Conferencia General Octubre 1950

¿Por qué una Iglesia?

La religión necesita una Iglesia organizada para fortalecer la fe, preservar la moral y bendecir a la sociedad y a la familia.

Élder Albert E. Bowen
Del Consejo de los Doce Apóstoles

“La religión es un poderoso factor de estabilidad, y la Iglesia es el medio por el cual esa influencia se hace efectiva.”


A menudo se escucha la pregunta: ¿Por qué una iglesia? Me gustaría considerarla brevemente. Espero sugerir a sus mentes que esta pregunta equivale a preguntar: ¿Por qué la religión?

EL MENSAJE DE DESPEDIDA DE WASHINGTON

Fue hace ciento cincuenta y cuatro años, precisamente en este mes, cuando el segundo período de George Washington como presidente de los Estados Unidos llegaba a su fin. Anunció al país su determinación de retirarse y pidió que no se le considerara disponible para una nueva elección al cargo que estaba a punto de dejar. Aprovechó la ocasión para presentar un mensaje de despedida que tenía casi el carácter de un testamento final, legando a sus compatriotas el fruto de sus ricas y variadas experiencias.

Como participante en las largas y a menudo amargas disputas que culminaron con la separación política de las colonias americanas de la madre patria; como comandante en jefe del Ejército Continental, sin entrenamiento, pobremente disciplinado, mal equipado, escasamente vestido, insuficientemente abastecido y muchas veces sin paga; como testigo de las rivalidades, celos y pequeñas ambiciones que, después de la guerra, amenazaron tan gravemente la existencia de la joven nación que con frecuencia se preguntó si la victoria sobre Gran Bretaña sería una bendición o una maldición; como presidente de la convención que redactó la Constitución de los Estados Unidos de América y como su primer presidente, había visto la naturaleza humana en su mejor y casi en su peor expresión. Bajo tensiones y pruebas, sacrificios y sufrimientos, vio a los hombres elevarse a nobles alturas de devoción patriótica. Asimismo, los vio usurpar y abusar del poder, discutir y pelear, recurrir a pequeños planes egoístas para obtener ventajas, manifestar mezquinas codicias y descender, impulsados por la ambición personal, a acciones indignas.

Basándose en este profundo conocimiento del comportamiento humano con todas sus debilidades e inconstancias, condensó en aquel legado testamentario una sabiduría tan perdurable que nunca envejece, sino que sigue siendo válida para todos los pueblos y para todos los tiempos.

Entre las joyas de oro puro escondidas en aquel discurso de advertencia se encuentran las observaciones de Washington acerca de la religión y la moralidad. Esto fue lo que dijo:

“De todas las disposiciones y hábitos que conducen a la prosperidad política, la religión y la moralidad son apoyos indispensables. En vano reclamaría el tributo del patriotismo aquel hombre que trabajara por destruir estos grandes pilares de la felicidad humana, estos firmes sostenes de los deberes de los hombres y de los ciudadanos. El simple político, al igual que el hombre piadoso, debe respetarlos y apreciarlos. Un volumen entero no bastaría para describir todas sus relaciones con la felicidad privada y pública… Y procedamos con cautela antes de admitir la suposición de que la moralidad puede mantenerse sin religión. Sea lo que sea que se conceda a la influencia de una educación refinada sobre mentes de estructura particular, tanto la razón como la experiencia nos prohíben esperar que la moralidad nacional pueda prevalecer excluyendo los principios religiosos.” (17 de septiembre de 1796.)

LA IGLESIA CRISTIANA

Sin duda, cuando Washington hablaba de religión, tenía en mente la religión cristiana. En términos generales, es la única religión que el hombre occidental conoce. Cuando hoy hable de religión o de la iglesia, tendré en mente la religión cristiana y la iglesia cristiana, que abarca tanto las enseñanzas morales y religiosas del Antiguo Testamento como las del Nuevo.

La iglesia ha tenido muchos altibajos desde los días de Washington y también antes de ellos. Ha pasado por períodos de fortaleza así como por épocas de cuestionamientos y dudas. Los agnósticos y los ateos siempre han estado presentes. Ha enseñado que el hombre, tanto el individuo como la raza humana, tiene una importancia inmensa. Como hijo de Dios dotado de atributos divinos, es capaz de un progreso infinito en la escala de la existencia, incluso hasta la perfección final. Debe tener fe en sí mismo y en su elevado destino. Hasta este punto, el cristiano es humanista y la iglesia es humanista. Pero cuando el hombre pierde la humildad y se atribuye una autosuficiencia que niega a Dios o a cualquier poder superior a sí mismo, entonces la iglesia debe separarse de ese credo humanista o comprometer sus principios.

