Capítulo 11
Muerte y Sepultura
Y al instante, corriendo uno de ellos, tomó una esponja, la empapó en vinagre, la puso en una caña y le dio a beber.
Pero los demás decían: Deja, veamos si viene Elías a salvarle.
Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu.
Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron.
Y el centurión, y los que estaban con él guardando a Jesús, visto el terremoto y las cosas que habían sido hechas, temieron en gran manera, y dijeron: Verdaderamente éste era el Hijo de Dios.
Cuando llegó la noche, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también había sido discípulo de Jesús.
Éste fue a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. . . . Y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia,
y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña; y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue.
Y estaban allí María Magdalena y la otra María, sentadas delante del sepulcro. Mateo 27:48–51, 54, 57–61
También vino Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, trayendo un compuesto de mirra y áloes, como cien libras.
Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas, según es costumbre entre los judíos sepultar.
Y en el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto nadie.
Allí, pues, por causa de la preparación de la Pascua de los judíos, y porque aquel sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.
Juan 19:39–42
El angustioso clamor de abandono que el Salvador pronunció aquella terrible tarde de viernes fue malinterpretado por algunos de los que estaban reunidos junto a la cruz. Aparentemente pensaron que era una súplica de ayuda al antiguo profeta Elías. Quizás este malentendido fue influido por una tradición judía según la cual Elías acudía con frecuencia en ayuda de quienes se encontraban en aflicción. Pero Jesús no recibió ayuda alguna, ni intervención angelical como la que había recibido en Getsemaní. Tuvo que enfrentar solo las terribles consecuencias del Gólgota para salir vencedor sobre la muerte y el infierno y satisfacer las demandas de la justicia. «En aquella hora más amarga, el Cristo moribundo estuvo solo, solo en la más terrible realidad. Para que el sacrificio supremo del Hijo pudiera consumarse en toda su plenitud, el Padre parece haber retirado el apoyo de Su presencia inmediata, dejando al Salvador de los hombres la gloria de la victoria completa sobre las fuerzas del pecado y de la muerte» (Talmage, Jesús el Cristo, pág. 661).
El Fin se Acerca: La Profecía se Cumple
Después de que Jesús hubo soportado horas de dolor indescriptible y asfixia parcial, el pericardio (la membrana que rodea el corazón) habría comenzado a llenarse de líquido y a comprimir el corazón. Mientras Jesús intentaba mover su cuerpo hacia arriba y hacia abajo para facilitar la respiración, su espalda ya desgarrada habría sido abierta nuevamente por la áspera madera de la cruz. Sus pulmones habrían hecho esfuerzos desesperados por absorber incluso pequeñas cantidades de aire. La pérdida de líquidos corporales habría producido una sangre espesa, pesada y lenta, haciendo cada vez más difícil el trabajo del corazón para bombearla. La deshidratación habría alcanzado un nivel crítico (Davis, «Physician Testifies about Crucifixion», pág. 39). En ese momento, Jesús pronunció su quinta declaración desde la cruz: «Tengo sed» (Juan 19:28). Aquí se recuerda nuevamente la profecía poética del Salmo 22: «Como un tiesto se secó mi vigor, y mi lengua se pegó a mi paladar; y me has puesto en el polvo de la muerte» (v. 15).
Debido a que los romanos conocían bien el curso que seguían las víctimas de la crucifixión, habían colocado cerca de la cruz de Jesús un pequeño recipiente con vinagre, y uno de los presentes corrió, «empapó una esponja en vinagre, y poniéndola en un hisopo, se la acercó a la boca» (Juan 19:29). Esta acción cumplió otra de las profecías mesiánicas poéticas del salmista: «Y en mi sed me dieron a beber vinagre» (Salmo 69:21). Pero el acontecimiento también nos remonta a la institución de la antigua ordenanza de la Pascua, cuando se estableció el uso del hisopo como símbolo o figura del sacrificio expiatorio de Jesucristo: «Y Moisés convocó a todos los ancianos de Israel, y les dijo: Sacad y tomaos corderos según vuestras familias, y sacrificad la pascua. Y tomad un manojo de hisopo, y mojadlo en la sangre que estará en un lebrillo, y untad el dintel y los dos postes con la sangre que estará en el lebrillo; y ninguno de vosotros salga de las puertas de su casa hasta la mañana» (Éxodo 12:21–22). Una vez más se nos ayuda a apreciar el principio enseñado por los antiguos profetas: «Porque todas las cosas que Dios ha dado al hombre desde el principio del mundo son símbolos de él» (2 Nefi 11:4).
Una vez que se hubo cumplido todo lo que Dios había dispuesto y comprendido dentro de Su amplio plan de salvación, Jesús clamó a gran voz, inclinó la cabeza y entregó el espíritu. «Por dulce y bienvenida que hubiera sido la liberación de la muerte en cualquiera de las etapas anteriores de Sus sufrimientos, desde Getsemaní hasta la cruz, Él vivió hasta que todas las cosas fueron cumplidas según lo dispuesto» (Talmage, Jesús el Cristo, pág. 662). Juan 19:30 registra: «Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu».
