Me glorío en mi Jesús

Jesucristo y el recogimiento de Israel

Una perspectiva del Libro de Mormón

Robert L. Millet


En noviembre de 1835, el profeta José Smith describió un principio vital del evangelio. “Es un principio que considero de la mayor importancia para aquellos que buscan la salvación en esta generación”, explicó, “o en aquellas que pueden llamarse ‘los postreros tiempos’. Todo lo que los profetas han escrito, desde los días del justo Abel hasta el último hombre que haya dejado algún testimonio registrado para nuestra consideración, al hablar de la salvación de Israel en los últimos días, va directamente encaminado a mostrar que consiste en la obra del recogimiento”.

Pocas cosas han recibido más atención en los últimos años dentro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días que el recogimiento de Israel. Se ha convertido en un tema que el presidente Russell M. Nelson ha tratado y enfatizado repetidamente a los miembros de la Iglesia. En esta presentación, examinaremos y estudiaremos lo que el Libro de Mormón nos enseña acerca de asuntos tales como: (1) el convenio de Dios con Israel; (2) por qué y cómo Israel es esparcido; (3) por qué y cómo Israel es recogido; y (4) las enseñanzas del Salvador en el Libro de Mormón acerca del recogimiento. Además, analizaremos cuidadosamente lo que un profeta moderno ha enseñado sobre la obra del recogimiento.

Después que Adán y Eva tuvieron que salir del Jardín de Edén, se les mandó “ofrecer las primicias de sus rebaños como ofrenda al Señor”. Ellos lo hicieron con espíritu de obediencia, sin comprender plenamente por qué se les mandaba hacerlo. “Después de muchos días”, un ángel apareció y explicó que esos sacrificios eran a semejanza del grande y postrer sacrificio que sería ofrecido por el Hijo de Dios en un día futuro. “Por tanto”, instruyó el ángel a nuestros primeros padres, “harás todo cuanto hagas en el nombre del Hijo, y te arrepentirás y llamarás a Dios en el nombre del Hijo para siempre jamás” (véase Moisés 5:4–8; énfasis añadido). Con ese espíritu, el mensaje de esta presentación es que solo podemos comprender el propósito y el impulso del recogimiento de Israel cuando entendemos el papel central y salvador de Jesucristo en esa empresa divinamente ordenada, un mensaje predominante que se encuentra en todo el Libro de Mormón. Descubriremos que las personas son recogidas, no solo a tierras y lugares, no solo a un sitio, sino a una Persona: el Señor Jesucristo.

El convenio de Dios con Abraham.

Los convenios son promesas mutuas, arreglos sagrados y seguridades entre la Deidad y su pueblo. Los convenios son iniciados por Dios, y los términos y condiciones del convenio son especificados por Él. Y aunque un convenio es un arreglo espiritual destinado a establecer expectativas y fomentar resolución y dedicación por parte de los mortales, es mucho más que un arreglo, mucho más que una transacción entre dos partes. Un convenio, en el sentido del evangelio, es un medio por el cual nuestro infinito y eterno Padre Celestial se vincula con sus hijos mortales y finitos. Los convenios unen a los participantes. Por tanto, los convenios tienen más que ver con la relación que con la realización de algún fin, aun de un fin justo. El hacer y guardar convenios sagrados tiene que ver con unir a un individuo y a un pueblo con el Padre y el Hijo mediante el poder del Espíritu Santo.

Jehová, quien vendría a la tierra como Jesucristo el Redentor, hizo un convenio con Abraham. La plenitud del convenio del evangelio que el Señor hizo con el padre de los fieles está tan claramente detallada en el libro de Génesis (Génesis 13:14–17; 15:1–10; 17:1–8), que hemos llegado a conocerlo como el convenio abrahámico. Sin embargo, la declaración más clara de este convenio se encuentra en el Libro de Abraham (2:8–11) en la Perla de Gran Precio. Al combinar lo que se declara en Génesis con el Libro de Abraham, leemos que Dios prometió a Abraham lo siguiente: (1) por medio de él surgiría una gran nación; (2) Dios engrandecería el nombre de Abraham entre todas las naciones; (3) las bendiciones del evangelio y del sacerdocio vendrían por medio de los descendientes de Abraham; (4) quienes recibieran el evangelio serían conocidos como la simiente de Abraham; (5) el Señor bendeciría a quienes bendijeran a la posteridad de Abraham y maldeciría a quienes maldijeran a la familia de Abraham; (6) los descendientes de Abraham tendrían derecho a una herencia de tierra; (7) por medio de la simiente literal de Abraham, todas las familias de la tierra serían bendecidas; y (8) los descendientes de Abraham, ya fueran literales o adoptados, recibirían finalmente, mediante la obediencia y la fidelidad, la exaltación, la cual implica la continuación de la unidad familiar por toda la eternidad.

