Conferencia General Abril 1952

Nuestro destino fue planeado desde el principio

Presidente J. Reuben Clark, Jr.
Segundo Consejero de la Primera Presidencia


Vengo a vosotros con profunda humildad, percibiendo, al menos en parte, mi responsabilidad, y con una oración en mi corazón, la cual espero que tenga eco en los vuestros, para que yo pueda ser guiado a decir algo que contribuya a nuestra edificación y a conducirnos por ese camino angosto de la vida que nuestro Padre Celestial ha señalado para aquellos que desean regresar a Su presencia. Que el Señor esté con nosotros durante toda esta sesión y en la sesión que ha de seguir, así como ha estado con nosotros hasta el presente momento.

Mientras estaba sentado aquí ayer, algo trajo a mi mente el hecho de que soy el miembro más anciano de las Autoridades Generales. Este es un honor que el tiempo ha impuesto sobre mí. Es un honor que cualquiera de mis hermanos puede alcanzar, si vive lo suficiente para ello. Digo esto, no a manera de jactancia ni con el propósito de invitar simpatía, sino para hacer uso de lo que espero sea alguna experiencia de valor y el resultado de cierta reflexión.

He vivido lo suficiente, y año tras año ha venido más a mi conciencia el conocimiento de que los principios del evangelio eterno están más allá de mi capacidad de racionalizarlos. Además, estoy persuadido de que no hay nadie que, sin la ayuda del Espíritu del Señor —y hay solamente uno en esta Iglesia y en este mundo que tiene el derecho de racionalizar, y ese es, en el tiempo presente, el presidente David O. McKay, nuestro profeta, vidente y revelador— he llegado a sentir que no hay nadie que pueda racionalizar con seguridad. Y estoy aún más persuadido de ello por lo que sucedió en la Iglesia cristiana primitiva, la cual, careciendo de una cabeza eficaz durante los primeros siglos, se desvió porque trataron de hacer que el plan de Dios concordara con su razonamiento y con el razonamiento de las filosofías paganas.

Estoy persuadido de que debemos vigilar cuidadosamente para no seguir por esos caminos. Algunas de las mayores herejías que se infiltraron en la religión cristiana entraron por medio de unos pocos hombres que, en su mayoría, no tenían ninguna posición oficial real, pero que dedicaron su tiempo y sus talentos —y eran grandes hombres— a tratar de racionalizar el evangelio de Jesucristo. Hay cierta evidencia —a estos hombres se les llamó “escolásticos”, y a los resultados de su obra “escolasticismo”— y estoy persuadido de que tenemos alguna tendencia en esa dirección entre nosotros, y espero que el pueblo no escuche las racionalizaciones de hombres que intentan hacer que el plan de Dios se conforme a lo que ellos piensan que debería ser según sus débiles e ineficaces razonamientos.

Estoy agradecido de haber vivido en esta época en que el evangelio ha sido restaurado. Considero que no hay hombre ni mujer que se siente tranquilamente a pensar, dentro o fuera de la Iglesia, pero más particularmente fuera de la Iglesia, porque luz ha venido a nosotros que estamos en la Iglesia, que no se pregunte a sí mismo o a sí misma: “¿De dónde venimos? ¿Por qué estamos aquí? ¿Adónde vamos?”. Nosotros, los Santos de los Últimos Días, hemos sido instruidos en cuanto a ello, y la instrucción nos ha llegado por medio de la revelación moderna.

El libro de Abraham, que se encuentra en la Perla de Gran Precio, nos habla del principio, de cómo el Señor descendió entre las inteligencias, y como resultado de Su descenso hubo un gran concilio en los cielos. El relato de Abraham que precede al relato del concilio está dedicado a explicar que existen desigualdades en la creación de Dios y desigualdades entre las inteligencias; no todas son iguales. El Señor dijo a Abraham, llamando la atención a este gran grupo de inteligencias, que entre ellas había algunas que eran grandes, y declaró a Abraham que él era uno de aquellos que habían de ser gobernantes.

Deseo leer solo dos o tres versículos, y estoy leyendo del tercer capítulo de Abraham:

“Y había uno entre ellos [este gran grupo] que era semejante a Dios, y dijo a los que estaban con él: Descenderemos, porque hay espacio allá, y tomaremos de estos materiales y haremos una tierra donde estos puedan morar.

Llamo vuestra atención a los dos versículos siguientes que leeré, porque están llenos de ciertas grandes verdades elementales. Él continúa:

“Y con esto los probaremos [a las inteligencias], para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare”.

Ese fue el propósito de crear la tierra. Todos estábamos allí, todos participando; así conocimos el plan desde el mismo principio.

