Co., Salt Lake City, Utah, 1972, p. 279.
2. José Smith, Discursos sobre la Fe, Editorial Zarahemla, México, D.F., 1999, pp. 49, 50.
3. Una de las armas superiores de los medos fue el arco de acero, que también se menciona en Salmos 18:34 y Job 20:24, aunque la Biblia en su traducción al español dice «bronce», mientras que en inglés dice «acero».
El arco de Nefi también era de acero (1 Nefi 16:18).

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