Jehová esperaba que los descendientes de Abraham lo escogieran a Él como su Dios, que abandonaran o evitaran las falsas creencias y las prácticas corruptas de las naciones circundantes, y que guardaran los mandamientos de Dios. El convenio continuó por medio de Isaac (Génesis 26:1–5), Jacob (Génesis 28:10–15) y todos los descendientes fieles de los grandes patriarcas.

Debido a que Lehi era de la tribu de Manasés (Alma 10:3), hijo de José, las promesas que Dios había hecho al padre Abraham continuaron por medio de los descendientes de Lehi. Nefi recordó a sus hermanos rebeldes que su padre Lehi había declarado que en los últimos días el evangelio de Jesucristo llegaría a sus descendientes por medio de los gentiles. “Por tanto, nuestro padre no ha hablado solamente de nuestra posteridad, sino también de toda la casa de Israel, señalando el convenio que habría de cumplirse en los postreros días; convenio que el Señor hizo con nuestro padre Abraham, diciendo: En tu posteridad serán bendecidas todas las familias de la tierra” (1 Nefi 15:18; énfasis añadido).

Después de la muerte de Jesucristo y de los apóstoles meridianos en Israel, y de la posterior pérdida de las llaves del sacerdocio, el convenio del evangelio dejó de estar en vigor en el Viejo Mundo. Isaías había descrito tal época: “La tierra también se contaminó bajo sus moradores; porque traspasaron las leyes, falsearon el derecho, quebrantaron el pacto eterno” (Isaías 24:5). Así, a José Smith, el “vidente escogido” (2 Nefi 3:6–7) que fue comisionado para supervisar la Restauración, se le asignó restaurar verdades claras y preciosas y muchos convenios del Señor que se habían perdido de la Biblia a lo largo de los siglos de su transmisión (véase 1 Nefi 13:26; véanse también los versículos 28, 35–36).

En una carta al editor de periódico Noah C. Saxton, el profeta José Smith declaró: “Por fin ha llegado el tiempo en que el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob ha extendido nuevamente su mano por segunda vez para recobrar al remanente de su pueblo”. Luego el Profeta llamó a los habitantes de la tierra a “arrepentirse de todos sus pecados y ser bautizados en agua para remisión de ellos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, y recibir la ordenanza de la imposición de manos. . . . Estos son los requisitos del nuevo convenio, o los primeros principios del Evangelio de Cristo”.

El esparcimiento de Israel.

Moisés advirtió al antiguo Israel que, si rechazaban a su Dios, serían esparcidos entre las naciones, dispersados entre los gentiles. “Si no escuchas la voz de Jehová tu Dios”, dijo, “para procurar cumplir todos sus mandamientos y sus estatutos que yo te ordeno hoy . . . [serás] trasladado a todos los reinos de la tierra. . . . Y Jehová te esparcirá por todos los pueblos, desde un extremo de la tierra hasta el otro; y allí servirás a otros dioses que ni tú ni tus padres conocieron” (Deuteronomio 28:15, 25, 64). El Señor habló en un tono similar por medio de Jeremías unos ocho siglos después (véase Jeremías 16:11–13).

Debido a sus caminos errantes, el pueblo de Dios fue esparcido: alejado de Jehová, del pueblo del convenio y de las sendas de justicia; perdido en cuanto a su identidad como representantes del convenio; y desplazado de las tierras apartadas para su herencia. Israel fue esparcido a causa de la apostasía, porque se apartaron de las ordenanzas y quebrantaron el convenio eterno (compárese con Doctrina y Convenios 1:15). Al ofrecer su propio comentario sobre lo que conocemos como Isaías 49, Nefi señaló que la obra del recogimiento se relaciona con “cosas tanto temporales como espirituales; porque parece que la casa de Israel, tarde o temprano, será esparcida sobre toda la faz de la tierra, y también entre todas las naciones”. Y luego, hablando específicamente de las diez tribus del norte o “tribus perdidas” de Israel, dijo: “He aquí, hay muchos que ya se han perdido de . . . los que están en Jerusalén. Sí, la mayor parte de todas las tribus han sido llevadas; y están esparcidas de aquí para allá sobre las islas del mar; y adónde se hallan, ninguno de nosotros lo sabe, excepto que sabemos que han sido llevadas” (1 Nefi 22:3–4; énfasis añadido).

Al escribir acerca de los judíos, quienes representan a toda la casa de Israel (véase 1 Nefi 15:17, 20; 3 Nefi 29:8; Mormón 5:14), Jacob enseñó que “después que [el Señor] se manifestase, ellos lo azotarían y crucificarían. . . . Y después que hayan endurecido sus corazones y endurecido sus cervices contra el Santo de Israel, . . . ellos [serán] llevados de aquí para allá”. En resumen, “serán esparcidos, heridos y aborrecidos” (2 Nefi 6:9–11; compárese con 10:5–6).

