El matrimonio para la eternidad
El matrimonio sellado por la autoridad de Dios es un convenio eterno destinado a preservar la unidad familiar y conducir a la exaltación en la presencia del Señor.
Presidente Joseph Fielding Smith
Presidente del Consejo de los Doce Apóstoles“Lo que Dios ha unido debe ser algo perdurable, porque Él no realiza ceremonias solo para esta vida.”
Con la ayuda del Señor, la cual procuro, y con vuestra fe y oraciones, trataré de no extenderme demasiado sobre los excelentes comentarios que hemos escuchado de otros en esta conferencia. Pero he sentido la impresión de decir algo más en relación con el sagrado y santo convenio del matrimonio.
MALA INTERPRETACIÓN DE LAS ESCRITURAS
Creo que hay mucho que puede decirse sin que yo tenga que cruzar los límites ni necesariamente repetir lo ya dicho. El Señor nunca tuvo la intención, nunca decretó ni diseñó que el matrimonio terminara con la muerte. No hay nada en las Escrituras, cuando se entienden correctamente, que indique algo semejante. Es debido a una mala interpretación, causada por la falta de la guía del Espíritu del Señor, que el mundo ha llegado casi universalmente a creer que el matrimonio es solo para esta vida; que cuando llega la muerte, llega también la separación entre esposos y esposas, y que los hijos quedan sin ningún derecho sobre sus padres en las eternidades.
El pasaje de las Escrituras que más se utiliza en el mundo para intentar demostrar que el matrimonio termina y que no existe matrimonio después de esta vida proviene de las palabras de nuestro Salvador a los saduceos que vinieron a tentarlo. Recordarán que estos saduceos no creían en la resurrección. Se acercaron con una historia, sin duda ficticia, según la cual una mujer había estado casada consecutivamente siete veces y, tratando de atraparlo, le preguntaron cuál de esos siete hombres sería su esposo en la eternidad. Nuestro Señor les dio la respuesta apropiada porque estaba hablando con personas que no creían en la vida venidera. Así que respondió a sus preguntas: “Los hijos de este siglo se casan y son dados en matrimonio”. Llamo vuestra atención al hecho de que el Señor dijo que Él y Sus discípulos no pertenecían a este mundo; los saduceos sí. Continuando: “Mas los que fueren tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo y la resurrección de entre los muertos, ni se casan ni se dan en casamiento”. Esto es absolutamente cierto.
Y el Señor ha revelado esta misma doctrina a la Iglesia en nuestros días. Él dice a aquellos que se casan solo para esta vida y a quienes no creen en el matrimonio eterno:
Por tanto, cuando salen del mundo, ni se casan ni se dan en casamiento, sino que son nombrados ángeles en el cielo; los cuales ángeles son siervos ministrantes para ministrar a los que son dignos de una gloria mucho mayor, más excelente y eterna.
Porque estos ángeles no permanecieron en mi ley; por tanto, no pueden ser engrandecidos, sino que permanecen separados y solos, sin exaltación, en su condición de salvación, por toda la eternidad; y desde entonces no son dioses, sino ángeles de Dios para siempre jamás.
Así pues, el Señor dice que los de esa clase, quienes puedan ser dignos de entrar en el reino de los cielos, serán como los ángeles y permanecerán separados y solos por la eternidad.
EL MATRIMONIO ES UN PRINCIPIO ETERNO
Pero el Señor ha declarado de manera muy definida que el matrimonio es un principio eterno. Eso está registrado en nuestras Escrituras, en la Biblia. Llamo vuestra atención al hecho de que el primer matrimonio sobre la faz de esta tierra fue realizado por el Señor, y no fue solo para el tiempo, porque no existía el tiempo tal como lo conocemos. Ese convenio fue declarado y esa ceremonia fue dada a una pareja que no estaba sujeta a la muerte. Por lo tanto, el matrimonio no fue concebido para llegar a su fin. Y después de la Caída, cuando Adán y Eva fueron expulsados del Jardín de Edén, el Señor no les dijo que regresarían al polvo y que sus cuerpos permanecerían allí, sino que les dio la promesa de la resurrección; tampoco les dijo que ese matrimonio realizado para la eternidad, por así decirlo, llegaría a su fin.
Cuando el Señor fue confrontado por los fariseos, quienes sí creían en la resurrección, Su respuesta fue muy diferente. Ellos también vinieron a tentarlo. Querían saber si era lícito que un hombre repudiara a su esposa por cualquier causa. Y se les respondió:
“¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo,
y dijo: Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer; y los dos serán una sola carne?”
¿Dónde hay alguna idea de separación en esa declaración? “Así que no son ya más dos”; eso suena a eternidad. “No son ya más dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre”.
