Un Testimonio del Redentor
El llamado a ser testigo de Jesucristo exige una fe inquebrantable, una profunda lealtad al Señor y una disposición total a servir y sacrificarse por Su causa.
Élder Marion G. Romney
Del Consejo de los Doce Apóstoles“Sé que Él vive. Dudo que llegue a saberlo mejor cuando lo vea cara a cara.”
Mis amados hermanos y hermanas, venir a este púlpito y hablarles no es una experiencia nueva. Esta es la vigésima segunda vez que subo aquí en los últimos diez años y medio. No soy un extraño para ustedes. Muchos de ustedes me conocen; algunos quizá me conozcan demasiado bien. Este llamamiento ha provocado en mí una tremenda reacción emocional. No pensé que pudiera haber una tempestad tan grande en una tetera tan pequeña. Supongo que ahora necesito la ayuda del Señor más que nunca en mi vida. ¿Podrían ustedes pedirle que me dé fuerzas para hacer algunas observaciones apropiadas para esta ocasión?
RESPETO POR EL OFICIO
El gran respeto que siempre he tenido por el oficio al que ahora he sido llamado contribuye en gran medida a la tensión emocional que estoy experimentando. Los hombres que ocuparon estos cargos eran hombres semejantes a Dios a los ojos de mis padres. Cuando venían al Viejo México, donde yo vivía siendo niño, casi pensaba que pertenecían a una raza diferente.
Recuerdo lo que pensábamos del presidente Joseph F. Smith cuando vino. No recuerdo que ninguno de los hermanos que aún viven haya bajado hasta allá.
Siempre he considerado este oficio como el oficio de un testigo especial del Redentor del mundo, y cuando pienso en el Redentor del mundo, pienso en el gran concilio en el mundo de los espíritus, cuando Él se ofreció para ser el instrumento e hizo el sacrificio necesario para poner en funcionamiento el evangelio de la redención. Entiendo que Dios el Padre Eterno fue el autor del plan. Eso lo aprendí del presidente John Taylor. Jesucristo fue quien lo patrocinó.
“Iré yo”, dijo Él. Creo que el hermano Whitney lo expresó en estos términos: “Mío sea el sacrificio voluntario; tuya sea la gloria eterna”.
ACONTECIMIENTOS EN LA VIDA DEL REDENTOR
Luego pienso en el Redentor sobre el monte con el hermano de Jared, dos mil doscientos años antes de nacer en la carne como el niño Jesús, hijo de María. Allí obtengo una idea de cómo creo que luce un espíritu. El hermano de Jared pensó que había contemplado carne y sangre, pero el Espíritu le habló diciendo: “Has visto que tomaré sobre mí carne y sangre”.
Entonces dijo: “¿Ves que sois creados según mi propia imagen? Sí, aun todos los hombres fueron creados en el principio según mi propia imagen.
“He aquí este cuerpo”, [que al hermano de Jared le parecía un cuerpo de carne, sangre y huesos], dijo el Espíritu Jesucristo, “este cuerpo que ahora contemplas es el cuerpo de mi espíritu; y así como me aparezco a ti en el espíritu, así me apareceré a mi pueblo en la carne”.
Y entonces pienso en el Redentor, ese gran Espíritu que creó el mundo bajo la dirección de Dios, nuestro Padre Eterno, entrando en el cuerpo de un pequeño niño acostado en un pesebre en Belén.
Pienso en Él en el templo a la edad de doce años, ya algo consciente de Su misión, cuando dijo a Su madre —y no creo que hubiera ningún sentido de falta de respeto cuando ella lo reprendió un poco por estar allí sin su conocimiento—: “¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?”
Pienso en Él a lo largo de Su ministerio. Podría mencionar muchos casos, pero no tomaré mucho tiempo. Pienso en Su bautismo como el comienzo del modelo que nosotros debemos seguir. Pienso en Él junto al pozo con la mujer samaritana cuando dijo que quien bebiera del agua que Él daría nunca volvería a tener sed, porque esa agua sería una fuente de agua viva que brotaría para vida eterna.
Pienso en Él cuando Lázaro había muerto, y María y Marta salieron a Su encuentro. No recuerdo exactamente la conversación, pero creo que Marta dijo: “Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto”, y Jesús respondió: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí no morirá jamás”.
Pienso en Él en el templo durante aquellos últimos días de Su vida mortal. Pienso en Él en Getsemaní. Pasaré por alto esa escena. Me conmueve demasiado profundamente. Allí sufrió por mí y por ustedes. Pienso en Él sobre la cruz. Pienso en Él en la Arboleda Sagrada con el profeta José, y en el Padre, Su Padre, el Padre de aquel Espíritu que apareció al hermano de Jared, el Padre de mi espíritu, como el presidente Clark acaba de explicar, el Padre de los espíritus de todos los hombres.
Cuando pienso en ser un testigo especial de Él, y recuerdo que Pedro, Santiago y Juan no pudieron permanecer despiertos durante Su último sufrimiento en Getsemaní, pienso en algunos que han fracasado. Yo no quiero fracasar.
Pienso en aquellos que han dado su vida por este testimonio. He considerado eso. Si fuera necesario, espero no vacilar en dar mi vida por el testimonio de Jesús. Sé que Él vive. Dudo que llegue a saberlo mejor cuando lo vea cara a cara.
AMOR POR LOS HERMANOS
No continuaré más con ese tema. Me gustaría expresar mi respeto por estos hombres. Sé que el presidente McKay posee la autoridad que tuvo el Profeta, y sé que el Profeta poseía la autoridad que tuvo Pedro. He amado al presidente McKay durante muchísimo tiempo. Él no recuerda cuándo me enamoré de él por primera vez. Supongo que tampoco recuerda cuándo lo hicieron ustedes.