INFLUENCIA DEBILITADA

Bajo el impacto del agnosticismo, el ateísmo y el humanismo extremo que niega a Dios y convierte al hombre en la fuente de todo significado, la iglesia cristiana, como institución, ha comprometido sus doctrinas fundamentales para armonizar sus enseñanzas con la corriente de la opinión popular. ¿Y adónde la ha llevado eso? Ha perdido su fe salvadora, ha debilitado su influencia y casi ha renunciado a su liderazgo moral. Como consecuencia, los hombres andan confundidos, sin saber qué deben hacer, aunque bien convencidos de que las atractivas promesas de la irreligión, la incredulidad y la autosuficiencia humana les han fallado, y buscan desesperadamente un punto de apoyo. Tal es la triste condición del hombre en esta época.

SE NECESITA UN RENACIMIENTO DE LA FE

Hombres distinguidos en el mundo de las letras, científicos y eruditos de amplios conocimientos en casi todos los campos de la investigación académica afirman con gran seriedad que lo único que puede salvar nuestra civilización es un renacimiento de la fe religiosa. En uno de sus notables discursos, Robert Gordon Sproul, presidente de la Universidad de California, dijo:

“Existe una gran necesidad de alguna fuerza directriz que movilice los poderes recuperadores de la humanidad y gane la carrera contra la catástrofe. La educación, por importante que sea, no puede proporcionar tal fuerza, porque no son las mentes, sino las almas de los hombres las que deben regenerarse si la catástrofe ha de evitarse… Nuestra herencia americana no puede perdurar mucho tiempo sin una fe religiosa firmemente arraigada.”

Apenas anteayer, el general Marshall declaró que la fuerza militar por sí sola no puede derrotar a los enemigos de los Estados Unidos. Debe estar respaldada por el peso de la fuerza moral.

Estas declaraciones son solo ejemplos de las advertencias que continuamente formulan personas reflexivas preocupadas por la condición de hombres y mujeres en este mundo moderno. Así queda reivindicada por la lógica contundente de los acontecimientos en este mundo desordenado y trastornado la sabiduría del recordatorio de Washington de que la religión y la moralidad son apoyos indispensables para la prosperidad política, y que la moralidad no puede mantenerse sin religión. Una de las acusaciones más frecuentes contra el sistema soviético de gobierno dirigido por el politburó es que procura destruir toda religión y niega a su pueblo la libertad de práctica religiosa.

SE REQUIERE ACCIÓN UNIFICADA

Si, entonces, puede concederse —como tan vigorosamente se afirma— que una fe religiosa sólida es esencial para salvar nuestra civilización marchita y decadente, la pregunta que exige una respuesta concreta e inmediata es: ¿Cómo puede regenerarse una fe religiosa capaz de cumplir tan suprema tarea? No afirmo ni quiero decir que la mayoría de nuestro pueblo sea irreligiosa o anticristiana. Los principios morales cristianos han estado demasiado arraigados en ellos para eso. Las enseñanzas de Cristo siguen proporcionando las mejores normas para medir los valores que conoce el mundo, y la gente de esta tierra, por hábito de larga data, se vuelve instintivamente hacia ellas. Al menos les rendimos homenaje de palabra.

Pero claramente eso no basta para proporcionar el fervor militante necesario para despertar a los pueblos de las naciones cristianas a esa gran empresa. No es asunto de una confesión de fe individual y descoordinada. Requiere acción, acción unificada. Eso significa una organización o instrumento que dé dirección y propósito firme al movimiento. La única organización de ese tipo que tenemos a mano es la iglesia. Ese es su propósito. Sin embargo, hay demasiadas personas que profesan religión y que probablemente se sentirían ofendidas si se las acusara de ser irreligiosas o no cristianas, pero que al mismo tiempo se niegan a unirse a sus semejantes en la práctica eficaz de la religión. Nos dicen que no creen en la religión organizada.