Nefi, hijo de Helamán, pronunció una severa reprensión: “¡Oh arrepentíos, arrepentíos! ¿Por qué moriréis? Volveos, volveos al Señor vuestro Dios. ¿Por qué os ha abandonado? Es porque habéis endurecido vuestros corazones; sí, no queréis escuchar la voz del buen pastor”. Ahora obsérvese la siguiente expresión sencilla: “Y he aquí, en vez de recogeros, a menos que os arrepintáis, he aquí, él os esparcirá” (Helamán 7:17–19; énfasis añadido).

Aunque Israel casi siempre es esparcido debido a su apostasía o a sus caminos errantes, hay ocasiones en que el Señor esparce o conduce a ciertas ramas de su pueblo escogido a diferentes partes de la tierra para cumplir sus propósitos: extender la sangre y la influencia de Abraham por todo el mundo. A veces Dios conduce grupos de personas de entre los malvados en un mundo pecaminoso (véase 1 Nefi 21:1). Este fue ciertamente el caso de la colonia lehita, una rama de José que fue conducida fuera de su patria palestina hacia otro hemisferio debido a la iniquidad en Jerusalén. También fue cierto para aquellos que siguieron a Mulek, hijo de Sedequías, hacia la tierra prometida aproximadamente al mismo tiempo (Mosíah 25:2; Helamán 6:8, 21).

Nefi enseñó: “He aquí, el Señor ha creado la tierra para que sea habitada; y ha creado a sus hijos para que la posean. Y él levanta una nación justa y destruye a las naciones de los malvados. Y conduce a los justos a tierras preciosas, y a los malvados los destruye y maldice la tierra para ellos por causa de éstos” (1 Nefi 17:36–38; énfasis añadido). O aún más claramente, Jacob explicó:

“Y ahora, mis amados hermanos, ya que nuestro misericordioso Dios nos ha dado tan gran conocimiento . . . , recordémosle y desechemos nuestros pecados, y no inclinemos la cabeza, porque no hemos sido desechados; sin embargo, hemos sido expulsados de la tierra de nuestra herencia; pero hemos sido conducidos a una tierra mejor. . . .

Porque he aquí, el Señor Dios ha conducido [grupos de personas] de tiempo en tiempo fuera de la casa de Israel, según su voluntad y complacencia. Y ahora, he aquí, el Señor se acuerda de todos aquellos que han sido separados; por tanto, también se acuerda de nosotros” (2 Nefi 10:20, 22; compárese con 2 Nefi 1:5).

El recogimiento de Israel.

Así como el esparcimiento ocurre a causa de la transgresión, el recogimiento de Israel se lleva a cabo mediante el volver al Señor, arrepentirse del pecado y aceptar su evangelio. Las personas eran recogidas en la antigüedad cuando se alineaban con el pueblo de Dios, con aquellos que practicaban la religión de Jehová y recibían las ordenanzas de salvación. Eran recogidas cuando obtenían un sentido de identidad tribal, cuando llegaban a saber quiénes son y a quién pertenecen. Eran recogidas cuando se congregaban en aquellos lugares apartados como sitios sagrados para el pueblo de la promesa.

“Uno a uno seréis recogidos, oh hijos de Israel”, declaró Isaías (Isaías 27:12; véase también 43:1–6). El llamado a los dispersos de Israel ha sido y siempre será el mismo (Jeremías 3:14; compárese con Ezequiel 11:17, 19–20; 28:25–26; 36:24–28). Es decir, el recogimiento se lleva a cabo mediante la conversión individual: mediante la fe, el arrepentimiento, el bautismo, la confirmación y luego mediante la fidelidad continua.

El Libro de Mormón es aún más específico al aclarar este principio del recogimiento: el pueblo de Israel será recogido nuevamente en la medida en que regrese a Cristo, a su doctrina y a su Iglesia (1 Nefi 15:14; 2 Nefi 9:2) y llegue a asociarse formalmente con los santos de Dios. Como mencionamos anteriormente, las personas son recogidas, no solo a tierras y lugares, no solo a un sitio, sino a una Persona. Nefi escribió que “después que la casa de Israel fuese esparcida, volverían a ser reunidos; o, en otras palabras, después que los gentiles hubiesen recibido la plenitud del evangelio, las ramas naturales del olivo, o sea, los restos de la casa de Israel, serían injertados, o llegarían al conocimiento del verdadero Mesías” (1 Nefi 10:14; énfasis añadido).