La Traducción de José Smith de Mateo 27:54, proporcionada en la edición SUD de la Biblia (nota al pie 50a), nos ofrece el relato completo de la sexta declaración del Salvador desde la cruz: «Jesús, cuando hubo clamado otra vez a gran voz, diciendo: Padre, consumado es; tu voluntad está hecha» (énfasis añadido). Esta expresión tiene una importancia inmensa. Encapsula todo el plan de salvación; resume la razón completa por la que Jesús fue enviado a la tierra: hacer la voluntad de Su Padre, tal como Él mismo había indicado en otras ocasiones (Juan 6:38; 3 Nefi 27:13–14). La traducción del Profeta de Mateo 27:54 nos lleva nuevamente al tiempo de la vida premortal, cuando el Salvador se ofreció voluntariamente para ser nuestro Redentor, para hacer la voluntad del Padre y para que toda la honra fuese de Él: «Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre» (Moisés 4:2).
La voluntad del Hijo fue completamente absorbida en la voluntad del Padre. La incomparable oración y deseo del Salvador expresados en Getsemaní —»hágase tu voluntad»— se habían cumplido ahora en todos los sentidos, satisfaciendo plenamente cada propósito, objetivo, requisito y demanda del plan de salvación. Ese es, en realidad, el sentido del verbo griego utilizado en el relato de Juan sobre esta sexta declaración de Jesús: «Consumado es» (Juan 19:30). El verbo traducido al español como «consumado» es tetelestai (de teleo), que significa «cumplir algo» o «llevar algo a su completa realización». Eso fue lo que hizo el Gólgota. Lo que comenzó en Getsemaní fue completado en el Gólgota. Cuán agradecidos deberíamos estar por los esclarecedores esfuerzos del profeta José Smith para ayudarnos a apreciar más plenamente la obra y las palabras del Salvador.
Inmediatamente después de hacer esta significativa sexta declaración, Jesús pronunció su última expresión en la mortalidad, tal como solo Lucas nos la relata: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu; y habiendo dicho esto, expiró» (Lucas 23:46).
La Muerte Mortal de Dios
El propio Hijo de Dios había muerto. El Dios que creó el universo había experimentado la muerte mortal y había pasado a través del velo al mundo de los espíritus, tal como cada uno de nosotros lo hará. Su cuerpo físico dejó de funcionar. Ahora conocía por experiencia propia cómo era la muerte, y la forma más horrible y tortuosa de muerte que pueda imaginarse. Sin embargo, no debe pensarse que Su fallecimiento se debió simplemente a los procesos naturales del colapso de los órganos. Jesús murió porque voluntariamente entregó Su vida. Quizás podría decirse que los efectos debilitantes de la crucifixión lo llevaron al punto en que pudo escoger abandonar Su vida mortal. Pero, en última instancia, fue Su elección: el único Ser que conocemos con el poder de determinar el momento de Su propia muerte. La muerte no tenía poder sobre Él ni lo controlaba. Él la controlaba. Él decidió someterse a ella.
El Salvador enseñó esta doctrina cuando dijo: «Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo» (Juan 5:26). «Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre» (Juan 10:17–18). En otras palabras, nuestro Padre Celestial transmitió genéticamente a Su Hijo literal y biológico el poder de la vida. Por eso es tan crucial poseer una comprensión correcta de la filiación divina y literal de Jesús. La naturaleza de Su nacimiento determinó la naturaleza de Su muerte. Así, al poseer la constitución genética de Su Padre —vida—, Jesús tenía poder sobre la muerte, podía determinar el momento de Su muerte y tenía el poder de volver a tomar Su cuerpo mortal, cosa que haría después de tres días.
Jesús poseía los poderes y atributos de la vida eterna de manera independiente, «sobre el mismo principio por el cual Su Padre, que le dio estos poderes y atributos divinos, los posee», y esto le otorgó la capacidad de escoger morir solamente después de que todas las cosas necesarias para el plan hubieran sido cumplidas (Andrus, God, Man, and the Universe, 417). Pero otro factor también influyó en la muerte del Salvador: la retirada del Espíritu y del poder del Padre. El Espíritu del Padre es vida y luz puras, especialmente en la intensidad o plenitud con que Jesús las disfrutaba. Como dice la Traducción de José Smith de Juan 3:34: «Porque Dios no le da [a Jesús] el Espíritu por medida, porque mora en él, sí, la plenitud» (énfasis añadido). En resumen, Jesús pudo morir porque el Padre retiró completamente Su influencia y Sus poderes que dan y sostienen la vida.