AISLACIONISMO RELIGIOSO

¿Quién no ha escuchado a hombres amables y buenos decir: “Tengo mi propia religión y no necesito el apoyo de una afiliación eclesiástica para vivir una buena vida”? Aun si eso fuera cierto, puede ser que otros sí necesiten el apoyo que su fortaleza superior podría brindarles, y después de todo, tienen cierta obligación hacia quienes necesitan su ayuda. Pero aparte de eso, si este orden mundial que se hunde, desgarrado por los problemas, ha de salvarse mediante un resurgimiento del fervor religioso, entonces corresponde a todo creyente aportar toda su fuerza. Hoy se habla mucho del aislacionismo y de los aislacionistas. La forma menos justificable de aislacionismo y la más censurable de los aislacionistas es la de aquel que se mantiene apartado y rehúsa unir sus fuerzas a las de otros creyentes en la suprema tarea de salvar la civilización y el mundo.

El evangelio enseñado por Jesús es un evangelio de acción. No consiste en una profesión pasiva de fe. Jesús dijo de sí mismo que vino para hacer la voluntad del Padre, no simplemente para hablar de ella o profesarla. Relató una parábola acerca del hombre que escuchó sus palabras y no las puso en práctica, comparándolo con un hombre insensato que edificó su casa sobre la arena; cuando descendieron las lluvias, vinieron las inundaciones y soplaron los vientos golpeando aquella casa, esta cayó porque estaba edificada sobre arena.

Al hombre que escuchó sus palabras y las puso en práctica lo comparó con un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca, y esta resistió la furia de la lluvia, las inundaciones y la tormenta.

UNA GRAN HERMANDAD

La iglesia cristiana no fue establecida por aislacionistas que se separaron unos de otros o del cuerpo de creyentes. Ellos se organizaron en congregaciones de adoración que colectivamente lucharon hasta la victoria frente a terribles persecuciones, torturas y la muerte. Constituyeron una gran hermandad unida para el cumplimiento de un propósito en el que creían. Que aquel que disfruta tranquilamente de la libertad, la comodidad, la seguridad y el bienestar que el cristianismo ha brindado a las naciones considere cuál podría haber sido su condición si nunca hubiera existido una iglesia cristiana.

La organización no es sino otro nombre para el orden y la estabilidad. Su opuesto es el desorden, la confusión, la debilidad y, finalmente, la desintegración. Si ningún cuerpo político del mundo ha podido existir jamás sin una organización ordenada, coordinada y con autoridad, ¿cómo puede suponerse que la religión pueda cumplir su elevada misión de rescatar un mundo decadente sin la iglesia, que es el instrumento organizativo mediante el cual lleva a cabo su gran obra? He aquí una razón suficiente para la existencia de una iglesia.

EFECTO EN LA VIDA FAMILIAR

Hay otra consideración vital, a saber, el efecto que tiene sobre la vida familiar y las generaciones futuras el descuido de participar en las prácticas organizadas de la iglesia. Hace algunos años relaté desde este púlpito la historia de las preocupaciones de una mujer profundamente perturbada.

Acababa de visitar a una querida amiga de sus años universitarios, quien para entonces tenía una hija y un hijo ya bastante crecidos. Quedó tanto avergonzada como sorprendida por el comportamiento de aquellos hijos. El muchacho iba y venía cuando le placía, sin que se le hicieran preguntas ni diera explicaciones. Las amonestaciones y protestas de la madre contra las indiscreciones impropias de la hija en sus relaciones con jóvenes eran recibidas con burlas hacia la supuesta mojigatería y falta de sofisticación de la madre.

La última noche de su visita fue despertada por un alboroto en la casa. La muchacha había regresado de una fiesta nocturna completamente ebria y conducía a su acompañante, en igual estado, hacia su habitación cuando fueron interceptados por los padres alarmados. Siguió una escena escandalosa antes de que finalmente el joven fuera enviado a su casa y la muchacha llevada a la cama. La visitante regresó a su hogar para despejar su mente y reflexionar. Entonces recordó el ambiente familiar en el que ella misma había crecido.

La nota religiosa era fuerte en aquel hogar. La Biblia se leía y se creía. Cada día la familia, arrodillada, hablaba con Dios, quien era reverenciado y considerado una realidad. Eran personas que asistían a la iglesia y apartaban un día a la semana como día santo para rendir reverencia al Autor de la vida. Cantaban himnos majestuosos que llevaban mensajes a sus almas en desarrollo. Escuchaban las palabras sencillas y directas de los evangelios, cuya grandeza llegaba de alguna manera a sus corazones y les proporcionaba sus ideales para vivir. Esos ideales, mediante la práctica, fueron entretejiéndose silenciosamente en el patrón de sus vidas, y llegaron a la madurez con caracteres firmes y normas estables de conducta que los hacían resistentes a las olas de permisividad que los rodeaban con el paso del tiempo. La experiencia de su hogar y familia era típica de la juventud de su época, incluida la amiga que acababa de visitar. Aquella amiga, al igual que ella, durante los años de su juventud había observado espontáneamente, como cuestión de hábito y aceptación, las normas y conveniencias sociales.

