Templo y Cosmos

Capítulo 10

¿Entran en conflicto la religión y la historia?


Un verdadero filósofo no puede pasar de largo ante la puerta abierta de una discusión libre, del mismo modo que un alcohólico no puede pasar de largo ante la puerta abierta de una taberna. Ya que mis anfitriones han tenido la amabilidad de invitarme a decir lo que pienso, el mayor cumplido que puedo hacer a su tolerancia y liberalidad será precisamente hacer eso. Esto no va a ser un debate. Yo sería el más incapaz de aprender entre los mortales si, a estas alturas de mi vida, todavía creyera que se puede llegar a alguna parte discutiendo con un dialéctico. Sería tan inútil intentar apaciguar o intimidar a una morsa arrojándole sardinas como tratar de vencer a un filósofo con argumentos. He aceptado su amable invitación porque considero que el tema merece ser analizado.

“¿Entran en conflicto la religión y la historia?”. Solo un filósofo formularía una pregunta de una manera tan extraña. Si la historia y la religión son cosas distintas, como la pregunta supone, ¿no sería como comparar una rosa con un submarino? ¿O acaso no podríamos preguntar igualmente si el libre comercio y el baile de claqué entran en conflicto? Todas las cosas, ya sean ideas u objetos concretos, compiten por nuestra atención, pero evidentemente ese no es el tipo de conflicto que tiene en mente quien plantea la pregunta. Tampoco se nos pregunta si las leyes de la historia y de la religión entran en conflicto. Las leyes que tenemos en la historia —principios fundamentales como los propuestos por Tucídides, Buckle o Spengler— no son más que generalizaciones basadas en la intuición y la analogía; no tienen nada de riguroso ni de obligatorio. Además, tu religión puede entrar en conflicto con mi historia, y mi religión con tu historia; pero, en ese caso, probablemente también tu religión y la mía entren en conflicto, así como tu historia y la mía.

Sin embargo, creo que podemos estar de acuerdo en que la idea detrás de la pregunta es clara: ¿se parece la historia de la vida del hombre, tal como la conocemos por los documentos, es decir, la historia, al relato de la humanidad tal como lo enseña la revelación, es decir, las Escrituras sagradas? La pregunta es válida para todas las confesiones cristianas y también para las religiones no cristianas. La alternativa a esta pregunta general sería un caos de problemas particulares. Cada iglesia comparece ante el mundo con ciertas afirmaciones históricas fundamentales que le son propias. Cada iglesia puede ser juzgada por esas afirmaciones cuando están claramente expresadas: si un grupo anuncia que el fin del mundo llegará en un día determinado o, como Prudencio, predice la victoria en una batalla específica como prueba de su dirección divina, o afirma, como hacen los mormones, que existió un profeta llamado Lehi que hizo determinadas cosas, entonces podemos pedir cuentas a esa iglesia. Dicho sea de paso, no sirve proyectar esas afirmaciones aceptadas hacia inferencias y corolarios elaborados por uno mismo, para luego criticar a sus defensores a la luz de esas inferencias y corolarios. Debemos ser muy cuidadosos en determinar exactamente qué se afirma, por exactamente qué grupo, y luego determinar exactamente qué ocurrió y qué está ocurriendo. En ese punto, la discusión se divide en miles de temas particulares, ninguno de los cuales podría abordarse esta noche.

Las religiones del mundo se apoyan en la historia en un grado mucho mayor de lo que comúnmente se reconoce. El cristianismo es, por naturaleza, apocalíptico: un concepto definido de la historia del mundo está implícito en sus enseñanzas; sus Escrituras son, al menos en la mitad de su contenido, historia; y, en última instancia, fundamenta toda su causa en el cumplimiento de la profecía. Mi propia Iglesia, por su mismo nombre, adopta una posición histórica definida: estos son los “últimos días”, no el fin del mundo, sino una época de crisis continua y de creciente conflicto mundial que acompaña el “desvanecimiento de las naciones”. Me gustaría dedicar todo el tiempo a una reivindicación histórica de mi religión; pero no pueden extraerse conclusiones generales a partir de un solo caso personal. Se requiere algo más amplio.

