Conferencia General Abril 1950

Arrepentimiento… o Esclavitud

El verdadero camino para preservar la libertad individual y nacional es el arrepentimiento, la rectitud y la superación del egoísmo.

Élder Joseph F. Merrill
Del Consejo de los Doce Apóstoles

“Una nación que abandona los principios de rectitud y permite que el egoísmo gobierne sus decisiones corre el riesgo de perder las libertades que tanto valora.”


Hermanos y hermanas:

Es un lugar común decir que vivimos en tiempos peligrosos. Hay innumerables problemas, disputas, disensiones, peligros y complejidades por todas partes. Los pueblos de todas las naciones desean y oran fervientemente por la paz, y sin embargo las perspectivas de paz parecen volverse cada vez más oscuras y sombrías. Se habla cada vez más de guerra, y los preparativos bélicos se aceleran, especialmente mediante medios tan destructivos que, si fueran usados de manera generalizada, resultarían en la casi total extinción de la vida humana. La reciente guerra mundial fue tan costosa y destructiva que, al concluir, prevalecía por todas partes el sentimiento de que las naciones jamás volverían a involucrarse en un conflicto tan insensato y desastroso. Pero ¿qué vemos ahora? A pesar de ello, todavía no se han firmado tratados de paz con las principales naciones, y los programas de rearme avanzan tan rápidamente como es posible.

CONDICIONES PERTURBADAS

¿Por qué existen las condiciones aquí señaladas? Hay muchas razones, algunas de las cuales se han mencionado muchas veces desde este púlpito. Todas ellas pueden resumirse en una sola frase: el fracaso de vivir como el Señor ha indicado que nosotros, Sus hijos, debemos vivir. Algunos fundamentos de este modo de vida nos fueron dados por el profeta José Smith en los artículos 11, 12 y 13 de nuestra fe, que dicen lo siguiente:

  1. Reclamamos el privilegio de adorar a Dios Todopoderoso conforme a los dictados de nuestra propia conciencia, y concedemos a todos los hombres el mismo privilegio: que adoren cómo, dónde o lo que deseen.
  2. Creemos en estar sujetos a reyes, presidentes, gobernantes y magistrados, en obedecer, honrar y sostener la ley.
  3. Creemos en ser honrados, veraces, castos, benevolentes, virtuosos y en hacer el bien a todos los hombres…

El Artículo 11 es una declaración ideal de tolerancia religiosa, una condición tristemente ausente en el mundo actual, como se evidencia en muchos lugares; ejemplos de ello son el sangriento conflicto que recientemente costó la vida a miles de personas en la lucha mortal entre musulmanes e hindúes en Pakistán, y la expulsión de Checoslovaquia de los misioneros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. La tolerancia religiosa es quizás la más difícil de todas las formas de tolerancia para que las personas devotas la concedan; pero si pudieran otorgarla, también podrían ser tolerantes en otros asuntos relacionados con las normas morales.

LA REGLA DE ORO

Hablando de cómo el Señor desea que vivamos en todas nuestras relaciones con los seres humanos, hay otra frase que expresa maravillosamente ese camino. Es esta: “Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos”. Esto se conoce como la Regla de Oro. El segundo gran mandamiento requiere que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Para hacerlo, ¿no es necesario cumplir con los requisitos de la Regla de Oro? No siempre es fácil hacerlo, pero sigue siendo un requisito divino. Si todos los individuos, pueblos y naciones actuaran así, la paz llegaría de inmediato a todas las partes del mundo actualmente perturbado. La medida de paz que tenemos o tendremos será proporcional al grado en que el agresor observe la Regla de Oro.

Pero en cuanto a los agresores, se encuentran por todas partes: local, nacional e internacionalmente; y dondequiera que se encuentren, todos tienen en común al menos una falta: un egoísmo excesivo y desmedido. Quieren, y generalmente insisten en tener, más de algo que no les pertenece legítimamente y, si es necesario, lucharán para obtenerlo. Sin embargo, por regla general prefieren satisfacer sus deseos injustos y sus apetitos perversos por otros medios que no sean la lucha física. Por ello, el derramamiento de sangre no es tan generalizado como podría ser; por ejemplo, ¿quiere Rusia una guerra? ¿Por qué habría de quererla? ¿No ha avanzado rápidamente el comunismo en el control de pueblos y naciones desde que cesaron los combates de la Segunda Guerra Mundial?

