Conferencia General Abril 1952

El Tabernáculo

Presidente Stephen L. Richards
Primer Consejero de la Primera Presidencia


Hace poco tiempo me hallaba sentado en el Tabernáculo escuchando hermosa música. Después de que terminó el concierto, me sentí un poco avergonzado interiormente al reconocer que había oído muy poco de lo que se había presentado, porque casi desde el comienzo del programa mis pensamientos se dirigieron a este gran edificio en el cual estamos reunidos hoy. De una u otra manera, su lugar en nuestra historia y sus significados adquirieron tales proporciones en mi pensamiento que decidí que bien podría merecer un poco de nuestra atención al meditar sobre el progreso y la misión de la Iglesia restaurada de nuestro Señor.

Este Tabernáculo de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, erigido en lo que designamos como la Manzana del Templo en Salt Lake City, Utah, ha llegado a ser uno de los edificios más interesantes y ampliamente conocidos del oeste de los Estados Unidos, y quizás de toda América, excluyendo las estructuras de la capital nacional y los lugares de gran interés histórico en la formación de la república.

La primera obra en el Tabernáculo comenzó en la primavera y el verano de 1863. La primera piedra de los cimientos fue colocada el 26 de julio de 1864. El Tabernáculo quedó terminado, al menos en condiciones de ser usado, para el 6 de octubre de 1867, cuando se celebró la primera conferencia en el edificio. La siguiente es una anotación citada del registro:

“Las puertas de la Manzana del Templo se abrieron a las nueve, y la gente entró en gran número. Mucho antes de las diez, la hora señalada para el comienzo de la conferencia, los asientos del gran Tabernáculo estaban llenos, los pasillos y las entradas estaban atestados, y muchos quedaron afuera. El estrado estaba lleno con los oficiales de la Iglesia y los diversos coros que estaban presentes para participar en el servicio”.

Las condiciones aquí descritas no son difíciles de visualizar para la generación actual.

Para entonces, el órgano estaba terminado solo en una tercera parte, pero se utilizó para acompañar el canto. Se usaron asientos temporales, ya que la instalación de los asientos permanentes no se completó sino hasta algún momento durante el verano de 1868. La galería no se terminó sino hasta más tarde, y fue usada por primera vez en la conferencia general pospuesta de la Iglesia el 5 de mayo de 1870. Se registra que esa capacidad adicional de asientos fue muy apreciada, y que la instalación de la galería mejoró la acústica del edificio.

El Tabernáculo no fue dedicado sino hasta octubre de 1875. Hablaré de la dedicación más adelante.

Quizás uno de los primeros aspectos significativos del edificio sea su tamaño. Tiene 250 pies de largo por 150 pies de ancho; 6 pies hasta el cielo raso, 75 pies hasta la parte superior del techo, sostenido por 44 pilares de piedra, con 16 puertas de 10 pies de ancho y 4 puertas de 4 pies y medio de ancho, lo que permite la salida de 13.000 personas en 5 minutos. Su arquitecto, Henry Grow, afirmó que era el salón más grande del mundo sin apoyo de columnas. No he investigado para determinar por cuánto tiempo pudo haber sido cierta la declaración del arquitecto.

La enorme capacidad del edificio es una evidencia muy tangible de la firme convicción de sus constructores en el crecimiento y destino de la causa que sostenían. Sin su gran tamaño, nunca habría podido servir a su poderoso propósito. En los primeros días de nuestro asentamiento en estos valles de las montañas, la comunicación era muy difícil. Aun después de la llegada del telégrafo y de los ferrocarriles, la gente tenía que venir, ver y oír para obtener impresiones e información correctas. Si el edificio hubiera sido más pequeño, incontables miles habrían sido privados de oportunidades y bendiciones que han valorado en gran manera. Además, me parece digno de señalar que el edificio fue construido casi tan grande como podía haberse construido para que una audiencia dentro de él pudiera oír, mucho antes de la época de la amplificación eléctrica del sonido. La acústica del Tabernáculo ha sido tema de comentario por parte de científicos y otras personas durante muchos años. No sé si alguna vez se ha escrito un tratado completo al respecto, pero constituiría una tesis meritoria e interesante. Esta gran estructura, enorme para la época de su construcción, es la encarnación física de un poderoso concepto: que la obra de Dios es expansiva, abarcadora, con lugar para todos los que quieran venir, escuchar y recibir.

