Conferencia General Abril 1951

Invocación

LeGrand Richards
Obispo Presidente de la Iglesia

La esperanza y el valor que nacen de una vida recta y de la confianza en Dios, aun en medio de la pérdida y el dolor.


Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Tú ves que estamos reunidos aquí este día como familiares, seres queridos, amigos y compañeros Santos de Sion, en este hermoso y sagrado edificio, para expresar nuestro agradecimiento y rendir homenaje a la vida y a las labores de tu digno siervo, tu profeta, vidente y revelador para tu gran Iglesia.

Padre Celestial, nuestros corazones están cargados de tristeza debido a la pérdida de la amistad, los privilegios y las asociaciones que hemos disfrutado con tu digno siervo en el pasado. No nos entristecemos por él, Padre, porque sentimos que su vida ha sido un ejemplo tan noble para tus hijos en todas partes como el de cualquier hombre que hayamos conocido. Ha andado en tus caminos. Ha guardado tus mandamientos. Ha trabajado por la salvación y la bendición de sus semejantes. En ello ha sido desinteresado y devoto todos los días de su vida.

Te agradecemos, Padre, que su vida haya sido de tal naturaleza que hemos podido escuchar los homenajes que ya se han leído ante nosotros este día. Por ellos te damos gracias, así como por los muchos otros que no han sido leídos. Y te rogamos ahora, Padre, que al estar así reunidos, tu Santo Espíritu sea derramado sobre quienes participan en estos servicios, sobre quienes proveen la música, y sobre los Hermanos y aquellos que han sido llamados a hablar, para que pronuncien palabras de consuelo y consolación que sirvan de aliento y fortaleza a quienes más lloran, los seres queridos más cercanos de tu siervo.

Padre, cuando estos servicios lleguen a su fin y hayamos escuchado los homenajes que se rendirán, permite que se añada a ellos el homenaje que cada uno de nosotros siente en su corazón por la asociación que tuvo con él, por su maravillosa bondad y por su noble ejemplo, porque lo amamos, Padre. Tú conoces todas las cosas y conoces el amor que le profesamos.

Padre Celestial, así como él ha dado honra al nombre que lleva y ha demostrado ser digno de estar en la presencia de su padre y de su abuelo, quienes ocuparon cargos en la presidencia de tu Iglesia, sentimos que nada le complacería más a él, ni agradaría más a tu Iglesia, que el que su posteridad, hasta la última generación del tiempo, continúe dando brillo a ese nombre y sea digna de llevarlo entre los hijos de los hombres y entre los Santos de Sion en todas partes.

Ahora, Santo Padre, tú has declarado por medio de tu Unigénito Hijo: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación”. Te pedimos que estos servicios de este día sean un consuelo para todos los que lloran, que tu Espíritu esté presente en rica abundancia y que podamos honrar a tu noble siervo. Todo esto te lo pedimos, y te damos gracias por todas nuestras bendiciones, en el nombre del Señor Jesucristo, nuestro Redentor. Amén.

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