Conferencia General Octubre 1951

Una lección de los misioneros

La verdadera fe se demuestra al vivir en el hogar los mismos principios del Evangelio que los misioneros enseñan al mundo.

Élder Clifford E. Young
Ayudante del Consejo de los Doce

“Los testimonios no llegan de una sola vez; son acumulaciones de evidencias, y estas son las cosas sencillas.”


Ha sido una influencia refinadora asistir a esta gran conferencia. No recuerdo cuándo me he sentido más en paz que durante estas sesiones. Me parece que, desde el mismo comienzo con el discurso de apertura del presidente McKay, seguido por los de otros de los hermanos, incluido el hermano Thomas E. McKay, quien habló de manera tan hermosa y conmovedora, todo lo que se ha hecho y dicho ha contribuido a una paz que estoy seguro todos sentimos, y que sentimos al cantar ese hermoso himno: “Te necesito cada hora”.

MARION G. ROMNEY

Me sentí muy agradecido por la elección del hermano Marion G. Romney para el Quórum de los Doce. He estado íntimamente asociado con él durante los últimos diez años; no lo conocía antes de que ambos fuéramos llamados como Ayudantes, pero he aprendido a amarlo y a apreciarlo por su extraordinario valor, por su integridad. Y les digo a ustedes, mis hermanos y hermanas, sin temor a contradicción, que no conozco a ningún hombre que haya sido escogido para ocupar esta alta y sagrada responsabilidad que esté mejor preparado y sea más digno que Marion G. Romney. Espero que no se sienta avergonzado por decir esto, pero lo expreso desde lo más profundo de mi corazón.

Amo a estos hombres. He aprendido a amar a las Autoridades de la Iglesia como nunca antes las había amado. Fui criado en un hogar donde las Autoridades de la Iglesia siempre eran presentadas ante nosotros como siervos del Todopoderoso, hombres que hacían todo cuanto estaba a su alcance para establecer la Iglesia y el reino de Dios sobre la tierra, hombres desinteresados en su servicio. En nuestro hogar se consideraba casi un pecado que alguien dijera algo poco amable acerca de aquellos a quienes Dios había escogido para dirigir los asuntos de la Iglesia.

He estado agradecido por esa herencia. He procurado implantarla en el corazón de mis hijos. Mi esposa fue criada en el mismo ambiente, y ella también reflejó en su vida esa confianza absoluta y ese profundo aprecio por aquellos que el Señor había escogido.

LECCIONES DE LOS MISIONEROS

Recientemente tuve la experiencia de visitar dos de nuestras misiones. Dos lecciones muy significativas quedaron grabadas en mí mientras trabajábamos con estos misioneros, escuchábamos sus testimonios, oíamos sus informes y sentíamos su espíritu. Nos contaron cómo realizaban la obra misional, cómo entraban en los hogares donde eran invitados —aunque muchas veces eran rechazados— y cómo enseñaban a las personas.

Primero, los misioneros les presentaban el mensaje de la Restauración y de la aparición del Libro de Mormón. Esto abría el camino para una reunión familiar, y entonces enseñaban a las familias a orar. Les enseñaban que Dios escucha y responde las oraciones. Desarrollaban el relato de la Restauración del Evangelio, lo cual naturalmente los llevaba de regreso a las enseñanzas de nuestro Salvador y a las promesas que Él hizo cuando instruyó a Sus discípulos:

“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo;

enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. (Mateo 28:19–20.)

Los élderes entran en los hogares y enseñan a los investigadores estos conceptos divinos: la oración, la fe en Dios, la confianza en Su obra, la observancia de todo cuanto el Señor ha mandado, la obediencia a esos principios divinos mediante los cuales podemos entrar en Su reino y en Su Iglesia. Les enseñan la ley del diezmo, la Palabra de Sabiduría, todas estas cosas, mis hermanos y hermanas, estos conceptos fundamentales. Y al escuchar a los misioneros explicar sus métodos y la reacción de las personas ante ellos, sentí —y se los digo a ustedes— que la gente está respondiendo a la verdad, quizá más que nunca en la historia de la Iglesia. Mientras escuchábamos estos informes pensé: ¿podemos hacer menos aquí en nuestros hogares que seguir estos conceptos divinos? ¿Debemos hacer menos que enseñar en nuestros hogares las oraciones familiares, arrodillándonos y suplicando a nuestro Padre Celestial junto con nuestros hijos mañana y noche? ¿Debemos hacer menos que enseñar a nuestros hijos a observar la ley del diezmo y la ley del ayuno?

¿Podemos hacer menos que enseñarles todos estos principios que proclamamos a las personas del mundo, cuya obediencia los hace aptos para ser miembros de la Iglesia?