El Tabernáculo ha sido un gran centro cultural. Durante ochenta años ha albergado prácticamente todos los conciertos principales, sinfonías, bandas, coros y artistas vocales e instrumentales que han venido a esta parte del país. Es seguro decir que sin él las comunidades de esta región habrían sido privadas de innumerables oportunidades de ver y escuchar el talento más sobresaliente del mundo. Ha sido escenario de grandes espectáculos que vivirán largo tiempo en nuestra memoria; y además de ser el mayor escenario para presentaciones artísticas de nuestra comunidad, ha sido un lugar de instrucción y ensayo para miles y miles de niños, jóvenes y adultos, desarrollando talento y apreciación artística mucho más allá de nuestra capacidad de medir. A través de los años, el edificio generalmente ha sido ofrecido para casi todo proyecto cultural concebible que ha llegado hasta nosotros.

Al extender así el uso del edificio, la Iglesia ha tenido lo que creo ha sido una experiencia única. No sé que exista una situación comparable en el país. Siempre ha sido el esfuerzo mantener normas de conducta en este edificio y en los alrededores que concuerden con las creencias y normas de la Iglesia. A quienes vienen aquí se les pide no fumar, ni beber, ni usar lenguaje profano, y pienso que, con pocas excepciones, quienes no son de nuestra fe y no practican nuestras normas han sido lo suficientemente respetuosos de nuestros puntos de vista como para observar el decoro de este edificio. Apreciamos su consideración.

Este Tabernáculo ha sido, en ciertos aspectos, un centro cívico. Ha servido como foro para Presidentes de los Estados Unidos, candidatos a la presidencia, personajes destacados de países extranjeros y conferencistas, así como para la discusión de algunos de los asuntos más importantes que han enfrentado la nación. Ha sido usado como salón de reunión para grandes convenciones nacionales y ha desempeñado un papel en el avance de importantes causas cívicas. Ha rendido tributos de homenaje y honor a nuestros héroes nacionales; ha respondido a las demandas de emergencia; y a través de los años ha sido un recurso invaluable en la vida de nuestra comunidad.

Más importante que cualquiera de estas cosas, sin embargo, en la historia de este gran Tabernáculo, es su lugar y función como casa de adoración.

Ya que el canto generalmente inicia nuestra adoración pública, en este punto quisiera hablar un poco de los coros del Tabernáculo. Aquí ha estado, y por más de setenta y cinco años, el hogar del Coro del Tabernáculo. No me atrevería a decir si el Tabernáculo hizo famoso al coro o si el coro hizo famoso al Tabernáculo. Basta saber que durante todos estos años hemos tenido un gran coro en un gran escenario. Hace ya sesenta años el Coro del Tabernáculo tenía reputación nacional. Por medio de eisteddfods, de su alta clasificación en concursos de la Feria Mundial y mediante conciertos en grandes ciudades del este y del oeste, alcanzó tempranamente renombre en los círculos musicales. En tiempos más recientes, mediante transmisiones nacionales e internacionales, el Coro del Tabernáculo y el Spoken Word son nombres familiares en todo el país. Durante su historia, tanto antes como después de que se dispusiera de instalaciones ampliadas, dos aspectos de su obra han sido sobresalientes y notorios: primero, la devoción de sus miembros; y segundo, la excelencia de su dirección. Dudo que alguna organización voluntaria comparable, de su tamaño y responsabilidades, pueda presentar un historial tan admirable durante tanto tiempo. La Iglesia está y ha estado durante muchos años orgullosa de esta gran organización, y creo que todos sentimos una deuda duradera de gratitud hacia los grandes directores, los grandes organistas y técnicos, y los grandes miembros de esta ilustre organización. Atribuyo su grandeza, en gran medida, al profundo fervor religioso que siempre los ha motivado. Sé que, con sus temperamentos artísticos, les ha encantado cantar, pero la constancia de su desempeño ha surgido de un sentido de deber concienzudo y de la oportunidad de servir al Señor y hacer avanzar Su reino. De ese sentimiento han surgido algunas de las grandes contribuciones que el coro ha hecho: contribuciones que respiran el espíritu y la esencia de la obra de los últimos días; contribuciones que han inspirado al misionero en su labor; que han honrado y venerado a los pioneros que colocaron los fundamentos; que han exaltado la gloria y virtud de Cristo nuestro Señor y de Sus honrados profetas; y que han llevado consuelo y alivio al pobre, al desalentado y al afligido. Aquí hay un coro que, a través de las generaciones, ha visto propósito en su obra, que se ha esforzado constantemente por hacer avanzar una gran causa, que ha hecho que el arte sirva a su Autor, el Señor del universo. Dios bendiga a nuestro Coro del Tabernáculo, desde el principio y a través de las generaciones, como emisario del arte y de la verdad en la tierra.

