Templo y Cosmos

Capítulo 13

La mejor prueba posible


Lo que el hermano Bush nos ha ofrecido en este excelente estudio no es una historia de la política de la Iglesia respecto a los negros, sino de las explicaciones que se han dado para ella. Las “actitudes” cambian siguiendo “un complejo patrón evolutivo”, como él mismo lo expresa, al tiempo que observa en su frase final que, desde el principio hasta el final, no ha habido debilitamiento alguno de “la creencia de que la política está justificada”. Por eso este estudio, aunque indispensable, parece extrañamente irrelevante cuanto más se lee. Constituye un interesante capítulo de la historia del pensamiento, que muestra cómo los líderes de la Iglesia, en distintas épocas, han propuesto diversas explicaciones para las limitaciones impuestas a la participación del negro en la Iglesia. Participar en tales ejercicios intelectuales no solo ha sido su prerrogativa, sino también su deber. Cuando uno se enfrenta a un problema de esta naturaleza, el mandato es: “Debes estudiarlo en tu mente”; luego, cuando haya llegado tan lejos como le sea posible, debe pedir a Dios, no que confirme su propia solución, sino que le haga saber si es correcta o no: “Entonces debes preguntarme si está bien; y si está bien, haré que tu pecho arda dentro de ti; por tanto, sentirás que está bien” (Doctrina y Convenios 9:7–8). Esto es exactamente lo que los hermanos han hecho; no solo Oliver Cowdery (a quien se dirigió originalmente el mandato), sino todos los grandes patriarcas y profetas desde Adán en adelante han tenido que ejercer al máximo su capacidad de razonamiento en una búsqueda sincera (véase Abraham 2:12), hasta que finalmente Dios ha tenido a bien, “después de muchos días” (Moisés 5:6), darles una respuesta. Por muy satisfechos que hayan estado con sus propias conclusiones, siempre han tenido que someterlas a una confirmación superior, y la respuesta llega con absoluta certeza: “Sentirás que está bien” (Doctrina y Convenios 9:8). Nada podría ser más profundo ni más definitivo; pero ¿cómo puede uno explicar ese sentimiento a los demás? Simplemente diciéndoles cómo pueden obtener ese mismo sentimiento.

Naturalmente, esto no satisface al mundo; siempre ha puesto a los profetas en conflicto con el resto de la humanidad y ha colocado repetidamente a los mormones en una situación incómoda, tanto individual como colectivamente. Porque cada persona debe resolver por sí misma la “cuestión del negro”. El fallecido presidente Joseph Fielding Smith, en el actual manual del Sacerdocio de Melquisedec, repite las palabras de líderes anteriores al escribir: “Es deber de todo miembro varón de la Iglesia conocer la verdad, pues cada uno tiene derecho a la guía del Espíritu Santo… Cada miembro de la Iglesia debe estar tan bien versado [en las Obras Canónicas] que él o ella pueda discernir si cualquier doctrina enseñada está o no en armonía con la palabra revelada del Señor. Además, los miembros de la Iglesia tienen derecho… a poseer el espíritu de discernimiento”.

Esto no solo garantiza que todo miembro digno, si dedica su mente a ello, puede conocer las respuestas por sí mismo con la misma certeza que el profeta, sino que también abre la puerta al análisis cuando el presidente Smith añade que los miembros están “obligados a aceptar las enseñanzas de las autoridades… a menos que puedan descubrir en ellas algún conflicto con las revelaciones y los mandamientos que el Señor ha dado”. De modo que, aunque la voluntad del Señor se confirma mediante un sentimiento imposible de medir, antes de pedir al Señor y recibir ese sentimiento se requiere que la persona ejercite al máximo su propio entendimiento. Por consiguiente, debe existir amplio espacio para la discusión y la explicación más completas posibles a la luz de las Escrituras o de cualquier otra información pertinente.

