La Gloria de la Enseñanza
Élder Levi Edgar Young
Del Primer Consejo de los Setenta
En el capítulo trece de 1 Nefi, tenemos las palabras del Profeta, quien escribe:
Y miré, y vi a un hombre entre los gentiles, que estaba separado de la descendencia de mis hermanos por las muchas aguas; y vi al Espíritu de Dios que descendió y obró sobre el hombre; y salió sobre las muchas aguas, aun hasta la descendencia de mis hermanos, que estaban en la tierra prometida.
Y aconteció que vi al Espíritu de Dios, que obró sobre otros gentiles; y salieron del cautiverio sobre las muchas aguas…
Y aconteció que yo, Nefi, vi que los gentiles que habían salido del cautiverio se humillaron ante el Señor, y el poder del Señor estaba con ellos. (1 Nefi 13:11–12, 16)
Siempre he recordado con gozo, al leer estas palabras, que se referían a Cristóbal Colón y a los padres peregrinos. Cuando Colón puso pie en esta tierra occidental en 1492, pronunció estas palabras en oración:
Oh Dios, nuestro Padre, eterno y omnipotente, creador del cielo, de la tierra y del mar, glorificamos Tu santo nombre, alabamos Tu majestad, a quien servimos con toda humildad; entregamos a Tu santa protección esta nueva parte del mundo.
(citado por Washington Irving en su Life of Columbus*)*
Se nos dice que Edward Winslow, el tercer firmante del Pacto del Mayflower, registró las siguientes palabras de despedida del pastor Robinson, mientras los padres peregrinos dejaban las costas de Holanda en su largo viaje hacia el desconocido Oeste. Él dijo:
Hermanos, ahora estamos a punto de separarnos unos de otros, y si alguna vez viviré para volver a ver vuestros rostros en esta tierra, solo el Dios del cielo lo sabe; pero, haya el Señor dispuesto eso o no, os encargo delante de Dios y de Sus santos ángeles que no me sigáis más allá de lo que me habéis visto seguir al Señor Jesucristo. Si Dios os revela algo por medio de cualquier otro instrumento suyo, estad tan dispuestos a recibirlo como lo estuvisteis para recibir la verdad mediante mi ministerio; porque estoy plenamente persuadido, estoy muy seguro, de que el Señor tiene aún más verdad que hará brotar de Su santa palabra.
Colón fue inspirado y guiado por el poder de Dios hacia estas costas de América, y asimismo los padres peregrinos y otros más, porque creemos que había llegado el tiempo de que los indios americanos fueran hallados, pues ellos son los remanentes de José. Es interesante notar que muchos de los primeros adherentes al evangelio de Jesucristo, recibido a comienzos del siglo XIX, eran descendientes del antiguo linaje puritano que vino de Inglaterra. Tales hombres fueron el profeta José Smith, Brigham Young y muchos otros de aquellos primeros días. Y así comenzó la gran obra de ocupar toda la tierra de América por diferentes pueblos del mundo. Hemos llegado a ser una nación rica y poderosa, potencialmente la más rica y poderosa sobre la tierra.
Mientras el presidente Richards hablaba acerca de la construcción de este Tabernáculo en el que estamos adorando a Dios, recordé que hace exactamente cien años el presidente Brigham Young estuvo de pie ante más de dos mil personas que se habían reunido por la misma razón que usted y yo lo hemos hecho: adorar a Dios y a Jesucristo nuestro Redentor. Ellos tenían un tabernáculo que acababa de ser construido de adobe y podía albergar a dos mil personas. Los asientos eran en su mayoría de troncos, aunque se habían hecho algunas sillas para los hermanos que se sentaban al frente. La gente venía de todas partes del territorio, algunos en carretas tiradas por bueyes y otras por caballos. Muchos caminaron largas distancias para asistir a la conferencia. Al concluir la última reunión del domingo por la tarde, el presidente Young se levantó y anunció que había llamado aproximadamente a cien hermanos para ir a misiones a diferentes partes del mundo. Las naciones mencionadas fueron las de Europa, y China, India, Persia y Siam en Asia, y luego las Islas del Pacífico. Uno no puede imaginar lo que esto significaba en aquellos días, cuando los misioneros caminaban hasta la costa del Pacífico para tomar un barco hacia los países del Pacífico. Luego pensemos en el largo viaje por el océano Atlántico cuando partían hacia India, Siam y Persia. La historia de estos hombres será escrita algún día por un gran historiador, y el mundo quedará asombrado de su valor y fe en Dios. Muchos de los diarios de aquellos misioneros se han conservado. El presidente Lorenzo Snow ya estaba en Italia, y el presidente John Taylor era presidente de la Misión Francesa. Durante esta conferencia hemos oído mucho acerca del tema de la enseñanza que experimentaron los misioneros, y en pocas palabras quisiera añadir un pensamiento concerniente a la enseñanza del evangelio a los pueblos del mundo.