Dentro del edificio se encuentra el gran órgano. Su impresionante fachada de enormes tubos y columnas ornamentales y capiteles hace que parezca un templo adornado dentro del auditorio, hermoso e intrigante a la vista. La historia de su construcción inicial es en sí misma un glorioso registro de logros pioneros. Su voz melodiosa, ahora escuchada en casi todas las partes civilizadas del globo, ha sido algo vivo, proclamando en tonos sonoros y delicados el solemne y dulce mensaje del evangelio del Salvador a todos los que tienen corazón y oído para interpretarlo y aplicarlo. Así como el coro es parte integral del Tabernáculo, también el órgano lo es de ambos.

Hoy me encuentro en un púlpito santificado por su historia. Cuando recuerdo a los nobles siervos de nuestro Padre Celestial que han estado aquí y han dado consejo inspirado al pueblo, y han dado testimonio con tal poder, convicción y espíritu que electrificaban toda alma que escuchaba; cuando contemplo la operación de la voz apacible y delicada, que ha surgido de palabras sencillas y humildes pronunciadas aquí, las cuales han tocado los corazones y las simpatías del pueblo; cuando pienso en el vasto volumen de preciosa verdad que ha sido proclamada desde este estrado, me siento muy pequeño y débil dentro de él. Mi único consuelo proviene de la comprensión de que aquellos nobles que han honrado este púlpito fueron llamados a hablar aquí así como yo he sido llamado, y que eran hombres comunes, en lo que respecta a la aristocracia del mundo, provenientes de todos los ámbitos de la vida, tal como mis hermanos y yo lo somos hoy.

¡Qué diferente habría sido la historia del Tabernáculo si este edificio hubiera llegado a ser simplemente la iglesia de un gran predicador! En América hemos tenido tales predicadores y tales iglesias. Durante períodos de tiempo, hombres elocuentes han cautivado auditorios, alcanzado amplia distinción y, sin duda, han hecho mucho bien. En la providencia del Señor, este púlpito nunca ha sido el foro de un solo hombre. Más bien, ha sido el oráculo de una dispensación divina donde la causa ha eclipsado al hombre, donde la humildad tiene mayor valor que la autosuficiencia, y donde la adoración se mide más por las obras que por las protestas verbales.

Meditad por un momento, mis hermanos y hermanas, y todos los que escuchan, en las gloriosas y vitales verdades que han sido proclamadas en este edificio: la naturaleza y composición de la Trinidad; la organización del universo; la historia y posición del hombre en la tierra; su propósito al vivir y el destino divino preparado para él; las leyes que gobiernan su conducta y su elegibilidad para la exaltación en la presencia celestial; el verdadero concepto de la vida familiar en la progresión eterna de la raza; la verdad acerca de la libertad y el lugar de los gobiernos en la tierra; el concepto correcto de la propiedad, su adquisición y distribución; los fundamentos seguros para la paz, la hermandad y la justicia universal. Todas estas cosas fundamentales, y muchas otras relacionadas con ellas, han sido la carga del mensaje de verdad que ha salido de este edificio a través de las generaciones.

