Dos Grandes Verdades
La salvación se recibe por medio de Jesucristo y mediante la aceptación de los profetas que Él llama para revelar y administrar Su evangelio en cada dispensación.
Élder Bruce R. McConkie
Del Primer Consejo de los Setenta“Cristo y sus profetas son uno; y la salvación en nuestros días es por medio de Cristo y de aceptar Sus doctrinas tal como han sido reveladas por el profeta José Smith.”
Dos grandes verdades deben ser aceptadas por la humanidad si ha de salvarse: primero, que Jesús es el Cristo, el Mesías, el Unigénito, el mismo Hijo de Dios, cuya sangre expiatoria y resurrección nos salvan de la muerte física y espiritual que vino sobre nosotros por causa de la Caída; y segundo, que Dios ha restaurado a la tierra, en estos últimos días, por medio del profeta José, su Santo Sacerdocio con la plenitud del evangelio eterno, para la salvación de todos los hombres sobre la tierra. Sin estas verdades, el hombre no puede esperar las riquezas de la vida venidera.
Esas palabras fueron dadas por la Primera Presidencia de la Iglesia en un testimonio al mundo con motivo del centésimo aniversario del establecimiento del Quórum de los Doce Apóstoles en esta dispensación, y si el Espíritu me concede expresión, me gustaría decir algunas cosas con respecto a ellas.
LA SALVACIÓN CENTRADA EN CRISTO
Somos el pueblo de Dios. Somos los miembros del reino de Dios sobre la tierra, que es esta Iglesia, y tenemos el conocimiento, la luz y la revelación que nos hacen saber que la salvación está centrada en Cristo. Creemos en Cristo. Somos la Iglesia de Cristo. Creemos que, mediante su sangre expiatoria y el sacrificio que llevó a cabo, todos los hombres resucitarán en inmortalidad; es decir, que el cuerpo y el espíritu serán reunidos, que se efectuará una resurrección; y creemos que aquellos que obedecen las leyes y ordenanzas del evangelio obtendrán, además de la inmortalidad, el glorioso don de la vida eterna.
Tenemos el testimonio y el conocimiento de que Cristo fue el Primogénito del Padre; que en el mundo de los espíritus, en las eternidades preterrenales, obedeció las leyes del Padre y, mediante diligencia y rectitud, ascendió incluso allí a la condición de un Dios.
Lo reconocemos como el Creador, bajo la dirección del Padre, del mundo y de todo lo que hay en él. Lo adoramos como el Dios que reveló sus verdades salvadoras a todos los antiguos profetas, esos poderosos líderes que han venido en cada época en que Él ha tenido un pueblo sobre la tierra.
Creemos que vino al mundo, nacido de María, literal y realmente, así como nosotros nacemos de nuestras madres; que vino al mundo, nacido de Dios el Padre Eterno, el Todopoderoso Elohim, literal y realmente, así como nosotros nacemos de nuestros padres terrenales.
Creemos que tenía el poder para dar su vida y el poder para volver a tomarla, porque María era su madre y Dios era su Padre.
Testificamos de Cristo; predicamos de Cristo; y tenemos el conocimiento de que la salvación está en Él y por medio de Él solamente. “La salvación fue, es y ha de venir por medio de la sangre expiatoria de Cristo, el Señor Omnipotente”; y “¡cuán grande es la importancia”, como lo expresó Lehi, “de dar a conocer estas cosas a los habitantes de la tierra!”
LA ACEPTACIÓN DE LOS PROFETAS
Ahora bien, en mi opinión, no es posible que las personas del mundo acepten a Cristo y alcancen la salvación, a menos que al mismo tiempo acepten a los profetas que Cristo ha enviado y reciban de sus manos la administración de las santas ordenanzas.
Cristo y sus profetas son uno. No podríamos creer en Cristo si no hubiera profetas que nos declararan a Cristo y sus verdades salvadoras. El apóstol Pablo razonó sobre este tema y dijo:
“¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?