Se ha dicho de muchas maneras diferentes que: “En nuestros hijos yace el futuro de nuestro mundo”. Si creemos esto, y ciertamente lo creemos, entonces la educación de nuestros hijos merece nuestra atención más cuidadosa y prioritaria. Todo padre y madre, toda persona madura en nuestra tierra, debería estar profundamente interesada en la educación de nuestra juventud. Nuestro honrado presidente, David O. McKay, durante el último año nos ha dado a nosotros y a nuestra nación más de un gran discurso sobre los objetivos, ideales y la importancia trascendental de la educación. Él nos ha dicho que esta florece sobre el carácter, y que sin carácter carece de fuerza alguna. Debe haber carácter y bondad como su principal obligación; la bondad es su verdadero poder. El afecto sincero tanto en quienes son enseñados como en quienes enseñan nunca debe faltar. En toda buena enseñanza hay cosas que sobreviven, y que han sobrevivido fuertes e inquebrantables desde los tiempos más antiguos. El Maestro de maestros que vivió hace dos mil años dijo que el amor es el fundamento sobre el cual debe edificarse todo crecimiento, todo progreso y toda fe: amor a Dios y amor al prójimo.
La enseñanza es un arte, y un arte tiene que aprenderse. Nuestros misioneros deben ser mejor enseñados acerca de cómo enseñar el evangelio. Nuestros setentas en casa deben ser enseñados sobre cómo enseñar el evangelio, recordando siempre que solo podemos enseñar aquello que conocemos. Se nos amonesta a buscar, llamar, pedir e investigar diligentemente con fe inquebrantable, y seremos recompensados. El profeta José Smith nos dice: “Buscad palabras de sabiduría de los mejores libros”. (Doctrina y Convenios 88:118)
Si nuestras escuelas y colegios enseñan las cosas que realmente son importantes, entonces se requiere que la mente realice arduo trabajo, que ataque un problema difícil y piense hasta llegar a una respuesta correcta. Uno de nuestros escritores más conocidos ha dicho:
Solo hay unos pocos años juveniles en toda vida humana en los que la mente es fresca y moldeable, y la memoria capaz de retener. Estos años deberían usarse para enseñar las mejores y más bellas cosas que el hombre puede conocer: dominio del lenguaje, maestría de la ciencia pura, exposición a la gran literatura y al arte, un conocimiento básico de historia, filosofía y religión. No importa lo que un joven o una joven haga para ganarse la vida, su educación habrá sido inútil a menos que haya aprendido a conocer y a utilizar lo excelente en cualquier línea que siga, y también haya aprendido a amarlo.
Es en el ámbito de la religión donde la mayoría de nosotros enseñamos. Queremos que nuestros hijos conozcan el evangelio y que lo vivan lo mejor que puedan. Queremos que la rectitud se haga práctica en cada fase de la vida. Esperamos dirigir a nuestra juventud hacia un modelo de vida eterno, fundado sobre una creencia firme y segura y una fe en las enseñanzas del Salvador y de los profetas antiguos y del evangelio nuevo y restaurado. Nuestro objetivo es enseñar a nuestros hijos a llevar adelante los propósitos de Dios. Al hacer esto seguimos las palabras de la Sección 4 de Doctrina y Convenios:
“… vosotros que os embarcáis en el servicio de Dios, mirad que le sirváis con todo vuestro corazón, alma, mente y fuerza”.
(Doctrina y Convenios 4:2)
Debemos comenzar a enseñar a nuestros hijos mientras son muy pequeños, porque está escrito:
“Las cosas que no hayas adquirido en tu juventud, ¿cómo las hallarás en tu vejez?”
Y Jetro aconsejó: “Y enseñarás a ellos el camino por donde deben andar y la obra que han de hacer. Deben ser enseñados paciente y gradualmente. Siendo el pueblo de Dios, deben vivir Sus leyes y adorar según Sus caminos” (véase Éx. 18:20).
El hombre necesita una visión amplia de la vida para poder cumplir un modelo de progreso eterno y salvación, aunque las tensiones y presiones de la vida diaria favorezcan la visión corta. Quizás ambas sean necesarias, pero una no debe desplazar a la otra, que es más realista y fundamental. El hombre que está tratando sinceramente y con todas sus fuerzas de captar la visión de un mundo mejor, e incorporar lo que puede ver en su propia vida y en la sociedad, nos ayuda a hacer lo que no podríamos hacer sin su ayuda. Podemos elevarnos sobre los hombros de aquellos que han caminado en niveles más altos. Hay una profunda sabiduría en el dicho: “Alabemos ahora a los hombres famosos”. Esto es lo que quieren decir los profetas con la advertencia: “Elevad vuestros corazones”. Aprended de la grandeza y bondad de los profetas y líderes al procurar seguir sus enseñanzas.