“Y a los que guarden su primer estado les será añadido; y los que no guarden su primer estado no tendrán gloria en el mismo reino con los que guarden su primer estado; y a los que guarden su segundo estado [el estado en el que ahora nos encontramos] les será aumentada gloria sobre sus cabezas para siempre jamás”. Abr. 3:24–26

Así sabemos de dónde vinimos, por qué estamos aquí y hacia dónde iremos, a qué lugar iremos. Todo el plan está resumido en esas pocas palabras.

Ahora bien, puesto que vinimos aquí para ser probados, el Señor no dejó a Adán en duda respecto a lo que debía hacer ni cómo debía hacerlo, porque el Señor dio a Adán el evangelio, y el evangelio que le dio incluía la revelación y el conocimiento de que vendría un Redentor. Recordaréis vosotros que conocéis las Escrituras que el ángel del Señor preguntó a Adán por qué ofrecía sacrificios. Él respondió que no lo sabía, excepto que se le había mandado hacerlo. Moisés 5:6–9. Pienso que hay una gran lección allí. Aquellos que racionalizan tratan de explicar por qué hacemos esto o aquello. Adán dio el ejemplo. ¿Por qué lo hizo? Porque el Señor lo había mandado. Y entonces el ángel del Señor le explicó la gran expiación que había de venir.

Ahora bien, ese evangelio revelado a Adán ha estado en el mundo en mayor o menor grado, algunas veces en menor medida, desde aquel tiempo hasta ahora. Nos enseñó lo que debíamos hacer y lo que no debíamos hacer. Nunca hemos estado, cuando Su Iglesia ha estado sobre la tierra, la Iglesia de Cristo, en duda sobre estos dos puntos.

Examinaréis la Biblia buscando alguna declaración detallada de los principios del evangelio hasta la época de Moisés, pero tendréis poco éxito. Pero si leéis cuidadosamente el libro de Moisés en la Perla de Gran Precio, podréis extraer, y extraeréis de allí, los grandes principios de este evangelio, tal como nos han sido revelados y enseñados hoy. Cuando vino Moisés, nos fueron dados los Diez Mandamientos. Ellos son la estrella guía para la civilización del mundo hoy en día. Borrad los Diez Mandamientos, y tendréis la oscuridad que reposa sobre Rusia y sobre las naciones que la siguen.

Llamo la atención al hecho de que los Diez Mandamientos, cada uno de ellos, contienen un elemento espiritual. No hay nada en ellos que, si se obedece, no edifique el espíritu. Desde entonces hasta ahora ha existido, operando en el mundo, al menos una parte del gran evangelio. Los hombres han sabido lo que deben hacer y lo que no deben hacer.

Ahora bien, el tiempo no me permitirá desarrollar lo que debemos hacer. Hacemos lo que se nos manda, a fin de cumplir el propósito de nuestro Padre Celestial, quien dijo:

Porque he aquí, esta es mi obra y mi gloria: llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre. Moisés 1:39

Ese es el propósito.

Ahora bien, me siento feliz, muy feliz, de que el Señor no solo nos haya dicho lo que debemos hacer, sino que también nos haya dicho lo que no debemos hacer. Él nos ha dicho las cosas que impedirán que obtengamos esta inmortalidad y vida eterna. Triste, en verdad, habría sido nuestra situación si únicamente se nos hubiera dicho lo que podríamos hacer. Pero Él no nos ha dejado en tinieblas en cuanto a lo que no debemos hacer.

Y puesto que hacer las cosas que no debemos hacer nos hace perder la gloria que el Señor ha señalado para nosotros —y si desean saber acerca de ello lean las secciones 76 y 88 de Doctrina y Convenios— entonces debemos abstenernos de hacer las cosas que Él nos ha mandado no hacer, abstenernos de malas acciones de diversas clases, abstenernos del pecado y de toda transgresión. Y pensé que quizá no carecería de valor si les leyera, para que reflexionen sobre algunas de las cosas que se nos dice que no debemos hacer, algunas de las ofensas que no debemos cometer bajo la pena de que, si las cometemos, no alcanzaremos la gloria plena que el Señor ha señalado para nosotros.

Y voy a leer solo unas cuantas cosas de Pablo. Pablo dijo: Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno.

