La Verdad y la Rectitud Triunfarán
Élder Alma Sonne
Ayudante del Consejo de los Doce ApóstolesLa verdad y la rectitud siempre prevalecerán cuando los discípulos de Cristo permanezcan fieles, confíen en el Señor y sigan el ejemplo de los profetas.
Mis hermanos y hermanas, confío en que pueda contar con vuestra fe y vuestras oraciones durante los pocos minutos que estaré ante vosotros. En primer lugar, deseo expresar mi gratitud por la fortaleza, el consuelo, la paz y la confianza renovada que han llegado a los miembros de la Iglesia tras el fallecimiento del presidente George Albert Smith. Pienso que, de una manera u otra, él debió haber tocado la vida de todos nosotros, en mayor o menor medida, a lo largo de todo su ministerio.
LOS DISCURSOS DEL PRESIDENTE SMITH
Recuerdo que, siendo un muchacho adolescente, escuché por primera vez al presidente Smith pronunciar un discurso en el Tabernáculo de Logan. El tema de su mensaje fue la observancia del día de reposo. Era un mensaje oportuno porque, en aquel tiempo, particularmente en Logan, existía cierta controversia acerca de hasta qué punto debían comercializarse y promoverse los entretenimientos dominicales. El discurso del presidente Smith fue poderoso. Entre otras cosas, dijo: “La observancia del día de reposo es uno de los grandes pilares de la civilización”. He pensado muchas veces en esas palabras y estoy convencido, al reflexionar sobre ellas, de que el presidente Smith tenía razón en sus conclusiones.
Años después lo escuché hablar ante una congregación en el mismo lugar acerca de los Diez Mandamientos. Como hacía con frecuencia, se refirió a cada uno de ellos y, después de comentarlos, se volvió hacia la audiencia y dijo: “Podéis quebrantar estos mandamientos si queréis, pero si lo hacéis, ellos os quebrantarán a vosotros”. Nunca he olvidado esas palabras.
Así, el presidente Smith ha llevado un mensaje vital a la vida de cada uno de nosotros. Cuando fui llamado por primera vez al cargo que ahora ocupo en la Iglesia, una de mis primeras asignaciones fue visitar las estacas de St. Johns y Snowflake, en Arizona. Para mi sorpresa y alegría, el presidente George Albert Smith sería mi compañero. Viajamos juntos a St. Johns, donde se celebró la conferencia. Durante la sesión de la tarde, llegó un telegrama para el presidente Smith, que estaba sentado a mi lado. Lo abrió, lo leyó, lo dobló y lo guardó en su bolsillo. Cuando terminó la sesión, se acercó a mí y me dijo: “He sido llamado de regreso a Salt Lake City. Será necesario que usted cumpla con los compromisos que he hecho”. Entonces me entregó una pequeña hoja de papel en la que había anotado un programa de reuniones que había organizado en las pequeñas aldeas y asentamientos alrededor de St. Johns y Snowflake. Menciono este hecho únicamente porque ilustra el celo, la energía y la diligencia con que el presidente Smith asumía sus responsabilidades en el ministerio.
DARLE UNA OPORTUNIDAD AL SEÑOR
Cuando partí hacia Europa para asumir una gran responsabilidad, una que sentía demasiado grande para mí, el presidente Smith me llamó a su oficina. Me dio una amonestación muy breve, y sospecho que la ha dado a muchos otros. Me dijo: “Recuerde, hermano Sonne, dele una oportunidad al Señor”.
Creo que esa amonestación permaneció conmigo durante toda mi misión en Europa. No estoy seguro de que la necesitara tanto, porque era muy humilde y oraba mucho en la obra que debía realizar, pero el consejo era tan bueno y tan acertado que nunca lo olvidé. Y siento que cualquier éxito que logramos en nuestros esfuerzos en Europa durante un período crucial se debió en gran medida a la ayuda que recibimos de nuestro Padre Celestial.
Por ello, espero y oro para que los miembros de la Iglesia, y particularmente aquellos que poseen el Santo Sacerdocio, hagan el mismo esfuerzo que nuestro gran líder demostró durante toda su vida.
LA DEVOCIÓN DE LOS SANTOS DE LOS ÚLTIMOS DÍAS
Recuerdo en este momento un testimonio que escuché de un joven misionero en la Misión Francesa. Apenas había llegado al campo misional. Al ponerse de pie, dijo algo semejante a esto: “Mis abuelos se unieron a la Iglesia en Southampton, Inglaterra. Poco después de bautizarse, emigraron a Nauvoo, Illinois. Compraron una casa y esperaban vivir allí indefinidamente. Pero”, dijo el misionero, “una turba incendió la casa y quedaron prácticamente en la miseria. Entonces mis abuelos cargaron todas sus posesiones terrenales en un carro de mano y lo empujaron a través de las llanuras hasta las Montañas Rocosas. Doy gracias a Dios”, dijo aquel joven, “por la fe, la integridad, la determinación y la convicción que impulsaron a mis abuelos a ser tan fieles a su confianza”.
Tal devoción ha sido característica de los Santos de los Últimos Días y de sus líderes desde el principio.
Me regocijo, hermanos y hermanas, en mi testimonio de la verdad. Sé que Dios ha hablado desde los cielos y ha establecido Su Iglesia sobre la tierra. Hemos recibido una gran conmoción durante los últimos días; con toda probabilidad recibiremos otras más, pero os digo esto: esta Iglesia jamás sufrirá un retroceso. Seguirá avanzando en el futuro como lo ha hecho en el pasado, y la verdad y la rectitud triunfarán sobre la tierra.
Ruego que así sea, en el nombre de Jesucristo. Amén.


