Estos mensajes no han cambiado con el paso del tiempo. El Señor reveló estos principios perdurables. Son parte inseparable de la verdad eterna. El hombre puede, mediante su investigación y estudio fieles, descubrir más acerca de ellos, pero nunca podrá cambiarlos. No quisiera desalentar la mente inquisitiva en su exploración del universo y su búsqueda de la verdad. Mi única advertencia es comenzar con el reconocimiento de la fuente divina de la verdad y de la palabra revelada de Dios.

¡Qué confianza y seguridad nos brinda saber que nuestros hombres y mujeres de hoy, rodeados de un ambiente radicalmente diferente al de nuestros antepasados que levantaron este gran edificio, proclaman la misma doctrina que ellos proclamaron! ¡Qué perturbador sería si tuviéramos que escoger entre los principios y doctrinas de su tiempo y los nuestros! Nosotros, en este Tabernáculo, escuchamos el mismo mensaje que escuchó el pueblo en Kirtland y Nauvoo.

Es cierto que los métodos y las prácticas cambian. Así ha sucedido en el pasado, y puede esperarse que suceda en el futuro. Está dentro de la esfera de un sacerdocio receptivo, obediente a la inspiración de nuestro Padre, adoptar y ajustar métodos con miras al avance de Su reino. También está dentro de la esfera de Sus siervos escogidos interpretar y aplicar la ley, pero nunca cambiarla, porque la ley de Dios es eterna.

Deseo decir una palabra acerca del consuelo y alivio que han llegado a los hijos de nuestro Padre en este gran edificio. Aquí se han celebrado servicios funerarios para muchos hombres nobles y algunas mujeres. Se ha interpretado música celestial tan inspiradora y conmovedora que parecía como si los del otro mundo pudieran haberse unido al canto. Se han pronunciado sermones que describen la transición hacia la inmortalidad y exponen la expiación y redención efectuadas por nuestro Salvador, con una seguridad tan convincente que han elevado al afligido y al desalentado hasta la sublimidad de la resignación, la esperanza y la fe firme. Dentro de estos muros sagrados, los grandes de nuestra comunidad han encontrado oportunidad para expresar sus pensamientos y convicciones más nobles, y desde aquí han sido llevados al descanso final al concluir sus vidas. Todos los dramas de la vida que aquí se han desarrollado, todos los episodios vitales en este escenario histórico, jamás serán completamente relatados; pero todos son conocidos por Aquel que lleva el registro, y cada resolución, cada cambio de corazón, cada arrepentimiento surgido del servicio rendido en este edificio, será un tributo apropiado a los propósitos que ha servido.

En algunos aspectos, el Tabernáculo puede ser apropiadamente designado como el centro de nuestra obra misional. Más sermones explicando las doctrinas de la Iglesia, llamando al mundo al arrepentimiento y definiendo el camino hacia la vida eterna, se han predicado desde este púlpito que desde cualquier otro lugar de la Iglesia. Estos sermones, que testifican del llamamiento divino del profeta José Smith en la restauración del santo evangelio, no solo han sido escuchados por las vastas congregaciones reunidas aquí, sino que también han sido impresos, traducidos a varios idiomas y distribuidos en muchos países de la tierra. Los pronunciamientos desde este mismo estrado han proporcionado a nuestros ejércitos de misioneros, en gran medida, el material para su labor entre las personas a quienes son enviados. En los primeros días, los misioneros eran llamados personalmente desde el estrado de este Tabernáculo. Uno puede imaginar fácilmente la emoción y la profunda impresión causada por tal procedimiento. Aquí los cursos de vida eran cambiados por asignaciones dadas por los Hermanos Presidentes. Aquí el espíritu de sacrificio refinaba el alma, y hombres y mujeres eran dedicados a la obra de Dios. Aquí se desarrollaba y fomentaba el verdadero espíritu de la obra misional: amor y sacrificio por el prójimo.