En las sociedades civilizadas es costumbre que las personas instruidas lleven en su mente dos imágenes del mundo pasado, presente y futuro: una religiosa y otra secular. Tenemos aquí dos dibujos del mismo paisaje. ¿Son idénticos? ¿Existe entre ellos un parecido general? ¿O están en un conflicto irreconciliable? Si alguien ha asistido a una Escuela Dominical liberal, ambas imágenes tenderán a coincidir porque, de manera consciente, se las ha hecho coincidir; lo mismo sucede si ha sido formado en una escuela o universidad fundamentalista. Es evidente que ambas imágenes son sumamente adaptables: existe una ortodoxia y una herejía tanto en la historia como en la religión. La historia depende tanto de lo que un hombre cree como su religión. La historia puede justificar la afirmación de que Dios ama a los judíos; con la misma fuerza, si así se desea interpretarla, puede justificar la afirmación de que los odia. Durante mucho tiempo se consideró que la historia era una demostración extraordinariamente convincente del desarrollo del principio de la evolución en los asuntos humanos; hoy algunos eruditos ven en ella una refutación contundente de esa misma idea. La historia es el relato del progreso del hombre o de su frustración, según cómo se quiera leer.

Si vamos a juzgar nuestras dos imágenes sobre la base de su mérito artístico, es decir, de su atractivo subjetivo, no estamos obligados a declarar que una sea mejor que la otra; ni, desde un punto de vista artístico, existe razón alguna para que ambas se parezcan. Si, por el contrario, las juzgamos por su exactitud (y eso es claramente lo que aquí se implica), no tiene sentido comparar las imágenes entre sí; debemos compararlas con el modelo original. De inmediato se hace evidente la naturaleza tendenciosa de la pregunta de esta noche. Porque la intención manifiesta es poner a prueba las afirmaciones de la religión a la luz de los descubrimientos históricos o, como lo expresó un periódico, “¿Puede la religión enfrentarse a su propia historia sin inmutarse?”. No hay ninguna insinuación de que la historia pudiera inmutarse frente a la religión (como algunos historiadores lo han hecho); la pregunta propone un concurso de belleza en el que a uno de los participantes ya se le ha concedido el premio, un litigio en el que el fiscal resulta ser también el juez. La historia está por encima de toda controversia; la única pregunta es: ¿puede la religión soportarlo?

Eso no es aceptable. No podemos suponer desde el principio que una de las imágenes sea perfecta. No tenemos derecho a tratar la “historia” como si fuera la representación verdadera y exacta de las cosas. Al igual que la ciencia y la religión, la historia debe defender sus afirmaciones mediante pruebas. Este auditorio es como un jurado: cada uno de sus miembros debe pensar por sí mismo y formarse su propia opinión (esa es, según se nos ha dicho, la belleza de estas reuniones), pero solo después de examinar todas las pruebas. Es una tarea enorme, pero nadie puede eludirla y, al mismo tiempo, formarse una opinión inteligente. El profesor W. S. McCulloch, autoridad en la mecánica del cerebro del Instituto Tecnológico de Massachusetts, escribió: “El cerebro del hombre corrompe la revelación de sus sentidos. La información que produce es apenas una millonésima parte de la que recibe. Es más un sumidero que una fuente de información. Los vuelos creativos de su imaginación no son más que distorsiones de una fracción de sus datos”. En otras palabras, todos recibimos la información mucho mejor de lo que la transmitimos; tanto, que por deficiente que pueda ser la evidencia, siempre será mejor que el informe que cualquier hombre haga de ella. Cada miembro del jurado debe examinar y, si se quiere, interpretar los datos por sí mismo, ya sea que estemos tratando problemas particulares o generales de la historia. La perspectiva resulta sobrecogedora, y es el historiador, no el profeta, quien retrocede ante ella.

Lo que enfrentamos puede ilustrarse con el caso de un conferenciante de esta serie que sostenía que no puede existir un verdadero conocimiento religioso porque jamás se pueden presentar pruebas confiables de él. Era un defensor tan feroz de la evidencia (y en eso yo coincidía con él con entusiasmo) que, cuando afirmó tres o cuatro veces que los egipcios, durante cinco mil años, no produjeron más que el más absoluto sinsentido en materia de religión, e insistió en utilizar ese supuesto hecho como prueba de su afirmación más cuestionable (es decir, que las enseñanzas religiosas no necesitan ser verdaderas para ser valiosas), no pude evitar preguntarme sobre qué evidencia podía basar semejante declaración. Cinco mil años no son una pequeña porción de la historia, y los egipcios nos han dejado un conjunto muy respetable de documentos. Recordé que el riguroso y exigente egiptólogo T. E. Peet había escrito:

“Mientras nuestra ignorancia sea tan grande, nuestra actitud hacia la crítica de estas antiguas literaturas debe ser de extrema humildad… Póngase un relato egipcio [o babilónico] delante de un lector común, incluso en una buena traducción. De inmediato se encuentra en una tierra extraña. Las comparaciones le parecen inútiles e incluso grotescas; los personajes son desconocidos; el contexto y las alusiones, en lugar de deleitarlo, solo lo desconciertan y lo irritan. Finalmente, deja el libro a un lado con disgusto”.

Nuestro conferenciante estaba, con toda propiedad, disgustado con los egipcios; pero acusarlos de no haber producido más que disparates durante cinco mil años realmente exige alguna demostración.

En la primera oportunidad corrí a los estantes de su excelente biblioteca, esperando encontrar verdaderos tesoros, y allí descubrí un solo libro egipcio, una obra religiosa, dicho sea de paso, que valoro muchísimo. Busqué otros tesoros orientales, el legado de las grandes civilizaciones del mundo, ¡y no encontré nada! “Seguramente”, pensé, “no podemos hablar inteligentemente de historia dejando de lado todo ese material”. Pero eso es precisamente lo que hacemos. Y ello plantea la pregunta más importante para el estudiante de historia: ¿no existe alguna forma de obtener una impresión confiable del pasado o de construir una interpretación plausible de la historia sin tener que examinar todas las pruebas? El problema que hoy preocupa a nuestros historiadores es cómo reducir el volumen de la evidencia sin disminuir su valor. La inutilidad de esa búsqueda es un corolario de una proposición demostrada una y otra vez: la calidad de la historia depende de la cantidad de información disponible. Cuanta más información poseemos, más fiel es nuestro panorama, y esta regla no se ve invalidada por el hecho de que alguna información sea más valiosa que otra.

El problema del historiador fue formulado correctamente por los eruditos del Renacimiento y de la Reforma. De pronto, aquellos hombres se encontraron con un inmenso cúmulo de documentos depositados en sus manos. Se entusiasmaron enormemente con aquel nuevo tesoro y comprendieron de inmediato que toda aquella masa documental debía examinarse pieza por pieza y palabra por palabra. No podía hablarse de prioridades, selección o eliminación, porque no existe ningún método de adivinación que permita saber qué contiene un documento antes de haberlo leído. Esta es una lección que los estudiosos modernos han olvidado. La única pregunta legítima es: “¿Mediante qué método puede una persona examinar correctamente la mayor cantidad posible de material durante una sola vida?”. Ese desafío resulta poco atractivo para una generación apresurada e impaciente como la nuestra. Buscamos soluciones más fáciles y rápidas, tal como hicieron los antiguos sofistas. Y, al igual que ellos, encontramos esas soluciones en las interminables discusiones y en el costoso maquillaje intelectual de la universidad. Consideremos lo que sucede en el campo de la historia.

1. En primer lugar, la mente académica desea pulcritud, orden, sencillez y simetría. Tiene prisa por imponer un orden a la naturaleza sin esperar a que el verdadero orden de la naturaleza se manifieste por sí mismo. Los acontecimientos históricos ocurren en un ambiente de incertidumbre. Ya sea que tratemos con hechos únicos o con acontecimientos característicos y repetitivos, como ocurre en la historia cultural, nunca dejamos de encontrarnos con lo inesperado: jamás sabemos exactamente qué nos golpeará. El historiador siempre interviene después de los hechos para imponer un orden. Es como un general que, después de haber estado a punto de perderlo todo en una campaña, anuncia tranquilamente, cuando ya ha terminado: “¡Así lo habíamos planeado!”. La historia siempre se escribe mirando hacia atrás; es una valoración, una manera de contemplar los acontecimientos. No es lo que realmente sucedió ni cómo fueron en verdad las cosas, sino una evaluación, una inferencia basada en los pocos fragmentos de evidencia que, por puro accidente, han llegado hasta nosotros. No existe una historia breve y concisa de Inglaterra, del mismo modo que no existe una versión auténtica de tres minutos de la Novena Sinfonía de Beethoven. Se puede construir algo semejante, e incluso podría ser una obra de arte por derecho propio, pero no sería más que una parodia de la realidad: una pura ficción.

