La senda de la rectitud
La única senda segura hacia la paz, la felicidad y la vida eterna es el arrepentimiento, la obediencia a Dios y la fidelidad a la Iglesia de Jesucristo.
Presidente George Albert Smith
“Solo hay una manera de disfrutar paz y felicidad en este mundo, y es que los hijos de los hombres se arrepientan de sus pecados, se vuelvan al Señor, le honren y guarden Sus mandamientos.”
Hace ciento veinte años, en este mismo día, seis miembros constituían la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Hoy, más de un millón de almas afirman ser miembros de la Iglesia, y esta mañana el Tabernáculo está lleno hasta rebosar, y muchos cientos más se encuentran en el Salón de Asambleas y en los terrenos. No parece posible que tantas personas pudieran estar aquí esta mañana.
GEORGE B. MARGETTS
Pero hay un hombre que falta, y creo que todos lo recordarán. Siempre estuvo aquí; que yo recuerde, nunca faltó a una conferencia. Siempre llevaba una flor en la solapa de su abrigo. Entraba por el lado norte del estrado para asegurarse de que todos estuvieran sentados. En la providencia de nuestro Padre Celestial, ese buen hombre ha sido llamado al hogar. Ha regresado al Dios que le dio la vida. Me refiero a nuestro fiel ujier, George B. Margetts.
Uno por uno nos vamos. Los años pasan. Hace un año yo mismo tenía solamente setenta y nueve años. Ahora tengo ochenta. Hay quienes están en el estrado que son mayores que yo. La Iglesia está envejeciendo, pero afortunadamente, para ocupar nuestros lugares en las filas, vienen los jóvenes, no solo de la Iglesia, sino también aquellos que salen del mundo para entrar en la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en las diversas naciones de la tierra.
BENDICIONES DE LA CONFERENCIA
Es maravilloso estar aquí esta mañana. Apenas parece posible que no hubiera lugar para todos en un día laborable tan ocupado, pero el Tabernáculo está lleno a su máxima capacidad, y lo que más me impresiona es que nuestro Padre Celestial está cumpliendo su palabra cuando dijo que si aun dos o tres se reunían en su nombre, Él estaría allí para bendecirlos.
Pero esta mañana estamos aquí en gran número, y el Espíritu del Señor está aquí, y todos los que hemos venido preparados para ser edificados bajo su influencia no nos iremos decepcionados.
EL LLAMAMIENTO DE JOSÉ SMITH
Las condiciones del mundo nos recuerdan el hecho de que nuestro Padre Celestial, sabiendo lo que ocurriría, comprendiendo que la gente del mundo no le estaba prestando atención y que quienes dirigían la adoración religiosa en las diversas naciones de la tierra habían desatendido Sus enseñanzas, hace poco más de ciento veinte años llamó a un muchacho que aún no tenía quince años de edad; uno que no había sido corrompido por las filosofías de los hombres, sino que creía en Dios lo suficiente como para salir al bosque y preguntarle al Señor a cuál de todas las iglesias debía unirse. Sin duda quedó asombrado cuando el Padre y el Hijo se le aparecieron y le dijeron que no se uniera a ninguna de ellas, porque todas estaban desviadas.
Como resultado de esa notable experiencia de José Smith cuando era muchacho, vemos hoy en el mundo cientos de miles de hombres y mujeres que se han vuelto a nuestro Padre Celestial, que han comprendido el propósito de la vida y que han aceptado el evangelio de Jesucristo, nuestro Señor. Hoy tenemos más de cinco mil de nuestros hermanos y hermanas de esta Iglesia dispersos por todo el mundo como misioneros, instando a las personas no solo a conformarse con lo que ahora tienen, sino a buscar al Señor y seguir adelante, con la promesa de que, si lo hacen, podrán conocer la verdad. El Señor mismo ha dicho:
Si alguno quiere hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios o si yo hablo por mi propia cuenta.
Nuestra labor en el mundo, mis hermanos y hermanas, es extender la mano hacia todos los hijos de nuestro Padre Celestial, tanto en casa como en el extranjero, y si lo hacemos, el Espíritu del Señor morará en nuestra alma, y seremos felices; y nuestros hogares serán la morada permanente de Su Santo Espíritu.
NECESIDAD DEL ARREPENTIMIENTO
Cuando nos damos cuenta de la incertidumbre que existe en el mundo hoy, cuando comprendemos que las naciones más poderosas de la tierra, así como las más débiles, se están armando hasta los dientes preparándose para la guerra, podemos saber que es solo cuestión de tiempo, a menos que se arrepientan de sus pecados y se vuelvan a Dios, que vendrá la guerra, y no solo la guerra, sino también pestilencias y otras destrucciones, hasta que la familia humana desaparezca de la tierra.
