Conferencia General Abril 1952

Aceptación del Llamamiento al Consejo de los Doce

Élder LeGrand Richards
Del Consejo de los Doce Apóstoles


Supongo que solamente los hombres que están en este estrado pueden saber lo que ha pasado por mi mente y por mi corazón desde que el presidente McKay me llamó a su oficina después de la reunión de la mañana.

Primeramente quiero decirles que me siento orgulloso de que el hermano Wirthlin haya sido llamado como el Obispo Presidente de esta Iglesia. Él y yo hemos trabajado lado a lado durante catorce años, y dudo que dos hombres hayan estado más unidos el uno al otro de lo que nosotros lo hemos estado. Él es un carácter noble y es tan verdadero y leal a esta Iglesia como cualquier hombre que haya conocido. Si alguna vez cuestionábamos las instrucciones de los hermanos, él decía: “Bueno, ustedes saben que si los hermanos nos dijeran que pusiéramos la Oficina del Obispado Presidente en Ensign Peak, allí iría”. Esa es la clase de fe que él tiene.

Y he aprendido a amar tanto al hermano Isaacson durante estos pocos años, cinco años y medio, en los que ha servido como mi consejero, y estoy tan feliz de que el hermano Wirthlin haya considerado apropiado escogerlo para que esté a su lado.

Y amo al hermano Buehner. Solamente he estado con él una o dos veces, pero pienso que han hecho una elección maravillosa.

Ahora quiero rendir un tributo de respeto y expresar una profunda gratitud a los empleados de la Oficina del Obispado Presidente. Tenemos allí una ayuda maravillosa, y han sido tan leales y tan dispuestos a hacer cualquier cosa que les hayamos pedido. Me gustaría nombrarlos, pero la lista sería demasiado larga. Dios los bendiga en sus futuras responsabilidades en esa oficina.

No puedo encontrar palabras para expresar lo que hay en mi corazón. Pienso en lo que dijo el hermano Alonzo Hinckley cuando estuvo aquí en una posición similar y dijo: “Mi alma está subyugada”. No sé qué se necesita para subyugar el alma de un hombre, pero durante las últimas dos horas he estado tratando de pensar cómo podría estar a la altura y no decepcionarlos a ustedes, y no decepcionar al Señor.

Cuán agradecido me siento hacia los hermanos, el presidente McKay y sus Consejeros, por tener suficiente confianza en mí para nominarme para esta posición y que el Quórum de los Doce, sabiendo que yo llegaría a ser uno de ellos, los sostuviera en la nominación.

Y les agradezco por su voto de sostenimiento en este día, y les prometo toda la fuerza y capacidad que el Señor me ha dado para continuar ayudando a edificar su reino sobre la tierra.

Doy gracias a Dios por las oportunidades que he tenido de trabajar entre ustedes y en su Iglesia, por las misiones que he podido cumplir y por los otros diversos trabajos ocasionales, porque verdaderamente amo la obra más que cualquier otra cosa en este mundo, y sé que es verdadera. Podría vivir mejor sin los miembros de mi cuerpo que sin el testimonio del Espíritu Santo y el Espíritu del Señor.

Cuando regresé de mi primera misión, fui llamado a hablar en mi barrio. Les dije a los santos que el mayor deseo que tenía en mi corazón era poder vivir ahora que estaba en casa de tal manera que pudiera disfrutar el mismo espíritu que había disfrutado en el campo misional. Y añadí: espero que el Señor me envíe a una misión con la frecuencia suficiente para poder conservar ese espíritu. Tal vez esa sea la razón por la que cumplí cuatro misiones. Pensé que cuando entré a la oficina del obispo nunca tendría otra, pero ¿quién sabe lo que podría suceder ahora?

He amado mi trabajo con la juventud de esta Iglesia y con el Sacerdocio Aarónico, y durante un tiempo tuvimos el programa de las jovencitas. Y hemos vivido para ver algunos logros verdaderamente grandes en la obra con estos muchachos. Cuando llegamos a la oficina hace catorce años, muchos barrios todavía utilizaban el Sacerdocio de Melquisedec para la administración de la Santa Cena. Tratamos de impulsar el Premio Estándar del Quórum. Apenas podíamos lograr que un quórum consiguiera que el veinticinco por ciento de los muchachos asistiera a la reunión sacramental. Y ahora el promedio de toda la Iglesia es del cuarenta y uno por ciento. No es mucho de lo cual jactarse, pero ha aumentado mucho en comparación con lo que era antes.

Y las jovencitas alcanzaban el cincuenta y cinco por ciento, así que ellas tienen que ayudar un poco a los muchachos, o los muchachos no valdrán la pena para que ellas se casen con ellos más adelante cuando quieran compañeros eternos.

