Hijos del Convenio
La salvación y la exaltación se reciben al hacer y guardar fielmente los convenios con Dios.
Élder Bruce R. McConkie
Del Primer Consejo de los Setenta“Toda promesa que recibimos está condicionada a nuestra fidelidad posterior; los convenios deben hacerse y también guardarse.”
El presidente George Albert Smith dijo esta mañana que no era suficiente que las personas tuvieran sus nombres en los registros de la Iglesia para ser salvas en el reino de Dios, sino que era necesario guardar los mandamientos.
Luego el élder Joseph Fielding Smith dijo lo mismo y nos leyó el convenio del bautismo, es decir, el convenio que hacemos en las aguas del bautismo.
UN PUEBLO DE CONVENIO
Somos un pueblo que hace convenios y que acepta convenios. Tenemos el evangelio, que es el nuevo y sempiterno convenio: nuevo porque el Señor lo ha revelado nuevamente en nuestros días; sempiterno porque sus principios son eternos, han existido con Dios desde toda la eternidad y son las mismas leyes inmutables por las cuales todos los hombres, en todas las épocas, pueden ser salvos. El evangelio es el convenio que Dios hace con Sus hijos aquí en la tierra, de que los devolverá a Su presencia y les dará la vida eterna, si andan por los senderos de la verdad y la rectitud mientras estén aquí.
Somos hijos del convenio que Dios hizo con Abraham, nuestro padre. A Abraham, Dios le prometió salvación y exaltación si andaba como el Señor le enseñó a andar. Además, el Señor hizo convenio con Abraham de que restauraría a su posteridad las mismas leyes y ordenanzas, en toda su belleza y perfección, que aquel antiguo patriarca había recibido. “Porque cuantos reciban este Evangelio”, le dijo el Señor, “serán llamados por tu nombre, y serán considerados tu descendencia, y se levantarán y te bendecirán como a su padre” (Abr. 2:10).
Ahora tenemos este mismo convenio sempiterno. Tenemos el evangelio restaurado, y toda persona que pertenece a la Iglesia, que ha pasado por las aguas del bautismo, ha tenido el inestimable privilegio de hacer un convenio personal con el Señor que la salvará, siempre que haga las cosas que acepta hacer al entrar en ese convenio con Dios.
LA EXPLICACIÓN DE ALMA
Alma expuso este convenio personal de salvación en las aguas de Mormón con palabras como estas; por supuesto, todo se resume en la promesa de guardar los mandamientos de Dios, pero Alma da estos detalles: Dice que cuando entramos en las aguas del bautismo hacemos convenio de entrar en el redil de Cristo y ser contados entre Su pueblo. Hacemos convenio de tomar sobre nosotros el nombre de Cristo y ser santos de verdad. Hacemos convenio de llevar las cargas los unos de los otros para que sean ligeras. Hacemos convenio de llorar con los que lloran. Hacemos convenio de consolar a los que necesitan consuelo. Hacemos convenio de ser testigos de Cristo y de Dios en todo tiempo, en todas las cosas y en todos los lugares en que estemos, aun hasta la muerte. Luego, como resumen, Alma dice que hacemos convenio de servir a Dios y guardar Sus mandamientos (Mosíah 18:8–10).
LA PARTE DEL SEÑOR
A cambio, es decir, si hacemos todas estas cosas, el Señor promete por Su parte que saldremos en la primera resurrección y seremos redimidos por Él; que derramará Su Espíritu más abundantemente sobre nosotros mientras estemos en esta vida; y que tendremos vida eterna en el mundo venidero (Mosíah 18:9).
No supongo que el Señor esté haciendo convenios inútiles con ninguna persona; por tanto, cualquier individuo que guarde este convenio y haga todas las cosas que este requiere puede tener en su corazón la seguridad de que irá a la presencia de Dios y tendrá vida eterna en las mansiones preparadas.
LA RENOVACIÓN DEL CONVENIO
Tan importante es este convenio a los ojos del Señor que Él ha provisto un medio y una manera para renovarlo con frecuencia. La ordenanza mediante la cual renovamos este convenio es la ordenanza de la Santa Cena. Cada vez que participamos dignamente de la Santa Cena, con corazones humildes y espíritus contritos, aceptamos nuevamente tomar sobre nosotros el nombre de Cristo, recordarlo siempre y guardar los mandamientos que Él nos ha dado. Y el Señor vuelve a convenir con nosotros que siempre tendremos Su Espíritu para estar con nosotros (D. y C. 20:77, 79) y, además, que tendremos vida eterna en Su reino, de acuerdo con la revelación que dice:
“El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6:54).
Ser salvo es ir al reino celestial de los cielos. Ser exaltado es obtener el más alto cielo o grado dentro de esa gloria. No solo se nos ha permitido, como Santos de los Últimos Días, hacer el convenio de salvación y renovarlo de tiempo en tiempo, sino que también hemos tenido el privilegio de entrar en convenios que nos darán exaltación en el reino de nuestro Padre. Después que un hombre ha hecho el convenio del bautismo y ha seguido adelante con rectitud y firmeza delante del Señor, deseando guardar Sus mandamientos y demostrando mediante sus obras que pone en primer lugar las cosas del reino de los cielos y deja que las cosas de este mundo se cuiden por sí mismas, llega el momento en que es llamado, escogido y ordenado al sacerdocio mayor. La ordenación al sacerdocio mayor incluye un convenio de exaltación.
El Señor reveló este convenio a José Smith con estas palabras:
“Porque quienes son fieles hasta obtener estos dos sacerdocios de los cuales he hablado, y magnifican su llamamiento, son santificados por el Espíritu para la renovación de sus cuerpos.
Llegan a ser los hijos de Moisés y de Aarón, y la descendencia de Abraham, y la iglesia y reino, y los elegidos de Dios.
Y también todos los que reciben este sacerdocio me reciben a mí, dice el Señor;
Porque el que recibe a mis siervos me recibe a mí;
Y el que me recibe a mí recibe a mi Padre;
Y el que recibe a mi Padre recibe el reino de mi Padre; por tanto, todo lo que mi Padre tiene le será dado.
Y esto es conforme al juramento y convenio que pertenece al sacerdocio.
Por tanto, todos los que reciben el sacerdocio reciben este juramento y convenio de mi Padre, el cual él no puede quebrantar, ni puede ser removido.
Pero quien quebrante este convenio después de haberlo recibido, y se aparte totalmente de él, no tendrá perdón de pecados ni en este mundo ni en el venidero” (D. y C. 84:33–41).
LA PLENITUD DE LAS BENDICIONES
Ahora bien, según las revelaciones que hemos recibido, la plenitud del sacerdocio, es decir, supongo, la plenitud de las bendiciones del sacerdocio, solo se obtiene en los templos de Dios. Existe un orden del sacerdocio llamado el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio (D. y C. 131:2). Cuando las personas entran en ese orden de matrimonio, administrado en los templos del Señor por los siervos del Señor que poseen Su autoridad, hacen un convenio de exaltación, un convenio que los levantará en la resurrección como esposo y esposa. La unidad familiar continuará y ellos obtendrán la recompensa más alta y el mayor honor y gloria que nuestro Padre puede conceder a cualquiera de Sus hijos. Serán dioses, es decir, hijos de Dios (D. y C. 76:58), y todas las cosas serán suyas, porque recibirán de la plenitud del Padre (D. y C. 132:19–20).
Estos convenios que hacemos en las aguas del bautismo y cuando participamos de la Santa Cena, si los guardamos, nos garantizarán un lugar en el mundo celestial. Estos convenios que hacemos cuando somos ordenados al sacerdocio mayor y cuando entramos en ese orden del sacerdocio que es el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio, si los guardamos, nos garantizarán un lugar de exaltación en la eternidad.
Y así como sucede con el convenio del bautismo, sucede también con el convenio del matrimonio: no supongo que el Señor esté haciendo un convenio inútil con nosotros ni ofreciéndonos algo que no podamos alcanzar. En cada caso, si cumplimos nuestra parte del acuerdo y hacemos las cosas que sabemos que debemos hacer, el Señor ha prometido cumplir Su parte y concedernos la recompensa prometida.
EL BAUTISMO ES UNA PUERTA
A veces alguien dirá: “Bueno, he sido bautizado en la Iglesia; soy miembro de la Iglesia; simplemente seguiré adelante y viviré una vida común; no cometeré grandes crímenes; viviré una vida cristiana razonablemente buena; y finalmente obtendré el reino de Dios”.
Yo no lo entiendo de esa manera. Creo que el bautismo es una puerta. Es una puerta que nos coloca en un sendero; y el nombre de ese sendero es el camino estrecho y angosto. El camino estrecho y angosto conduce hacia arriba desde la puerta del bautismo hasta el reino celestial de los cielos. Después que una persona ha entrado por la puerta del bautismo, tiene que seguir adelante con firmeza en Cristo, como lo expresa Nefi, teniendo un perfecto resplandor de esperanza y amor por Dios y por todos los hombres; y si persevera hasta el fin, entonces obtiene la recompensa prometida (2 Nefi 31:15–21).
Y así sucede con el matrimonio y la exaltación. A veces las personas creen que pueden entrar en la ordenanza del matrimonio celestial y luego ser indiferentes, tibias o incluso cometer iniquidad y pecado, y aun así pensar que finalmente, en las eternidades preparadas, después de haber pagado las penas de sus pecados, se levantarán como esposo y esposa y entrarán en su exaltación. No es así. Los mismos principios que se aplican al bautismo y la salvación se aplican al matrimonio y la exaltación. No existe tal cosa como obtener salvación o exaltación excepto por la obediencia a las leyes sobre las cuales se basa la recepción de estas bendiciones (D. y C. 130:20–21). La salvación nunca ha sido ni será el fruto del pecado.
LOS CONVENIOS DEBEN GUARDARSE
Después de haber sido bautizados, después de haber sido casados en el templo, después de haber hecho todos estos convenios, debemos guardarlos. Toda promesa que recibimos está condicionada a nuestra fidelidad posterior. Así se declara expresamente en el propio convenio matrimonial. Debemos ser obedientes, fieles y diligentes, valientes en el testimonio de Cristo, viviendo de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mateo 4:4; D. y C. 98:11). Por medio de tal curso santificaremos nuestras almas. Cuando llegamos a ser santificados y puros, somos capaces, aptos y dignos de estar en la presencia de nuestro Padre. Ninguna cosa impura puede morar en Su presencia (3 Nefi 27:19; Moisés 6:57). Todo el proceso de la salvación, toda esta probación que estamos experimentando en la mortalidad, tiene el propósito de permitirnos limpiar, perfeccionar y purificar nuestras almas. Tiene el propósito de permitirnos quitar de nuestras almas el mal, la iniquidad, la carnalidad y todo aquello que nos aleja de Dios, y reemplazar esas características con rectitud, virtud, verdad y obediencia; y si lo hacemos, grado tras grado, nos perfeccionaremos hasta llegar a ser finalmente limpios, sin mancha y puros, y capaces de soportar la gloria del mundo celestial (D. y C. 76:118). Si no podemos soportar la gloria del reino celestial, no podremos ir donde están Dios y Cristo (D. y C. 76:112).
BENDICIONES QUE SEGUIRÁN
Recibimos las mayores bendiciones que es posible recibir en esta vida al vivir el evangelio. El mundo puede estar en confusión, desgarrado y trastornado; puede haber sangre y destrucción por todas partes; pero si guardamos los mandamientos de Dios, tendremos al Espíritu Santo como compañero y guía (D. y C. 45:57). Quienes tienen el Espíritu Santo reciben la paz que sobrepasa todo entendimiento (Filipenses 4:7). Ahora bien, ese es el mayor don que una persona puede recibir mientras vive en la mortalidad.
Y luego, por haber guardado esos mismos mandamientos y haber andado por ese mismo sendero, por haber guardado esos mismos convenios, recibimos la segura promesa de que seremos herederos de una exaltación celestial en las mansiones preparadas (2 Pedro 1:10). El evangelio nos da las mayores bendiciones que es posible recibir en el tiempo y nos asegura la mayor herencia que es posible obtener en la eternidad. ¡Cuán agradecidos deberíamos estar por ello! ¡Cuán deseosos deberíamos estar de guardar los mandamientos de Dios y los convenios que hemos hecho, para que podamos recibir todas las bendiciones escogidas y abundantes que el Señor promete a los santos! Es mi oración que así lo hagamos, en el nombre de Jesucristo. Amén.


