¿Y cómo predicarán si no fueren enviados?”
Si no fuera por Cristo, no habría salvación. Si no fuera por los profetas de Dios, enviados en las diversas épocas de la historia de la tierra, no se daría testimonio de Cristo, no se enseñaría el mensaje de salvación y no habría administradores legales que pudieran efectuar las ordenanzas de salvación para los hombres; es decir, efectuarlas de manera que fueran válidas en la tierra y selladas eternamente en los cielos.
Así es que el Señor ha enviado profetas. Nadie supondría que podría creer en Cristo y rechazar a Pedro, Santiago y Juan. El Señor y sus profetas van de la mano. Cristo dijo: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador”; luego dijo a sus apóstoles: “Vosotros sois los pámpanos”. Los pámpanos y la vid están unidos. También enseñó que si los pámpanos eran arrancados de Él, se secarían, morirían y serían echados al fuego. Si las personas del mundo quieren recoger el fruto de la vida eterna de los pámpanos, tienen que aceptar a los profetas, porque los pámpanos son los profetas.
LAS DISPENSACIONES DEL EVANGELIO
Este ha sido el sistema que el Señor ha tenido desde los días del padre Adán hasta el momento presente, y continuará eternamente. El Señor envió a Adán en el principio para enseñar los principios de la salvación. Adán tuvo una dispensación del evangelio; es decir, el Señor reveló directamente desde los cielos a Adán, le dispensó las verdades salvadoras; y cualquiera que viviera en los días de Adán, para ser salvo en el reino celestial, tenía que aceptar a Jesucristo, en quien se hallaba la salvación, y también tenía que aceptar a Adán como el revelador, el profeta, el administrador legal que enseñaba las leyes de la salvación y administraba sus ordenanzas. Así fue en cada dispensación sucesiva.
En los días de Enoc, si un hombre quería ser salvo en el reino celestial, aceptaba a Cristo como el Salvador del mundo y a Enoc como su profeta. Y así sucedió en los días de Abraham, de Moisés, de Pedro, Santiago y Juan, y también en nuestros días.
Supongo que el procedimiento de la Iglesia no era muy diferente en aquellos tiempos. Ellos tenían reuniones de testimonios, y cuando las personas se ponían de pie en ellas, movidas por el Espíritu Santo, daban testimonio de que Jesucristo era el Hijo de Dios que vendría, y de que Adán era su profeta, o Enoc, o el jefe de cualquier dispensación de que se tratara; y así es hoy. Testificamos de Jesucristo, y testificamos de José Smith, y ellos son uno. Están perfectamente unidos.
Porque el que recibe a mis siervos, me recibe a mí;
Y el que me recibe a mí, recibe a mi Padre;
Y el que recibe a mi Padre, recibe el reino de mi Padre; por tanto, todo lo que mi Padre tiene le será dado.
LA VISIÓN DE ABRAHAM
Ahora permítanme mencionar la gran visión que tuvo el patriarca Abraham. Recordarán que el Señor le mostró las huestes preterrenales y, más particularmente, los nobles y grandes de aquel mundo. Abraham los vio, las inteligencias, los hijos espirituales de Dios nuestro Padre, los espíritus nobles y grandes que estaban entre ellos; y el Señor le dijo: “Abraham, tú eres uno de ellos; fuiste escogido antes de nacer”.
Así como sucedió con Abraham, sucedió con todos los profetas de Dios. A veces alguien puede preguntarse, es decir, alguien del mundo, cómo fue que el Padre y el Hijo aparecieron a un muchacho de catorce años y medio en la primavera de 1820, para dar inicio, como solemos decir, a la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos.
José Smith se sentó con el padre Abraham en los concilios de la eternidad, y José Smith fue ordenado, así como Abraham fue ordenado, para venir a la tierra y ser la cabeza de una dispensación del evangelio. Había ascendido, mediante obediencia, inteligencia, progreso y rectitud, a un elevado estado de perfección espiritual en aquel mundo. Cuando vino aquí, trajo consigo los talentos y habilidades, la profunda espiritualidad y la rectitud innata que había desarrollado allí bajo la tutela de Dios el Padre.