Más adelante, Nefi explicó a sus hermanos rebeldes algunas de las palabras de su padre concernientes al destino de Israel:

“Y ahora, lo que nuestro padre quiere decir concerniente al injerto de las ramas naturales por medio de la plenitud de los gentiles es que, en los postreros días, cuando nuestra posteridad haya degenerado en la incredulidad, sí, por el transcurso de muchos años y muchas generaciones después que el Mesías se manifieste en el cuerpo a los hijos de los hombres, entonces la plenitud del evangelio del Mesías llegará a los gentiles, y de los gentiles al resto de nuestra posteridad;

Y en ese día, el resto de nuestra posteridad sabrá que pertenece a la casa de Israel y que son el pueblo del convenio del Señor; y entonces llegarán al conocimiento de sus antepasados, así como también al conocimiento del evangelio de su Redentor, el cual les fue ministrado por él a sus padres; por tanto, llegarán al conocimiento de su Redentor y de los puntos precisos de su doctrina, para que sepan cómo venir a él y ser salvos” (1 Nefi 15:13–14; énfasis añadido; compárese con 2 Nefi 30:5).

Nefi enseñó que después que su posteridad hubiese sido esparcida, el Señor “procederá a hacer una obra maravillosa entre los gentiles”. Y luego, al hablar de lo que conocemos como la restauración de la plenitud del evangelio, Nefi añadió: “El Señor Dios procederá a descubrir su brazo a los ojos de todas las naciones, al llevar a efecto sus convenios y su evangelio a los que son de la casa de Israel. Por tanto, los sacará nuevamente del cautiverio, y serán reunidos en las tierras de su herencia; y serán sacados de la oscuridad y de las tinieblas [véase Doctrina y Convenios 1:30; 109:73]; y sabrán que el Señor es su Salvador y su Redentor, el Poderoso de Israel” (1 Nefi 22:8, 11–12; énfasis añadido).

Jacob, hijo de Lehi, recordó a su pueblo que el Señor Dios “ha hablado a los judíos por boca de sus santos profetas, desde el principio, de generación en generación, hasta que llegue el tiempo en que ellos [los judíos, o la casa de Israel] sean restaurados a la verdadera iglesia y redil de Dios; cuando sean recogidos de nuevo en las tierras de su herencia y sean establecidos en todas sus tierras de promisión” (2 Nefi 9:2; énfasis añadido). Después que Jacob enseñó que el pueblo de Jerusalén que rechazara al Salvador sería “esparcido entre todas las naciones”, el mismo Salvador añadió: “Vendrá el día en que creerán en mí, que yo soy el Cristo; entonces he convenido con sus padres que serán restaurados en la carne sobre la tierra, a las tierras de su herencia” (2 Nefi 10:6–7; énfasis añadido). Obsérvese la especificidad de esta última cita: los judíos han de ser restaurados a la “verdadera iglesia y redil de Dios”. Una vez más, el recogimiento en estos últimos días no se trata solamente de regresar a las tierras de herencia; consiste en creer que Jesús es el Cristo, entrar en el redil (unirse a la Iglesia verdadera) y congregarse con los santos en sus congregaciones, ramas y barrios, distritos y estacas donde residan.

Entre algunas de sus últimas palabras a quienes algún día leerían sus escritos, Mormón, el gran profeta-editor del registro nefita, habló con poder y claridad a las generaciones futuras: “Os hablo a vosotros, remanente de la casa de Israel; y estas son las palabras que os hablo: Sabed que sois de la casa de Israel. Sabed que debéis arrepentiros, o no podéis ser salvos. . . . Sabed que debéis llegar al conocimiento de vuestros padres, y arrepentiros de todos vuestros pecados e iniquidades, y creer en Jesucristo, que él es el Hijo de Dios, y que fue muerto por los judíos, y que por el poder del Padre ha resucitado, mediante lo cual ha obtenido la victoria sobre el sepulcro” (Mormón 7:1–3, 5–6; énfasis añadido).

Estas enseñanzas del Libro de Mormón ayudan a aclarar un asunto que con frecuencia es malentendido por los miembros de la Iglesia restaurada. El recogimiento físico de los judíos de todas partes del mundo hacia la Tierra Santa —el sionismo— no es el recogimiento profetizado de Judá. “Judá se reunirá en la antigua Jerusalén en el debido tiempo; de esto no hay duda”, escribió el élder Bruce R. McConkie. “Pero este recogimiento consistirá en aceptar a Cristo, unirse a la Iglesia y recibir nuevamente el convenio abrahámico tal como es administrado en lugares santos. El actual reunirse de personas de ascendencia judía en la nación palestina de Israel no es el recogimiento escritural de Israel ni de Judá. Puede ser un preludio de ello, y algunas de las personas así reunidas quizá, con el tiempo, sean recogidas en la verdadera Iglesia y reino de Dios sobre la tierra, y entonces podrán ayudar a construir el templo destinado a adornar el suelo de Jerusalén. Pero un recogimiento político no es un recogimiento espiritual, y el reino del Señor no es de este mundo”. Cuando las Escrituras hablan así de un día en que los judíos “empiecen a creer en Cristo” (2 Nefi 30:7), están enseñando que algunos judíos comenzarán a convertirse a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días antes de la Segunda Venida en gloria. Un remanente de tales conversos a la Iglesia estará entonces preparado para los grandes acontecimientos asociados con el regreso del Salvador (véase Doctrina y Convenios 45:43).

