Obedecer es Mejor que el Sacrificio
Élder S. Dilworth Young
Del Primer Consejo de los Setenta
Hace muchos años entré en el Barrio Richards de esta ciudad para escuchar al presidente Charles W. Penrose pronunciar un discurso. No tengo la menor idea de lo que él pretendía hablar, pero vi ante nosotros el texto sobre el cual sí habló. Alguien había colocado sobre el púlpito, para beneficio de aquellos que, supongo, lo necesitaban —los jóvenes de edad de Escuela Dominical—, un letrero que decía: “El orden es la primera ley del cielo”.
Sospecho que el hermano Penrose estaba impaciente por que terminaran los ejercicios preliminares porque inmediatamente después tomó la palabra y pasó toda la noche explicando por qué el orden no es, sino que la obediencia sí es, la primera ley del cielo. No puedo recordar lo que dijo. Sí recuerdo que esta fue la primera vez en mi vida que escuché este principio explicado de manera completa.
Reconozco el hecho de que esta Iglesia es una Iglesia de principios revelados. Del Señor vienen las revelaciones que establecen los principios. Me gustaría dar mi testimonio de que debe haber un intérprete para la Iglesia de esos principios.
Si no tuviéramos un revelador que lo hiciera por nosotros, cada hombre y cada mujer interpretaría, explicaría y aplicaría a su propia vida únicamente aquella parte de cada principio que deseara para sí mismo, y este pueblo estaría desunido y dividido en sus opiniones. Doy gracias a mi Señor porque sobre este estrado se sienta un Profeta del Señor, quien, junto con sus Consejeros y los Doce, están facultados para decirnos cómo, como cuerpo unido, debemos explicar y sostener los principios.
Ahora bien, el asunto de tener un principio explicado es una cosa; enseñar su aplicación es otra; pero lograr obediencia a él es una tercera cosa. A medida que he avanzado por la vida, les confieso a ustedes que nunca he sido obligado. La obediencia que he escogido rendir a los principios ha sido enteramente mía y completamente voluntaria. Siempre he podido escoger si aceptaría la interpretación de los Presidentes de la Iglesia o si elaboraría mi propia interpretación. He descubierto que la interpretación de la Iglesia ha significado seguridad para mí. Me he encontrado vagando muy lejos cuando he quedado a mis propios razonamientos en asuntos sobre los cuales el profeta del Señor ha hablado.
Creo que todas las crisis por las cuales la Iglesia ha pasado han sido superadas con seguridad mediante la aplicación del principio de obediencia, expresada voluntariamente. Aun en los difíciles días de Nauvoo, cuando los hombres no sabían hacia dónde dirigirse ni qué hacer, el presidente Young no dijo al pueblo que tenía que marcharse. Si recuerdo correctamente la historia, se informa que dijo a su pueblo:
“Voy a cruzar el río y partir hacia el oeste con mi familia y mis carros. Todos los que deseen seguirme, háganlo”.
Bueno, la mayoría deseó seguirlo, y la mayoría lo hizo. Nunca hemos sabido qué ocurrió con aquellos que no vinieron, excepto unos pocos por quienes la Iglesia estaba profundamente interesada. Los que vinieron, los que fueron obedientes, no vivieron para verlo, pero los hijos de sus hijos son los fieles de hoy. Y aquellos que no vinieron, ¿dónde están sus hijos, puedo preguntar? Nunca se oye hablar de ellos.
Cuando la Iglesia se trasladó hacia el sur ante la llegada del ejército de Johnston, el presidente Young nuevamente dijo: “Voy hacia el sur. Los que quieran venir pueden hacerlo”. Casi todos fueron con él, y en Provo, cuando la crisis terminó, se puso de pie sobre la lanza de un carro y dijo al pueblo:
“Voy a regresar a Salt Lake City. Aquellos de ustedes que deseen seguirme pueden hacerlo”.
He observado que los líderes proféticos nunca dicen al pueblo lo que deben hacer, sino que más bien les aconsejan lo que es prudente y conveniente hacer.
Más recientemente, en nuestros días, cuando se anunció el programa de bienestar y los hermanos desde este púlpito explicaron a los reunidos cómo deseaban llevarlo a cabo, desde mi posición entre las filas del pueblo escuché mucho de ciertas personas que querían hacerlo de otra manera. No querían interpretarlo de la manera en que los hermanos deseaban interpretarlo.
¿Dónde están hoy? No lo sé. Ciertamente no están en posiciones de responsabilidad. Aquellos que estuvieron dispuestos a seguir voluntariamente la dirección, con fe, creyendo que sus líderes hablaban con inspiración del Dios Todopoderoso, son aquellos sobre quienes descansa la responsabilidad.
Supongo que así siempre debe ser. A medida que enfrentamos crisis tras crisis, y a medida que los acontecimientos del mundo hacen necesarios cambios en las políticas, los líderes hablarán, y aquellos que sean sabios prestarán obediencia incuestionable. No dije obediencia irreflexiva. Dije obediencia incuestionable.
Me gustaría hacer una aplicación de lo que he estado diciendo hoy. Ahora hemos llegado a un momento, según veo en los periódicos, en que esta noche se anunciará una política misional.
Ahora les confieso aquí que personalmente no sé mucho más acerca de eso que ustedes. Supongan que la política no esté en armonía con lo que ustedes habían pensado que debía ser la dirección que debería seguir; supongan que incluya detalles que yo preferiría ver realizados de otra manera. Aplicando el principio de obediencia a mí mismo, me pongo de pie aquí y les digo a ustedes reunidos que es mi intención seguir, tan de cerca como el Señor me dé luz, esos planes y políticas concernientes a la obra misional que serán anunciados por mis líderes.
No querré mejorar sus ideas, sino que entregaré toda mi fuerza, todo mi valor y cualquier talento con el cual el Señor me haya bendecido, para hacer lo que será anunciado.
Pienso que hemos llegado a un tiempo en que veremos algunos cambios. Los tiempos están maduros para los cambios. El mundo está cambiando. El profeta José Smith cambió el sistema misional dos o tres veces durante su vida. En una ocasión dijo a los misioneros que salieran de dos en dos. Poco después les dijo que ahora podían ir solos, uno a la vez. Se han hecho otros cambios. Yo estoy a favor de los cambios.
Permítanme concluir leyéndoles un versículo de las Escrituras que pienso que se aplica personalmente a mí. Tal vez ustedes puedan aplicarlo a sí mismos. Fue dicho por Samuel en una ocasión que, creo, justificaba plenamente sus palabras.
“. . . ¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas como en que se obedezca a las palabras de Jehová? He aquí, el obedecer es mejor que el sacrificio, y el prestar atención que la grosura de los carneros”. — 1 Samuel 15:22
Ahí es donde me mantengo. Que todos nosotros hagamos lo mismo, humildemente lo ruego, en el nombre de Cristo. Amén.


