Traidores, impetuosos, envanecidos, amadores de los deleites más que de Dios;

que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita…

Mas los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados. 2 Tim. 3:2–5, 13

Eso fue a Timoteo. Nuevamente a Timoteo: Oh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado, evitando las profanas pláticas sobre cosas vanas y los argumentos de la falsamente llamada ciencia. 1 Tim. 6:20

Ni forniquemos, como algunos de ellos fornicaron, y cayeron en un día veintitrés mil…

Por tanto, amados míos, huid de la idolatría. 1 Cor. 10:8, 14

Y esa era la carga de Pablo: “huid de la idolatría”, y dejad en paz los alimentos ofrecidos a los ídolos. Nosotros, los Santos de los Últimos Días, no adoramos ídolos, no adoramos reliquias, no tenemos santuarios. Sin embargo, a veces me pregunto si no habrá entre nosotros algo de idolatría. Yo llamo idólatras a los adoradores de monedas y perseguidores de centavos.

Pero digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios.

No podéis beber la copa del Señor y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios. 1 Cor. 10:20–21

Pedro dijo: Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina. 2 Ped. 2:1

Estas seis cosas aborrece Jehová, y aun siete abomina su alma:

Los ojos altivos, la lengua mentirosa, y las manos derramadoras de sangre inocente, el corazón que maquina pensamientos inicuos, los pies presurosos para correr al mal, el testigo falso que habla mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos. Prov. 6:16–19

Les leo estas cosas para mostrarles que el Señor no nos ha dejado en duda ni en tinieblas respecto a las cosas, algunas de ellas, que no debemos hacer. Añadimos estas a los Diez Mandamientos.

Ahora bien, mis hermanos y hermanas, la salvación es nuestra, si tan solo vivimos dignamente para obtenerla. La perderemos si hacemos las cosas que Sus profetas nos han declarado que no deben hacerse. Lean, repito, las secciones 76 y 88 y vean lo que el Señor ha preparado para nosotros cuando vivimos los principios del evangelio.

Mis hermanos y hermanas, quien lea no necesita tener duda alguna del gran futuro que nos espera; no tendrá duda del lugar al que iremos, de las asociaciones que serán suyas; no tendrá duda de que las eternidades venideras valen, en felicidad y gozo, todo el renunciar a los llamados placeres de esta vida, de los cuales se nos pide abstenernos.

Estoy seguro de que el premio vale la restricción. Y después de todo, todas las cosas de las que se nos pide abstenernos son cosas que rebajan nuestros estándares de gozo, rebajan nuestros estándares de vida, rebajan nuestro respeto por la humanidad y el respeto de la humanidad hacia nosotros, y nos dejan endeudados ante toda la lista de virtudes cristianas.

Que el Señor nos ayude a guardar Sus mandamientos, nos ayude a obtener aquello que Él ha preparado para nosotros.

Y les doy mi testimonio en este momento de que Dios vive, de que Él oye y contesta las oraciones, porque ha oído y contestado las mías. Les doy mi testimonio de que Jesús es el Cristo, que Él es el Hijo de Dios, el Redentor del Mundo, las Primicias de la Resurrección; que mediante Su sangre redentora toda la humanidad será salva, es decir, resucitará; y que aquellos que guardan los mandamientos y viven la vida que Él enseñó y vivió tendrán una gloria eterna en el reino celestial.

Les doy mi testimonio de que José Smith sí tuvo una visión, de que el Padre y el Hijo lo visitaron, de que santos ángeles vinieron a él; de que el sacerdocio, el Santo Sacerdocio de Dios que se había perdido de la tierra durante siglos, fue restaurado por medio de él a esta tierra; de que aquellos que le han seguido en su elevado y grandioso llamamiento de Presidente de la Iglesia, el Sumo Sacerdote Presidente de la Iglesia, tienen los mismos derechos, los mismos privilegios, la misma autoridad que él poseía desde el tiempo de José hasta el presidente McKay, quien posee esos derechos, ejerce esas funciones y posee todos los poderes espirituales del sacerdocio que José tenía; y de que esta Iglesia continuará avanzando, y de que aquellos que sigan al presidente McKay disfrutarán de los mismos privilegios, la misma autoridad y ejercerán las mismas funciones.

No hay duda acerca de esto, mis hermanos y hermanas, y si tan solo pudiéramos llevar esto a nuestro corazón y comprenderlo, hacerlo parte de nosotros mismos, no como una mera expresión, no como un servicio de labios, sino como servicio mediante hechos, el poder de este pueblo sería ilimitado.

Que Dios conceda que a todos nosotros y a cada uno de nosotros venga este testimonio, a fin de que continuemos esparciendo el evangelio en el mundo, continuemos edificando nuestra propia Iglesia y, para nosotros individualmente, y como consecuencia de todo ello, obtengamos la salvación eterna en Su reino celestial, lo cual humildemente ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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