El profeta Mormón se refirió a un día futuro en que el mensaje del Libro de Mormón iría a “los incrédulos de los judíos; y para este fin irá: para persuadirlos de que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente; para que el Padre lleve a efecto, por medio de su Amadísimo [Hijo], su grande y eterno propósito, al restaurar a los judíos, o sea, a toda la casa de Israel, a la tierra de su herencia, la cual el Señor su Dios les ha dado, para el cumplimiento de su convenio” (Mormón 5:14; énfasis añadido).

El Salvador resucitado habló a los nefitas reunidos acerca del establecimiento de la Nueva Jerusalén: “Y entonces ellos [los gentiles] ayudarán a mi pueblo para que sean recogidos los que están dispersos sobre toda la faz de la tierra a la Nueva Jerusalén”. Luego el Señor pronunció palabras que parecen aplicarse a la vida en el Milenio: “Y entonces descenderá entre ellos el poder del cielo; y yo también estaré en medio. Y entonces empezará la obra del Padre en aquel día, sí, cuando este evangelio sea predicado entre el resto de este pueblo. De cierto os digo, en aquel día empezará la obra del Padre entre todos los dispersos de mi pueblo, sí, aun las tribus que se han perdido, las cuales el Padre ha llevado fuera de Jerusalén” (3 Nefi 21:24–26; énfasis añadido). La gran obra del recogimiento en ese día milenario comenzará en el sentido de que será de tal magnitud que hará que todos los recogimientos anteriores parezcan insignificantes.

Cuando Nefi, hijo de Lehi, estaba por concluir su primer libro, escribió acerca del gran día milenario y del recogimiento que tendría lugar durante esos mil años de paz: “Y el tiempo se acerca rápidamente en que los justos serán llevados como becerros del establo, y el Santo de Israel reinará con dominio, poder y gran gloria. Y él recoge a sus hijos de los cuatro extremos de la tierra; y cuenta a sus ovejas, y ellas lo conocen; y habrá un redil y un pastor; y él alimentará a sus ovejas, y en él hallarán pastos. Y debido a la rectitud de su pueblo, Satanás no tiene poder; por tanto, no puede ser soltado por el espacio de muchos años” (1 Nefi 22:24–26; énfasis añadido).

Moroni se insertó en el registro de los jareditas y habló de la edificación de Jerusalén en los últimos días y del establecimiento de la Nueva Jerusalén. “Y entonces viene la Nueva Jerusalén; y benditos son los que moran en ella, porque son aquellos cuyas vestiduras son blancas mediante la sangre del Cordero; y son ellos los que son contados entre el resto de la posteridad de José, quienes eran de la casa de Israel”. Luego, refiriéndose a los judíos de un tiempo futuro, así como a las diez tribus perdidas: “Y entonces también viene la Jerusalén de antaño; y benditos son sus habitantes, porque han sido lavados en la sangre del Cordero; y son ellos los que fueron esparcidos y reunidos de los cuatro extremos de la tierra y de los países del norte, y participan del cumplimiento del convenio que Dios hizo con su padre Abraham” (Éter 13:10–11; énfasis añadido). Las personas son “lavadas en la sangre del Cordero” mediante la aceptación de los primeros principios y ordenanzas del evangelio (véase 3 Nefi 27:19–21).

La compleja pero asombrosa alegoría de Zenós, ya sea leída o citada por Jacob, es una larga y extensa narración que dramatiza cuán infinitamente paciente es Dios con su pueblo escogido. Parece llevarnos a través de la historia de Israel, desde la destrucción de Jerusalén hasta la época de la Restauración y el gran Milenio. Es la manera en que Jacob reconcilia el hecho de que los judíos, por un lado, tropezarán y por ello “rechazarán la piedra sobre la cual podrían edificar y tener fundamento seguro”: Jesucristo; y sin embargo, de alguna manera, Cristo llegará a ser “el grande, el postrero y el único fundamento seguro sobre el cual los judíos pueden edificar” (Jacob 4:15–16). Jacob entonces despliega este “misterio” a los lectores del Libro de Mormón al presentar la alegoría.

¿Y cuál es el misterio? Es cómo grupos errantes de israelitas, que atraviesan períodos de fidelidad y maldad, pueden llegar alguna vez a ser “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios” (1 Pedro 2:9). Es el amor de Dios, el hecho de que, a pesar de nuestra tendencia a desviarnos y en ocasiones ser desleales a la realeza que hay dentro de nosotros, Él siempre está dispuesto a perdonar y recoger a sus ovejas en el redil.

El Señor resucitado habla del recogimiento.

Durante su ministerio terrenal, el Señor Jesucristo declaró: “Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas. . . . Yo soy el buen pastor, y conozco mis ovejas, y las mías me conocen. Así como el Padre me conoce, yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas. También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño y un pastor” (Juan 10:11, 14–16).