Explicó que ella, su amiga y sus compañeros, durante sus años universitarios, habían abandonado la sencilla fe de su juventud. Habían dejado de creer en las convicciones que las habían sostenido; abandonaron la lectura de la Biblia, la asistencia a la iglesia, la observancia del día de reposo y la oración. Podían vivir una buena vida sin esos “apoyos artificiales”. No necesitaban la iglesia. Decían que tenían su propia religión, pero en realidad esta se había marchitado hasta convertirse en un simple código de ética, separado ya de sus raíces y sin alimento del tronco que le daba vida. Luego, con una increíble falta de comprensión de la relación entre causa y efecto, expresaba asombro ante la bancarrota moral de los hijos de su amiga. La verdad era que esos hijos, por la negligencia de sus padres, habían sido privados precisamente de las influencias formadoras del carácter de las cuales habían dependido para su desarrollo el carácter de ella misma, el de su amiga y el de toda su generación.

LA RELIGIÓN COMO FACTOR DE ESTABILIDAD

Aunque el caso que he mencionado puede parecer extremo en algunos aspectos, ilustra, sin embargo, un resultado que naturalmente puede esperarse. Los fundamentos morales establecidos mediante la participación activa en las actividades de la iglesia pueden sostenerse durante una generación, pero difícilmente irán más allá. Cuando los padres se apartan de la participación activa en la iglesia y dejan que sus hijos también la descuiden, no tienen derecho a sorprenderse cuando esos hijos caen por debajo de sus propios estándares. La religión es un poderoso factor de estabilidad, y la iglesia es el medio por el cual esa influencia se hace efectiva.

Solo he mencionado algunas de las razones por las cuales debe existir una iglesia si la religión ha de ser una fuerza en el mundo o ejercer alguna influencia o poder. Muchas otras razones igualmente convincentes se les ocurrirán a ustedes.

La iglesia, sin embargo, no es más que un mecanismo seco y estéril a menos que sea energizada por la fe ardiente de una religión viva. Esa es la chispa que le da vida.

Parecería ser una muestra de sabiduría que todos los que profesan el mismo credo, ricos y pobres, poderosos y humildes, obreros y profesionales, ignorantes y eruditos, se unan y, con fuerzas combinadas, ejerzan una influencia poderosa en la nación.

SE REQUIERE UNA CONVICCIÓN FIRME

Para merecer ese nombre, la religión debe descansar sobre una convicción sólida. Debe defender algo. No puede contemporizar ni comprometerse. La iglesia cristiana descansa sobre la premisa de que Jesús es el Hijo de Dios, el Señor resucitado y el autor de la vida eterna para el hombre. Mientras permaneció inquebrantable sobre esa base, fue una fuerza en el mundo. Cuando los guardianes de la fe, en sus diversas denominaciones, vacilaron y diluyeron las doctrinas hasta que estas perdieron su poder, dejaron de ser el apoyo y sostén de la moralidad y de la prosperidad política que Washington consideró indispensables. Mientras esa situación continúe, el mundo seguirá tambaleándose y vacilando.

Parece que ahora estamos intentando levantar un gobierno cuyos defensores y promotores ni siquiera pueden invocar la bendición divina sobre sus deliberaciones o sobre su destino. ¿Qué posibilidades creen ustedes que tiene de sanar las heridas del mundo?

Si la religión es un apoyo necesario para el gobierno político, asimismo el cuerpo religioso, la Iglesia, necesita para la protección de su libertad garantizada un gobierno civil administrado con rectitud, lo cual depende de un uso inteligente y celosamente vigilado del sufragio. Esa es la protección del ciudadano contra el abuso y la usurpación.

En lo que respecta a los Santos de los Últimos Días, oro para que, tal como amonestó el presidente George Albert Smith al comienzo de esta conferencia, tengan la sabiduría y la honestidad de colocar su religión por encima de su política partidista y unirse como una sólida falange para eliminar la prostitución del poder, la corrupción y la subversión de la libertad ordenada por Dios y garantizada por la gloriosa Constitución de esta nación, votando para los cargos públicos, sin consideración de afiliación partidaria, a quienes la preserven pura e incorrupta, como protectora y garante de la libertad individual.

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