Fue en Los Ángeles, durante el invierno de 1912 y 1913. En aquel entonces se nos conocía como refugiados mormones. Habíamos perdido nuestro hogar en México y habíamos sido invitados a establecernos allí. El hermano McKay vino a Los Ángeles; asistió a la Escuela Dominical y tomó un vaso de agua. Tenía una pluma en la mano. Nos mostró cuán clara y hermosa era el agua, y luego dejó caer una gota de tinta en ella, y esta se dispersó por todo el vaso. Entonces nos dijo a nosotros, los muchachitos: “Eso es lo que el pecado hace con una vida”. Desde entonces, presidente McKay, he tratado de mantener el pecado fuera de mi vida.
Lo encontré más tarde en Australia. Allí llegué a tenerle un poco de temor. Yo era presidente de la conferencia. En aquel tiempo a los distritos se les llamaba conferencias. Yo estaba dirigiendo una reunión y, cuando él miró su reloj, dijo: “Hermano Romney, creo que llevamos treinta segundos de retraso”. Así que la siguiente vez comenzamos puntualmente. Entonces el hermano McKay miró nuevamente su reloj y dijo: “Hermano Romney, creo que hemos comenzado quince segundos antes de tiempo”.
Luego no me llevó con él cuando fue a visitar las Cuevas de Jenolan; llevó al élder Bischoff. Recuerdo cuando regresó y nos enseñó una lección, explicándonos cómo aquellas grandes estalagmitas y estalactitas se habían formado por depósitos infinitesimalmente pequeños dejados por gotas de agua.
Luego nos dijo que así es como se construye una vida. Cada pensamiento que pensamos, cada palabra que pronunciamos y cada acción que realizamos queda registrada en nuestro carácter. Tampoco he olvidado jamás esa lección.
Siempre he amado al presidente Richards desde que lo conocí. Trabajé con él en mis primeros años como Asistente, y recuerdo cómo dirigía las conferencias. Lo hacía con la habilidad con que un artista pinta un cuadro. Creo que todo lo que hace está hecho con belleza. Lo sostengo con todo mi corazón.
Y luego está este gran hombre, el presidente Clark, quien ha sido el más cercano a mí de toda la Primera Presidencia durante las administraciones del presidente Grant, del presidente Smith y ahora del presidente McKay, porque él ha dirigido para la Presidencia la obra que me ha sido asignada. No creo que exista un hombre en el mundo que ame la rectitud y conozca al hermano Clark sin amarlo. Ha sido para mí como un padre. Lo amo, hermano Clark, con toda la fuerza de mi vida.
Amo al hermano Smith, el presidente Joseph Fielding Smith. Ha sido sumamente bondadoso y considerado conmigo. Pensé que me trataba especialmente bien hasta que hablé con los demás hermanos acerca de él y descubrí que los trataba a todos exactamente igual.
Ahora amo a todos los hermanos, a cada uno de ellos. No recorreré la lista de los Doce, excepto para mencionar al hermano Lee y al hermano Moyle. Son mis asociados más cercanos. El hermano Lee es un vidente. Sé que nunca me equivocaré si estoy con él, y sé que nunca pasaré hambre si estoy con el hermano Moyle porque es muy generoso.
Amo a los hermanos con quienes he trabajado: Thomas, Clifford, Alma y Nicholas, que ya partió; al Patriarca, a los Setenta, al Obispado y a estos nuevos hombres que se incorporan. Con algunos de ellos he tenido una estrecha relación.
GRATITUD POR MI HERENCIA
Ahora solo quisiera decir que estoy agradecido por mi herencia. Ambas ramas de mi familia tienen una larga trayectoria en la Iglesia, los Redd y los Romney. Ambas me reclaman como suyo. Los Redd dicen que soy un Romney, y los Romney dicen que soy un Redd, pero estoy orgulloso de ambos. Estoy muy agradecido por mi padre, el fallecido George S. Romney, y por mi santa madre, que hoy está sentada aquí con lágrimas en los ojos. Estoy agradecido por el hogar recto en el que me criaron. Madre, te digo que estoy agradecido.
Estoy agradecido por mi propia familia y por el apoyo que me brindan: mis hijos, mi nuera, mi nieta de dieciséis meses que me da tanta alegría y, por último, pero no menos importante, mi amada compañera, el amor de mi juventud y la madre de mis hijos. Nunca me han puesto obstáculos. Habíamos estado casados diecisiete años cuando fui llamado como Asistente de los Doce, y solo había estado fuera de casa dos noches, dejando sola a Ida. Cuando comencé a viajar por toda la Iglesia, aquello fue difícil para ella. Solía llorar cada vez que me iba y cada vez que regresaba. Ahora solo llora cuando regreso.
LEALTAD DE LOS MIEMBROS
Estoy muy agradecido con ustedes, mis hermanos y hermanas. Amo a cada uno de ustedes. Conozco algunos de los sacrificios que hacen. Al recorrer la Iglesia y verlos asistir a las reuniones que los hermanos me autorizan a convocar, llego a conocer sus corazones y su lealtad.
Esta mañana estuve en una reunión con dos consejos regionales y los vi someterse a las decisiones tomadas por estos grandes hombres de la Primera Presidencia con el más fino espíritu de unidad que jamás haya contemplado. Los amo por lo que han hecho por mí al recibirme en sus hogares.
Haré todo lo que pueda para servirles, y haré todo lo que pueda para honrar este elevado llamamiento. Que Dios los bendiga, y que Dios me bendiga a mí también. Y les ruego que oren por mí para que ningún enemigo logre abrir una brecha en la pequeña sección de la línea que se me ha asignado defender. Lo pido en el nombre de Jesucristo. Amén.


