En tiempos más recientes, el Tabernáculo, con su maravilloso programa dominical matutino, ha hecho una contribución invaluable a nuestro esfuerzo misional al brindar a nuestros misioneros una recepción más amable y considerada mientras llevan el mensaje del evangelio de puerta en puerta por el mundo. También en años posteriores, al alcanzar los visitantes de la Manzana del Templo más de un millón al año, esta estructura histórica ha logrado una posición de interés turístico subordinada solo a unos pocos lugares del país. Miles vienen aquí cada año cuyos prejuicios desfavorables son transformados y que deben marcharse con impresiones inolvidables emanadas de las enseñanzas e influencias procedentes de este edificio y de los terrenos que lo rodean. Seguramente gran parte de la profecía de Isaías se ha cumplido. La casa del Señor ha sido establecida en la cima de las montañas, y muchas naciones fluyen hacia ella (Isaías 2:2). Esperamos el día, que seguramente llegará, cuando el resto de esta gran predicción se cumpla, cuando:

“…muchos pueblos irán y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y él nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas; porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová” (Isaías 2:3).

¿Podemos dudar, mis hermanos y hermanas, de que estas cosas han sido realizadas por la mano y el poder del Señor? Con toda humildad doy testimonio de que aquí está la sede del gobierno del reino de Dios; aquí está el lugar donde los siervos autorizados de nuestro Señor son sostenidos y confirmados por la voz del pueblo. Aquí, en este venerado Tabernáculo, todo Presidente de la Iglesia, salvo uno solamente, ha sido sostenido como profeta, vidente y revelador, y Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Desde aquí ha salido la ley desde Sion, y también las bendiciones, el amor y la compasión de los siervos del Señor para con Sus hijos.

Durante casi medio siglo he sido beneficiario de las enseñanzas y de la influencia que provienen de este edificio histórico. Doy gracias a Dios por ello. No deseo adorar cosas materiales, pero me inclino ante la visión inspirada y las elevadas aspiraciones que dieron origen a este sagrado edificio. Si mi estima por él y mi humilde relato del papel que ha desempeñado en el avance de la belleza, la rectitud y la verdad en la tierra logran producir alguna medida de mayor deferencia y respeto por el Tabernáculo y la santa causa que representa, me sentiré profundamente agradecido.

Dije que volvería a referirme a la dedicación de este edificio. La anotación en el registro dice que la oración dedicatoria del “Nuevo Tabernáculo en Salt Lake City fue leída por el élder John Taylor” el sábado 9 de octubre de 1875. En mi opinión, la oración es una obra maestra de composición y, en su completo recital de las condiciones y aspiraciones del pueblo de aquel tiempo, respira un espíritu de humildad, arrepentimiento, profunda gratitud y una fe tan realista y convincente que supera todos los obstáculos en el logro del grandioso destino concebido para la obra de Dios en el mundo. Desearía que todo miembro de la Iglesia pudiera leerla. El Deseret News la imprimió hace tres cuartos de siglo. Quizás deseen volver a hacerlo en algún momento oportuno. Esta notable oración entró en grandes detalles. En ella se dedicaron no solo los componentes habituales de un gran edificio, sino también “el mortero que une las piedras del fundamento”, los “clavos, pernos y tiras de hierro, de cobre y de bronce, el zinc, el estaño y la soldadura con que el metal está unido”, el yeso del edificio, incluso “todos los listones, los clavos, la arena y la cal”, las cerraduras y bisagras de las puertas y ventanas, y la pintura y el barniz “y toda la ornamentación de este edificio, tanto por dentro como por fuera”. Todas estas pequeñas cosas representaban trabajo y sacrificio que las hacían sagradas.