Pero el temor a una guerra, a un derramamiento de sangre espantoso, es tan grande en este país que nuestro gobierno está gastando miles de millones de dólares al año para evitarla, aparentemente creyendo que una preparación moderna para combatir es el medio más seguro para prevenir la guerra. El pueblo de los Estados Unidos ciertamente no desea otra guerra entre naciones, y la mayoría está dispuesta a hacer todo lo posible para impedirla. Hasta dónde es necesario llegar para lograr este objetivo es una cuestión debatible.

PELIGROS INTERNOS

Pero no es de la guerra entre naciones ni de su peligro de lo que deseo hablar más extensamente, porque siento que un peligro más inmediato para los mejores intereses del pueblo de los Estados Unidos se encuentra dentro de nuestras fronteras más que fuera de ellas. Y estos peligros tienen sus raíces en el egoísmo irracional y condenable que se manifiesta en todos los niveles de nuestra sociedad por parte de individuos, grupos y organizaciones.

Durante muchos años este país ha tenido leyes antimonopolio para regular a las corporaciones comerciales. El gobierno federal y los estados han establecido controles, juntas y comisiones para administrar estas leyes, con el propósito de proteger al público contra prácticas comerciales injustas y cobros excesivos por los bienes y servicios de las corporaciones. La intención de estas leyes ha contado con una aprobación pública abrumadora. Pero durante los últimos años se ha venido desarrollando otra forma de monopolio que, si no se controla, impondrá al país un tipo de esclavitud desconocido e inimaginable para los fundadores de nuestra gloriosa república, la cual, desde sus comienzos, ha servido como un apreciado estandarte de libertad personal y libre empresa para todo el mundo.

Pero estos dos elementos esenciales de un pueblo libre están siendo cada vez más restringidos en este país. Han sido prácticamente destruidos en Rusia y en algunos otros países controlados por el comunismo, donde se afirma que gobierna una democracia popular, una afirmación sumamente absurda a la luz de los hechos.

LIBRE EMPRESA

¿Qué quiero decir con las palabras “libre empresa”? Quiero decir libertad individual de acción y de oportunidad. Según nuestras enseñanzas, toda persona nacida en la mortalidad viene de Dios, nuestro Padre, con el don invaluable del libre albedrío y será considerada responsable por el uso que haga de él. Naturalmente, en el ejercicio de este don nadie puede, sin pecar contra Dios y contra los hombres, hacer conscientemente algo que perjudique o dañe a otro ser humano. Además, nuestra Iglesia enseña que la Constitución de los Estados Unidos, tal como fue dada por los padres fundadores de nuestra república, es un documento divinamente inspirado, diseñado para proteger a los ciudadanos en el disfrute de sus derechos inalienables, entre los cuales están “la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Por lo tanto, ¿no son las restricciones a nuestra libertad de acción, mientras no perjudiquemos a otros, una violación del espíritu de la Constitución y de nuestra Carta de Derechos?

Estados Unidos ha llegado a ser grande en muchas áreas del esfuerzo humano; de hecho, la nación más grande de la tierra, indudablemente debido a su sistema de libre empresa o capitalismo. Este sistema es nuestro orgullo y la envidia de algunos otros pueblos. Gracias a nuestras grandes corporaciones industriales y financieras, Estados Unidos asombró al mundo, y particularmente a Adolf Hitler, por la rapidez de sus preparativos y su participación en la reciente guerra mundial.

