“La Bondad, la Reverencia y el Poder Transformador del Sacerdocio”
Los poseedores del sacerdocio demuestran su fe en Cristo mediante la reverencia, la bondad y el amor que manifiestan en su hogar, en la Iglesia y en su trato hacia los demás.
Presidente David O. McKay
“El espíritu de bondad es tan perdurable como el amor mismo.”
Mis estimados consiervos en el sacerdocio:
Mi corazón está lleno de gratitud esta noche, como lo ha estado durante toda esta conferencia, por el conocimiento que sé que todos compartimos de que Dios está con este pueblo. Esa expresión de hermandad y amor que acaba de ofrecer el hermano Stephen L. Richards es semejante, y en verdad idéntica, al espíritu que impulsó al apóstol de la antigüedad a decir: “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, porque amamos a los hermanos”. (1 Juan 3:14).
Ese es el sentimiento sublime que todo poseedor del sacerdocio puede experimentar si cumple con su deber y vive rectamente ante el Señor.
JUEGOS INAPROPIADOS
Tengo en mente solo uno o dos asuntos para mencionar al concluir esta impresionante conferencia. Uno de ellos lo menciono como advertencia: que en los carnavales que organizan para recaudar fondos destinados a la construcción de edificios, eviten aquellos juegos que sean impropios o que puedan arrojar alguna sombra sobre nuestras jóvenes o sobre los hombres que poseen el sacerdocio. Sabemos las dificultades que tienen para reunir el cincuenta por ciento del costo de estos edificios, y los felicitamos sinceramente a ustedes y a nuestras hermanas por el esfuerzo que realizan. Pero existen algunos juegos que se llevan a cabo en carnavales fuera de la Iglesia que son impropios de la recreación que deben ofrecer los oficiales de la Iglesia.
Mencionaré uno de ellos. Se trata de una actividad en la que jóvenes Abejitas aparecen en público con trajes de baño y se sientan sobre una tabla con resorte frente a jóvenes que lanzan pelotas para acertar en un punto determinado, aflojando así el mecanismo de la tabla y haciendo que la joven caiga a un tanque de agua.
He visto a hombres blancos y de color hacer eso por dinero, pero no permitamos que nuestras jóvenes lo hagan, ni tampoco hombres que ocupan posiciones de liderazgo en el sacerdocio.
COMPAÑERISMO EN EL SACERDOCIO
Ahora bien, hay otros tres asuntos que mencionaré, espero que brevemente, ilustrando cada uno con experiencias prácticas. El primero es el valor del compañerismo dentro de los quórumes, algo que ya han mencionado mis consejeros.
Una de las experiencias más agradables de esta gran conferencia fue encontrarme con un obispo que subió al estrado y dijo: “Estoy aquí con algunos de mis diáconos, y me gustaría que tuvieran el privilegio de conocerle”. ¡Un verdadero líder acompañando a los muchachos de su quórum a la conferencia!
¡Compañerismo en el sacerdocio! Si logramos que los obispos establezcan un verdadero compañerismo con los presbíteros de cada barrio y, de alguna manera, en ocasiones favorables, se reúnan con esos jóvenes y jovencitas de edades semejantes en actividades sociales, grupos o reuniones, y ganen su admiración y confianza, podremos evitar algunas situaciones desagradables que están ocurriendo en nuestras comunidades. Porque esos presbíteros y esas jóvenes determinan en gran medida la atmósfera moral de su ciudad. Ustedes, obispos, son los líderes. Sus consejeros pueden ayudarles a relacionarse con los maestros y los diáconos.
Este compañerismo también se aplica a los élderes.