Cada parte del edificio fue dedicada para que pudiera cumplir su propósito sagrado. Escuchad las palabras referentes a esta histórica tribuna, donde ahora se sientan en vuestra presencia mis asociados de las Autoridades Generales de la Iglesia: “Y dedicamos y consagramos aquella parte de esta casa donde ahora se encuentran nuestro presidente y tus siervos, para que sea un lugar santo y sagrado donde tus siervos puedan levantarse para declarar tus palabras y ministrar a tu pueblo en el nombre de tu Hijo para siempre…

“Que tus santos ángeles y espíritus ministrantes estén en y alrededor de esta habitación, para que cuando tus siervos sean llamados a estar en estos lugares sagrados y ministrar a tu pueblo, las visiones de la eternidad sean abiertas a su vista, y sean llenos del espíritu e inspiración del Espíritu Santo y del don y poder de Dios; y permite que todo tu pueblo que escuche las palabras de tus siervos beba libremente de la fuente de las aguas de vida para que lleguen a ser sabios para salvación, y de ese modo venzan al mundo y sean preparados para una herencia eterna en el reino celestial de nuestro Dios…

“Te rogamos que bendigas a los Doce Apóstoles; llénalos con el espíritu de su oficio y llamamiento, vístelos con la inteligencia del cielo, la luz de la revelación y el don y poder de Dios”.

Luego siguieron oraciones, en el orden indicado, por el Patriarca de la Iglesia, por los setentas, los sumos sacerdotes, los sumos consejos, los élderes, el Obispo Presidente, los sacerdotes, maestros y diáconos. También hubo oraciones por los judíos, por los lamanitas y por todos los que desean hacer el bien en esta y en todas las demás naciones. Hubo oraciones además por las instituciones cooperativas, por quienes entraron en la Orden Unida “de acuerdo con tu palabra”, las Sociedades de Socorro, las Sociedades de Reforma [las Mutual], las Escuelas Dominicales, y luego este poderoso ruego:

“Permite que la influencia consoladora de tu Santo Espíritu repose sobre los Santos, y que el poder vivificador del Espíritu Santo una a tu pueblo en simpatía, afecto, bondad e interés. Que tu pueblo, oh Dios, sea uno: uno con Jesús así como él es uno con el Padre… uno en espíritu, sentimiento e interés; uno en las cosas temporales y uno en las espirituales, una hermandad de hermanos; uno en hacer avanzar el reino, unidos por vínculos eternos e indiscutibles; uno en recoger a tus escogidos, en edificar templos y ministrar a los vivos y a los muertos; uno en edificar la Sion de nuestro Dios; uno con todos los redimidos y todas las huestes angelicales, al introducir los principios y leyes de vida a toda la raza de Adán y dar paso al reinado milenario”.

Mis hermanos y hermanas, hoy vuelvo a pronunciar esa oración en vuestra presencia. Es el deseo y la ambición supremos de mi vida que este glorioso destino para nuestro pueblo y la obra de Dios se haga realidad. Testifico que Jesús el Cristo vive, que Él es el Señor de la tierra y el Autor de nuestra salvación; que Su precioso evangelio y Su Iglesia han sido restaurados y restablecidos por medio de Su siervo escogido, el profeta José Smith; y que el Santo Sacerdocio y la autoridad para representar al Señor han descendido sobre nuestro líder actual en auténtica sucesión, y que él está hoy ante nosotros con humildad, con el corazón y la mente receptivos al Espíritu divino, para guiarnos en la causa más grande jamás confiada a los hombres. También os doy mi firme convicción de que, si seguimos las enseñanzas y consejos de nuestro Presidente y sus asociados, todos los cuales están en conformidad con los pronunciamientos y principios dados en este sagrado Tabernáculo durante casi un siglo, se cumplirá toda profecía y gloriosa promesa jamás hecha a Sion. Que Dios nos bendiga para este fin, humildemente lo ruego en el nombre de Jesús. Amén.

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