TENDENCIAS EN DESARROLLO

Pero existen tendencias en desarrollo, impulsadas por el egoísmo, la codicia y la ambición que, si no se detienen, tarde o temprano traerán tristeza y ruina a nuestro país. Entre estas tendencias está la de “algo por nada”, o al menos “cada vez más por cada vez menos”: más salario por menos trabajo. Y según lo veo, cualquiera que sea la forma en que se expresen estas tendencias, todas conducen a algún tipo de socialismo nacional. Y, en general, el socialismo es enemigo de la libre empresa, gracias a cuyo desarrollo, repito, este país ha llegado a ser el más grande de la tierra. Entonces, ¿por qué un ciudadano estadounidense honrado, patriota e inteligente habría de preferir el socialismo a la libre empresa? ¿No es en la libre empresa donde el libre albedrío, un don divino dado a todo ser humano, encuentra un ambiente favorable para crecer, desarrollarse y vivir en armonía con nuestra hermosa doctrina de la progresión eterna?

LOS SINDICATOS LABORALES

Ahora, para ilustrar lo que he dicho, permítanme dar algunos ejemplos.

Las experiencias recientes nos han convencido de que algunos sindicatos poseen un poder monopolístico que, si se ejerciera plenamente, significaría la ruina para la industria estadounidense. El ejercicio de este poder emplea un método que es hermano gemelo del utilizado por el ladrón de bancos. La corporación entrega lo que se le exige, así como lo hace el cajero. En el caso de la corporación, usted y yo, es decir, el público, pagamos la cuenta. Los recientes acuerdos entre el carbón y los sindicatos, y entre el acero y los sindicatos, son buenos ejemplos de ello. Inmediatamente después de anunciarse esos acuerdos, subieron los precios del acero y del carbón. Sí, cuando aumentan los costos, el público paga, y casi siempre debe hacerlo si la corporación ha de mantenerse solvente.

Después de terminar la última guerra, un sindicato de la industria automotriz exigió un aumento salarial de treinta centavos por hora, pero insistió en que no debía haber aumento de precios, una absurda contradicción. En cualquier empresa productiva, la mano de obra es un factor importante en el costo de operación. En nuestro sistema competitivo de libre empresa, ¿cómo pueden aumentar considerablemente los costos laborales sin que aumenten los precios, si la corporación ha de mantenerse solvente? ¿Qué respuesta da la historia reciente? Comenzando en el otoño de 1945, ocurrieron aumentos salariales en casi todas las industrias productivas. Luego siguió un aumento de precios. Debido a ello, los trabajadores exigieron y obtuvieron un segundo aumento salarial. Los precios volvieron a subir, seguidos por la exigencia y obtención de un tercer aumento salarial. Más recientemente, los trabajadores del acero y del carbón han recibido un cuarto aumento de salarios y otros beneficios monetarios, lo que, como dije hace un momento, ha producido otro incremento en los precios.

Pero, ¿por qué una corporación próspera no puede aumentar salarios sin aumentar precios?, es una pregunta que muchos hacen. Ya he dado una respuesta, pero ahora la explicaré un poco citando un informe anual que recibí hace unas dos semanas de una gran corporación:

Los costos de operación en 1949 permanecieron altos, y se incurrió en gastos adicionales al cambiar modelos y preparar la introducción de nuevos productos. Al mismo tiempo, para fortalecer el negocio y prepararse para el futuro, la compañía intensificó sus esfuerzos de comercialización para enfrentar condiciones más competitivas y amplió sus programas de investigación e ingeniería con el fin de proporcionar un flujo continuo de productos nuevos y mejorados a largo plazo. Los gastos resultantes de estas actividades tuvieron un efecto notable sobre las ganancias de la compañía en 1949, las cuales representaron el 9 por ciento de los ingresos.

