Palabras de Inspiración

Nuestra cuerda salvavidas

Uno no necesita ser un marino ni un náufrago para saber cómo se siente quien es arrojado a un mar encrespado y debe luchar por mantener la cabeza por encima de las aguas. A veces nos sucede lo mismo en la vida. Nos sentimos presa del temor y la incertidumbre, y lo único que podemos hacer es tratar de mantenernos a flote. Para peor, algunas personas y organizaciones en las que una vez confiamos nos decepcionan, y nos preguntamos a quién podemos recurrir. ¿Dónde podemos hallar paz y solaz? ¿En quién podemos realmente confiar?

En momentos tales apreciamos el valor de una cuerda salvavidas, especialmente si sabemos que está amarrada a algo seguro. Desde el principio de la humanidad, la gente ha buscado en los cielos ese tipo de seguridad. En la verdad eterna hallamos sabiduría, amor, y luz, cosas en las que podemos confiar, que nunca nos decepcionarán.

Un líder religioso del siglo pasado, George Q. Cannon, enseñó: “Podemos confiar en Dios. No importa cuán difícil sea la prueba, cuán profundo el dolor, y cuán enorme la aflicción, Él nunca nos abandonará; jamás lo ha hecho, y jamás lo hará; no puede pues no está en Su naturaleza hacerlo. Él es un ser incambiable, y siempre estará a nuestro lado. Quizá pasemos por pruebas de fuego, o naveguemos por fieras tormentas; pero nada nos consumirá, y gracias a esas pruebas y dificultades llegaremos a ser mejores y más puros”.

Esa simple verdad puede ser nuestra cuerda de seguridad. Cuando parece que no hay nada más de qué asirnos, recordemos que el amor de Dios nunca nos fallará. Si llegamos a respaldarnos en esa seguridad, podremos seguir tratando, seguir confiando, y seguir dando nuestros mejores esfuerzos. Aunque todo lo demás nos resulte tan inestable e incierto como las olas del mar, el amor de Dios permanecerá firme y nos llevará a puertos de seguridad y paz.