Palabras de Inspiración

El poder de la humildad

Este mundo es ferozmente competitivo —o hasta podría decirse que es despiadado. El anhelo del éxito y de avanzar lleva a muchos a ser agresivos y dominantes, y así, a menudo y de cierto modo, logran el éxito. Pero hay una manera diferente y hasta mejor de vivir y de alcanzar logros: ser humildes.

Claro que la humildad no es una virtud nueva, pero está recibiendo atención renovada, increíblemente, en el mundo de las grandes empresas. Hace poco, varias renombradas corporaciones empezaron a premiar a líderes humildes y templados, al descubrir que estos escuchan, admiten errores y comparten reconocimientos. Están dispuestos a ayudar y a promover el trabajo en función de equipo; no se ven a sí mismos como monarcas que dan órdenes, sino como colegas en una causa digna. También ven en ellos tanto virtudes como defectos y genuinamente reconocen que el dirigir y servir a otras personas no son esfuerzos mutuamente exclusivos. Uno puede ser visionario y perseverante, con la mente de un líder, y al mismo tiempo humilde y dócil, con el corazón de un verdadero siervo.

Los grandes ejecutivos están llegando a la conclusión de que al emplear a líderes humildes que ansían progresar, la compañía entera se beneficia; sus características de cooperación se extienden por la fuerza laboral, extrayendo lo mejor de cada uno.

Pero la humildad debe ser sincera. En cierto sentido, la falsa modestia es peor que la que flagrante arrogancia, ya que es engañosa. Como contraste, la humildad genuina nace de ver las cosas como realmente son, y reconocemos que nadie es superior a otras personas y que cada uno aprende sobre la marcha. Algunos, tal vez, tangan mayor talento, otros quizá reciban más oportunidades y se les abran más puertas, pero todos tenemos algo para ofrecer, y cada ser humano merece dignidad y respeto.

Si ese tipo de actitud puede mejorar el mundo corporativo, pensemos en lo que podría lograr en el hogar y la comunidad. Pensemos en lo que sucedería si escucháramos un poco más, si admitiéramos errores y no nos preocupáramos por los reconocimientos. La humildad puede ser la clave de mejores relaciones, organizaciones más sólidas y vidas más felices.