EL USO DE LAS GANANCIAS

Toda otra gran corporación productiva podría hacer declaraciones similares. Compare los automóviles modelo 1950 con los de 1920. ¿No se han invertido enormes cantidades de dinero y tiempo para perfeccionar y fabricar el automóvil moderno? ¿De dónde provino ese dinero? Por supuesto, de las ganancias, de los accionistas y de los préstamos. ¡Qué absurdo que trabajadores bien remunerados digan que las ganancias les pertenecen! Pero, a largo plazo, ¿quién recibe la mayor parte de las ganancias? Respondo: los trabajadores y el público, no los accionistas. Los trabajadores, en forma de empleos; el público, en forma de mejores bienes y servicios. Pero son los ahorros de esos accionistas prudentes, que arriesgan su dinero y se conforman con rendimientos relativamente modestos sobre su inversión, los que hacen posible que las corporaciones existan y creen empleos para los trabajadores y bienes para el público. ¡Qué insensato sostener que los accionistas no deberían recibir ningún rendimiento sobre el dinero que arriesgan, y que no deberían establecerse reservas para depreciación! Hace catorce años, cuando estábamos en Londres, llegamos a saber que los líderes sindicales de Gran Bretaña estaban de acuerdo en que el capital invertido en funcionamiento tenía derecho a un dividendo anual del cinco por ciento y que debían proveerse fondos para la depreciación. Pero en estos aspectos temo que desde entonces Gran Bretaña haya sido influida por lo que ve en Estados Unidos: las exigencias egoístas de los sindicatos, sin consideración de lo que es justo y equitativo.

Ahora bien, considerando la posición de liderazgo eminente que la industria estadounidense ha alcanzado en el mundo, ¿cómo es que en años recientes se han promovido medidas que finalmente destruirán nuestro sistema de libre empresa y terminarán en socialismo, estatismo o un estado benefactor (elijan el término que prefieran)? ¿Cómo es que se están sustituyendo políticas financieras altamente inflacionarias por la tradicional solidez económica del pasado y fomentando la idea de que el gobierno ofrece la mejor seguridad social disponible en este país, entre otras cosas?

POLÍTICOS HAMBRIENTOS DE CARGOS

Al responder, hablo bajo mi propia responsabilidad, expresando mis opiniones personales y hablando con franqueza, usando un lenguaje sencillo y cotidiano. Según lo veo, los líderes de estos movimientos son, en general, políticos ansiosos de ocupar cargos públicos, deseosos de los beneficios, la influencia y el poder que estos ofrecen. Estos candidatos han buscado y siguen buscando el apoyo de líderes sindicales egoístas, ambiciosos y poderosos, así como de los elementos menos responsables de nuestra población. Mediante el uso abundante y generalizado de propaganda engañosa, en la que han participado y siguen participando, las mentes del público se han confundido en gran medida y multitudes han sido ganadas para su causa. Comparen, si quieren, las plataformas de los partidos políticos de hace medio siglo con las que hoy se presentan bajo los mismos nombres partidistas.

DOS ALTERNATIVAS

El tiempo que se me ha asignado no me permite profundizar más, pero hago un llamamiento a todas las personas honestas, patriotas y amantes de la libertad a quienes lleguen mis palabras para que estudien cuidadosamente los asuntos de los que he hablado, con el fin de determinar cuál es la acción sabia y segura que deben tomar para servir desinteresadamente a los mejores intereses del pueblo de este país y de otros países que aceptan nuestras normas morales. En todo caso, cuidémonos de quienes traen “regalos de Troya”.

Tal como veo la situación, enfrentamos en este país dos alternativas: arrepentimiento o esclavitud. Debemos apartarnos del egoísmo irracional, excesivo y perverso que se manifiesta en muchas de las cosas que hacemos, o perderemos las libertades que han sido nuestro orgullo y gloria, las libertades que todo padre debería desear, desde lo más profundo de su alma, transmitir a sus descendientes. Sí, es arrepentimiento o esclavitud industrial. ¿Cuál escogerán ustedes?

Mis observaciones están dirigidas particularmente a los Santos de los Últimos Días, porque ellos creen, como yo, que nuestra religión es tan amplia y práctica que abarca cada fase de nuestras actividades de la vida, tanto materiales como espirituales. “La fe sin obras está muerta”. Nuestra fe en un Dios real, personal y viviente es incuestionable entre nosotros. Procuremos humildemente, diligentemente y con perseverancia, mediante la oración sincera y una vida recta, mantenernos en armonía con la mente y la voluntad de Dios tal como nos han sido reveladas. Lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo, nuestro Redentor. Amén.

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