EL MATRIMONIO POR MANDAMIENTO DIVINO
En los templos del Señor, hombres y mujeres son sellados, casados para el tiempo y para toda la eternidad. El Señor lo ha mandado. Los hijos nacidos de ellos serán sus hijos no solo en esta vida, sino también en la eternidad; y la relación familiar, según el plan del Señor, no está destinada a terminar. Pero, por supuesto, si las personas no aceptan el matrimonio por mandamiento divino, este no puede ser reconocido. Lo que Dios ha unido debe ser algo perdurable, porque Él no realiza ceremonias solo para esta vida. El Señor no dijo a esos fariseos: “No existe el matrimonio en la eternidad”, sino que dijo que donde Dios une, esa unión perdura para siempre. Eso es lo que leo en este pasaje de las Escrituras, y creo que lo leo correctamente.
CONVENIOS Y OBLIGACIONES
Ahora quiero suplicar a mis buenos hermanos y hermanas, fieles miembros de la Iglesia, que vayan al templo para ser casados por el tiempo y por toda la eternidad. Quiero suplicar a quienes ya han ido al templo y se han casado allí que sean fieles y leales a sus convenios y obligaciones, porque en la Casa del Señor han hecho convenios solemnes y han asumido ante Dios, los ángeles y los testigos, obligaciones que a veces son quebrantadas.
¿Qué significa el matrimonio para los miembros de la Iglesia? Significa que reciben en esa ordenanza la bendición más grande y culminante: la bendición de vidas eternas. Así es como el Señor lo expresa: “vidas eternas”, lo cual significa que no solo el esposo y la esposa entrarán en la vida eterna, sino que también sus hijos, nacidos bajo el convenio, tendrán derecho, mediante su fidelidad, a vidas eternas. Además, el esposo y la esposa, después de la resurrección de los muertos, no llegarán a su fin. Con ello el Señor quiere decir que tendrán una continuación de su posteridad para siempre, y que la organización familiar no tendrá fin.
LA RAZÓN DEL DIVORCIO
Tenemos demasiados matrimonios en el templo del Señor en los que las partes que entran en los convenios los violan. Si nosotros, como miembros de la Iglesia, viviéramos en plena armonía con los principios del Evangelio, viviendo de toda palabra que sale de la boca de Dios, el divorcio prácticamente desaparecería en lo que respecta a la Iglesia; es decir, entre aquellos que se han casado en el templo.
Cuando el divorcio llega a quienes se han casado en el templo, es porque han violado los convenios y obligaciones que asumieron de ser fieles el uno al otro, fieles a Dios y fieles a la Iglesia. Si continúan viviendo en esa fidelidad, si tienen amor en sus corazones el uno por el otro, respeto por los derechos del otro y ninguno intenta aprovecharse injustamente del otro, sino que muestran la consideración adecuada, no habrá fracasos. Cuando llega la separación, como digo, con demasiada frecuencia es debido a la violación de los convenios y obligaciones de esta sagrada y santa ceremonia.
Y cuando un hombre y una mujer son casados en el templo por el tiempo y por toda la eternidad y luego buscan mediante los tribunales una separación, y quizás acuden al Presidente de la Iglesia para obtener una cancelación, ¿qué han hecho? Probablemente hayan nacido hijos, y como ya hemos oído, esos hijos pertenecen a Dios; son Sus hijos enviados a ese hogar con todos los derechos de recibir protección de su padre y su madre, guía de su padre y su madre, de ser edificados y fortalecidos en la fe, y de entrar en los cielos, en el reino celestial, con su padre y su madre para sentarse con ellos en exaltación y gloria. Pero con frecuencia un hombre y una mujer no pueden vivir juntos, muchas veces debido a alguna cosa trivial que surge, y se separan. ¿Qué han hecho con esos hijos? Han destruido los derechos que Dios les dio, se los han quitado y han destruido una familia. ¿Y cómo entrarán en las eternidades y comparecerán ante su Creador en esas condiciones?
Ahora bien, me doy cuenta, y el Salvador también lo comprendió —no leí lo suficiente para considerar este aspecto porque no era de eso de lo que estaba hablando en ese momento—, de que existen algunos casos en los que una esposa necesita una separación, y quizá también un esposo; pero siempre debido a una violación, una violación grave de los convenios que se hicieron. Pero aquí tenemos el hogar roto; hijos que quedan sin uno de sus padres y quizá sin ambos, para ser llevados tal vez por la misericordia del Todopoderoso a otra familia fiel y ser adoptados en ella para pertenecerle por toda la eternidad.
Ahora el tiempo no me permite decir más. Hay mucho que podría decirse, mucho quizá que debería decirse. Pero aquellos que violan este sagrado y solemne convenio tendrán un triste despertar si son culpables cuando comparezcan ante el tribunal de Dios, porque han quebrantado los lazos de una unión eterna y han perdido la promesa de exaltación en el reino de Dios.
Que el Señor os bendiga, es mi oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.


























