Conferencia General Abril 1950

Él ha Resucitado

La resurrección literal de Jesucristo confirma Su divinidad, asegura la resurrección de toda la humanidad y establece que la salvación se encuentra únicamente en Él.

Presidente J. Reuben Clark, Jr
Primer Consejero de la Primera Presidencia

“Ha resucitado, para que así como en Adán todos murieron, también en Cristo todos sean vivificados.”


En la segunda mañana después del día de la crucifixión, María Magdalena, María la madre de Jacobo, Salomé, Juana y otras mujeres llegaron temprano al sepulcro donde Jesús había sido colocado la tarde de la crucifixión; “y cuando entraron en el sepulcro, vieron a un joven sentado al lado derecho, cubierto de una larga ropa blanca; y se espantaron. Mas él les dijo: No os asustéis; buscáis a Jesús nazareno, el que fue crucificado”. “No está aquí; mirad el lugar donde le pusieron”. “Ha resucitado”. “Acordaos de cómo os habló cuando aún estaba en Galilea”.

El astuto plan de los temerosos principales sacerdotes y fariseos para guardar el sepulcro, no fuera que sus discípulos vinieran y lo hurtaran; el gran poder de Roma manifestado por la guardia romana puesta para impedir el robo del cuerpo; el sellado de la tumba para asegurarse de que nadie pudiera entrar: todo resultó inútil. El Cristo que murió para expiar la Caída de Adán había resucitado de entre los muertos para asegurar la resurrección de todos los hombres del sepulcro. Porque, ¿no había dicho meses antes, hablando a los judíos en Jerusalén?: “Yo soy el buen pastor… pongo mi vida por las ovejas… Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre”.

Al salir del sepulcro aquella mañana temprana, la oscuridad que había cubierto la tierra desde el día en que Adán cayó retrocedió ante la luz divina del Señor resucitado, y entonces se cumplió el fruto del plan divino: que así como en Adán todos murieron, también en Cristo todos fueron vivificados.

APARICIONES DEL SEÑOR RESUCITADO

En la mañana de la resurrección salió como un ser de carne y huesos, tal como había sido depositado. Aunque prohibió a María Magdalena que lo tocara, las otras mujeres que vinieron al sepulcro “abrazaron sus pies y le adoraron”. En algún momento de ese primer día se apareció a Pedro y, al final de la tarde, a los dos que iban camino a Emaús. “Y comenzando desde Moisés y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían”. Mientras estaba sentado a la mesa con ellos, “tomó el pan y lo bendijo, lo partió y les dio”. Entonces les fueron abiertos los ojos, le reconocieron y desapareció de su vista. Ellos regresaron a Jerusalén y se reunieron con los Doce, excepto Tomás. Las puertas estaban cerradas. Contaron su visita con el Señor resucitado. Mientras aún hablaban, Jesús se presentó en medio de ellos. Reprendió y calmó sus temores. “Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad y ved, porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo”. Les pidió de comer. Ellos le dieron un pedazo de pescado asado y un panal de miel, y él comió delante de ellos.

Ocho días después, estando nuevamente los Doce reunidos en una habitación con las puertas cerradas, y hallándose ahora Tomás con ellos, Jesús volvió a aparecer repentinamente en medio de ellos. Invitó a Tomás a mirar y tocar sus manos, a meter su dedo en la herida de la lanza en su costado y luego le dijo: “No seas incrédulo, sino creyente”.

A orillas del mar de Galilea se apareció a Pedro, a Tomás y a Natanael de Caná, a los hijos de Zebedeo y a otros dos que habían salido a pescar.

“Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez”, y también a Jacobo.

Once de los discípulos lo visitaron en un monte de Galilea, donde él les había indicado que fueran.

LA ASCENSIÓN

Finalmente, después de cuarenta días, los reunió en Jerusalén y, conduciéndolos hasta Betania, donde vivían María, Marta y Lázaro, mientras aún lo contemplaban, “una nube le recibió y le ocultó de sus ojos”. Dos hombres con vestiduras blancas se presentaron ante ellos y les dijeron: “Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo”.

No hay una sola palabra en el registro que no testifique que el mismo cuerpo que José y Nicodemo habían puesto en el sepulcro salió de él como un ser resucitado y glorificado, un cuerpo de carne y huesos, tal como él mismo declaró.

Algún tiempo después de su resurrección vino a este continente, estableció su Iglesia y realizó grandes obras.

Desde el comienzo de su ministerio había anunciado este gran milagro de muerte y resurrección. A las multitudes en los atrios del templo, que cuestionaban su primera purificación del templo y exigían una señal de su autoridad, Jesús dijo: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”. Ellos pensaron que hablaba de los patios de mármol, del lugar santo y del lugar santísimo; “mas él hablaba del templo de su cuerpo”.

SU MESIANISMO AFIRMADO

Declarando a los judíos su relación con el Padre, dijo: “Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy, y que nada hago por mí mismo”.

A los judíos en el templo, Jesús declaró: “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo”. Esto decía dando a entender de qué muerte iba a morir.