Más que una explicación dirigida al mundo, esta clase de análisis constituye realmente un examen del corazón y una prueba para los propios Santos de los Últimos Días. Nada sería más fácil que unirse al coro que proclama la perfecta igualdad de todos los hombres en todo aquello que esté de moda en un momento determinado. De ese modo podríamos proclamar nuestro idealismo al mundo mientras continuamos tratando a nuestro prójimo, como hace el resto del mundo, casi de la misma manera que siempre lo hemos hecho. Como solía señalar C. S. Lewis, la verdadera prueba del cristiano no consiste en obedecer mandamientos y aceptar enseñanzas que resultan perfectamente razonables y sensatas para cualquier forma normal de pensar. Si el Evangelio consistiera únicamente en cosas tan convenientes e irreprochables, podríamos estar bastante seguros de que nosotros mismos lo habríamos inventado. Es precisamente el carácter contrario a las expectativas, e incluso aparentemente absurdo, de las enseñanzas cristianas lo que constituye para el creyente la prueba más elevada de su origen divino: esto no es obra del hombre. En los esfuerzos de cada presidente de la Iglesia por explicar nuestra posición al mundo, tal como aparecen en el estudio del doctor Bush, vemos el reconocimiento de que este asunto no es una invención de esos hombres: les resulta incómodo, y todos ellos superan la prueba decisiva de la honestidad al negarse a presentar sus propias opiniones como si fueran revelación, algo que, en su caso, habría sido muy fácil hacer. Todos están convencidos de que la política es correcta, pero ninguno afirma ofrecer una justificación racional o escritural definitiva para ella, aunque no vacilan en presentar sugerencias y especulaciones. Esto colocó a los mormones en una situación embarazosa, ¿y por qué no? El Señor con frecuencia ha empujado a los santos al agua para obligarlos a aprender a nadar; y cuando nuestra propia indolencia, que no es otra cosa que desobediencia, nos mete en dificultades, Él nos deja afrontar las consecuencias hasta que hagamos algo al respecto. La lección más impresionante del estudio de Bush es cuánto ignoramos sobre estas cuestiones y cuán poco hemos intentado saber. Se espera que el hombre, como Adán, busque mayor luz y conocimiento, procurando siempre “las bendiciones de los padres… deseando también ser uno que poseyera gran conocimiento” (Abraham 1:2). Esa búsqueda debe continuar: “¿Por qué murmuráis porque recibiréis más de mi palabra?… Mi obra aún no ha terminado, ni terminará hasta el fin del hombre” (2 Nefi 29:8–9). Por otra parte, nada desagrada más a Dios que ver a Su pueblo “buscar poder, autoridad y riquezas” (3 Nefi 6:15). Es Dios quien nos da las respuestas, pero solo después de que las hemos buscado durante bastante tiempo; y lo que los santos han estado buscando no ha sido luz y conocimiento, sino esas otras cosas prohibidas.

Al buscar las respuestas, debemos consultar tanto nuestros sentimientos como nuestra razón, porque el corazón tiene sus propias razones, y son nuestros sentimientos e impulsos más nobles los que no nos permiten descansar hasta que Dios nos haya dado la certeza de lo que es correcto. La caridad no hace distinciones minuciosas ni dogmatiza, y la caridad ocupa el primer lugar. Por eso me pregunto, ante todo: ¿es esta política algo humano y generoso? ¿Acaso le doy la espalda a mi hermano al no compartir con él la obra del sacerdocio? ¡De ninguna manera! En la Iglesia se realiza constantemente una inmensa cantidad de trabajo, todo él dirigido por el sacerdocio, aunque no necesariamente ejecutado por quienes lo poseen. Participar en cualquiera de esas labores significa participar en una misma obra; ¿acaso puede decir el ojo a la mano: “No tengo necesidad de ti”? Pensando que quizá pudiera estar cayendo en una racionalización demasiado fácil, considero mi propio caso. Siempre he sido intensamente activo en la Iglesia, pero también he sido una persona inconformista y nunca he ocupado un cargo de importancia en ninguna organización. He aceptado muchas asignaciones dadas por los líderes, y gran parte de ese trabajo ha sido anónimo: sin rango, sin reconocimiento, sin nada. Aunque he recibido elogios por algunas cosas, nunca fueron aquellas que yo consideraba las más importantes; eso era simplemente un entendimiento privado entre mi Padre Celestial y yo, del cual he disfrutado profundamente, aunque nadie más sepa absolutamente nada al respecto.