Así pues, aquí tenemos otra razón para la retirada del Padre de Su Hijo. Además de la necesidad de que el Hijo descendiera debajo de todas las cosas, además del requisito de que Jesús sufriera la muerte espiritual y el infierno, además de la necesidad de que conociera todas nuestras circunstancias para poder socorrernos según la carne, el Padre se retiró de Jesús para que Él, el Hijo, tuviera el poder exclusivo de determinar Su propia muerte. «El Salvador del mundo fue dejado solo por Su Padre para experimentar, por Su propia voluntad y elección, un acto de albedrío que le permitió completar Su misión expiatoria» (Hales, «Behold, We Count Them Happy Which Endure», 75).
Si el Padre no se hubiera retirado nuevamente del Hijo en la cruz, como lo hizo en Getsemaní, Jesús habría sido sostenido y nutrido por la vida y la luz del Espíritu de Su Padre. No habría podido producirse una degeneración total del cuerpo y, por lo tanto, Él no habría podido morir tan fácilmente mediante un acto de voluntad. Un erudito del evangelio ha abordado esta idea desde un ángulo ligeramente diferente, pero con el mismo principio básico en mente: «La retirada del Espíritu de Jesús, junto con la influencia que entonces ejercieron sobre Él los poderes de la muerte espiritual y de las tinieblas, aparentemente provocó un colapso crítico en Sus órganos y tejidos corporales, de modo que, cuando Él dispuso morir, Su espíritu pudo partir fácilmente hacia el mundo de los espíritus» (Andrus, God, Man, and the Universe, 425).
El Testimonio de la Naturaleza: Profecía Cumplida
En el momento en que Jesús murió, los Evangelios Sinópticos registran que «el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo» (Mateo 27:51; Marcos 15:38; Lucas 23:45). Mateo añade: «Y la tierra tembló, y las rocas se partieron». Es de esperarse que toda la naturaleza se estremeciera y que la tierra llorara mientras las tinieblas cubrían la tierra, porque la Luz y la Vida del Mundo habían partido del mundo. Como Nefi había dicho seiscientos años antes: «Las rocas de la tierra deben hendirse» porque «el Dios de la naturaleza padece» (1 Nefi 19:12). Este terremoto también fue un cumplimiento gráfico de la antigua profecía dada a Enoc cuando tuvo su visión de la crucifixión: «Y el Señor dijo a Enoc: Mira; y él miró y contempló al Hijo del Hombre levantado sobre la cruz, a la manera de los hombres; y oyó una gran voz; y los cielos fueron cubiertos; y todas las creaciones de Dios se lamentaron; y la tierra gimió; y las rocas se partieron» (Moisés 7:55–56).
Esta conmoción en la Tierra Santa tuvo su paralelo en los acontecimientos que ocurrieron en el continente americano al morir el Salvador. La destrucción geológica había sido profetizada por Samuel el Lamanita más de treinta años antes:
«Sí, al tiempo en que entregue el espíritu, habrá truenos y relámpagos por el espacio de muchas horas; y la tierra se sacudirá y temblará; y las rocas que están sobre la faz de esta tierra, tanto las que están sobre la tierra como las que están debajo de ella, que vosotros sabéis que ahora son sólidas, o en su mayor parte una sola masa sólida, serán quebrantadas;
«Sí, serán hendidas en dos, y desde entonces se hallarán en vetas y grietas, y en fragmentos rotos sobre la faz de toda la tierra, tanto sobre ella como debajo de ella.
«Y he aquí, habrá grandes tempestades, y muchas montañas serán rebajadas y quedarán como un valle; y habrá muchos lugares que ahora se llaman valles que llegarán a ser montañas de gran altura.
«Y muchos caminos serán destruidos, y muchas ciudades quedarán desoladas» (Helamán 14:21–24).
Testimonio del Velo del Templo
Aún más sorprendente y aterrador, al menos para los líderes judíos, fue que en el momento de la muerte del Salvador el velo del Templo, la gran cortina que había separado el Lugar Santo del Lugar Santísimo, o Santo de los Santos, se rasgó en dos. La sala más sagrada del Templo quedó ahora expuesta. Los sacerdotes y los líderes judíos habrían contemplado esta escena con horror. El lugar más santo de la tierra había sido profanado. La santidad de Dios había sido vulnerada. Un acontecimiento tan devastador simbolizaba el fin de la dispensación mosaica, el cumplimiento de la ley de Moisés y la apertura de una nueva dispensación con la restauración de la ley superior y una mayor disponibilidad del Sacerdocio de Melquisedec. Fue un anuncio dramático de la plenitud del Evangelio como el nuevo y único convenio aceptable. También fue una señal enviada por Dios mismo, como describió el élder McConkie:
Se dice que el velo mismo… medía sesenta pies de largo y treinta pies de ancho, «del grosor de la palma de una mano, y elaborado en 72 secciones, que estaban unidas entre sí». Era tan pesado que se necesitaban cientos de sacerdotes para manipularlo. «Si el Velo era realmente como se describe en el Talmud, no pudo haber sido rasgado en dos simplemente por un terremoto o por la caída del dintel, aunque su composición en secciones unidas podría explicar cómo el desgarramiento pudo haber ocurrido tal como se describe en el Evangelio.
En verdad, todo parece indicar que, aunque el terremoto pudo haber proporcionado la base física, el rasgamiento del Velo del Templo fue —dicho sea con reverencia— realmente realizado por la Mano de Dios. Según nuestros cálculos, pudo haber ocurrido precisamente en el momento en que, durante el sacrificio vespertino, el sacerdocio oficiante entraba en el Lugar Santo, ya fuera para quemar incienso o para realizar allí otro servicio sagrado. Ver delante de ellos… el Velo del Lugar Santo rasgado de arriba abajo… y colgando en dos partes desde sus sujeciones superiores y laterales era, ciertamente, un terrible presagio, que pronto llegaría a ser ampliamente conocido y que, de una forma u otra, debió conservarse en la tradición. Y todos debieron comprender que aquello significaba que la propia Mano de Dios había rasgado el Velo y había abandonado para siempre y abierto ese Lugar Santísimo. («Mortal Messiah», 4:229–30)
El apóstol Pablo llamó la atención sobre otro poderoso significado del rasgamiento del velo del Templo aquella tarde de viernes hace dos mil años. Según el ritual mosaico establecido mucho antes del nacimiento del Salvador, una vez al año el sumo sacerdote aarónico pasaba a través del velo del Templo hacia el Lugar Santísimo en el Día de la Expiación («Yom Kippur») para realizar los rituales mosaicos relacionados con la Expiación. Solo al sumo sacerdote se le permitía entrar, porque el Lugar Santísimo representaba la presencia de Dios. En la interpretación simbólica de Pablo acerca del rasgamiento del velo, el velo representaba el cuerpo físico, la carne, de Jesucristo. El rasgamiento del velo de arriba abajo (Marcos 15:38) representaba el sufrimiento físico, el sacrificio expiatorio, el desgarramiento de la carne del Salvador para abrir el camino a todos los hombres para entrar en la presencia de Dios, ser justificados o aprobados por Él, sin la mediación anual del sumo sacerdote aarónico. Cristo fue el gran y último mediador, el gran y último sacrificio (D. y C. 76:69; Alma 34:10). Su sangre derramada fue el cumplimiento de la sangre de los sacrificios animales que el sumo sacerdote rociaba en el Lugar Santísimo. Todo esto se explica en los capítulos 9 y 10 de la epístola a los Hebreos, especialmente en los siguientes versículos:
Porque habiendo Moisés anunciado todos los mandamientos de la ley a todo el pueblo, tomó la sangre de los becerros y de los machos cabríos, con agua, lana escarlata e hisopo, y roció tanto el libro como a todo el pueblo,
Diciendo: Esta es la sangre del pacto que Dios os ha mandado.
Y además roció con sangre el tabernáculo y todos los vasos del ministerio.
Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión.
Fue, pues, necesario que las figuras de las cosas celestiales fuesen purificadas así; pero las cosas celestiales mismas, con mejores sacrificios que estos.
Porque Cristo no entró en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios. (Hebreos 9:19–24)
Teniendo, pues, hermanos, libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesús,
Por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne. (Hebreos 10:19–20)
En nuestros días, la carne desgarrada del Salvador es simbolizada en el pan partido de la Santa Cena. Por medio de este emblema tangible, recordamos el sufrimiento físico y redentor del Salvador en Getsemaní y en la cruz del Gólgota.
Testimonio de Otros Testigos
Después del testimonio de la propia tierra, junto con los diversos elementos de la naturaleza que también clamaron y afirmaron que este Jesús crucificado era verdaderamente el Dios del universo, algunos miembros del grupo reunido en el Gólgota también fueron profundamente conmovidos. Mateo informa que el centurión romano que supervisó la ejecución y algunos de los que estaban con él fueron impulsados a exclamar: «Verdaderamente este era el Hijo de Dios» (Mateo 27:54). Además, muchas mujeres estaban allí, aquellas que habían acompañado a Jesús a Jerusalén desde Galilea (Lucas 23:49). Estas eran «grandes y fieles mujeres que siguieron a nuestro Señor y que, por su fe y rectitud, serán exaltadas a tronos de gloria» (McConkie, «Doctrinal New Testament Commentary», 1:833). Los demás amigos de Jesús («todos sus conocidos»; Lucas 23:49) también estaban en el Gólgota.
No se menciona que ninguno de los apóstoles estuviera allí, excepto Juan. No hay duda de que los miembros originales del Quórum de los Doce llegaron a conocer exactamente lo que sucedió en el Gólgota y también llegaron a saber por sí mismos que Jesús era verdaderamente el Hijo de Dios. El propio Jesús declaró a los once apóstoles reunidos en el Monte de la Ascensión después de su resurrección que ellos eran sus testigos (Hechos 1:8). Posteriormente, los apóstoles dieron un poderoso testimonio de su Salvador (Hechos 4:33). Pedro, con ocasión de la conversión de Cornelio, declaró que los apóstoles eran «testigos de todas las cosas que [Jesús] hizo, tanto en la tierra de Judea como en Jerusalén; a quien mataron colgándole en un madero» (Hechos 10:39).
En nuestra propia época, el mismo tipo de testimonio que poseían los apóstoles originales con respecto a la crucifixión también ha sido afirmado por apóstoles y profetas vivientes. El élder Harold B. Lee dio su testimonio personal de los acontecimientos culminantes de la Expiación:
«Fue una semana después de la conferencia, cuando me estaba preparando para un discurso radial sobre la vida del Salvador, que leí nuevamente la historia de la vida, la crucifixión y la resurrección del Maestro; y, al leerla, esa historia adquirió para mí una realidad que iba más allá de lo que estaba escrito en la página. En verdad, me encontré contemplando aquellas escenas con una certeza como si hubiera estado allí personalmente. Sé que estas cosas vienen por las revelaciones del Dios viviente» (Divine Revelation, pág. 12).
Otra poderosa ilustración proviene de la conferencia general de octubre de 1989, cuando el élder David B. Haight, del Quórum de los Doce, relató una experiencia que tuvo durante un episodio reciente que puso en peligro su vida. Después de perder el conocimiento, dijo, el terrible dolor y la conmoción cesaron. Se encontraba en un lugar tranquilo y apacible. No escuchó voces, pero era consciente de estar en una presencia y una atmósfera sagradas.
«Durante las horas y los días que siguieron, se grabó una y otra vez en mi mente la misión eterna y la posición exaltada del Hijo del Hombre. . . .
«Se me mostró una visión panorámica de Su ministerio terrenal. . . .
«Durante aquellos días de inconsciencia se me concedió, por el don y poder del Espíritu Santo, un conocimiento más perfecto de Su misión. . . . Mi alma fue instruida una y otra vez acerca de los acontecimientos de la traición, el juicio simulado, la flagelación de la carne de uno de los miembros de la Trinidad. Fui testigo . . . de cómo era extendido sobre [la cruz] mientras esta yacía en el suelo, para que los toscos clavos pudieran ser introducidos a golpes de mazo en Sus manos, muñecas y pies, asegurando Su cuerpo mientras colgaba en la cruz para exhibición pública.
«La crucifixión, la horrible y dolorosa muerte que Él sufrió, fue escogida desde el principio. Mediante esa muerte tan atroz descendió por debajo de todas las cosas, como está registrado, para que mediante Su resurrección ascendiera por encima de todas las cosas (véase D. y C. 88:6). . . .
«No puedo comenzar a transmitirles el profundo impacto que estas escenas han confirmado en mi alma» («The Sacrament—and the Sacrifice», págs. 59–60).
Tipos, Sombras y Símbolos de Su Muerte
Normalmente los romanos dejaban los cuerpos de sus víctimas crucificadas en las cruces para que se descompusieran. Pero la ley judía exigía que las víctimas fueran sepultadas el mismo día para que la tierra «no sea contaminada» (Deuteronomio 21:22–23). En el caso de Jesús y los dos ladrones, por lo tanto, los líderes judíos pidieron a Pilato que se quebraran las piernas de los crucificados para apresurar sus muertes. Así podrían ser bajados de las cruces y evitar que contaminaran el sábado que se aproximaba, el cual además era un día santo solemne (Juan 19:31). Pero cuando los soldados llegaron a Jesús para quebrarle las piernas y vieron que ya estaba muerto, «no le quebraron las piernas», cumpliendo así la antigua tipología y el simbolismo profético asociados con el cordero pascual (Éxodo 12:46). Así como ningún hueso del cordero de la Pascua debía quebrarse antes de ser sacrificado, tampoco se quebró ningún hueso de Jesús, tal como lo había previsto el salmista (Salmo 34:20). Jesús permaneció sin mancha, tal como debía ser el cordero apartado para el sacrificio pascual (Éxodo 12:5).
Entonces uno de los soldados romanos que vigilaba a las víctimas clavó su lanza en el costado de Jesús, probablemente para asegurarse de que realmente había muerto. Al hacerlo, el soldado también cumplió una profecía y simbolismo más antiguos. De la herida del costado del Salvador brotaron sangre y agua, indicios de un corazón roto. El élder James E. Talmage declara su convicción de que el Señor Jesús murió de una «ruptura física del corazón» y proporciona abundante evidencia de esta rara pero reconocida condición médica. Concluye:
«Una gran tensión mental, una emoción intensa ya sea de tristeza o de gozo, y una lucha espiritual extrema se encuentran entre las causas reconocidas de la ruptura cardíaca. El presente escritor cree que el Señor Jesús murió de un corazón quebrantado» (Jesus the Christ, pág. 669).