Una y otra vez declaró su condición de Mesías. Primero por implicación cuando, en el templo a los doce años, sentado entre los doctores, escuchándolos y haciéndoles preguntas, respondió al reproche de María: “¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?”.

A la mujer de Samaria, que dijo que cuando viniera el Mesías les declararía todas las cosas, “Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo”.

En Cesarea de Filipo, Pedro, respondiendo a la pregunta: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”, declaró: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Jesús lo bendijo diciendo: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás; porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”.

Cuando los judíos, exaltados por el orgullo de sus corazones, proclamaban a Abraham como su padre, Jesús dijo: “De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy”.

Ante la insolente exigencia de Caifás: “¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?”, Jesús respondió: “Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder y viniendo en las nubes del cielo”.

Así testificó Jesús una y otra vez de su propio mesianismo; así también testificaron aquellos que fueron tocados por un testimonio divino.

LA REDENCIÓN

El punto central del gran plan formulado en el Gran Concilio de los Cielos antes de que el mundo fuese creado era la redención de la muerte mortal traída por la Caída; y esta mortalidad era necesaria para que los espíritus de los hombres pudieran recibir un tabernáculo de carne. Toda su vida terrenal giró alrededor de su sacrificio expiatorio, su crucifixión y su resurrección. Él mismo había propuesto el plan. Sin embargo, tan instruido, tan guiado, tan destinado y tan consciente como era, cuando se acercó la hora de su sacrificio, su corazón mortal sintió temor.

En el templo, después de decir: “Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto”, añadió, percibiendo el sacrificio que se acercaba: “Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora”.

En Getsemaní oró: “Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa”; pero inmediatamente, la divinidad que había en él se levantó y tomó el control, y dijo: “Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que tú”.

Cuando se encontraron con la multitud guiada por Judas para arrestarlo, Pedro cortó la oreja derecha de Malco. Jesús dijo a Pedro: “Mete tu espada en la vaina; la copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?”.

En la cruz, en la agonía de la mortalidad que expiraba, clamó al Padre en alta voz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”.

EL LUGAR DEL MESÍAS

Respecto al lugar del Mesías en la economía divina del universo de Dios, Juan declaró: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas; y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no la comprendieron”.

A la mujer de Samaria, de quien Jesús pidió agua del pozo de Jacob, le dijo acerca de sí mismo: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva… cualquiera que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna”.

A la multitud de cinco mil personas que había alimentado con cinco panes y dos peces, les declaró su lugar diciendo: “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene nunca tendrá hambre, y el que en mí cree no tendrá sed jamás”.

Nuevamente, mientras enseñaba en el tesoro del templo, dijo a los fariseos acerca de sí mismo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”.

A la gente en los atrios del templo declaró: “Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas”.

Y en el aposento alto, la noche de la última cena, hablando con sus discípulos, dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí”. Les habló de su partida, diciendo: “Adonde yo voy, no me puedes seguir ahora; mas me seguirás después”. En el Monte de los Olivos dijo: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”.

Cerca de Betania, durante la ascensión, cuando una nube envolviéndolo lo ocultó de la vista de sus discípulos, un ángel declaró: “Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo”.

Esteban, antes de “dormir” apedreado hasta la muerte, “lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios. Y dijo: He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios”.

ÉL HA RESUCITADO

Tal como el ángel dijo a las mujeres en el sepulcro en la mañana de la resurrección:

“Ha resucitado”, y “el pueblo asentado en tinieblas vio gran luz; y a los asentados en región de sombra de muerte, luz les resplandeció”.

“Ha resucitado”, dejándonos la palabra de que la salvación está solamente en él, “porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”.

“Ha resucitado”, con la gloriosa promesa de que si buscamos primeramente el reino de Dios y su justicia, las cosas de este mundo nos serán añadidas.

“Ha resucitado”, llevando cautiva a la muerte.

“Ha resucitado”, como las “primicias de los que durmieron”.

“Ha resucitado”, para que todos los hombres también resuciten, cada uno al estado y gloria a los que su vida, sus obras y su testimonio le hagan merecedor; y cuando hayamos resucitado, “se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?”.

“Ha resucitado”, para que así como en Adán todos murieron, también en Cristo todos sean vivificados; porque aun “los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán”; y, habiéndola oído, serán “juzgados según los hombres en la carne, pero vivirán según Dios en el espíritu”.

TESTIMONIO DE SU DIVINIDAD

Durante casi dos milenios completos desde que caminó y habló entre los hombres, y desde hoy hasta que el tiempo se funda con las eternidades venideras, el mensaje divino concedido a la humilde Marta, “afanada con muchos quehaceres”, traerá gozo a los hijos de Dios: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?”.

Entonces, de aquella mujer ocupada en las labores del hogar surgió el glorioso testimonio, sin igual entre las declaraciones de todos aquellos con quienes Cristo se relacionó en Palestina, excepto quizá por las palabras del pescador Pedro: “Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo”.

Que este testimonio, que también es el mío, crezca en el corazón de todos los que ya lo poseen, y que llegue a todos los que aún lo buscan hasta que lo encuentren, para que tengan vida eterna, lo ruego humildemente en el nombre de Aquel que murió para que los hombres vivieran, y que ahora ha resucitado. Amén.

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