Curiosamente, este es el caso no solo de algún individuo excéntrico ocasional, sino de todos los poseedores del sacerdocio. Es cierto que los hombres pueden conferir los poderes del sacerdocio a otros, pero solo Dios puede validar esa ordenación, la cual, en la mayoría de los casos, Él no reconoce: “Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos”. Y Él ha tenido la bondad de decirnos por qué: “Porque tienen el corazón puesto tanto en las cosas de este mundo y aspiran a los honores de los hombres”. Sucede que “casi todos los hombres, en cuanto reciben un poco de autoridad… inmediatamente comienzan a ejercer injusto dominio”, y el ejercicio de los poderes del cielo “en cualquier grado de injusticia” invalida el sacerdocio: “Amén al sacerdocio o a la autoridad de ese hombre”. ¡Qué suprema ironía! Se supone que negar el sacerdocio es un acto poco amable porque priva a un semejante de algo con valor social, de una medida de prestigio y dignidad dentro de la Iglesia. Sin embargo, en el mismo momento en que considero mi sacerdocio como un símbolo de estatus o una señal de superioridad, este se convierte en una simple apariencia vacía. Ante el menor indicio de vanagloria o de autocomplacencia, el poseedor del sacerdocio queda instantánea y automáticamente despojado de él. ¿Qué es el sacerdocio sobre esta tierra? Brigham Young lo llamó “un deber oneroso”: una carga que llevar, una obra que realizar y nada más; la gloria vendrá después. No se puede dar órdenes mediante el sacerdocio, porque este obra “solo por persuasión”. Cristo mandó a los espíritus y ellos le obedecieron; mandó a los elementos y ellos le obedecieron. Pero a los hombres no quiso mandarlos, y reprendió a los apóstoles en Capernaúm por sugerirlo. “¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos… y no quisiste!”. Solo dijo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos”. No hay aquí nada que se parezca a la autoridad terrenal.

Pero, valga o no valga, ¿no soy culpable, por el simple hecho de retener algo, de realizar un gesto ofensivo, una negación de derechos, un acto de rechazo o una insinuación de superioridad? Ciertamente, en el mundo lo sería, si ambos pensamos en términos mundanos; pero no en el reino de Dios. Preferiría ser portero en la casa del Señor antes que codearme con los poderosos en las tiendas de los impíos. Si pensamos en términos de rango y honor, compartimos la necedad de aquellos primeros concilios de la Iglesia que, con toda la lógica del mundo, declararon que era el colmo de la blasfemia y un insulto insoportable para Jesús colocarlo en segundo lugar después del Padre. Al contemplar todas las cosas desde la perspectiva de un imperio, como nosotros lo hacemos desde la perspectiva de una sociedad orientada al estatus y al éxito, quedaron completamente cegados ante la realidad. ¿Acaso el Hijo siente celos del rango superior del Padre, o el Padre se inquieta por las aspiraciones del Hijo? Nada suena más duro y directo que la frase de Brigham Young: “¡El negro debe servir!”. Pero, a la luz del Evangelio, ¿qué tiene de malo servir? “El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir”, “manso y humilde de corazón”, varón de dolores y experimentado en quebranto, despreciado y desechado. ¿Hace falta continuar? Sus verdaderos seguidores tomarán la misma cruz: “En el mundo tendréis aflicción”, porque “si el mundo os aborrece, sabed que a mí me aborreció antes que a vosotros”. Cuanto mayor sea la tribulación aquí, mayor será la gloria en la vida venidera; mientras que quien sea exaltado en este mundo será humillado en el siguiente. Si realmente tomáramos en serio las enseñanzas del Señor, envidiaríamos a los negros.