Esa lección ha llegado profundamente a mí. ¿Estamos haciendo en nuestros hogares lo que esperamos que nuestros misioneros hagan en el mundo? ¿Estamos escondiendo nuestra luz, poniendo nuestra lámpara debajo de un almud, o estamos dejando que nuestra luz brille de tal manera que otros, al ver nuestras buenas obras, sean llevados a glorificar a nuestro Padre Celestial?

SACRIFICIOS MISIONEROS

Otra lección que me impresionó fue esta: escuchamos a algunos de los misioneros hablar acerca de sus antecedentes. Un joven contó que provenía de un hogar en Idaho, de una madre viuda con cinco hijos, y que ella había quedado con una granja hipotecada. Entonces el obispo fue y preguntó si uno de sus hijos podía salir a una misión.

Se le pidió al hijo mayor que fuera, y la madre respondió: “Obispo, él puede ir”. Ese joven habló de las luchas de su madre para cubrir sus necesidades y ayudarlo en el desempeño de su labor misional, y dio un fuerte testimonio de la bondad del Señor, no solo para con él, sino también para con aquella madre devota que hacía posible esa misión.

Otro testimonio fue el de una joven, y nunca escuché uno más poderoso. También era hija de una madre viuda. Procedía de una estaca del este. La madre, saliendo a realizar trabajos por jornada, hizo posible que su hija prestara servicio en el campo misional.

De regreso a casa, me detuve casualmente en el hogar de mi hija en Chicago, y ella, sin saber que yo ya estaba al tanto, me habló del sacrificio de una viuda de su barrio que estaba haciendo posible que su hija sirviera en el campo misional.

—Papá —me dijo—, esa buena mujercita acepta cualquier trabajo que pueda conseguir, y lo hace sin quejarse.

LA FE DE NUESTROS DÍAS

Tenemos la tendencia de hablar acerca de nuestros antepasados y de la herencia que nos han dejado. Hemos estado leyendo por entregas en The Deseret News la gran obra del abuelo del presidente George Albert Smith, el élder George A. Smith, acerca de la colonización del sur de Utah y las dificultades de vivir en carretas, de los bebés que nacían en aquellas carretas mientras procuraban establecer un asentamiento en Parowan. Leemos todo esto y nos sentimos profundamente conmovidos e inspirados. Estas cosas constituyen una gran herencia para nosotros y para nuestros hijos; pero les digo, mis hermanos y hermanas, que hoy tenemos tanta fe en Israel como la que jamás hemos tenido, y si pudiéramos escuchar todas estas experiencias que forman parte de la vida de estos misioneros, oiríamos acerca de las luchas y, muchas veces, de los sufrimientos que hacen posible que estos jóvenes y jovencitas entren en el campo misional y dediquen dos años o dos años y medio de su vida a predicar el Evangelio, el cual significa tanto para ustedes, para mí y para el mundo.

LA EVIDENCIA EDIFICA LOS TESTIMONIOS

Verdaderamente, esto es un testimonio para nosotros de esta gran obra. Los testimonios no llegan de una sola vez. Son acumulaciones de evidencias, y estas son solo unas pocas. Son las cosas sencillas.

Recuerdo que en una ocasión el presidente Grant estuvo en nuestro hogar acompañado por un buen amigo suyo, un banquero del este, que era su invitado. El presidente Grant le había dado para leer el relato de José Smith y, durante nuestra visita, pidió a la hermana Young que cantara “Venid, santos”.

Cuando la hermana Young terminó de cantar, aquel caballero comentó:

—¡Eso es una epopeya! Es una de las más bellas expresiones de fe que jamás he escuchado en poesía.

Luego hizo esta observación:

—Presidente Grant, he leído José Smith cuenta su propia historia, y le digo que ningún impostor pudo haberla escrito. Fue escrita por alguien que creía en su propio destino.

Ahora bien, hermanos y hermanas, ese es el comienzo de un testimonio. Y si ese hombre continuara adelante, partiendo de esas dos pequeñas cosas, Dios finalmente le revelaría, mediante el poder del Espíritu Santo, la verdad de todas las cosas. Esta es la promesa que se hace a las personas del mundo:

“Y cuando recibáis estas cosas, quisiera exhortaros a que preguntéis a Dios, el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas; y si preguntáis con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo.

Y por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas”. (Moroni 10:4–5.)

Así es como llegan los testimonios. Esas son las promesas que nuestros misioneros ofrecen al mundo. ¿Podemos hacer menos en nuestros hogares que aceptar esas promesas, aceptar al Señor de la misma manera que pedimos a nuestros amigos en el mundo que lo acepten?

Que Dios nos ayude a hacerlo, mis hermanos y hermanas. Les dejo mi testimonio. Doy gracias al Señor por mi posición en esta Iglesia y por sus grandes privilegios y bendiciones; y puedo cantar con ustedes, como cantamos hace unos momentos: “Te necesito cada hora”, y sé que Él está cerca de nosotros si le servimos y guardamos Sus mandamientos. Dios los bendiga, en el nombre de Jesús. Amén.

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