La Reverencia: Un Atributo Divino y una Señal de Fortaleza
La reverencia y el dominio propio son esenciales para invitar el Espíritu del Señor y fortalecer Su Iglesia.
Presidente David O. McKay
Segundo Consejero de la Primera Presidencia“En realidad, en mis pensamientos de esta noche, me siento impulsado a colocar la reverencia junto al amor.”
Cuando comprendemos que los doce mil o más miembros de los quórumes del sacerdocio reunidos aquí esta noche pueden decir, cada uno en su propio corazón: “Yo sé que mi Redentor vive”, podemos percibir, aunque sea tenuemente, la fortaleza de esta Iglesia, porque sobre el sacerdocio descansa la estructura, toda la estructura de la Iglesia de Jesucristo.
EVIDENCIAS DE PROGRESO
Tenemos motivo para estar agradecidos porque hoy contamos con muchas evidencias del maravilloso crecimiento de esta obra. En los campos misionales tenemos más misioneros que nunca antes, casi seis mil, sin contar los misioneros de las estacas de Sion; los diezmos son mayores que nunca y continúan aumentando; los bautismos en el campo son más numerosos; tan solo en las últimas dos semanas recibimos informes de ciento cincuenta bautismos en una misión durante agosto; otra misión, en ese mismo mes, informó doscientos sesenta y tres, y estos son conversos, no niños. Las estacas y los barrios siguen aumentando. Actualmente hay más edificios de la Iglesia en construcción que en cualquier otro momento de la historia de la Iglesia. Todas estas son evidencias seguras de progreso; y esta asistencia esta noche es otra de ellas, una de las más alentadoras. Como ha dicho el presidente Smith, ustedes no están aquí por curiosidad. No están aquí por alguna atracción especial. Están aquí porque respetan su llamamiento. Honran su sacerdocio debido al sentido de responsabilidad que llevan. Cada uno de ustedes que posee el sacerdocio lleva cierta responsabilidad por el éxito de la obra de Dios. Esa comprensión, esa disposición para responder al deber, ha reunido esta noche, en este 30 de septiembre de 1950, la asamblea más grande del sacerdocio que, creo yo, jamás se haya celebrado en una reunión del sacerdocio en la Iglesia.
La asamblea en sí misma es una inspiración, especialmente cuando se contempla su significado y se comprende que en la hermandad de Cristo todos somos uno, apoyándonos mutuamente. Es algo sublime.
Ruego contar con su simpatía, con su fe y sus oraciones y, sobre todo, con la inspiración del Señor, para que lo que yo diga tenga valor, interés y contribuya al avance de la obra de Dios.
NECESIDAD DE REVERENCIA
En realidad, tengo en mente un solo mensaje. Voy a hacer un solo llamamiento a esta vasta audiencia de líderes. Creo que hay una gran necesidad en la Iglesia que ustedes, presidencias de estaca, obispados de barrio, presidencias de quórum y oficiales de las organizaciones auxiliares, pueden satisfacer. Me refiero a la necesidad de una mayor reverencia en nuestras casas de adoración, de un mejor orden y disciplina en nuestras aulas, en las reuniones de quórum y en los grupos auxiliares.
Cuanto más procuremos cultivar los atributos del Salvador, más fuertes llegaremos a ser en carácter y espiritualidad, y esos son los dos grandes propósitos de la vida: vivir de tal manera que podamos ser receptivos a la inspiración y a la guía del Espíritu Santo.
VENCER LAS TENDENCIAS MALAS
No sé quién fue el que escribió hace muchos años que todo el propósito de la vida podía resumirse en estas palabras: “Someter la materia para que podamos alcanzar el ideal”.
Cuando leí eso por primera vez, pensé que podía parafrasearlo y decir: “Todo el propósito de la vida es someter las pasiones, inclinaciones y tendencias animales para que podamos disfrutar siempre de la compañía del Santo Espíritu de Dios”. Creo que ese es el ideal. Uno de los principales propósitos de la vida es vencer las tendencias malas, gobernar nuestros apetitos y controlar nuestras pasiones: la ira, el odio, los celos y la inmoralidad. Debemos vencerlas; debemos sujetarlas y conquistarlas, porque Dios ha dicho: “Mi Espíritu no morará en tabernáculos impuros, ni contenderá para siempre con el hombre”.
UN ATRIBUTO DIVINO
El principio del dominio propio se encuentra en la base de la reverencia y del buen orden en las aulas.
No sé cómo definir la reverencia, pero sí sé cómo clasificarla o colocarla como uno de los objetivos de la nobleza; de hecho, como uno de los atributos de la Deidad.
El amor es el atributo más divino del alma humana. No estoy tan seguro, pero creo que la simpatía ocupa el lugar siguiente: la simpatía por los afligidos, por los animales que sufren, por nuestros hermanos y hermanas. Esa es una virtud semejante a la de Dios.