El mundo no sabe eso, hermanos y hermanas. Los demás hijos de nuestro Padre que están en diferentes partes de la tierra no lo entienden; aquellos que no son miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Tienen la idea de que pueden resolverlo mediante leyes o por la fuerza, pero solo hay una manera de disfrutar paz y felicidad en este mundo, y es que los hijos de los hombres se arrepientan de sus pecados, se vuelvan al Señor, le honren y guarden Sus mandamientos. Esa es la única manera.
Porque el Señor sabía eso, hace ciento veinte años estableció Su Iglesia, y desde entonces hasta ahora Sus hijos e hijas han recorrido el mundo suplicando la oportunidad de compartir con sus semejantes el gozo y la felicidad que resultan de guardar los mandamientos de Dios.
Estoy muy agradecido de estar aquí esta mañana. Desde la última vez que estuve con ustedes, no he estado en muchas partes del mundo, pero sí he viajado, y he encontrado miembros fieles de la Iglesia; he encontrado barrios y ramas de la Iglesia creciendo en algunas regiones hasta el punto de que sus capillas ya no pueden contenerlos. Como resultado, dos barrios, y en algunos casos tres, tienen que reunirse en el mismo edificio.
CRECIMIENTO DE LA IGLESIA
Desde que terminó la Segunda Guerra Mundial, hemos construido y dedicado más de doscientas capillas, y seguimos construyendo, aunque todavía nos faltan lugares donde nuestro pueblo pueda adorar. La Iglesia ha crecido durante el último año más que en cualquier otro año desde que fue organizada. No es nuestra Iglesia. Es la Iglesia de Jesucristo. Dios le dio ese nombre, y está prosperando. Cuán felices deberíamos estar, no porque hayamos aumentado en número dentro de la organización a la que pertenecemos, sino porque más hijos e hijas de nuestro Padre han llegado a comprender la verdad y están entrando en la organización que Él preparó para enseñarnos el camino de la vida y guiarnos por la senda de la felicidad eterna.
AGRADECIMIENTO POR LOS RECUERDOS RECIBIDOS
Deseo aprovechar esta ocasión para agradecerles personalmente, mis hermanos y hermanas, por su bondad hacia mí. He recibido una multitud de felicitaciones y tarjetas de cumpleaños que no me será posible responder individualmente, y si alguno de ustedes no recibe una nota de agradecimiento, quiero que sepa que aprecio igualmente su amable recuerdo de mí en estos años avanzados de mi vida.
LA OBRA DEL SEÑOR
Esta es la obra del Señor. Esta es la Iglesia de Jesucristo, y poseemos todas las bendiciones que cualquier persona en cualquier lugar del mundo puede disfrutar. Eso es lo que el Señor prometió.
Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.
Mientras estamos sentados cómodamente hoy en este maravilloso auditorio, escuchando las dulces melodías interpretadas por los hijos e hijas de nuestro Padre Celestial y escuchando las voces de aquellos que han sido llamados para dirigirnos la palabra, lo hacemos en paz y tranquilidad, no con ansiedad, como sucede en tantos lugares del mundo. Aquí estamos en la tierra de Sion, y en esta parte de ella que nuestro Padre Celestial apartó para el recogimiento de Su pueblo hace más de cien años. ¿No deberíamos estar agradecidos?
BENDICIONES PARA LOS FIELES
No puedo comprender cómo las personas pueden ser otra cosa que felices bajo todas estas circunstancias. Piensen en nuestras oportunidades. No hay bendición deseable —y todas las bendiciones son deseables— que podamos anhelar y que no podamos disfrutar si somos fieles a Dios y honramos nuestra condición de miembros de Su Iglesia. Él nos ha prometido que todas las cosas vendrán a nosotros si somos rectos.
Esta mañana, entre las muchas cosas que disfrutamos, nos reunimos en esta casa, construida durante la pobreza de los Santos de los Últimos Días y erigida para la adoración de nuestro Padre Celestial; y al contemplar esta congregación, veo personas de casi todas las regiones del país y de partes de otras naciones del mundo. Tenemos aquí a los presidentes de misión procedentes de sus diversos campos de labor, así como presidencias de estaca, obispos de barrios y presidentes de ramas. Esta congregación es un ejemplo del recogimiento de los Santos de los Últimos Días.
Estoy seguro de que, al reunirnos para adorar, nos iremos de aquí agradecidos por haber tenido este privilegio. Permítanme decir nuevamente que esta no es la obra del hombre. Esta no es la Iglesia de José Smith ni de ninguno de los que le sucedieron en la presidencia. Esta es la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, nombrada por el Señor mismo.
Les doy testimonio de ello con amor y con el deseo de que todos los hijos de nuestro Padre lleguen a conocer la verdad y la acepten, en el nombre de Jesucristo. Amén.


