Existen muchas maneras de reunir a esos élderes indiferentes sin invitarlos a hacer cosas difíciles. Algunos no desean orar. Dudan en ponerse de pie en público para predicar, y algunos preferirían ir a pescar o jugar golf el domingo antes que asistir a las reuniones. Pero ninguno de esos élderes indiferentes rechazará una invitación, por ejemplo, para asistir al funeral de algún vecino del pueblo, de uno de los miembros o de la esposa de uno de ellos. Y si ustedes acuden como quórum y se sientan juntos como quórum, ahí tienen un medio de fomentar el compañerismo. Nuestros sumos sacerdotes lo hacen con más frecuencia que los setentas o los élderes.
He asistido a numerosos funerales donde he visto asientos reservados para los sumos sacerdotes como muestra de respeto hacia un hermano fallecido. Eso es compañerismo de grupo.
Asimismo, estos hombres indiferentes asistirán a las actividades sociales de su quórum. Procuren que esas reuniones sean de alta calidad, y así tendrán contacto personal con ellos.
Debemos ayudarnos mutuamente. Este mundo no existiría si no fuera por la ayuda mutua que nos brindamos unos a otros desde el momento en que nacemos hasta que somos llevados al sepulcro.
REVERENCIA
El segundo principio al que deseo referirme es la reverencia. He hablado de ello varias veces y tengo la intención de seguir haciéndolo, porque considero la reverencia como una de las cualidades más elevadas del alma. Un hombre irreverente no es un hombre creyente. Pienso que una persona no puede testificar que sabe que Dios existe y al mismo tiempo tomar el nombre de Dios en vano. Puede hacerlo con palabras, pero como el viejo rey en Hamlet, sus palabras se elevarán, mientras que sus pensamientos permanecerán abajo.
Quedé profundamente impresionado por la lección que el presidente George Q. Morris enseñó a sus misioneros en la Arboleda Sagrada. Ahora existe allí una entrada, una especie de cerca y una puerta que conduce al lugar sagrado donde celebran el servicio.
Al entrar por esa puerta hay un letrero que dice: “Por favor, guarde silencio”. Desearía que todos los miembros de la Iglesia pudieran experimentar esa actitud de recogimiento que muestran varios cientos de misioneros en la Arboleda Sagrada. Tan pronto como se pronunció el amén de la bendición final, aquellos élderes se retiraron sin conversar entre sí, sin estrecharse las manos, hacia la parte exterior de la arboleda.
En nuestras capillas hoy existe reverencia tan pronto llega la hora del culto, pero especialmente en las Escuelas Dominicales, durante el cambio de clases, suele producirse mucho ruido y confusión. Eso no educa a nuestros niños. Se ha eliminado la marcha que acostumbrábamos hacer cuando yo trabajaba en la Escuela Dominical en Weber. Ahora consideran indigno que las personas mayores marchen.
Bien, superintendentes, al menos pueden hacer esto: cuando se separen para las clases, permitan que una clase se ponga de pie y salga hacia su salón, y luego que otra la siga, sin esa actitud descuidada y a veces bulliciosa de todos mezclándose y conversando mientras se dirigen a sus clases.
La reverencia indica una cultura elevada y una fe verdadera en la Deidad y en su justicia.
BONDAD HACIA LOS ANIMALES
El tercero es la bondad. La primera línea de lo que hoy se conoce como el “Salmo del Amor” dice así: “El amor es sufrido, es benigno”. (1 Corintios 13:4).
Un verdadero Santo de los Últimos Días es bondadoso con los animales; es bondadoso con toda criatura creada, porque Dios las ha creado a todas. Tenía razón el autor de La balada del viejo marinero cuando lamentó la muerte del albatros y escribió estas líneas:
“Ora mejor quien mejor ama todas las cosas, grandes y pequeñas,
porque el amado Dios que nos ama, las hizo y las ama a todas”.
Menciono esto porque he visto, en mis viajes, mucha crueldad en el mundo, particularmente en el Cercano Oriente. Me conmovió el trato que aquellas personas daban, y probablemente aún dan, al humilde burrito. Cada caravana es guiada por esa pobre y humilde criatura, llevando una carga que a veces parecía más pesada que su propio peso. Con frecuencia, cuando el conductor de los camellos se cansaba, se subía encima de la carga que llevaba el burro. Al viajar por esos caminos podían verse los cadáveres de los burros que habían caminado, cargado, luchado y tambaleado hasta caer. Los descargaban y los dejaban allí para que sus huesos se blanquearan al borde del camino.
A los camellos, si mostraban un poco de resistencia, les colocaban púas de acero que perforaban los costados de sus mandíbulas. Si intentaban retroceder, la abrazadera se cerraba y las púas penetraban no solo la piel, sino también la carne.
Sin embargo, no es necesario ir al Cercano Oriente para ver crueldad hacia los animales. Podemos verla a nuestro alrededor si abrimos los ojos. Es bueno enseñar a nuestros muchachos a ser bondadosos. Un hombre que trabajaba para mí en la granja regresó una vez al anochecer y me dijo:
—Acabo de matar un puercoespín allá arriba.
Le pregunté:
—¿Por qué lo mataste?
—Oh —respondió—, solo por diversión.
Y le pregunté:
—¿Lo mataste realmente o está allá sufriendo?
—Oh, sí, lo maté.
Sin embargo, tuve dudas, así que me tomé el tiempo para cruzar aquellos dos arroyos y subir hasta la pequeña colina. No lo había matado. La pobre criatura estaba simplemente aturdida; tenía la cabeza golpeada y estaba luchando por sobrevivir. ¡Qué diversión puede haber en tratar a los animales indefensos de una manera tan cruel!
BONDAD HACIA LAS ESPOSAS
Pero menciono esto ahora porque creo que somos crueles con nuestras esposas. Tengo aquí dos cartas, una anónima y otra firmada por una mujer. Ambas preguntan: “¿Qué debemos hacer? Nuestros esposos son crueles con nosotras”.
Una de ellas dice: “Mi esposo tiene un temperamento terrible. Llega a casa y regaña a los niños. Es cruel conmigo. Al principio parecía ser un esposo bueno y cariñoso, pero cuando nació mi primer bebé, comenzaron mis problemas”.
El hermano Bowen está ayudando considerablemente a atender las solicitudes de cancelación de sellamientos. Me entristece profundamente, hermanos —digo “me” porque la responsabilidad de cancelar esos sellamientos recae sobre quien posee esa llave— observar en esas solicitudes la cantidad de casos que indican que algunos esposos tratan cruelmente a sus esposas.
No puedo imaginar que un hombre sea cruel con una mujer. Tampoco puedo imaginar que ella se comporte de tal manera que merezca ese trato. Quizá haya mujeres en el mundo que exasperen a sus esposos, pero ningún hombre está justificado en recurrir a la fuerza física o en desahogar sus sentimientos mediante la blasfemia. Sin duda existen hombres tan brutales en el mundo, pero ningún poseedor del sacerdocio de Dios debería degradarse de esa manera.
Algunos de nosotros ya hemos pasado los setenta años. Podemos mirar hacia atrás y contemplar la corta vida —porque realmente parece corta— y atesorar aquellas cosas que resultan más preciosas. Esta noche, una de esas posesiones más valiosas es el recuerdo de un hogar donde el amor reinaba supremo, donde no puedo recordar una sola palabra áspera entre mi padre y mi madre. Debemos ese privilegio a nuestros hijos.
“El amor es sufrido, es benigno”. (1 Corintios 13:4).
El espíritu de bondad es tan perdurable como el amor mismo. Regresemos a nuestros hogares y, si hemos sido crueles —ya sea tratando a nuestras esposas con indiferencia, regañándolas o hablándoles con dureza—, si hemos sido crueles con nuestros hijos por negligencia o por golpearlos, veamos si no podemos arrepentirnos y examinarnos a nosotros mismos para determinar si acaso no somos responsables de algunas de las condiciones que despiertan estas pasiones.