La religión pone delante de nosotros los ejemplos más nobles de vida. Disraeli dijo: “Alimentad vuestra mente con grandes pensamientos; creer en lo heroico forma héroes”.
Leed la Biblia para obtener no solo grandes verdades sobre la vida, sino también grandes sentimientos y una visión más amplia. Leedla para alcanzar las profundidades de la vida. Haced de ella vuestra compañera durante toda la vida, para que no viváis solamente en la superficie, sino bajo una influencia permanente. Haced lo mismo con el Libro de Mormón, Doctrina y Convenios y la Perla de Gran Precio. La religión es el instrumento más grande para elevarnos hacia lo mejor de la vida más elevada.
Hemos tenido grandes maestros en nuestra época. Pienso en uno: el Dr. Karl G. Maeser, quien vino a América desde Alemania como converso a la Iglesia y quien fue durante muchos años maestro en la Universidad Brigham Young en los primeros días de esa institución. Solo recientemente el Dr. Joel Francis Paschal, de la Universidad de Princeton, escribió la vida del juez George Sutherland, quien primero fue elegido congresista y luego senador por el estado de Utah. El Dr. Paschal relata la influencia que el Dr. Maeser tuvo en la vida del senador Sutherland, y dice:
“El conocimiento del Dr. Maeser parecía extenderse a todos los campos. Por supuesto, había límites, pero estos no me fueron revelados durante mi tiempo en la Academia. Desde el principio supe que era un erudito consumado. Pero la magnitud de su aprendizaje crecía tanto ante mi visión con el paso del tiempo que mi emoción constante era de asombro. Creo que hubo días en los que habría jurado que, aunque nunca se hubiese encontrado la Piedra Rosetta, él podría fácilmente haber revelado el significado de los jeroglíficos egipcios. Hablaba con un marcado acento; pero su dominio del idioma inglés, de la literatura inglesa y de la manera inglesa de pensar era magnífico”.
La influencia de Maeser no fue meramente la de un instructor. Dice Sutherland:
“Era un hombre de una bondad tan transparente y natural que sus estudiantes adquirían no solo conocimiento, sino también carácter, que es mejor que el conocimiento”.
Me gusta recordarme a mí mismo el dicho de Emerson:
“Dios ofrece a cada mente la elección entre la verdad y el reposo: toma lo que quieras, pero nunca podrás tener ambos”.
Las madres de Sion comienzan la enseñanza de sus hijos cuando aún están en la cuna. Siempre recuerdan que: “El amor concede en un momento lo que el esfuerzo difícilmente logra en una era”.
La primera cosa que debe enseñarse a cada niño (y como siempre, el ejemplo y no el precepto es el mejor maestro) es el respeto por todo ser humano. Debemos aprender a tener una opinión elevada y noble de la vida humana, porque todos son hechos a imagen de Dios y poseen dignidad y destino. Esto conducirá naturalmente al principio de la Regla de Oro, Mateo 7:12: “Haz con los demás lo que quisiera que los demás hicieran conmigo”.
Es extraordinario cuántos tipos de hombres y mujeres pueden llegar a ser maestros deseables, porque los alumnos manifiestan una variedad de rasgos humanos y no todos pueden ser alcanzados o motivados por la misma enseñanza. Recordad también que un tema dominado, y una persona comprometida de corazón y alma en enseñarlo, junto con el Espíritu de Dios, estará cerca del discurso de hombres y ángeles.
No necesitamos graduarnos de escuelas y universidades para conocer estas verdades de la religión y enseñarlas a nuestros hijos. El Salvador nos ha dicho que si pedimos, se nos dará; si llamamos, se nos abrirá; y solo necesitamos orar y trabajar con sinceridad y fe para recibir las bendiciones que deseamos a fin de convertirnos en maestros del Evangelio.
Sir Richard Livingston, educador y clasicista, y presidente del Corpus Christi College de Oxford, nos dice en una conferencia en Springfield, Massachusetts: “Es asombroso que una persona no intelectualmente brillante, quizá ni siquiera educada, sea capaz de comprender y vivir algo tan avanzado como los principios del cristianismo”.
“De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan.
Porque él la fundó sobre los mares, y la afirmó sobre los ríos” (Sal. 24:1–2).
Que nuestra fe sea fortalecida y que tengamos poder para enseñar a nuestros hijos la verdad y la belleza del Evangelio, humildemente lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.


