En los mundos eternos, el Primogénito espiritual del Padre era Jehová, quien es Jesucristo. Él era preeminente. Junto a Cristo estaba el gran espíritu Miguel. Cristo fue ordenado como el Cordero inmolado desde la fundación del mundo, escogido para venir aquí y ser el Redentor. Miguel fue preparado, escogido y enviado aquí como el padre Adán, el primero de todos los hombres, la primera carne sobre la tierra, la cabeza de la raza humana y el sumo sacerdote presidente, bajo Cristo, sobre toda la tierra.
EL LUGAR DE JOSÉ SMITH
Los espíritus que estuvieron asociados con Cristo y con Adán en las eternidades preterrenales, y que fueron más valientes que todos sus compañeros, fueron los escogidos para presidir las diversas dispensaciones del evangelio. Uno de ellos fue el profeta José Smith. No hace falta mucha reflexión, me parece, para saber que José Smith fue uno de la docena de espíritus más grandes que Dios el Padre Eterno tuvo en todos los concilios de la eternidad; que vino para estar aquí en el tiempo señalado, a la hora designada y en el preciso momento en que el Señor dispuso abrir esta dispensación. Estaba aquí para desempeñar su papel en ese acontecimiento.
No creo que el Padre y el Hijo se hubieran aparecido a un muchacho común de catorce años y medio si hubiera ido a aquella arboleda para preguntar al Señor cuál de todas las iglesias era la correcta. Pienso que el Señor había estado preparando a José Smith para ese acontecimiento desde toda la eternidad; que José Smith tenía la estatura espiritual y la fortaleza para la rectitud que le permitieron soportar la visión; que poseía el talento y la capacidad para seguir adelante en rectitud en el reino de Dios sobre la tierra: primero, para establecerlo; y luego, en cierta medida, para perfeccionar su organización antes de ser llamado al hogar, antes de sellar su testimonio con su sangre.
A mi juicio, Cristo y sus profetas son uno; y la salvación en nuestros días es, primero, por medio de Cristo y de su sacrificio expiatorio; y segundo, por medio de aceptar el sacrificio expiatorio y las doctrinas de Cristo tal como fueron reveladas por el profeta José Smith y como son enseñadas por los oráculos vivientes que llevan el manto del Profeta y que se encuentran hoy a la cabeza del reino de Dios sobre la tierra.
UNA EXPERIENCIA PERSONAL
Permítanme relatar una experiencia que tuve. Nunca se la he contado a nadie antes, excepto a mi esposa. Hace seis meses, en la Asamblea Solemne, cuando la Primera Presidencia de la Iglesia fue sostenida, mientras estaba sentado aquí detrás de uno de estos púlpitos inferiores, la voz del Señor vino a mi mente con tanta certeza como estoy seguro de que la voz del Señor vino a la mente de Enós; y las palabras exactas se formaron, y dijeron:
“Estos son aquellos a quienes he escogido como la Primera Presidencia de mi Iglesia. Síganlos”.
Esas pocas palabras.
He tenido un testimonio de la divinidad de esta obra desde mi juventud. Fui criado en una familia donde el amor era la fuerza motriz, donde mis padres me enseñaron la rectitud, y crecí con un testimonio. Pero ese testimonio fue una seguridad adicional. Significó para mí, si no lo hubiera sabido antes —y ya lo sabía—, que esta es la Iglesia del Señor; que su mano está sobre ella; que Él la organizó; que estos hombres que la presiden son llamados por Él; que son sus ungidos; y que si los seguimos a ellos mientras siguen a Cristo, obtendremos la vida eterna, lo cual es mi oración para mí mismo y para todo Israel. En el nombre de Jesucristo. Amén.


