La bondad también es una virtud sublime. La primera frase de lo que ahora se conoce como el Salmo del Amor es esta: “El amor es sufrido y es benigno”.
Sin embargo, en mis pensamientos de esta noche, me siento impulsado a colocar la reverencia junto al amor. Jesús la mencionó primero en la oración del Señor: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre”. Santificar significa hacer santo, tener en reverencia.
Cuando Jesús limpió el templo, estaba lleno de indignación reverente porque los hombres estaban profanando la casa de su Padre, vendiendo palomas y corderos para ser ofrecidos en sacrificio. También había cambistas para la conveniencia de quienes venían de otros países, de modo que pudieran entregar sus contribuciones al templo en moneda local. Aparentemente, a sus propios ojos estaban justificados, pero estaban haciendo esas cosas en la Casa de Dios. Se nos dice que volcó las mesas de los cambistas y dijo a los vendedores de palomas: “Quitad de aquí esto, y no hagáis de la casa de mi Padre una casa de mercado”.
DEFINICIÓN DE REVERENCIA
“La reverencia”, escribió Ruskin, “es el estado más noble en el que un hombre puede vivir en este mundo. La reverencia es una de las señales de fortaleza; la irreverencia, una de las indicaciones más seguras de debilidad. Ningún hombre alcanzará grandes alturas si se burla de las cosas sagradas. Las nobles lealtades de la vida deben ser reverenciadas o serán abandonadas en el día de la prueba”.
Charles Jefferson, autor de El carácter de Jesús, escribió: “Hay hombres en muchos círculos que son ingeniosos, interesantes y brillantes, pero les falta una de las tres dimensiones de la vida. No tienen alcance hacia lo alto. Su conversación es chispeante, pero es frívola y con frecuencia irrespetuosa. Su lenguaje es agudo, pero a menudo su ingenio se ejerce a expensas de las cosas elevadas y sagradas”.
Se puede reconocer un alma verdaderamente ingeniosa por las cosas de las cuales se burla. Los mejores escritores humorísticos evitan hacer burla de la religión o de las cosas sagradas.
Jefferson continúa: “Uno encuentra esta falta de reverencia incluso en la iglesia. En cada comunidad hay quienes tratan la Casa de Dios como si fuera un tranvía, entrando y saliendo cuando les place. Incluso los asistentes habituales a la iglesia a veces sorprenden y escandalizan por su comportamiento irreverente en la Casa de Oración. Esas personas no son ignorantes ni bárbaras; simplemente están poco desarrolladas en la virtud de la reverencia”.
ORDEN EN LAS AULAS
Nuestras aulas son a veces lugares de alboroto. Aquí es donde necesitamos buenos maestros. Un maestro que pueda presentar una lección de manera interesante tendrá buen orden, y cuando encuentre estudiantes rebeldes, lanzando papeles, sin prestar atención, tropezándose o dándose patadas unos a otros, puede saber que la lección no está siendo presentada adecuadamente. Tal vez ni siquiera fue preparada correctamente.
Recientemente, una de nuestras madres asistió a una clase de la Escuela Dominical para tratar de descubrir por qué su hijo estaba perdiendo interés. Había tanto alboroto, tanta confusión y tanto ruido que se sintió profundamente afligida; y al levantarse para salir, dijo al maestro: “¡Pensé que esto era una clase de Escuela Dominical y no un manicomio!”.
EL DOMINIO PROPIO EJEMPLIFICADO
He dicho algo acerca del dominio propio, del autodominio, como uno de los propósitos fundamentales de la vida. Lo vemos ejemplificado en la vida del Salvador, en el Monte de la Tentación, cuando resistió al tentador, quien dijo: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan”, apelando así a su apetito. “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.
“Si eres Hijo de Dios”, nuevamente, fuerte en su burla, “échate abajo, porque escrito está” —y citó las Escrituras—: “A sus ángeles mandará acerca de ti, y en sus manos te sostendrán, para que no tropieces con tu pie en piedra”.
“Escrito está también”, respondió el Salvador, “No tentarás al Señor tu Dios”.
En la siguiente tentación, Satanás ya no se burla, sino que suplica. “Todo esto te daré”, mostrándole los reinos del mundo, “si postrado me adorares”.
Esa es una lección para la vida. El tentador fue derrotado: primero burlándose, seguro de que podía tentar; después suplicando; y finalmente expulsado. “Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás”. Y entonces vinieron ángeles y le ministraron.
Ahora bien, aquí hay una lección para todos nosotros. Satanás nos tienta con burla y, a menos que resistamos y tengamos en mente una meta más elevada que la mera indulgencia o satisfacción de lo físico, nos debilitaremos y el tentador ganará fuerza.