Cuando leo el diario de Samuel Sewall, las cartas de Cicerón, las memorias de Joinville, de Froissart, de Jenofonte o de Ibn Battuta, no puedo evitar sentir que me involucro en situaciones vivas y apasionantes que pasarán a formar parte de mi propia experiencia tanto como, por ejemplo, la invasión de Normandía (todavía recuerdo con la misma claridad lo que leí sobre Normandía que lo que vi allí). Pero si leo apenas un párrafo o un par de frases acerca de cada uno de ellos en un libro de texto universitario, en realidad no he vivido ninguna experiencia. Sin embargo, ni siquiera en esos grandes autores olvidados se encuentra la evidencia más valiosa, sino en materiales completamente ignorados, como cartas, diarios personales, cuadernos de notas, libros de contabilidad y documentos similares, que pocos historiadores, y prácticamente nadie más, se preocupan por consultar.

2. La universidad moderna nos enseña, si no otra cosa, a aceptar la historia por autoridad. Sin embargo, al final de su vida, el gran Eduard Meyer (quien, dicho sea de paso, escribió una historia de los mormones) confesó con asombro que había estado más equivocado precisamente en aquello de lo que se sentía más seguro, y viceversa. Ningún hombre de nuestra época tuvo una visión más amplia de la historia universal que el profesor Breasted, ni fue jamás más dogmáticamente seguro de sus conclusiones o, a la luz de los descubrimientos posteriores, más completamente equivocado. Para conservar una mente abierta en historia, uno debe trabajar constantemente en su propia comprensión histórica, y no aceptar pasivamente soluciones de segunda mano ni opiniones de libros de texto que descienden desde las resplandecientes alturas académicas, del mismo modo que los cangrejos y los moluscos de las profundidades reciben agradecidos la materia muerta y predigerida que cae hasta ellos desde las luminosas regiones superiores. Todo el mundo conoce algo de historia; nadie conoce demasiado. Esa strengwissenschaftliche Geschichte (“historia estrictamente científica”) no existe en ninguna parte. Ranke la buscó, pero yo coincido con el historiador Froude en que nuestro mejor historiador fue Shakespeare.

3. Las percepciones de hombres como Taine, Mommsen o Bury no deben ser menospreciadas. No piense ni por un momento que la única evidencia confiable proviene de los instrumentos de bronce. Pero la intuición no ofrece ninguna vía de escape frente a la evidencia. De hecho, la intuición requiere ser comprobada adecuadamente mediante la evidencia más exhaustiva de todas: aquella que solo se obtiene por una familiaridad constante, íntima y de toda una vida con las fuentes. No hay más mérito en las humanidades practicadas desde un sillón que en la ciencia practicada desde un sillón: el estudiante debe enfrentarse directamente con la realidad; debe seguir la evidencia hasta su origen, como en un laboratorio, y nunca conformarse con el testimonio de cuarta mano de un libro de texto ni con las valoraciones personales de un traductor.

4. El intento más popular de abarcar la historia de un solo vistazo es el recorrido turístico organizado, para el cual el pesado y laborioso autobús de observación del señor Toynbee tiene actualmente una gran demanda, aunque nadie parece disfrutar realmente del viaje. Aquí el interés se centra en lo monumental, lo rutinario, lo convencional y lo aceptado. El estudiante es un turista, un espectador, siempre distante, sin permitirse involucrarse emocionalmente, excepto en las estaciones señaladas donde la guía turística le indica que debe conmoverse. En el mejor de los casos, nuestras humanidades universitarias son un viaje sentimental, un mundo de postales panorámicas lleno de lo obvio y lo teatral: los Grandes Libros, los Cien Mejores Poemas, las Más Grandes Obras de las Mentes Más Grandes, etc. Lo que hace posible hoy el estudio de la historia es lo que llamo la Ley del Gas del Aprendizaje: cualquier cantidad de información, por pequeña que sea, llenará cualquier vacío intelectual, por grande que sea. Es tan fácil escribir una historia del mundo después de haber leído diez libros como después de haber leído mil; de hecho, es mucho más fácil. Este es el dilema del historiador: si su visión es lo suficientemente amplia como para ser significativa, inevitablemente estará insuficientemente documentada; si está adecuadamente documentada, inevitablemente será trivial en su alcance. Es algo cómodo y tranquilizador, tanto para el estudiante como para el profesor, contar con nuestros ordenados programas universitarios, resúmenes autoritarios de la civilización occidental, estudios de las grandes mentes y demás materiales semejantes a los que recurrir. Pero, por favor, no señalen estos ejercicios rutinarios de lectura superficial y muestreo, e intenten convencerme de que constituyen una refutación válida de los profetas.

5. Para abordar problemas que requerían datos que sobrepasaban la capacidad de estudiantes y educadores impacientes por destacar, los antiguos sofistas idearon ciertas técnicas de discusión muy eficaces. En ellas, la habilidad más importante consistía en presentar la evidencia únicamente por implicación o inferencia. Puesto que es completamente imposible, en un discurso público (o incluso por escrito), exhibir toda la evidencia de que uno dispone, debe permitirse, en ocasiones, presentar el propio conocimiento solo de manera implícita. Los sofistas aprovecharon esta conveniente vía de escape del trabajo arduo y, mediante las artes de la retórica, la convirtieron en una amplia carretera hacia exitosas carreras docentes. Un uso limitado de la jerga es indispensable en cualquier disciplina: una vez que hemos resuelto el valor de “x”, no necesitamos demostrarlo cada vez que se menciona, sino simplemente representarlo mediante un símbolo, como esas útiles palabras clave que suelen impulsar las discusiones históricas: la Mentalidad Medieval, Sturm und Drang, la Frontera, el Helenismo, la Ilustración, el Puritanismo, lo Primitivo, la Relatividad, etc., cada una de las cuales se supone que hace sonar en nuestra mente todo un coro de campanas: los ecos de una lectura profunda y extensa. Pero, mediante un proceso muy conocido, estas etiquetas dejan de ser simples etiquetas y pasan a convertirse en toda la sustancia de nuestro conocimiento. El estudiante de hoy nunca resolvió realmente esa “x” de la que habla con tanta soltura; obtuvo su valor de un libro de respuestas. La palabra clave ya no es solo una pista; ahora es toda la obra. La acusación habitual contra los filósofos en todas las épocas ha sido que se han convertido en expertos en manipular etiquetas hasta el punto de vivir en un mundo de palabras. El arte de dar a entender que se posee cierto conocimiento sin afirmarlo realmente se ha convertido en una de las grandes habilidades humanísticas de nuestro tiempo, tanto en Europa como en América. Sin ella, la enseñanza de la historia sería casi imposible.

Mi propia confianza al opinar sobre asuntos históricos no tiene por qué reflejar un conocimiento sólido; bien puede ser el producto de una preparación cuidadosamente elaborada, de una apariencia cuidadosamente construida. Hoy en día, el historiador académico típico realiza la mayor parte de su entrenamiento frente a un espejo. El mundo moderno, al igual que el antiguo, está poblado en gran medida por zombis. Ocasiones como esta, esta noche, no están destinadas a enseñar, sino a impresionar. Si lo que buscáramos fuera conocimiento, todos estaríamos en este momento examinando la evidencia, en lugar de escucharme a mí.

La confusión entre las ideas nacidas de la discusión y la evidencia es la raíz de muchos de los problemas de la educación actual. Quienes desean ser considerados liberales exigen que sus ideas reciban la misma autoridad que la evidencia, tanto ante el público como en las aulas. Sin embargo, si nos negamos a aceptar esas ideas, por muy trilladas e inofensivas que sean, como moneda de curso legal en una economía donde solo la evidencia tiene ese valor, entonces se quejan de que sus ideas están siendo despreciadas y de que ellos están siendo perseguidos, lo cual no es cierto en absoluto.

6. ¿Qué decir de esos grandes sistemas históricos que los grandes pensadores han construido de vez en cuando? ¿No ofrecen acaso una imagen fiel del mundo? ¡Ay!, ¡el sistema es la muerte de la historia! Todos los grandes historiadores han sido lectores asistemáticos. Werner Jaeger afirmó: “Nunca debe olvidarse que fueron los griegos quienes crearon y desarrollaron no solo la cultura ética y política general en la que hemos rastreado el origen de nuestra propia cultura humanística, sino también lo que se llama educación práctica, que a veces compite con la cultura humanística y otras veces se le opone”. Construir sistemas implica tanto excluir como incluir. Cuando se elige construir una estructura en lugar de otra, no solo se reorganizan los materiales en nuevas combinaciones, sino que se destacan unas cosas a expensas de otras. Excluir o suprimir evidencia es una práctica peligrosa, y lo que la hace doblemente peligrosa es la manera en que los sistemas históricos, precisamente por su exclusividad, transmiten una poderosa y completamente falsa sensación de totalidad. El producto del Sistema es la mente cerrada: el estudiante que ha tomado el curso y cree conocer todas las respuestas, y que ha sido privado sistemáticamente de la posesión más valiosa de una mente inquisitiva: el sentido de las posibilidades.

“La Biblia sobresale por su sugerencia de infinitud”, dijo Whitehead y, como lo describió un amigo, “de repente se puso de pie y habló con apasionada intensidad: “Aquí estamos, con nuestros seres finitos y nuestros sentidos físicos, en presencia de un universo cuyas posibilidades son infinitas; y aunque no podamos comprenderlas, esas posibilidades infinitas son realidades””. Más tarde añadió: “Dudo que lleguemos muy lejos únicamente por medio del intelecto. Dudo que el intelecto nos lleve muy lejos”. El estudio de la historia en las escuelas de hoy, con su orientación “intelectual”, sofoca precisamente ese sentido de las posibilidades que, por encima de todo, la historia tiene el deber de fomentar. Por cada puerta que abre, nuestra educación moderna cierra mil. No podemos insistir con demasiada firmeza en la inmensa cantidad, variedad, detalle y amplitud de la evidencia histórica; cada página de cada texto es una masa compacta de mil indicios, y cada lectura está llena de descubrimientos nuevos y sorprendentes. Esa es la esencia de la historia, y la presentación académica moderna la borra por completo. El erudito moderno está ansioso por llegar a su conclusión, obtener su título y poner fin a sus investigaciones antes de correr el riesgo de encontrar contradicciones. Desde una posición segura y establecida, solo desea discutir, discutir y discutir. La via scholastica está claramente señalada: primero se toma una muestra, apenas una muestra, de la evidencia; luego, tan pronto como sea posible, se formula una teoría (cuanto menor es la evidencia, más brillante parece la teoría); a partir de ese momento, el erudito dedica sus días a defender su teoría y a encajar mecánicamente toda evidencia posterior en el lecho de Procusto.

7. Pero seguramente existe un panorama general de la historia, o algunos puntos verdaderamente fundamentales, sobre los cuales hay un amplio consenso. Sin duda, el veredicto puede transmitirse a los estudiantes en unas pocas lecciones y debe de ser bastante confiable. Existe un encantador estudio del sueco Olaf Linton sobre las certezas fundamentales de la historia de la Iglesia en los siglos XIX y XX, lo que él llama el Consenso, con “C” mayúscula. El señor Linton nos muestra cómo ese consenso cambia con el tiempo y las circunstancias de manera tan completa y tan segura como cambian las modas de los sombreros de las mujeres. La cuestión homérica nos proporciona un buen ejemplo del consenso actual. Lo que llamamos alta crítica es la aplicación a la Biblia de los métodos de crítica textual desarrollados en el estudio del problema homérico. Ese problema es, en realidad, mucho más sencillo que el bíblico (apenas hay un libro de la Biblia que no sea tan enigmático como Homero); sin embargo, después de doscientos años de intensa investigación, ¿dónde nos encontramos? Escuchen al profesor Wade-Gery, de Oxford: “Homero, quien escribió la Ilíada, según creo, en algún momento del siglo VIII… vivió (según creo) en Quíos y conoció la Octava Ciudad de Troya. Era (según también creo) un hombre de genio excepcional… Estoy convencido de que casi todo lo que hace de la Ilíada un gran poema fue creación del propio poeta”. Y escuchen al profesor Whatmough, de Harvard, en el mismo número de la misma revista:

Nada hay, ni podría haber, más pueril que la idea de que la Ilíada pudiera haber sido compuesta por un solo hombre… La compleja transmisión (más que el “origen”) de la Ilíada y la Odisea de Homero es tan segura como cualquier otra cosa puede serlo en este mundo tan incierto… No conozco a ningún lingüista competente… cuyo conocimiento del griego y de los dialectos griegos respete lo suficiente como para citar su nombre, que sostenga una opinión diferente… Utilizar el término autor o autoría… es simplemente pecar contra la evidencia.

Obsérvese bien: “Tan segura como cualquier otra cosa puede serlo”. ¡Y, sin embargo, una multitud de eminentes especialistas está plenamente convencida de lo contrario! El consenso tiene sus modas y tendencias, como todo lo demás.

En cuanto al consenso científico, con toda su tan alabada objetividad, escuchemos nuevamente a Whitehead:

En aquellos años, desde la década de 1880 hasta la Primera Guerra Mundial, ¿quién habría imaginado que las ideas e instituciones que entonces parecían tan estables serían pasajeras?… Hace cincuenta y siete años… yo era un joven en la Universidad de Cambridge. Hombres brillantes me enseñaron ciencia y matemáticas, y obtuve buenos resultados en ambas; desde el cambio de siglo he vivido lo suficiente para ver cómo todas las suposiciones fundamentales de ambas disciplinas eran dejadas de lado; no descartadas por completo, sino reducidas a simples cláusulas calificativas en lugar de proposiciones principales; y todo ello en el transcurso de una sola vida: las suposiciones más fundamentales de las llamadas ciencias exactas fueron reemplazadas. Y, sin embargo, frente a todo eso, los descubridores de las nuevas hipótesis científicas proclaman: “Ahora, por fin, tenemos certeza”, cuando algunas de las suposiciones que hemos visto derrumbarse habían perdurado por más de veinte siglos.

Y hace apenas unos meses, el profesor McCulloch escribió:

Por fin estamos aprendiendo a admitir nuestra ignorancia, a suspender el juicio y a renunciar a explicar lo desconocido por medio de algo aún más desconocido: “Dios”, un recurso que ha demostrado ser tan inútil como irreverente… Mientras nosotros, como buenos empiristas, recordemos que creer en nuestros sentidos es un acto de fe… y que nuestras hipótesis más respetables no son más que conjeturas sujetas a refutación, podremos “tener la seguridad de que Dios no nos ha entregado a la esclavitud bajo ese misterio de iniquidad: el hombre pecador que aspira a ocupar el lugar de Dios”.

Yo puedo responder por mí mismo a la pregunta: “¿Entran en conflicto la religión y la historia?”, pero no puedo responder por nadie más. En la actualidad, mi religión y la historia no están en conflicto, como sí lo estuvieron en otro tiempo. Bueno, dirán ustedes, claro que concuerdan porque usted las hace concordar. Eso no es del todo cierto. Existen controles. En los últimos tres o cuatro años, destacados eruditos judíos y cristianos se han visto obligados a abandonar un concepto histórico que habían construido laboriosamente durante décadas hasta alcanzar un consenso casi perfecto. Algunos presentaron una resistencia admirable, pero al final las pruebas fueron demasiado contundentes y, uno tras otro, cedieron. Es una señal saludable cuando la religión y la historia entran en conflicto; significa que no están siendo forzadas deliberadamente para hacerlas coincidir. En la mayoría de los campos históricos, la dificultad misma de los idiomas en que están escritas las fuentes basta para garantizar un mínimo de integridad intelectual en el investigador: los documentos simplemente se niegan a hablar a menos que uno se acerque a ellos con una mente verdaderamente abierta y esté dispuesto a tragarse el orgullo y reprimir la voluntad propia. De manera semejante, las rigurosas exigencias de las matemáticas garantizan cierto grado de honestidad en cualquier científico capacitado para trabajar en ese campo.

Pero, lamentablemente, no existen controles semejantes en aquellos campos más socializados del conocimiento que, precisamente por esa razón, han desterrado por completo las antiguas disciplinas de nuestras escuelas secundarias y las han reemplazado en la universidad por pretenciosas técnicas de discusión y una seudocientífica “cuantificación de lo obvio”. En un ambiente así, resulta inútil intentar una discusión seria sobre la historia.

Creo que mi historia y mi religión concuerdan de una manera lo suficientemente objetiva como para justificar mi convicción de que esa concordancia no es simplemente el resultado de mi propia manipulación. Pero que esa concordancia sea significativa o no es algo que cada persona debe decidir por sí misma, tras examinar las pruebas. En cuanto a la pregunta general: “¿Cuándo debemos retroceder?”, la respuesta es: esperemos hasta que la historia tenga todas las respuestas, o al menos alguna respuesta de la que podamos estar completamente seguros; entonces sabremos si debemos retroceder o no. Mientras tanto, es deber del historiador (porque es él quien apela a una objetividad inflexible) rectificar cada vez que una de sus respuestas demuestre ser defectuosa, lo cual ocurre, aproximadamente, a cada hora de cada día.

¿Se parece la vida en la Luna a la vida en Marte? Es una buena pregunta, pero prematura. Cuando era un niño pequeño, solíamos sentarnos en una tienda de campaña durante las calurosas tardes de verano y debatir, en voz alta y con mucha ingenuidad, temas tan elevados como ese. Creo que todos nos sentíamos vagamente incómodos con aquellas discusiones, y eso nos hacía aún más exaltados, dogmáticos e irascibles. El problema era que todavía no estábamos preparados; no teníamos los conocimientos necesarios. Pero ¿cuándo estaríamos preparados? ¿Lo estamos ya? Si no es así, deberíamos dejar de jugar a este juego de muchachos traviesos detrás del granero, fumando seda de maíz y diciendo palabrotas para demostrar lo emancipados que somos. Es demasiado fácil ser un “élder que blasfema”; el conocimiento no se adquiere a tan bajo precio. No somos libres de debatir cualquier cuestión imaginable simplemente porque digamos que lo somos. A mí no se me permite discutir de botánica con cualquiera, en cualquier momento y lugar; no es la envidia de una sociedad reaccionaria ni los dictados de una iglesia estrecha lo que limita mi libertad: sencillamente, no sé nada de botánica. El prejuicio, dice Haldane, consiste en tener una opinión antes de examinar todas las pruebas. Si esta noche alguien extrae aquí alguna conclusión que no sea esa, necesariamente serán conclusiones prejuiciadas. Si nos hemos reunido aquí para darnos conferencias unos a otros o para sermonear a la Iglesia, bien podríamos ahorrarnos el aliento; y si lo que buscan es un palo con el cual golpear a la Iglesia, mi consejo es: dejen la historia fuera de ello; se deshará entre sus manos. Nuestro conocimiento del pasado es demasiado limitado para servir como un instrumento eficaz en situaciones reales; por eso se apela con tanta frecuencia a la historia, pero casi nunca se la utiliza realmente.

¿Qué tenemos entonces? Pues bien, yo tengo un testimonio: puede que sea ignorante, pero no estoy perdido. Sócrates consideró que una vida había sido bien empleada cuando terminaba únicamente con el descubrimiento de que no sabía nada. Aquello no era una figura retórica ni una ingeniosa paradoja; era su solemne testimonio pronunciado en la hora de su muerte. Y si la actividad más provechosa de la mente es aquella que conduce al descubrimiento de su propia ignorancia e incapacidad, todos podemos cobrar ánimo al pensar que no hemos desperdiciado por completo nuestro tiempo al venir aquí esta noche. En este punto podemos comenzar el estudio del Evangelio; ya no hay necesidad de seguir esperando a que la “historia” termine de decidirse.

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