Capítulo 15
Desde la tierra sobre la cual estás
Un paso previo de vital importancia para la Primera Visión de José Smith fue otra visión que preparó el camino:
Porque contemplé el sol, el glorioso luminar de la tierra; también la luna, avanzando con majestad por los cielos; las estrellas, brillando en sus órbitas; y asimismo la tierra sobre la cual estaba de pie, las bestias del campo, las aves del cielo, los peces de las aguas y también al hombre caminando sobre la faz de la tierra con majestad y con la fortaleza de la hermosura… Entonces mi corazón exclamó: “Todas estas cosas dan testimonio y proclaman la existencia de un Ser omnipotente y omnipresente”. También reflexioné sobre la condición del mundo de la humanidad, sus contiendas y divisiones, la maldad y las abominaciones, y las tinieblas que invadían la mente de los hombres.
Aquí encontramos dos mundos: el mundo del artista y el del hombre de negocios. El propio Señor estableció claramente esa distinción. Habló de “cierto hombre”, es decir, el Señor, que había preparado un banquete de delicias; pero los invitados se excusaron porque tenían asuntos de negocios que consideraban realmente importantes. “He comprado un terreno, y necesito ir a verlo… Otro dijo: He comprado cinco yuntas de bueyes… te ruego que me excuses” (Lucas 14:18–19). Sin duda eran negocios importantes; sin embargo, el anfitrión rechazado se enojó y no aceptó sus excusas: “Ninguno de aquellos hombres que fueron convidados gustará de mi cena” (Lucas 14:24).
Desde el principio, Dios preparó la tierra con el propósito de hacerla “sumamente gloriosa y hermosa” para nosotros, poniendo especial cuidado en dar “variedad y belleza al paisaje”. El artista llama nuestra atención hacia ello; y si rechazamos la generosa dádiva de Dios, lo ofendemos. “¡No neguéis los dones de Dios!”, es la apasionada súplica que Moroni dirige a nuestra generación al final del Libro de Mormón (Moroni 10:8). Porque “en nada ofende el hombre a Dios, ni contra ninguno está encendida su ira, sino contra aquellos que no reconocen su mano en todas las cosas” (Doctrina y Convenios 59:21). De manera específica, “todas las cosas que provienen de la tierra… son hechas para el beneficio y el uso del hombre, tanto para agradar la vista como para alegrar el corazón; sí, para alimento y vestido, para el gusto y el olfato, para fortalecer el cuerpo y vivificar el alma” (Doctrina y Convenios 59:18–19). El agradar a la vista aparece en primer lugar; luego, el alegrar el corazón. Solo después vienen el alimento y el vestido, y aun estos existen para satisfacer los delicados sentidos del gusto y del olfato. No se dice una sola palabra acerca de la eficiencia o la conveniencia; en cambio, se pone especial énfasis en vivificar el alma. En su gran Mensaje del Bicentenario, el presidente Kimball lamentó el triste predominio de la mentalidad comercial sobre la contemplación de la belleza que nos rodea. “Esta es una tierra maravillosa en la que nos encontramos”, escribió, porque el cielo es tanto un estado del entorno como un estado de la mente, y uno produce al otro. Así como el cielo va tomando forma alrededor de los santos, de la misma manera, constante e inevitablemente, la sociedad adquisitiva queda envuelta en un ambiente ofensivo, degradante y venenoso, tanto para la mente como para el cuerpo. El mandamiento es que “Sion aumente en belleza y en santidad… y se vista de sus hermosas vestiduras” (Doctrina y Convenios 82:14), en contraste directo con “las riquezas de la injusticia”, que solo buscan la ganancia (Doctrina y Convenios 82:22).
En el Antiguo Testamento, el piqqeah (vidente) es aquel cuyos ojos Dios ha abierto para que pueda ver lo que otros no ven. Esas cosas realmente están allí, pero las mentes que carecen de inspiración no las perciben. Cuando los ojos de Adán y Eva fueron abiertos, contemplaron lo que antes no podían ver (Génesis 3:7). Abraham relata que Dios “puso su mano sobre mis ojos, y vi las cosas que sus manos habían hecho, las cuales eran muchas” (Abraham 3:12). Lo mismo ocurrió con su esposa Agar cuando “Dios abrió sus ojos, y vio un pozo de agua”, el cual había estado allí todo el tiempo (Génesis 21:19). No existe una visión semejante para quienes no están en armonía con el Espíritu: “Tienen ojos, pero no ven; tienen oídos, pero no oyen” (véase Isaías 6:9–10; Mateo 13:13–14).
En las pinturas de Wulf Barsch se percibe un profundo sentido de preocupación, un ambiente ominoso y meditativo de amonestación y advertencia. Al principio esto me inquieta, hasta que recuerdo que ese es exactamente el efecto que la lectura de las Escrituras produce en mí. Sus pinturas no cuentan una historia; no hay nada trivial, artificioso, ingenioso ni sentimental en ellas. Más bien parecen una solemne recapitulación, con un sentido tanto de expectativa como de desenlace definitivo. Para Platón, el verdadero arte debía poseer spoudaiotes, una cualidad que generalmente se traduce como “profunda seriedad”. Su opuesto es la blasfemia; y esto no significa lanzar fuertes denuncias, solemnes censuras o manifestaciones de ira abrasadora. Significa precisamente lo contrario: no tomar en serio las cosas sagradas; ser demasiado insensible o demasiado torpe para valorar algo que vaya más allá del negocio de los negocios.
¿Ha existido alguna vez un artista menos inclinado a exhibirse que Wulf Barsch? No vacila en intentarlo una y otra vez para llegar hasta nosotros. No busca la novedad; lucha por expresar lo que desea comunicar y está perfectamente dispuesto a permanecer trabajando en un mismo problema hasta resolverlo. Supongo que eso es lo que otorga a su obra ese profundo sentido de sinceridad que exige ser tomada en serio. Curiosamente, a pesar de toda su solemne intensidad, algunas de sus obras me parecen profundamente románticas. El diálogo constante entre el álamo y la palmera proviene directamente de las más antiguas tradiciones de la poesía romántica, sea o no consciente Barsch de ello, con ecos de los relatos patriarcales del Génesis. El álamo es el árbol de los pioneros, que señalaba sus granjas en las terrazas y los valles, desde las arenas rojas de Moencopi hasta las llanuras de Alberta. Está desapareciendo a medida que los intereses comerciales sustituyen esas nobles cortinas de árboles por vallas publicitarias. Y la palmera evoca a las tribus errantes de Israel —las palmeras de California nunca resultan del todo convincentes—, pues representa su esperanza y su sustento en el desierto.

