COMENZAR EN LA NIÑEZ
La lección del dominio propio debe comenzar en la niñez, en el hogar. Los niños pequeños deben tener libertad para hacer lo que deseen hasta cierto punto. Más allá de ese límite no pueden ir, y ese límite se alcanza cuando su libertad interfiere con los derechos, la comodidad o la conveniencia de otro miembro de la familia.
Ya he contado antes un incidente que ocurrió en un zoológico. Es sencillo, y algunos quizá piensen que no deberíamos acudir a los monos para recibir lecciones. Yo creo que pueden enseñarnos algo. La hermana McKay y yo estábamos un día, creo que en San Diego, observando a una madre mono con una cría recién nacida. Ella la protegía, con sus ojos atentos vigilando a los demás monos de la jaula; pero la pequeña cría era libre de hacer lo que quisiera, saltando de un lado a otro, débil aún en su infancia, aferrándose a los barrotes y tratando de trepar. Cuando llegaba a cierto punto, la madre la alcanzaba y la hacía volver. Cuando se acercaba a un lugar peligroso, aquella madre la protegía instintivamente y parecía decirle: “Vuelve por aquí”. Entonces la cría volvía a ser libre, pero solo dentro de ciertos límites.
Le dije a la hermana McKay: “Hay una lección de vida en la manera de guiar a los hijos”.
LOS DERECHOS DE LOS DEMÁS
En las aulas debe enseñarse a los niños que son libres de dialogar, libres de hablar y libres de participar en el trabajo de clase; pero ningún miembro de la clase tiene derecho a distraer a otro estudiante empujándolo o haciendo comentarios frívolos e irrelevantes. Y creo que en esta Iglesia, en los quórumes y clases del sacerdocio y en las organizaciones auxiliares, los maestros y superintendentes no deberían permitirlo. El desorden perjudica al niño que lo provoca. Debe aprender que, cuando está en sociedad, hay ciertas cosas que no puede hacer impunemente. No puede invadir los derechos de quienes le rodean.
Que los niños aprendan esta lección en su juventud, porque cuando salgan al mundo e intenten transgredir la ley, sentirán la mano restrictiva de la autoridad y probablemente sufrirán castigo.
El buen orden en el aula es esencial para inculcar en el corazón y en la vida de los jóvenes el principio del dominio propio. Ellos desean hablar y susurrar, pero no pueden hacerlo porque perturbarían a otra persona. Aprendan el poder y la lección del autodominio.
La reverencia debe manifestarse especialmente en la reunión sacramental, en las reuniones de quórum, en la Escuela Dominical, en la M.I.A., en la Primaria y también en la Sociedad de Socorro. Esta es una Iglesia misional. La gente viene aquí en busca de luz y conocimiento, de instrucción, y tiene derecho a encontrarlo cuando viene.
EXTRACTO DE UNA CARTA
El siguiente extracto de una carta que llegó a la Primera Presidencia la semana pasada ilustrará lo que quiero decir:
“Hace aproximadamente un mes, dos de sus misioneros llegaron a mi puerta con un Libro de Mormón. Como soy católico y escritor católico para nuestra prensa, y como conozco plenamente la doctrina católica y nuestra Santa Biblia, al principio rechacé el ofrecimiento del Libro de Mormón. Sin embargo, ellos insistieron y, como tengo permiso para leer otros libros, concedido por mi párroco debido a que soy escritor, finalmente acepté el libro. Por supuesto, ustedes pueden imaginar lo que sucedió. Habiendo sido formado durante mis dieciséis años como católico para reconocer la verdad cuando la veo, la escucho o la leo, no pude dejar de reconocer también que el Libro de Mormón es verdadero. Esto fue aún más evidente cuando más tarde me trajeron lo que podría llamarse su libro compañero, Doctrina y Convenios.
“Sin duda, este no es el Jesús amable y apacible que la mayoría de los católicos aprenden a conocer; pero con la misma certeza, en Doctrina y Convenios esta es la voz de Jesús tal como habló a los apóstoles, a los fariseos, a los escribas y a todo el pueblo durante sus tres años de ministerio público sobre la tierra. En consecuencia, comencé a recibir instrucción, y sus misioneros venían dos veces por semana para celebrar reuniones en el hogar.
“Luego fui llevado a algunas reuniones de la Iglesia en Rodeo, a tres millas de aquí, y debo admitir que cada vez que he regresado a casa lo he hecho con el corazón quebrantado, lamentándome para mis adentros: “Oh, pobre Jesús, seguramente has hecho el más miserable fracaso de tu vida al intentar establecer nuevamente tu Iglesia con estas personas”.