UNA EXPERIENCIA DE LA NIÑEZ
Ahora, hermanos, deseo darles un testimonio que creo no haber compartido nunca antes en público. Desde mi niñez me ha sido muy fácil creer en la realidad de las visiones del profeta José Smith. Lo que voy a decirles puede parecerles muy sencillo, pero para mí es un tesoro del corazón.
Cuando era un niño muy pequeño en el hogar de mi juventud, tenía miedo por las noches. Puedo remontar ese temor a un sueño muy vívido en el que dos indios entraban en el patio. Corrí hacia la casa buscando protección, y uno de ellos me disparó una flecha que me alcanzó en la espalda. Solo era un sueño, pero sentí aquel golpe y quedé profundamente asustado, porque en el sueño entraron en la casa, uno alto y otro más pequeño, y se burlaron de mi madre y la atemorizaron.
Nunca logré superar completamente aquello. A ello se añadían los temores de mi madre, porque cuando mi padre estaba fuera con el ganado o cumpliendo alguna misión, ella nunca se acostaba sin mirar debajo de la cama. De modo que los ladrones o los hombres que pudieran entrar en la casa para aprovecharse de una mujer sola con niños pequeños eran muy reales para mí.
Cualesquiera que fueran las circunstancias, yo estaba muy asustado. Una noche no podía dormir y creí escuchar ruidos alrededor de la casa. Mi madre estaba en otra habitación. Thomas E., que dormía a mi lado, descansaba profundamente. Me sentí terriblemente alterado y decidí orar, tal como mis padres me habían enseñado.
Pensaba que solo podía orar si me levantaba de la cama y me arrodillaba, y aquello representaba una prueba terrible. Finalmente reuní el valor para salir de la cama, arrodillarme y pedirle a Dios que protegiera a mi madre y a la familia. Entonces una voz, tan claramente para mí como la mía es para ustedes, dijo: “No tengas miedo. Nada te hará daño”. De dónde vino, qué era exactamente, no lo sé. Ustedes pueden juzgar. Para mí fue una respuesta directa, y llegó una seguridad de que nunca sufriría daño en la cama durante la noche.
FÁCIL DE CREER
Digo que me ha sido fácil comprender y creer en la realidad de las visiones del profeta José. Cuando era joven, me resultó fácil aceptar su visión: la aparición de Dios el Padre y de su Hijo Jesucristo al muchacho que oraba. (José Smith—Historia 1:17). No pensé otra cosa. Por supuesto que era real. También me resultó fácil creer que Moroni vino a visitarlo en aquella habitación. (José Smith—Historia 1:30–33). Los seres celestiales eran reales para mí desde mi infancia, y con el paso de los años esas impresiones se fortalecieron mediante la razón y mediante la inspiración de Dios directamente a mi alma.
Sé que esas visiones fueron reales, y que José Smith fue un profeta de Dios. Y cuando decimos esto, significa que sé que Jesús vive, que Cristo es nuestro Redentor y que esta es su Iglesia. Nosotros somos simplemente sus representantes. Cuando aceptamos eso, entonces también resulta fácil aceptar la realidad de Dios el Padre, Padre de nuestros espíritus.
Si estas cosas son reales, hermanos, no podemos hacer otra cosa que esforzarnos al máximo por hacer lo que Jesucristo, nuestro Redentor, nos pide, porque Él nos ha dado el evangelio que lleva su nombre, y en las palabras de Pedro: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”. (Hechos 4:12).
Que Dios los bendiga. Con todo mi corazón los bendigo y ruego que la paz, el amor y la bondad permanezcan no solo en sus corazones, sino también en sus hogares, para que sus esposas, nuestras esposas y nuestros hijos tengan dulces recuerdos de un hogar donde Dios se complacía en morar.
Que esta sea nuestra suerte y nuestra experiencia en toda la Iglesia por todo el mundo, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.


