Después de su resurrección y aparición a los hebreos americanos, enseñó a aquellos que se habían congregado cerca del templo en Abundancia. Explicó a esta rama americana de Israel, descendientes del antiguo José: “Esta es la tierra de vuestra herencia; y el Padre os la ha dado. Y en ningún tiempo me ha mandado el Padre que les diga . . . concerniente a las otras tribus de la casa de Israel, a quienes el Padre ha llevado fuera de la tierra. Solo esto me mandó el Padre que les dijera” acerca de sus “otras ovejas”. Luego explicó que el pueblo de Lehi había sido “separado de entre ellos [los de Israel] a causa de sus iniquidades; por tanto, es a causa de sus iniquidades que ellos no saben de vosotros”, ni tampoco de las tribus perdidas que igualmente fueron separadas de ellos. Entonces declaró: “Vosotros sois aquellos de quienes dije: Tengo otras ovejas que no son de este redil. . . . Y ellos no me entendieron, porque supusieron que se trataba de los gentiles; pues no comprendieron que los gentiles serían convertidos”, no mediante la aparición personal del Señor, sino más bien “que los gentiles serían convertidos por medio de la predicación de ellos” (3 Nefi 15:13–17, 19–23).

El Salvador instruyó a los nefitas que escribieran las cosas que acababa de enseñarles respecto al hecho de que ellos y las tribus perdidas de Israel eran las “otras ovejas” de las que había hablado en el Viejo Mundo. Mediante su ministerio, enseñanzas, organización y realización de convenios y ordenanzas, Jesucristo recogió a los lehitas y a las diez tribus en sus respectivas tierras de herencia. El Señor aconsejó a los nefitas que hicieran un registro de lo que se les había enseñado acerca de las otras ovejas porque llegaría el día en que los gentiles serían “esparcidos sobre la faz de la tierra debido a su incredulidad”.

La plenitud del evangelio sería quitada de entre los gentiles porque la habrían rechazado. Este día es lo que se conoce como “la plenitud de los gentiles” o la plenitud de los tiempos de los gentiles. “Y entonces me acordaré del convenio que he hecho con mi pueblo, oh casa de Israel, y les llevaré mi evangelio” (3 Nefi 16:10–11). En resumen, el Redentor enseñó a los nefitas que, debido a la pecaminosidad de los gentiles en los últimos días, ellos serían esparcidos. Entonces Él comenzaría a recoger a su pueblo, la casa de Israel, y les llevaría la plenitud del evangelio.

Jesús aconsejó a los nefitas que escudriñaran las palabras de Isaías respecto al destino de Israel. Habló de un tiempo en que el convenio que Dios había hecho con Israel esparcido comenzaría a cumplirse. “Y entonces los restos [de Israel], que estarán esparcidos sobre la faz de la tierra, serán recogidos del este y del oeste, del sur y del norte; y serán llevados al conocimiento del Señor su Dios, quien los ha redimido” (3 Nefi 20:13; énfasis añadido).

Más adelante Jesús declaró: “Vosotros sois los hijos de los profetas; y sois de la casa de Israel; y sois del convenio que el Padre hizo con vuestros padres, diciendo a Abraham: Y en tu posteridad serán bendecidas todas las familias de la tierra. El Padre, habiéndome levantado primero a vosotros y enviado para bendeciros, al apartar a cada uno de vosotros de sus iniquidades; y esto porque sois los hijos del convenio” (3 Nefi 20:25–26).

Al enseñar a aquellos reunidos cerca del templo en Abundancia, el Señor resucitado habló del recogimiento: “Y me acordaré del convenio que hice con mi pueblo [los judíos]; y he convenido con ellos que los recogería en el debido tiempo mío, para darles la tierra de sus padres por herencia, que es la tierra de Jerusalén, la tierra prometida para ellos para siempre, dice el Padre”. Ahora obsérvese lo que sigue: “Y acontecerá que llegará el tiempo en que la plenitud de mi evangelio les será predicada; y creerán en mí, que soy Jesucristo, el Hijo de Dios, y orarán al Padre en mi nombre” (3 Nefi 20:29–31; énfasis añadido).

La fase final del recogimiento.

Entonces, ¿significa esto que una vez que una persona ha sido enseñada en el evangelio, acepta el mensaje de la Restauración y ha sido bautizada y confirmada por aquellos que poseen la autoridad apropiada, el recogimiento ha llegado a su fin para esa persona? ¿No es este el proceso mediante el cual una mujer o un hombre califica para la salvación o la vida eterna (véase Doctrina y Convenios 6:13; 14:7)?

“Mientras que la salvación es un asunto individual”, explicó el presidente Russell M. Nelson, “la exaltación es un asunto familiar. Solo aquellos que están casados en el templo y cuyo matrimonio es sellado por el Santo Espíritu de la Promesa continuarán como esposos después de la muerte y recibirán el más alto grado de gloria celestial, o exaltación. . . . Ser salvo —o alcanzar la salvación— significa ser salvo de la muerte espiritual y física”. El presidente Nelson enseñó además: “Ser exaltado —o alcanzar la exaltación— se refiere al estado más elevado de felicidad y gloria en el reino celestial. Estas bendiciones pueden venir a nosotros después de dejar esta frágil existencia mortal. El tiempo para prepararnos para nuestra eventual salvación y exaltación es ahora”.

Es a la luz de estos grandes principios que podemos apreciar más plenamente las palabras del profeta José Smith, pronunciadas el 11 de junio de 1843: “¿Cuál fue el propósito de recoger a los judíos, o al pueblo de Dios, en cualquier época del mundo? . . . El principal objetivo era edificar al Señor una casa mediante la cual Él pudiera revelar a su pueblo las ordenanzas de su casa y las glorias de su reino, y enseñar al pueblo el camino de la salvación; porque hay ciertas ordenanzas y principios que, cuando se enseñan y practican, deben realizarse en un lugar o casa edificada para ese propósito. . . . Es con el mismo propósito que Dios reúne a su pueblo en los últimos días, para edificar al Señor una casa y prepararlos para las ordenanzas y las investiduras, los lavamientos y las unciones, etc.” Así, la fase final del recogimiento de los miembros de la casa de Israel es el recogimiento a los santos templos o, como lo expresó Isaías, al “monte de la casa de Jehová” (Isaías 2:2; 2 Nefi 12:2). El presidente Boyd K. Packer lo expresó sencillamente cuando declaró: “El objetivo final de todo lo que hacemos en la Iglesia es ver que padres e hijos sean felices en el hogar y sean sellados juntos en el templo”.

Un profeta moderno habla del recogimiento.

En los últimos años, ningún líder principal de la Iglesia ha hablado más acerca del convenio de Dios con Abraham y su posteridad, así como del recogimiento de la casa de Israel, que el presidente Russell M. Nelson. En noviembre de 1988, el élder Nelson pronunció un discurso a los estudiantes de Brigham Young University titulado “Thanks for the Covenant”, en el cual explicó asuntos tales como quiénes somos, cómo descendemos de Abraham, Isaac y Jacob, el convenio de Dios con Abraham y cómo tenemos derecho a esas mismas bendiciones al recibir y ser fieles a nuestros convenios del templo.

En abril de 1995, el élder Nelson pronunció un mensaje en la conferencia general titulado “Children of the Covenant”. Enseñó: “El Maestro apareció en estos últimos días para renovar el convenio abrahámico. . . . Nosotros somos . . . hijos del convenio. Hemos recibido, tal como ellos en la antigüedad, el santo sacerdocio y el evangelio eterno. Abraham, Isaac y Jacob son nuestros antepasados. Somos de Israel. Tenemos el derecho de recibir el evangelio, las bendiciones del sacerdocio y la vida eterna. Las naciones de la tierra serán bendecidas por nuestros esfuerzos y por las labores de nuestra posteridad. La descendencia literal de Abraham y aquellos que son reunidos en su familia por adopción reciben estas bendiciones prometidas, condicionadas a aceptar al Señor y obedecer sus mandamientos. . . . Las recompensas por obedecer los mandamientos están casi más allá de la comprensión mortal”.

Más recientemente (junio de 2018), en un mensaje muy significativo dirigido a los jóvenes de la Iglesia titulado “Hope of Israel”, el presidente Nelson extendió una invitación y dio una asignación: “Ahora, nos gustaría hablar con ustedes acerca del mayor desafío, la mayor causa y la obra más grande sobre la tierra. ¡Y queremos invitarlos a ser parte de ella! Mis queridos jóvenes hermanos y hermanas, ciertamente estos son los últimos días, y el Señor está apresurando Su obra para recoger a Israel. Ese recogimiento es lo más importante que está ocurriendo sobre la tierra hoy. Nada más se compara en magnitud, nada más se compara en importancia, nada más se compara en majestad. Y si ustedes lo eligen, si así lo desean, pueden ser una gran parte de ello”.

El presidente Nelson continuó enseñando una verdad sencilla que tiene enormes implicaciones: “Cada vez que hacen algo que ayuda a alguien —a uno u otro lado del velo— a dar un paso hacia hacer convenios con Dios y recibir sus esenciales ordenanzas bautismales y del templo, ustedes están ayudando a recoger a Israel. Así de sencillo”.

En febrero de 2022, el presidente Nelson habló a unos 750.000 Santos de los Últimos Días en California acerca de estos mismos principios. “Muchos de sus amigos están buscando entender por qué están aquí en la tierra”, dijo. “Quieren saber si la vida tiene algún significado. Quieren marcar una diferencia en el mundo, pero no saben en quién pueden confiar. ¿Se dan cuenta de que ustedes tienen las respuestas que sus amigos están buscando? . . . Este recogimiento [de Israel] tiene que ver con dar a cada alma humana la oportunidad de escuchar y aceptar el evangelio de Jesucristo. Tiene que ver con salvar almas”.

Finalmente, en un discurso a los miembros de la Iglesia en India, dijo: “Esta es la Iglesia de Jesucristo, restaurada en estos últimos días para que las familias del Israel esparcido puedan ser recogidas en el redil del Señor. No tienen que ser recogidas físicamente en un solo lugar. El lugar de recogimiento para el pueblo de India es India. El lugar de recogimiento para el pueblo de Sri Lanka es Sri Lanka. El lugar de recogimiento para el pueblo de Nepal es Nepal. El lugar de recogimiento para el pueblo de China es China. Nuestra tarea es ser recogidos en el redil de Cristo —dondequiera que esté— y vivir de acuerdo con Sus preceptos de ahora en adelante”.

Conclusión.

Con respecto al recogimiento de Israel, el élder Bruce R. McConkie escribió: “Los profetas bíblicos, en abundancia profusa, hablan del esparcimiento y del recogimiento de la casa de Israel. Ellos exponen los pecados y males que causaron el esparcimiento y prescriben la rectitud y las buenas obras que fundamentan el recogimiento”. Ahora obsérvese lo que sigue: “Pero ellos no utilizan las palabras evangelio, Iglesia, Mesías, Sion y convenio de manera tan clara y sencilla ni con el mismo significado pleno que esas palabras tienen en el relato nefita. Como ocurre con casi todas las doctrinas del evangelio, el Libro de Mormón añade una perspectiva y proporciona una visión de la verdad eterna que no puede recibirse de ninguna otra manera”.

El presidente Russell M. Nelson explicó: “Esta doctrina del recogimiento es una de las enseñanzas importantes de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. . . . No solo enseñamos esta doctrina, sino que también participamos en ella. Lo hacemos al ayudar a recoger a los escogidos del Señor a ambos lados del velo. El Libro de Mormón es fundamental para esta obra. Declara la doctrina del recogimiento. Hace que las personas aprendan acerca de Jesucristo, crean en Su evangelio y se unan a Su Iglesia. De hecho, si no existiera el Libro de Mormón, el prometido recogimiento de Israel no ocurriría”.

Una revelación moderna declara: “Guardad todos los mandamientos y convenios por los cuales estáis ligados; y haré temblar los cielos para vuestro bien, y Satanás temblará y Sion se regocijará sobre los collados y florecerá; e Israel será salvo en mi propio y debido tiempo; y por las llaves que he dado serán guiados, y no serán más confundidos en absoluto” (Doctrina y Convenios 35:24–25; énfasis añadido; compárese con 38:33; 101:12; Romanos 11:26).

Moroni, hijo de Mormón, expresó una oración y una súplica que habían sido manifestadas por los líderes proféticos desde los días del padre Lehi. Al hablar de los lamanitas, escribió: “Estas cosas que hemos deseado concernientes a nuestros hermanos, sí, aun su restauración al conocimiento de Cristo, son conforme a las oraciones de todos los santos que han habitado en la tierra. Y que el Señor Jesucristo conceda que sus oraciones sean contestadas conforme a su fe; y que Dios el Padre recuerde el convenio que ha hecho con la casa de Israel; y que los bendiga para siempre, por medio de la fe en el nombre de Jesucristo” (Mormón 9:36–37; énfasis añadido).

El Libro de Mormón da un poderoso testimonio del don sublime del interminable amor de Dios y de su infinita paciencia hacia la casa de Israel. Como señalamos anteriormente, Jacob, hijo de Lehi, citó la compleja pero profunda alegoría de Zenós. Luego se regocijó en la misericordia de Dios: “Porque él se acuerda de la casa de Israel, tanto de las raíces [ascendencia] como de las ramas [posteridad]; y extiende sus manos hacia ellos todo el día; y son un pueblo de dura cerviz y contencioso; pero cuantos no endurezcan sus corazones serán salvos en el reino de Dios”. Entonces Jacob suplicó a su pueblo, y de hecho a todas las personas, que se arrepintieran “y vinieran con íntegro propósito de corazón, y se allegaran a Dios así como él se allega a vosotros” (Jacob 6:4–5).

¡La alegoría de Zenós lo dice todo: Dios simplemente no dejará ir a Israel! Participar en el recogimiento de Israel en estos últimos días es una responsabilidad sagrada y solemne, pero también es una oportunidad y un privilegio sublimes que satisfacen el alma. A medida que hacemos nuestra parte en esta, la mayor obra de todo el mundo, estamos siendo leales a la realeza que hay dentro de nosotros y ayudando así a cumplir las promesas de Dios al padre Abraham.

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