Pero ¿las tomamos realmente en serio? ¿Hemos escudriñado de verdad las Escrituras? Consideremos algunos ejemplos. Primero, la terrible advertencia: “Cualquiera que matare a Caín, siete veces será castigado. Y Jehová puso señal en Caín, para que no lo matase cualquiera que le hallara”. La señal sobre Caín es para su protección y como advertencia para todos los demás: ¡no lo toquen! Si Caín debe ser castigado, Dios no solicita nuestros servicios para hacerlo: “He aquí, los juicios de Dios alcanzarán a los inicuos; y es por los inicuos que los inicuos son castigados”. Además, en toda la discusión acerca del pecado de Caín, rara vez se menciona su motivación, que está en la raíz del pecado. Lamec también cometió homicidio, pero su pecado no fue tan reprensible como el de Caín, quien “mató a su hermano Abel por obtener ganancias”. Caín llevaba a cabo una operación sistemática que aprendió de Satanás y que él llamaba “este gran secreto, para que pueda asesinar y obtener ganancias”; y de ello “se gloriaba… diciendo: Soy libre; ciertamente los rebaños de mi hermano caerán en mis manos”. Caín llegó a ser “maestro de ese gran secreto” de convertir la vida en propiedad, secreto mediante el cual los poderosos han prosperado desde sus días. ¿Tomamos alguna vez esta lección en serio?

Además, nuestras Escrituras enseñan que todos los niños pequeños son puros e inocentes por naturaleza y que, como tales, son salvos en el reino celestial de Dios; también declaran que la enseñanza contraria del mundo es particularmente diabólica. Ahora bien, la inmensa mayoría de los negros que han vivido sobre la tierra murieron siendo niños pequeños; el reino celestial estará lleno de ellos, mientras que, como ya hemos indicado, puede que haya muy pocos poseedores actuales del sacerdocio entre ellos. ¿Se ha observado debidamente este hecho? También se ha sostenido que, debido a la maldición de Caín, el negro nunca debería tener derecho al voto; pero nuestras Escrituras enseñan que esa raza posee una aptitud especial para el gobierno: “El primer gobierno de Egipto fue establecido por Faraón… según la manera del gobierno de Cam… Faraón, siendo un hombre justo, estableció su reino y juzgó a su pueblo sabia y justamente todos los días de su vida… Noé, su padre… lo bendijo con las bendiciones de la tierra y con las bendiciones de la sabiduría, pero lo maldijo en lo concerniente al sacerdocio”. Ya hemos visto que el sacerdocio no implica autoridad para dar órdenes a los hombres, cuya absoluta libertad moral respeta rigurosamente. Donde es necesario gobernar y administrar, un hombre justo y recto, bendecido con sabiduría y conocimiento terrenal, es precisamente lo que necesitamos. ¡Ojalá tuviéramos hoy dirigentes así!

Lo más difícil del mundo para los hombres es aprender “esta única lección: que los derechos del sacerdocio están inseparablemente ligados a los poderes del cielo”. Estos pertenecen únicamente a Dios, quien los concede y los retira, y nadie discutirá Su derecho a hacer con lo que es suyo lo que Él quiera. Así pues, toda la cuestión se reduce a preguntar si realmente ha sido Dios, y no el hombre, quien ha dispuesto este asunto. Tanto miembros como no miembros, que hasta ahora se habían burlado de la sola idea de plantear semejante pregunta, de pronto se sienten profundamente interesados en ella. Por eso me produce gran satisfacción estar en condiciones de responderla con un sí inequívoco: es, en efecto, obra del Señor. ¿Cómo lo sé? Por revelación, la cual no estoy en posición de conferir a otros; esto vale únicamente para mí. Y eso hace que la “cuestión del negro” sea tan irreal como la “cuestión mormona”, que mantuvo a la nación agitada durante muchos años. Si dependiera únicamente de mí, lo último que haría en el mundo sería defender la poligamia o imponer cualquier limitación a los negros; y muchas veces he oído a los hermanos expresarse en el mismo sentido. Cuando el Señor le dijo a José Smith que no siempre podía distinguir a sus amigos de sus enemigos ni a los inicuos de los justos, ¿qué le quedaba por hacer? “Por tanto, os digo: guardad silencio hasta que yo considere conveniente dar a conocer todas las cosas al mundo respecto a este asunto”. Aunque esto nos coloque, como colocó al Profeta, en una situación incómoda e incluso peligrosa, también constituye la mejor prueba posible de nuestra fe, de nuestra esperanza y, sobre todo, de nuestra caridad.

Esta entrada fue publicada en Arrepentimiento, perdón y conversión y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario