Escuchad… y Obedeced
El arrepentimiento sincero y la obediencia al Señor son el único camino verdadero hacia la paz, la salvación y la esperanza para las personas y las naciones.
Élder Marion G. Romney
Ayudante del Consejo de los Doce Apóstoles“No hay armamentos, planes humanos ni poderes del mundo que puedan preservar a un pueblo inicuo; solo el arrepentimiento y el volver al Señor pueden traer paz verdadera.”
“Es solo cuestión de tiempo, a menos que las personas se arrepientan de sus pecados, que vendrá la guerra; y no solo la guerra, sino también la pestilencia, hasta que la familia humana desaparezca de la tierra. Solo hay una manera de disfrutar de paz y felicidad en este mundo: arrepentirse y volver al Señor. Ese es el único camino”.
Con estas palabras el presidente Smith presentó el tema de esta conferencia en la sesión de apertura del jueves pasado. Esta declaración penetró en mi corazón como fuego, porque no la acepté como la declaración de un hombre, sino como la palabra de Dios por medio de Su profeta viviente para esta generación viviente. Deseo decir unas pocas palabras acerca de este tema. Me recuerda la elocuente declaración de Alma:
¡Oh, si yo fuera un ángel y pudiera tener el deseo de mi corazón, para salir y hablar con la trompeta de Dios, con una voz que hiciera temblar la tierra, y proclamar el arrepentimiento a todo pueblo!
Sí, declararía a toda alma, como con voz de trueno, el arrepentimiento y el plan de redención, para que se arrepintieran y vinieran a nuestro Dios, a fin de que no hubiera más tristeza sobre toda la faz de la tierra. (Alma 29:1–2).
Aquí, ciertamente, hay un anhelo digno de todo deseo.
PRIMEROS PRINCIPIOS
En el diario del Profeta, con fecha del 1 de marzo de 1842, aparece la siguiente anotación:
A petición del señor John Wentworth, editor y propietario del Chicago Democrat, he escrito el siguiente bosquejo del origen, progreso, persecución y fe de los Santos de los Últimos Días. (History of the Church, tomo IV, pág. 535).
El bosquejo así introducido lo concluyó con los Artículos de Fe, cuyo cuarto artículo dice:
Creemos que los primeros principios y ordenanzas del Evangelio son: primero, fe en el Señor Jesucristo; segundo, arrepentimiento; tercero, bautismo por inmersión para la remisión de los pecados; cuarto, la imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo. (Artículos de Fe 1:4).
Notarán que, en la secuencia seguida aquí por el Profeta, el arrepentimiento como principio del Evangelio está precedido por la fe en el Señor Jesucristo. Es claro, por los tres artículos que preceden al que he citado, que para tener esta fe se requiere primero creer en Dios como nuestro Padre Eterno, en Jesucristo como Su Hijo Amado y en el Espíritu Santo; y segundo, aceptar las doctrinas de que los hombres serán responsables de sus propios pecados y de que, mediante la expiación de Cristo, pueden ser salvos por la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio.
EL ARREPENTIMIENTO QUE CONDUCE A LA SALVACIÓN
Para quien cree estas verdades y, a la luz de ellas, tiene fe en el Señor Jesucristo, el arrepentimiento significa no solo “apartarse con pesar de un curso pecaminoso anterior”, como se ha definido, sino además que, mediante el arrepentimiento, puede colocarse al alcance de la sangre expiatoria de Jesucristo para que, por medio de ella, sea limpiado de los efectos de sus transgresiones y obtenga el perdón de ellas. Su arrepentimiento es una preparación para el bautismo por inmersión para la remisión de los pecados y para recibir el Espíritu Santo.
Aunque apartarse de un camino pecaminoso en cualquier momento y por cualquier causa es algo digno de elogio y deseable, el arrepentimiento que “produce… salvación”, como lo expresa Pablo (2 Corintios 7:10), está inseparablemente relacionado con los demás primeros principios del Evangelio.
EL VERDADERO ARREPENTIMIENTO
Muchas personas sobrias y sinceras están reconociendo la necesidad de que los hombres se arrepientan de sus caminos pecaminosos y están exhortando a que vuelvan a Dios. Esto es bueno hasta donde llega; pero las únicas personas que pueden llamar a los habitantes de la tierra al verdadero arrepentimiento son los miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. La razón por la cual esta afirmación, bastante amplia, es verdadera, es que tal llamado al arrepentimiento no puede hacerse sin una comisión divina.
Que este arrepentimiento sea declarado bajo comisión divina, como el presidente Smith lo declaró al abrir esta conferencia, no es algo nuevo. No era nuevo en los días del Profeta. Es tan antiguo como este mundo. En la mañana de la existencia temporal de la tierra, un ángel comisionado por el Señor mismo declaró el arrepentimiento al primer hombre mortal, diciendo:
“…te arrepentirás y llamarás a Dios en el nombre del Hijo para siempre”.
Y el Señor Dios llamó a los hombres por medio del Espíritu Santo en todas partes y les mandó que se arrepintieran;
Y cuantos creyeran en el Hijo y se arrepintieran de sus pecados serían salvos; y cuantos no creyeran ni se arrepintieran serían condenados; y estas palabras salieron de la boca de Dios mediante un decreto firme. (Moisés 5:8, 14–15).
LA NECESIDAD DEL MOMENTO
Desde entonces hasta ahora, los hombres han vivido sobre la tierra, y particularmente en el continente americano, bajo este firme decreto. Como fue en el pasado, así debe continuar siendo, porque el Señor Todopoderoso lo ha declarado. Me parece, por tanto, que la necesidad más desesperada de esta hora es el arrepentimiento, y pronto, porque es más tarde de lo que pensamos. Hace ya mucho tiempo, en 1829, el Señor dijo:
“He aquí, el mundo madura en la iniquidad; y es necesario que los hijos de los hombres sean estimulados al arrepentimiento”. (D. y C. 18:6).
Una y otra vez en el pasado, cuando hombres y naciones se han enfrentado a la destrucción, el Señor ha enviado a Sus siervos comisionados para declararles el arrepentimiento como el camino de escape. “Noé llamó a los hijos de los hombres para que se arrepintieran”, y aunque “no escucharon sus palabras”, continuó predicándoles, diciendo:
“Creed y arrepentíos de vuestros pecados y bautizaos en el nombre de Jesucristo, el Hijo de Dios… y recibiréis el Espíritu Santo… y si no hacéis esto, las aguas del diluvio vendrán sobre vosotros”; sin embargo, no escucharon. (Moisés 8:24).
Melquisedec, rey de Salem, fue comisionado por el Señor y declaró el arrepentimiento a su pueblo.
Y habiendo ejercido una fe poderosa y recibido el oficio del sumo sacerdocio según el santo orden de Dios, predicó el arrepentimiento a su pueblo. Y he aquí, ellos se arrepintieron; y Melquisedec estableció la paz en la tierra durante sus días; por tanto, fue llamado el príncipe de paz. (Alma 13:18).
EL ARREPENTIMIENTO EN AMÉRICA
Sobre nuestra amada tierra de América, Dios ha comisionado repetidamente a Sus siervos para llamar al pueblo al arrepentimiento a fin de que escape de la destrucción. El profeta Éter “vino en los días de Coriántumr” (Éter 12:2), rey de la nación jaredita, y bajo la dirección del Señor buscó personalmente a Coriántumr y le profetizó:
“…que si él se arrepentía, y toda su casa, el Señor le daría su reino y preservaría al pueblo;
De otro modo serían destruidos, y toda su casa, excepto él mismo.
…Y aconteció que Coriántumr no se arrepintió, ni tampoco su casa ni el pueblo; y las guerras no cesaron”. (Éter 13:20–22).
Hace quince siglos y medio, debido a su iniquidad, los restos de la raza nefita se hallaban en una lucha mortal sobre esta tierra contra sus hermanos, los lamanitas. Entre ellos estaba el poderoso profeta y líder Mormón, a quien el Señor dijo:
“…Clama a este pueblo: Arrepentíos y venid a mí, y bautizaos, y reedificad mi iglesia, y seréis preservados.
Y clamé a este pueblo, pero fue en vano; y no comprendieron que era el Señor quien los había preservado y les había concedido una oportunidad para arrepentirse. Y he aquí, endurecieron sus corazones contra el Señor su Dios”. (Mormón 3:2–3).
Por lo tanto, ellos, al igual que los jareditas, fueron barridos de esta tierra. Esto fue así a pesar de las gloriosas promesas hechas en el Libro de Mormón, algunas de las cuales fueron citadas esta mañana por el presidente Young. Todas esas promesas estaban condicionadas al arrepentimiento.
LA INIQUIDAD DE NUESTROS DÍAS
El mundo en que vivimos hoy está enfermo, cercano a la muerte. La enfermedad que lo aflige no es nueva. Es tan antigua como la historia. Su nombre es iniquidad. La cura es el arrepentimiento. El Señor previó hace mucho tiempo nuestra situación actual y prescribió el remedio. El 1 de noviembre de 1831 dijo:
“…yo, el Señor, sabiendo la calamidad que habría de venir sobre los habitantes de la tierra, llamé a mi siervo José Smith, hijo, y le hablé desde los cielos y le di mandamientos;
Y también di mandamientos a otros para que proclamaran estas cosas al mundo”. (D. y C. 1:17–18).
Aquí se mencionan dos cosas que el Señor había hecho para preparar una vía de escape. Primero, había dado mandamientos; y segundo, había comisionado a hombres para proclamarlos.
Uno de esos mandamientos fue este:
“Escuchad, oh pueblo de mi iglesia, dice el Señor vuestro Dios…
Escuchad y oíd, habitantes de la tierra. Escuchad, élderes de mi iglesia reunidos, y oíd la voz del Señor; porque él llama a todos los hombres y manda a todos los hombres, en todas partes, que se arrepientan”. (D. y C. 133:1, 16).
“Y ciertamente todo hombre debe arrepentirse o padecer”. (D. y C. 19:4).
Y aquí está la comisión:
“Escuchad, oh élderes de mi iglesia… escuchad, oíd y obedeced:
He aquí, de cierto os digo que os doy este primer mandamiento: que salgáis en mi nombre…
Y saldréis con el poder de mi Espíritu… en mi nombre, alzando vuestra voz como sonido de trompeta, declarando mi palabra como los ángeles de Dios”. (D. y C. 42:1–2, 4, 6).
¿Y qué declararemos?
“Y saldréis bautizando con agua, diciendo: Arrepentíos, arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”. (D. y C. 42:7).
NUESTRA RESPONSABILIDAD
Nosotros, que hoy llevamos el sacerdocio de Dios, somos los herederos legales de esta gran comisión. Nuestra responsabilidad es declarar oficialmente el arrepentimiento a todos los habitantes de la tierra. Nadie está exento. Debemos cumplir esta responsabilidad, independientemente de la manera en que nuestro mensaje sea recibido. Con respecto a ello, tenemos la misma obligación hacia esta generación que tuvo Ezequiel hacia la casa de Israel en su día. Recordarán que el Señor le dijo:
“Hijo de hombre, yo te he puesto por atalaya a la casa de Israel; oirás, pues, la palabra de mi boca y les advertirás de mi parte.
Cuando yo diga al impío: De cierto morirás; y tú no le amonestares, ni le hablares para advertir al impío de su mal camino, para salvarle la vida, aquel impío morirá por su maldad; pero su sangre demandaré de tu mano.
Pero si tú amonestares al impío y él no se apartare de su impiedad ni de su mal camino, él morirá por su maldad; pero tú habrás librado tu alma”. (Ezequiel 3:17–19).
Considero esta comisión de declarar el principio salvador del arrepentimiento como una gran bendición. Estoy agradecido a mi Padre Celestial por ella, porque hay pocas cosas más angustiosas para mí que enfrentar una situación difícil sobre la cual no puedo hacer nada. La comisión que llevamos nos proporciona un curso de acción positivo para enfrentar los problemas que tenemos delante. Es reconfortante y fortalecedor saber que el camino que tratamos de persuadir a las personas a seguir es el mismo que el Redentor les haría seguir si estuviera aquí en persona.
NO HAY OTRO CAMINO
A quienes sostienen que el camino del arrepentimiento es demasiado lento, solo puedo responder que no existe otro camino. Nuestro profeta así lo ha declarado en esta conferencia. Si no volvemos pronto en nosotros mismos y nos arrepentimos, individualmente y como naciones, de nuestra poca estima por la vida humana, de nuestra impureza moral, de nuestras mentiras y engaños, de nuestro orgullo y jactancia, de nuestra codicia, envidia, avaricia y sed de poder, de nuestra embriaguez, de nuestra falta de humildad, reverencia y oración, de nuestra profanación del día de reposo, de nuestra falta de fe en el Señor Jesucristo y, en resumen, de toda nuestra iniquidad, descubriremos que será demasiado tarde, porque los demás remedios propuestos para la difícil situación actual del mundo resultarán inútiles. No hay armamentos, planes gubernamentales, organizaciones internacionales ni mecanismos de control de armas que puedan preservar a un pueblo inicuo.
“La maldad nunca fue felicidad”, declaró Alma a su hijo descarriado Coriantón (Alma 41:10); y Samuel el lamanita dijo a una generación inicua de su tiempo:
“…habéis buscado todos los días de vuestra vida aquello que no podíais obtener; y habéis procurado hallar felicidad haciendo iniquidad, cosa que es contraria a la naturaleza de aquella rectitud que existe en nuestro grande y Eterno Cabeza”. (Helamán 13:38).
Alma nos ha dado pruebas contundentes de su convicción de que el arrepentimiento es más eficaz que las armas para mantener la paz. Recordarán que él era el juez superior elegido de la nación nefita. Como tal, era gobernador del pueblo de Nefi y comandante en jefe de sus ejércitos. Al ver que muchos se apartaban y conspiraban con el enemigo, él, a pesar de tener el poder para fortalecer y dirigir sus ejércitos, puso los asuntos del Estado en manos de otros para poder dedicarse a predicar el arrepentimiento a los disidentes. Las razones de esta extraordinaria decisión se expresan en la siguiente declaración:
Y ahora bien, como la predicación de la palabra tenía una gran tendencia a inducir al pueblo a hacer lo que era justo; sí, había tenido un efecto más poderoso sobre la mente del pueblo que la espada o cualquier otra cosa que les hubiera acontecido; por tanto, Alma pensó que era conveniente probar la virtud de la palabra de Dios. (Alma 31:5).
MENSAJE DE ESPERANZA
Ahora bien, mis hermanos y hermanas, no hay nada de vengativo en el mensaje de arrepentimiento que llevamos. Es un mensaje de salvación y esperanza, y no de condenación. Nuestro propósito es declararlo a nuestros semejantes con caridad y amor, pero de ninguna manera nos disculpamos por él. Sabemos que proviene de Dios. Lo llevamos por Su mandato y, confiamos, con el poder de Su Espíritu.
Que el Señor nos ayude a mantener presente el lugar que ocupa el arrepentimiento en el plan de redención, la necesidad que tienen de él los hombres y las naciones, y nuestra comisión de proclamarlo. Que nos ayude a convertirlo en una práctica diaria en nuestra propia vida para que, al proclamarlo, podamos apresurar eficazmente el gran día vislumbrado por Alma, cuando ya no habrá “más tristeza sobre toda la faz de la tierra” (Alma 29:2). Humildemente lo ruego en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


