Más importante aún, la muerte de Jesús por un corazón quebrantado también fue prevista por el salmista: «El escarnio ha quebrantado mi corazón, y estoy acongojado; esperé quien se compadeciese de mí, y no lo hubo» (Salmo 69:20).
En efecto, los líderes judíos y romanos que contribuyeron a la muerte de Jesús no ofrecieron ni ayuda ni compasión, cumpliendo así la profecía del Salmo 69. Pero el simbolismo de la sangre y el agua que resultaron del corazón quebrantado del Salvador conecta Su muerte expiatoria con los elementos y requisitos específicos del renacimiento espiritual:
«Por cuanto nacisteis en el mundo mediante agua, sangre y espíritu, que yo he hecho, y así del polvo llegasteis a ser alma viviente, así también debéis nacer de nuevo en el reino de los cielos, de agua y del Espíritu, y ser limpiados por sangre, sí, la sangre de mi Unigénito» (Moisés 6:59).
Cuando Jesús completó la Expiación, murió de un corazón quebrantado, lo cual implicó sangre y agua. Si hemos de nacer de nuevo, debemos ofrecer un corazón quebrantado, aceptar la sangre purificadora de Jesucristo y salir de las aguas del bautismo (3 Nefi 9:20; Romanos 6:3–6).
La sangre y el agua que brotaron de la herida en el costado de Jesús también están vinculadas con la antigua tradición judía de mezclar agua con vino para la tercera copa que se bebía durante la cena de Pascua, o Séder. Esta tercera copa, la «copa después de la cena» o «copa de bendición», está explícitamente asociada con la institución del sacramento de la Santa Cena del Señor, establecido específicamente para que los participantes recordaran el sacrificio de sangre del Hijo de Dios en su favor (Lucas 22:20). Así, la mezcla de agua con vino para la tercera copa de la cena pascual simboliza la muerte del Mesías por un corazón quebrantado.
Mientras los soldados romanos permanecían al pie de la cruz, sin duda contemplando con asombro el costado herido de su víctima, una herida destacada por la sangre y el agua que fluían de ella, la antigua profecía del profeta Zacarías, pronunciada como si él fuera el Señor mismo, alcanzó su cumplimiento: «Y mirarán a mí, a quien traspasaron» (Zacarías 12:10).
Y al igual que otras declaraciones proféticas acerca del Mesías, esta profecía probablemente volverá a cumplirse en la Segunda Venida, cuando el pueblo judío también contemple con asombro esa misma herida en el costado, así como las heridas en las manos y en los pies del Salvador, y pregunte qué significan. Entonces Jesús responderá:
«Estas heridas son las heridas con que fui herido en casa de mis amigos. Yo soy el que fue levantado. Soy Jesús que fue crucificado. Soy el Hijo de Dios» (D. y C. 45:51–52; Zacarías 13:6).
José de Arimatea y la sepultura de Jesús
Uno de los héroes anónimos en el trágico drama de la muerte del Salvador fue José de Arimatea, miembro del Sanedrín, «un consejero honorable» y discípulo del Maestro que «esperaba el reino de Dios» (Marcos 15:43; Lucas 23:51; Mateo 27:57; Juan 19:38). Algunos estudiosos del Nuevo Testamento han señalado una tradición no escritural que identifica a José de Arimatea como tío abuelo de Jesús, es decir, tío de María, la madre de Jesús, y hermano de Ana, la madre de María. También se le describe como un hombre rico y poderoso, lo cual armoniza con las Escrituras. No podemos probar la relación familiar descrita por esta tradición, pero sí sabemos que José intercedió con valentía, incluso con gran valor, ante Pilato para obtener el cuerpo del Salvador y luego «compró una sábana de lino fino, y quitándolo, lo envolvió en la sábana» (Marcos 15:46). Juan añade que Nicodemo ayudó comprando una costosa mezcla de mirra y áloes, y colaboró con José en la preparación del cuerpo de Jesús para la sepultura según la costumbre judía, envolviendo el cuerpo en lienzos junto con las especias aromáticas (Juan 19:39–40).
Se necesitó gran valentía para que José compareciera ante Pilato con el fin de obtener el cuerpo del Salvador (Marcos 15:43). Estaba asumiendo un riesgo al actuar con tanta determinación ante la autoridad romana, y ciertamente también corría peligro por parte de los líderes judíos y de sus compañeros del Sanedrín, quienes estaban ansiosos por erradicar el nuevo movimiento de Jesús (Hechos 9:2). Había muchas razones para temer a los judíos, como bien sabían todos los discípulos (Juan 19:38; 20:19).
El hecho de que Pilato entregara a José el cuerpo de Jesús, considerando los riesgos que él mismo asumía al entregar el cadáver de un supuesto agitador a la familia o a los amigos cercanos de Jesús, indica al menos dos cosas. Primero, Pilato quería evitar más conflictos con los judíos asegurándose de que se respetaran sus preocupaciones relacionadas con la inminente llegada del día de reposo. Segundo, Pilato realmente comprendía que Jesús era inocente y estaba dispuesto a permitirle una sepultura apropiada y honorable.
Las personas deshonradas, aquellas condenadas por los delitos por los cuales Jesús fue crucificado, recibían un trato severo después de la muerte, tal como describió Josefo: «El que blasfeme contra Dios sea apedreado, y cuélguese de un árbol durante todo aquel día, y después sea enterrado de manera ignominiosa y oscura» (Antigüedades de los Judíos, 4.8.96). Por otro lado, se cree que una sepultura honorable consistía en lavar y ungir el cadáver, disponer el cuerpo adecuadamente, envolverlo en tela nueva junto con especias aromáticas y depositarlo en una tumba familiar conocida y de alta calidad (Brown, Death of the Messiah, 2:1261). En gran medida, el cuerpo de Jesús fue tratado de esta manera y, por consiguiente, su inocencia y honor fueron afirmados incluso en la forma de su sepultura.
Los Evangelios no mencionan que el cuerpo de Jesús fuera ungido. El tiempo no permitió que la familia ni los discípulos dieran al cuerpo de Jesús el tipo de unción apropiada para un hombre honorable, y mucho menos para la verdadera realeza. «Los preparativos tuvieron que hacerse apresuradamente, porque cuando se pusiera el sol comenzaría el día de reposo. Todo lo que pudieron hacer, por tanto, fue lavar el cadáver, colocarlo entre las especias aromáticas, envolver la cabeza con un lienzo blanco, enrollar el lino fino alrededor de los miembros heridos y depositar reverentemente el cuerpo en el nicho excavado en la roca» (McConkie, Mortal Messiah, 4:239). Sin embargo, cinco días antes, María, hermana de Marta, había ungido a Jesús en su casa, «como símbolo de [su] sepultura» (JST Juan 12:7). Esta acción parece especialmente apropiada porque el hogar de los justos es, en santidad, lo más cercano a la casa del Señor. Además, Marcos y Lucas nos informan que ciertas mujeres tenían la intención de ungir el cuerpo de Jesús para asegurar una sepultura apropiada y honorable. «Y cuando pasó el día de reposo, María Magdalena, María la madre de Jacobo, y Salomé compraron especias aromáticas para venir a ungirle» (Marcos 16:1; Lucas 23:55–24:1).
José ofreció su tumba nueva, excavada en la roca y situada en un huerto, y depositó el cuerpo sin vida del Hijo de Dios en aquella cámara sepulcral que nunca había sido utilizada (Juan 19:41–42). Tenemos la impresión de que esto también era un símbolo de realeza. Un erudito ha señalado el paralelismo entre la descripción que hace Lucas de la tumba, «en la cual aún no había sido puesto ningún hombre» (Lucas 23:53), y la expresión que utilizó anteriormente para describir la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén sobre un pollino, «en el cual ningún hombre había montado jamás» (Lucas 19:30). «Es posible que Lucas favoreciera esta expresión particular, ‘donde nadie había sido puesto todavía’, como un eco de la frase que había utilizado para describir la entrada de Jesús como rey en Jerusalén sobre un pollino ‘sobre el cual nadie había montado jamás’ (19:30, 28). … había un carácter regio en la sepultura según [el Evangelio de] Juan» (Brown, Death of the Messiah, 2:1255).
Así como el pollino nuevo era simbólico de la realeza, también la tumba nueva era simbólica de la realeza. Jesús era el Gran Rey. También era literalmente el Rey de los judíos. La plenitud de la tierra era suya; el entierro de un monarca judío le correspondía por derecho. Y, sin embargo, había sido tratado y ejecutado como si fuera un criminal. Nuevamente observamos aquí una profunda ironía. Jesús fue condenado a muerte por la vehemencia del concilio judío y, sin embargo, fue colocado para descansar en la tumba de uno de los miembros más honorables de ese mismo concilio (Marcos 15:43). Mateo y Marcos informan que, como acto final, José hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro y se retiró (Mateo 27:60; Marcos 15:46).
Todo esto fue servicio puro, desinteresado y sin adulteración alguna. Preparar el cuerpo sin vida de otra persona para la sepultura es un verdadero acto de bondad y caridad, porque es algo que jamás puede ser retribuido por la persona a quien se sirve. Puede hacerse sin esperar recompensa alguna. Tal era la grandeza de alma que poseía José de Arimatea.
Otro «principal entre los judíos» (Juan 3:1) también ofreció voluntariamente su tiempo y sus considerables recursos para ayudar a sepultar el cuerpo sin vida del Mesías. Era Nicodemo, el mismo hombre que era miembro del Sanedrín, que anteriormente había acudido a Jesús de noche (Juan 3:2), que lo reverenciaba como un maestro rabínico (Juan 3:2) y que había defendido al Salvador contra las maniobras ilegales de los principales sacerdotes y fariseos (Juan 7:45–52). No es difícil imaginar al inicialmente reservado Nicodemo experimentando el poder transformador de Cristo hasta el punto de sentirse impulsado a participar en la sepultura de su Señor. Solo el Evangelio de Juan nos informa que Nicodemo no solo acompañó a su colega José de Arimatea, sino que también compró una gran cantidad de mirra y áloes para preparar el cuerpo de Jesús para la sepultura (Juan 19:39). Era una cantidad muy grande y costosa, representativa de lo que se utilizaba en los entierros reales, y constituye otra indicación de que la condición regia de Jesús fue reconocida simbólicamente (2 Crónicas 16:14).
Tanto José de Arimatea como Nicodemo eran líderes justos entre los judíos que reconocieron la naturaleza especial de la vida y las enseñanzas del Salvador. Permanecieron leales a Él y realizaron un acto singular de amor y respeto. Las acciones que llevaron a cabo en relación con la sepultura del Salvador, una vez más, cumplieron la profecía. Isaías había dicho que el Mesías estaría «con los ricos en su muerte» (Isaías 53:9), y así fue.
El acto final en el drama del Gólgota culminó con la colocación de guardias en la tumba del jardín. Esto se hizo para satisfacer las preocupaciones de los principales sacerdotes y fariseos de que los discípulos de Jesús fueran impedidos de robar su cuerpo y hacer parecer que Jesús había vuelto a la vida, tal como Él había profetizado. Varias ironías emergen en esta escena. Primero, los líderes judíos no tuvieron reparo en acudir al líder gentil, Pilato, el día después de la crucifixión, un día de reposo especialmente sagrado (Juan 19:31). Querían asegurar el éxito definitivo de su conspiración, aunque ello les acarreara contaminación ritual, y a pesar de que en otros aspectos de la vida judía habían hecho grandes esfuerzos por mantenerse ritualmente puros. «Al encargarse personalmente de la guardia y sellar la tumba, los principales sacerdotes y los fariseos, de acuerdo con su propia tradición, incurrieron en contaminación» (McConkie, Doctrinal New Testament Commentary, 1:838). Segundo, al hablar con Pilato, se refirieron a Jesús como «ese engañador», cuando ellos mismos eran culpables de los mayores engaños (Mateo 27:63). Y tercero, los líderes judíos —los enemigos empedernidos de Cristo, como los llama el élder Talmage— habían prestado mucha atención a las palabras del Salvador acerca de Su resurrección, pero esas palabras no tuvieron ningún efecto espiritual en ellos, aun cuando estaban encargados de ser los guardianes espirituales de su pueblo (Jesús el Cristo, págs. 665–66).
Después de la escueta respuesta de Pilato a los líderes judíos, indicándoles que podían asegurar la tumba de Jesús tanto como quisieran, los dirigentes de los judíos colocaron una guardia armada en el sepulcro y fijaron algún tipo de sello entre la gran piedra y la entrada de la tumba. Sin duda, tanto los líderes romanos como los judíos esperaban que aquello fuera el fin de sus problemas.
Para los apóstoles, discípulos y amigos de Jesús que habían estado observando y esperando el desenlace, que aún permanecían en el Gólgota cuando el Salvador expiró, y que habían quedado exhaustos física, emocional y espiritualmente por los acontecimientos de aquel terrible viernes, el día siguiente debió de haber sido el más oscuro de todos los días. Su propio dolor y angustia debieron de ser indescriptibles; su aflicción e incertidumbre respecto al futuro, abrumadoras. La crucifixión y el sufrimiento de alguien tan compasivo y puro como Jesús de Nazaret fueron una visión terrible. Todo ello se veía agravado por la afirmación de Jesús de ser el Mesías, el Hijo de Dios y el Redentor de los hijos de los hombres. Y, sin embargo, parecía haber muerto la muerte ignominiosa de un criminal común y de un enemigo de Roma. Los apóstoles, discípulos, familiares y amigos de Jesús habían invertido toda su vida en Él. Ahora ya no estaba.
Pero el viernes y el sábado no fueron el final de la historia ni para los discípulos de entonces ni para los discípulos de ahora. De las largas horas de oscuridad, depresión y desaliento surgió una mañana de brillante esperanza y de triunfo completo para los seguidores del Salvador, un gozo y una alegría más gloriosos que la profundidad de su más amarga desesperación. Cuán agradecidos deberíamos estar de que exista una magnífica continuación en la historia del amor infinito de Dios por la humanidad y de Su misericordia hacia cada uno de nosotros. Verdaderamente, la historia y los efectos de la Expiación nunca terminan.

