“Durante la distribución del pan y el agua no puedo percibir ningún espíritu de oración ni de recepción reverente entre la congregación. Son tan propensos a sonreír y susurrar entre ellos como a cualquier otra cosa, apenas discerniendo el cuerpo del Señor”.
“Para conocer tus propios defectos,
aprovéchate de cada amigo y de cada enemigo”.
IRREVERENCIA EN LOS SERVICIOS
El 13 de septiembre llegó a mi escritorio esta carta de uno de nuestros obreros de estaca:
“Me refiero a la pronunciada irreverencia en nuestros servicios religiosos, con el ruido, las risas y la confusión que con frecuencia acompañan tal condición. Esto es responsable de muchas críticas e insatisfacción y hace que numerosos miembros dejen de asistir a las reuniones. Nuestros misioneros de barrio y de estaca se ven seriamente obstaculizados en su labor, pues muchos temen llevar investigadores a nuestras reuniones mientras prevalezca esta condición de irreverencia.
“El problema suele agravarse debido a comentarios frívolos de los oradores desde el púlpito y a estallidos de risa por parte de la congregación, en los cuales los niños se sienten libres de participar. Esta es una triste admisión con respecto a la verdadera Iglesia de Jesucristo.
“La irreverencia en la casa de Dios no favorece los mejores intereses de la administración de la Santa Cena, y Dios debe sentirse disgustado por la falta de sinceridad de sus hijos que participan de los sagrados emblemas con descuido, carentes de la reverencia que debe caracterizar la verdadera adoración”.
MEJORÍA OBSERVADA
Quisiera decir aquí que mis observaciones me llevan a creer que hemos avanzado maravillosamente en este aspecto. No he estado en una casa de adoración, ya sea en la Escuela Dominical o en la reunión sacramental, donde el orden durante la administración de la Santa Cena no haya sido tan perfecto como lo es en este mismo momento en este edificio. Tal vez se escuche la voz de un bebé en alguna parte, pero Dios no se siente disgustado por la voz de un bebé cuando los padres y los demás están pensando reverentemente en los convenios que están haciendo. Sin embargo, el autor de esta carta parece haber tenido una experiencia diferente.
Les suplico que desarrollen este atributo semejante al de Cristo, la reverencia, en nuestras casas de adoración y una mejor disciplina en nuestras aulas. Y creo que ustedes, hermanos, pueden encabezar este esfuerzo.
EL EJEMPLO DE LOS ÉLDERES
Recuerdo que en 1923 asistí a una conferencia en Burnley, de la Conferencia de Liverpool. Hermanos y hermanas llegaron de diversas partes del distrito y, felices de verse unos a otros, como ustedes los misioneros saben que sucede, se saludaban con entusiasmo; los miembros de la Iglesia se alegraban de ver a los élderes y les estrechaban la mano, y los élderes participaban también de esos saludos sociales.
La reunión se celebraba en el tercer piso de un salón público. En una sala contigua, las hermanas preparaban el almuerzo. Podíamos escuchar el ruido de las bandejas metálicas y de otros utensilios. Llegaron las diez en punto y todavía había ruido. Pasaron plenamente cinco minutos antes de que hubiera orden.
Seis meses después, cuando celebramos una reunión con los élderes de ese distrito antes de la apertura de la conferencia, les dijimos: “Hermanos, el Señor no está disgustado con nuestros saludos y expresiones de amor y hermandad, pero sí está disgustado con la actitud irreverente, y tenemos algunas personas escogidas, visitantes que no están acostumbrados a este libre intercambio de saludos tan característico de las reuniones de los Santos de los Últimos Días. Así que mañana por la mañana, después de haber saludado a sus amigos de distintos lugares, sin hacer ningún anuncio, a las diez menos siete, tomen tranquilamente sus asientos. No digan una palabra. Simplemente vayan a los lugares que les han sido asignados”.
Así lo hicieron, y a las diez menos cuatro cada miembro de aquel distrito presente en la conferencia, siguiendo el ejemplo de los misioneros, estaba en su asiento, y había orden incluso antes de que llegara la hora de comenzar.
SE EXHORTA A LA REVERENCIA
Se ha dicho que “donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estaré yo en medio de ellos”, y les digo que cuando Él está presente debemos ser reverentes.
Alguien dijo que si Shakespeare entrara esta noche en este salón, todos nos pondríamos de pie para saludarlo; pero si Cristo entrara, caeríamos de rodillas para adorarlo.
Que Dios los bendiga, hermanos, como líderes en Israel, como guías de la juventud, para que aumenten su influencia entre aquellos con quienes trabajan. Que el Señor nos ayude a santificar nuestras casas de adoración, para que nuestras capillas sean verdaderamente lugares sagrados donde nos reunamos para adorar a Dios. Lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.


