El crecimiento de la Iglesia durante estos catorce años ha sido tremendo. He tenido el privilegio de viajar por las estacas de Sion, y me parece que en cada conferencia a la que asisto dicen que es la congregación más grande que jamás hayan tenido. La manera en que los hermanos han estado dividiendo los barrios y las estacas es indicativa del crecimiento de la Iglesia.

En tributo a la fidelidad y la integridad de los Santos de los Últimos Días, quiero darles dos o tres cifras de lo que ha sucedido desde que llegamos a la Oficina del Obispado Presidente.

La membresía de la Iglesia en ese tiempo ha aumentado un 46.1 por ciento.

Los diezmos de la Iglesia, en el mismo período de tiempo, han aumentado un 653.3 por ciento.

Cuarenta y seis por ciento de aumento en membresía, 653.3 por ciento de aumento en diezmos, y luego dicen que los Santos de los Últimos Días no tienen fe.

Y luego añadan a eso lo que los hermanos ya han informado durante esta conferencia acerca de las ofrendas de los santos que no son contadas como diezmos, y digo que los santos son maravillosos. Dios los bendiga en todas partes por su fe y por su integridad.

Nunca regreso de una conferencia de estaca sin decirle a mi esposa: “Uno tiene que salir y recorrer esta Iglesia para conocer el poder del Señor que está en ella”. ¿Cómo podría alguien en el mundo familiarizarse con la Iglesia y con lo que está haciendo, y con el espíritu y el poder que hay en ella, y pensar que proviene del hombre? Tendría que ser un hombre muy brillante, ¿verdad?

Las ofrendas de ayuno en ese tiempo aumentaron un 230 por ciento. Se añadieron 65 nuevas estacas de Sion, 458 barrios y 73 nuevas ramas independientes.

Pensé que estas cifras podrían interesarles y mostrar que los santos están progresando bastante bien.

Ahora, hermanos y hermanas, si hay algo de lo que estoy seguro, más que de cualquier otra cosa en el mundo, es de que esta obra es divina. No es la obra del hombre. Es la obra de Dios, el Padre Eterno, y su poder está en ella; y les digo con toda sinceridad que el Espíritu Santo, el Consolador que el Salvador prometió enviar para guiarnos a toda verdad y traer todas las cosas a nuestra memoria, es tan real para mí y tan necesario para nuestro bienestar como el sol que brilla en los cielos lo es para la semilla que es sembrada en la tierra y para las plantas cuando germinan y brotan. Sé que el poder del Espíritu Santo está en esta Iglesia.

Cuando el Señor envió a Sus siervos en esta dispensación, les dijo que no serían enseñados por los hombres, sino que enseñarían aquello que Él les diera por el poder del Espíritu Santo (véase D. y C. 43:15). Yo no sé mucho acerca de las filosofías de los hombres, pero sí sé que Dios creó los sentimientos del corazón humano y del alma humana, y sé que Dios tiene una manera de traer gozo y felicidad al alma de los hombres cuando le buscan y cuando disfrutan del don del Espíritu Santo, mucho más allá de cualquier cosa que los hombres puedan comprar con su dinero.

He estado en hogares de personas ricas. Nunca he visto derramar lágrimas de gozo por algo que pudieran comprar con su dinero, pero he estado en grupos de misioneros y grupos de Santos, cuando durante horas no había un solo ojo seco allí, simplemente porque el Espíritu de Dios estaba presente. Como dijo Nefi en la antigüedad:

Él [el Señor] me ha llenado de Su amor, hasta consumir mi carne (véase 2 Nefi 4:21).

Siento pena por los Santos de los Últimos Días si nunca han sentido ese poder y esa bendición, hasta casi consumir su carne.

Eso es lo que Pablo quiso decir cuando habló de aquellos que han gustado de los poderes del mundo venidero y luego se han apartado, diciendo que es imposible renovarlos otra vez para arrepentimiento (véase Hebreos 6:5–6), lo cual me hace entender que Pablo comprendía que en esta vida los hombres podían gustar de los poderes del mundo venidero. Seguramente eso fue lo que Pablo experimentó cuando compareció ante Festo y Agripa, allí encadenado como estaba, y dio testimonio de la ministración y de la aparición del Salvador en el camino a Damasco, de cómo había visto la luz y oído la voz que decía:

“… Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?
… dura cosa te es dar coces contra el aguijón” (Hechos 9:4–5).

Y después que Festo y Agripa escucharon, Festo dijo:

“Pablo, estás loco; las muchas letras te vuelven loco”.

Pero él respondió: “No estoy loco, excelentísimo Festo, sino que hablo palabras de verdad y de cordura…”.

Entonces Agripa dijo a Pablo: “Por poco me persuades a ser cristiano” (Hechos 26:24–28).

Y allí estaba él, encadenado, y su respuesta fue algo semejante a esto: “Quisiera Dios que no solamente tú, sino también todos los que hoy me oyen, fueseis tales cual yo soy, excepto estas cadenas que me atan” (véase Hechos 26:29). Eso es lo que hace el Espíritu del Señor.

Y recuerdan cuando Jesús apareció al pueblo aquí en América después de Su resurrección, y estableció Su Iglesia y ministró entre ellos; el historiador dice que los gozos que llenaron sus almas no podían ser escritos por ninguna pluma ni expresados por ninguna lengua (véase 3 Nefi 17:16–17). Y eso es lo que el Señor da a quienes le sirven; ese es el gozo del servicio que hay en esta Iglesia.

Hace algunas semanas asistí a una conferencia de estaca, y un presidente de estaca me habló de dos visitas que había hecho a un miembro adulto del Sacerdocio Aarónico, tratando de inducirlo a dejar el tabaco para que pudiera recibir el Sacerdocio de Melquisedec y prepararse para ir a la casa del Señor con su familia; y dijo que no había tenido éxito. Entonces le dije a este presidente de estaca: “¿Alguna vez se le ocurrió que quizás estaba poniendo el carro delante del caballo, por así decirlo? Si usted fuera a ese hombre y le enseñara el evangelio del Señor Jesucristo, y él llegara a convertirse, no tendría necesidad de pedirle que dejara el tabaco”.

Pienso en los muchos, muchos hogares a los que fui en el campo misional. Tengo uno en mente ahora mismo. La primera noche allí, porque no fumábamos con ellos y no podíamos beber su café con ellos, el hombre dijo: “Bueno, yo nunca me uniría a su Iglesia”. Pues bien, no volvimos a hablar de la Palabra de Sabiduría por algunas semanas, hasta que avanzamos un poco más con él. Y cuando avanzamos un poco más, no tuvimos que pedirle que dejara el café; simplemente desapareció. No tuvimos que pedirle que dejara el tabaco; salió por la ventana de la misma manera. Recuerdo a un hombre de más de ochenta años que había estado al servicio del gobierno, caminando por las calles y callejones de Holanda durante años y años de su vida, y todo lo que tenía como compañero y amigo eran sus cigarros. Los mascaba en vez de fumarlos. Y cuando escuchó el evangelio y se convirtió, los dejó; solía masticar un poco de raíz de regaliz para reemplazar los cigarros.

Nunca escucho acerca de hombres como aquel al que se refirió el presidente de estaca sin pensar: si tan solo estuvieran convertidos a la verdad, no habría necesidad de pedirles que dejaran el tabaco. No pude evitar pensar la otra noche, cuando tuvimos esta demostración de obra misional, que si cada miembro de la Iglesia pudiera verla y escucharla, y toda la juventud de la Iglesia también, no tendríamos tanta transgresión.

Tengo otro pensamiento antes de concluir. Recuerdan lo que el Señor le dijo a Pedro:

“… Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo.
Pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos” (Lucas 22:31–32).

Les digo, hermanos y hermanas, que los Santos de los Últimos Días están llegando a convertirse, y están fortaleciendo a sus hermanos, pero no habría un hombre ni una mujer en todo Israel que comprara una libra de té o café o un cigarro o un cigarrillo o tabaco, en ninguna forma, si tan solo estuvieran convertidos.

Piensen en Pedro. Él dijo: “Aunque todos te abandonen, yo nunca te abandonaré”. Pero el Salvador sabía que, aunque él pensaba que estaba convertido, aún no estaba completamente convertido (véase Mateo 26:33–34). Y así recuerdan cómo el Salvador dijo que antes que el gallo cantara, negaría a Jesús tres veces, y así lo hizo. Y él fue el primero en decir: “Voy a pescar” (véase Juan 21:3) después que el Salvador fue crucificado. Pero cuando permaneció en Jerusalén conforme al mandamiento del Salvador, hasta que fue investido con poder de lo alto, el Espíritu Santo, entonces salió intrépido como un león; y cuando se le mandó que no predicara más a Cristo y a este crucificado en las calles de Jerusalén, respondió: “¿A quién debe obedecer el hombre? ¿A Dios o a los hombres?” (véase Hechos 4:19). Y recordarán que finalmente rechazó el privilegio de ser crucificado con la cabeza hacia arriba, porque pensaba que no era digno de ser crucificado como su Señor.

Hermanos y hermanas, si tan solo pudiéramos recibir el Espíritu Santo, el testimonio del Espíritu en el corazón de todos los Santos de los Últimos Días, no tendríamos a ninguno de ellos diciendo que insistimos demasiado en la Palabra de Sabiduría. Después de todo, Dios la dio.

Que Dios nos ayude a vivir Sus mandamientos de tal manera que podamos disfrutar de Su Espíritu, para que siempre seamos hallados andando en Sus caminos y guardando Sus mandamientos, lo ruego humildemente en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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