“¿Qué aprovecha…?”
Presidente David O. McKay
El élder Harold B. Lee, del Consejo de los Doce, acaba de hablarnos. Su discurso marca el final de una serie de mensajes dados durante esta conferencia por las Autoridades Generales de la Iglesia, a quienes todos ustedes han escuchado, excepto al élder Stayner Richards, quien está presidiendo la Misión Británica. El élder Romney, como saben, dio esta mañana el discurso de Church of the Air. Así llega a su fin una gran conferencia, otra gloriosa oportunidad que la Iglesia ha tenido de reunirse, hacer nuevas resoluciones, recibir instrucciones oportunas y sostener a las Autoridades de la Iglesia. El clima ha sido sumamente favorable. La actitud de las personas que se han reunido en las diversas reuniones, incluyendo la conferencia de la Primaria, ha sido esperanzadora, prometedora y entusiasta; la de las congregaciones, sumamente receptiva.
Los mensajes de las Autoridades Generales han sido todos oportunos e inspiradores; la cooperación de los funcionarios de la ciudad, pronta y eficiente. La ayuda brindada por las diversas estaciones de radio aquí en nuestra propia ciudad, en Idaho, Colorado, Oregón, Nevada, Arizona y México, ha permitido que decenas de miles de personas escucharan los procedimientos de esta 122.ª Conferencia General Anual de la Iglesia. A todos extendemos palabras de aprecio, expresiones sinceras de gratitud, pues todos contribuyeron para hacer de esta una ocasión verdaderamente memorable.
A nuestros cantantes, al coro de jóvenes de la Universidad Brigham Young y a nuestro propio Coro del Tabernáculo, nuevamente expresamos nuestro agradecimiento.
¡Qué gloriosa oportunidad hemos tenido al escuchar a estas dos grandes organizaciones! A nuestro coro, creo que expresaré no solo la gratitud de ustedes, sino también la de toda la ciudad y del estado, pues el Coro del Tabernáculo de Salt Lake es ahora una institución, no solo una organización, apreciada por cada miembro de la Iglesia y, creo, por todo ciudadano de mente justa de nuestro glorioso estado. Dios los bendiga, así como a esos jóvenes que vinieron desde la Universidad Brigham Young para cantar en las sesiones de apertura de la conferencia.
Tengo mucho en mi corazón para decirles, pero concluiré llamando su atención a las palabras de un siervo del Señor muy práctico, quien fue bendecido al laborar en compañía y bajo la sombra de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. De hecho, creo que era Su propio hermano. Santiago dijo:
“¿De qué aprovechará, hermanos míos, si alguno dice que tiene fe y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?
Y si un hermano o una hermana están desnudos y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha?
Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma.
Pero alguno dirá: Tú tienes fe y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras”. Santiago 2:14–18
Ahora, al partir para regresar a nuestros diversos hogares, hagamos reales los buenos sentimientos que se han despertado en nuestras almas. No permitamos que se evaporen de nuestra mente y de nuestros sentimientos las buenas resoluciones que hemos formado. Primero, resolvamos que de ahora en adelante vamos a ser hombres de carácter más elevado y más íntegro, más conscientes de nuestras propias debilidades, más bondadosos y caritativos hacia las faltas de los demás.
Resolvamos que practicaremos un mayor dominio propio en nuestros hogares, controlaremos nuestro temperamento y nuestra lengua, y controlaremos nuestros sentimientos para que no se desvíen más allá de los límites de la rectitud y la pureza; procurando más la presencia de Dios, comprendiendo cuán dependientes somos de Él para tener éxito en esta vida y particularmente para tener éxito en los llamamientos que ocupamos en la Iglesia.
Al salir de esta conferencia, resolvamos no solo ser más leales a nuestros quórumes, sino también más devotos a los deberes que se nos han asignado, uno de los cuales es asistir a las reuniones de nuestro quórum, a fin de fortalecer ese grupo y aumentar el poder del compañerismo y la hermandad; más leales a nuestro país. Este es un año de elecciones. Sobre ustedes recae la responsabilidad de escoger a nuestros servidores en el gobierno, porque quienquiera que sea elegido para presidir este país como Presidente, como senadores o miembros de la Cámara de Representantes, son sus servidores, no sus gobernantes. Y no sean perezosos el día de las elecciones, sino salgan y ejerzan su derecho y privilegio como ciudadanos de esta gran república. ¿De qué aprovecha que un hombre diga que tiene fe y no tenga obras? Aquí debemos probarnos como ciudadanos leales.
Al partir, resolvamos estar más decididos a hacer hogares hermosos, a ser esposos más bondadosos, esposas más consideradas, más ejemplares para nuestros hijos, determinados a que en nuestros hogares tendremos aunque sea un pequeño anticipo del cielo aquí en esta tierra.
Con estas resoluciones en mente, con todo mi corazón les digo, compañeros de labor: Dios los bendiga. Atesoren en sus corazones el testimonio de la verdad; háganlo tan sólido, firme e inquebrantable como las estrellas fijas en los cielos. Que venga al corazón de cada persona y a todos nuestros hogares el verdadero espíritu de Cristo nuestro Redentor, cuya realidad y cuya guía inspiradora sé que son verdaderas.
Dios los bendiga, los guarde y los engrandezca ante los ojos de quienes los rodean. Que Él haga más poderosa que nunca antes en la historia de esta Iglesia la influencia de esta organización divina, para que su poder se sienta en todo el mundo y el corazón de los hombres se vuelva a servirle como nunca antes habían sido inspirados a hacerlo; para que podamos evitar la terrible amenaza de guerra y se establezca la paz entre las naciones del mundo. Lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.


























