En Dios Confiamos
Élder Marion G. Romney
Del Consejo de los Doce Apóstoles
Vengo a vosotros esta mañana representando a un pueblo para quien la inscripción en nuestra moneda nacional, “En Dios confiamos”, tiene un significado real. Porque sabemos que existe una relación efectiva entre Dios, esta tierra y su pueblo.
Hace siglos, el Señor designó a América como una tierra escogida, superior a todas las demás, reservada para un pueblo justo (véase Ether 2:7–11). Mientras aún era desconocida para los euroasiáticos, Él decretó que sería descubierta solo bajo Su guía y prometió a sus habitantes, desde entonces y para siempre, que serían “…libres de servidumbre, y de cautiverio, y de todas las demás naciones debajo del cielo” (Ether 2:12) si le servían. Por otra parte, advirtió que si no le servían, “serían reducidos al cautiverio y también a la destrucción, tanto temporal como espiritualmente” (1 Nefi 14:7).
Antes de la llegada de Colón, dos grandes pueblos que habitaban esta tierra prosperaron al obedecer los mandamientos de Dios y, al rebelarse contra ellos, cayeron en el olvido. Sus registros son una prueba elocuente de la certeza de la advertencia y la promesa de Dios.
Los constructores de la América moderna, aunque sin conocimiento del decreto divino, han sido conscientes de Dios, que permanecía dentro de “la sombra velando sobre los suyos”.
Colón, sin saber que ya había sido declarado, dio testimonio de la verdad de que los descubridores de América serían guiados por inspiración divina. “Dios me dio la fe y después el valor para estar completamente dispuesto a emprender el viaje”, dijo a su hijo; y en su testamento escribió:
“En el nombre de la Santísima Trinidad, que me inspiró con la idea y luego me dejó perfectamente claro que podía navegar y llegar a las Indias desde España atravesando el océano hacia el occidente”.
Los primeros colonos de la costa atlántica testificaron que fueron guiados y sostenidos por el poder de Dios. Los colonos, rechazando la tiranía del rey Jorge, apelaron “al Juez Supremo del mundo por la rectitud” de sus intenciones y, “con una firme confianza en la protección de la Divina Providencia”, lucharon por la libertad.
En un momento crítico, Franklin se dirigió así a la convención constitucional:
“Se nos ha asegurado, señor, en las sagradas escrituras, que ‘si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican’ (Salmos 127:1). Creo firmemente esto, y también creo que, sin Su ayuda concurrente, no tendremos más éxito en esta construcción política que los constructores de Babel” (Documentary History of the Constitution of the United States, Vol. III, pp. 235–237).
En su Proclamación de Acción de Gracias de 1789, Washington hizo siete referencias separadas al Todopoderoso, a quien reconoció como la fuente de todas las bendiciones de la nación, incluyendo la victoria en la Revolución y la “oportunidad de establecer una forma de gobierno para” nuestra “seguridad y felicidad”.
Quizás ningún estadounidense, excepto los profetas, ha depositado una confianza tan implícita en Dios como el Gran Emancipador. A partir de sus experiencias personales, testificó que estaba tan seguro de que Dios actúa directamente en los asuntos humanos como de cualquier hecho evidente a los sentidos, tal como el hecho de que él estaba en la habitación donde hablaba entonces. Él dijo:
“He tenido tantas evidencias de Su dirección, tantos casos en los que he sido controlado por un poder distinto de mi propia voluntad, que no puedo dudar que este poder viene de lo alto. Frecuentemente veo mi camino claro hacia una decisión cuando soy consciente de que no tengo suficientes hechos sobre los cuales fundamentarla. Pero no puedo recordar un solo caso en el que haya seguido mi propio juicio, basado en tal decisión, en el que los resultados hayan sido insatisfactorios; mientras que, en casi todos los casos en los que he cedido a las opiniones de otros, he tenido ocasión de lamentarlo” (Abraham Lincoln—Man of God, John Wesley Hill, p. 124).
Una marcada disminución de nuestra confianza en Dios ha tenido lugar en América desde los días de Lincoln, cuyos efectos son evidentes por todas partes. Nosotros y nuestra amada nación estamos hoy en una encrucijada en nuestros esfuerzos por mantener nuestra gloriosa herencia estadounidense de libertad política, temporal y espiritual, ganada y legada a nosotros por los padres que habían inscrito en sus corazones, así como en su dinero, “En Dios confiamos”. En cada aldea de nuestra tierra se levanta un clamor suplicante por un retorno a esa confianza en Dios mediante la cual los padres fundaron nuestra nación. Creo que nos acercamos casi a la unanimidad en nuestro sentimiento de que la gran e imperiosa necesidad de esta hora decisiva para América es revitalizar nuestra confianza en Dios.
Creo que podemos hacerlo. Sé que podemos hacerlo si estamos dispuestos a pagar el precio. Poseyendo un conocimiento seguro de la verdad de lo que digo, señalo dos requisitos previos para la realización de esta gran necesidad: primero, debemos buscar humildemente al Dios en quien confiamos mediante la oración sincera; segundo, debemos dedicarnos a guardar Sus mandamientos.
“Buscad a Jehová mientras puede ser hallado; llamadle en tanto que está cercano”, aconsejó Isaías (Isaías 55:6).
“Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré, y él oirá mi voz”, cantó el salmista (Salmos 55:17).
“Velad y orad, para que no entréis en tentación” (Mateo 26:41), enseñó Jesús. Y en Su vida perfecta estableció el modelo. Él oró (Lucas 3:21) y ayunó cuarenta días (Mateo 4:2) al comienzo de Su ministerio público; oró en el desierto (Lucas 5:16); oró al comenzar el día (Marcos 1:35); oró toda una noche antes de escoger a los Doce Apóstoles (Lucas 6:12); oró por fortaleza en Getsemaní (Lucas 22:40–45); y finalmente, en la cruz, en la hora de Su muerte, oró (Lucas 23:34).
Todos los hombres que, “bajo Dios”, han hecho avanzar la causa de la rectitud en América han sido hombres de oración. ¿Quién no ha oído el relato de Isaac Potts acerca de Washington arrodillado en la nieve orando en Valley Forge? La sublime confianza de Lincoln en Dios surgió después de haber sido llevado muchas veces a sus rodillas en oración. Así explicó al general Sickles la razón de la serenidad que experimentó mientras el resultado de la batalla de Gettysburg pendía de un hilo:
En el momento crítico de su campaña allá arriba, cuando todos parecían llenos de pánico y nadie podía decir qué iba a suceder, abrumado por la gravedad de la situación, fui un día a mi habitación, cerré la puerta y me arrodillé ante el Dios Todopoderoso y oré fervientemente por la victoria en Gettysburg. Le dije que esta guerra era Suya y que nuestra causa era Su causa, pero que no podíamos soportar otro Fredericksburg ni otro Chancellorsville. Allí mismo hice un solemne voto al Dios Todopoderoso de que, si Él sostenía a nuestros muchachos en Gettysburg, yo lo sostendría a Él; y Él sostuvo a nuestros muchachos, y yo lo sostendré a Él. Y después de eso, no sé cómo fue, y no puedo explicarlo, pero pronto un dulce consuelo se infiltró en mi alma. Sentí que Dios había tomado todo el asunto en Sus manos, y que las cosas saldrían bien en Gettysburg, y por eso no tuve temor por ustedes. (Hill, op. cit., 339–340).
Si queremos dar vida a nuestra confianza en Dios, nosotros —usted y yo— debemos arrodillarnos y orarle como Lincoln oró, con toda la energía de nuestra alma. Y debemos hacerlo como el salmista: por la tarde, por la mañana y al mediodía. No podemos dejarlo para el otro; debemos hacerlo nosotros mismos, y debemos hacerlo ahora. Si comenzamos y terminamos cada día orando en secreto a nuestro Padre Celestial, tal como el Salvador lo amonestó en Mateo 6:6, agradeciéndole por nuestras vidas, Su protección sobre nosotros y nuestros seres queridos, nuestras comodidades materiales y la libertad que disfrutamos en esta gloriosa tierra; si le suplicamos que nos guíe por las sendas de la rectitud para que podamos merecer la continuación de Sus misericordias; si el cabeza de cada hogar reúne diariamente a su familia y, orando con ellos y ellos con él, verdaderamente adoran al Señor, entonces se habrá dado el primer paso largo y seguro hacia el fortalecimiento de nuestra confianza en Dios.
Para dar el segundo paso, debemos aprender que en la relación entre Dios y nosotros ambas partes tienen obligaciones. Debemos sostener al Señor, tal como Lincoln prometió hacerlo, porque Él ha prometido darnos protección contra la esclavitud temporal y espiritual, y contra todas las demás naciones bajo el cielo, solamente si le servimos. Orar es una manera de servirle; otra manera es guardar Sus mandamientos. Existen numerosas formas en las que hoy los estamos violando en América.
En muchos aspectos el Señor nos ha dado guía específica respecto a la conducta de nuestras vidas; por ejemplo, Él ha dicho:
“No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tome su nombre en vano” (Éxodo 20:7).
En armonía con este mandamiento, Washington emitió la siguiente orden en 1776:
“El General lamenta ser informado de que la insensata y malvada práctica de maldecir y blasfemar profanamente, un vicio hasta ahora poco conocido en un ejército americano, se está poniendo de moda. Espera que los oficiales, tanto por ejemplo como por influencia, procuren detenerlo, y que tanto ellos como los soldados reflexionen que podemos tener poca esperanza de recibir las bendiciones del cielo sobre nuestras armas si lo insultamos con nuestra impiedad y necedad. Además de esto, es un vicio tan vil y bajo… que todo hombre de sentido y carácter lo detesta y desprecia”.
¿Qué respeto se le está dando hoy a esta prohibición contra la blasfemia? Si usted oye lo que yo oigo, sabe que no hemos puesto al Señor en deuda con nosotros mediante su observancia.
“Acuérdate del día de reposo para santificarlo” (Éxodo 20:8) es otro mandamiento familiar.
Que era reverenciado por el gran Lincoln queda evidenciado en una orden general al ejército y la marina, firmada por él el 15 de noviembre de 1862. De esa orden cito:
“El Presidente, comandante en jefe del ejército y la marina, desea y ordena la observancia ordenada del día de reposo por parte de los oficiales y hombres en el servicio militar y naval… La disciplina y el carácter de las fuerzas nacionales no deben sufrir, ni la causa que defienden ponerse en peligro, por la profanación del día o del nombre del Altísimo” (Abraham Lincoln, The War Years, III, Carl Sandburg, p. 374).
¿Cómo estamos hoy, como nación, respecto a este asunto? ¿No es más notable su quebrantamiento que su observancia?
“No cometerás adulterio” (Éxodo 20:14), habló el Señor en medio de los truenos y relámpagos del Sinaí, contra uno de los pecados más degradantes, una práctica que ha precedido la desintegración de toda civilización caída. La declaración de Pablo de que nuestros cuerpos son templos de Dios, y que “si alguno destruye el templo de Dios, Dios le destruirá a él” (1 Corintios 3:17), es un principio eterno que todavía está en vigor. Mucho de nuestro dolor y aflicción proviene de la violación de este mandamiento divino.
Podríamos continuar con otros: “No hurtarás”, “No hablarás contra tu prójimo falso testimonio”, “No codiciarás” (Éxodo 20:15–17), pero ya tenemos suficientes en mente para persuadirnos de las muchas maneras en las que podemos mejorar, si realmente, en verdad y sin hipocresía, estamos comprometidos a guardar los mandamientos de Dios.
Les suplico, amigos míos, que fortalezcamos nuestra confianza en Dios mediante la oración sincera y una obediencia cuidadosa a los mandamientos del Señor. Todo sustituto que hemos probado nos ha dejado más hundidos en el lodo. Nuestra integridad, nuestras libertades y nuestros tesoros se están escapando como arena entre nuestros dedos. Nuestro cinismo y aprendizaje sin Dios nos llevan cada vez más lejos de la verdad. ¿Por qué no poner a prueba el único plan aún no intentado: el de una conformidad autodisciplinada con los sencillos y claros mandamientos del Dios en quien profesamos confiar? Haciendo esto, sin desviarnos ni a la derecha ni a la izquierda, llegaremos a ser fuertes y valientes. El Señor estará con nosotros y nos prosperará dondequiera que vayamos. Si así se fortalece nuestra confianza en Él hasta convertirse en una realidad presente todopoderosa, el más fuerte baluarte de todas nuestras defensas, entonces cantaremos con firme convicción:
Dios de nuestros padres, a Ti,
Autor de la libertad,
A Ti cantamos;
Largo tiempo pueda nuestra tierra brillar
Con la santa luz de la libertad;
Protígenos con Tu poder,
Gran Dios, nuestro Rey.
Que podamos hacerlo, humildemente lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.


























