“Sed hacedores de la palabra”
Élder ElRay L. Christiansen
Asistente del Consejo de los Doce Apóstoles
Mis hermanos y hermanas: Durante el año en que he servido ahora como sumo sacerdote asignado para ayudar al Quórum de los Doce, ha aumentado mi admiración por todos ustedes que están sirviendo al Señor; por aquellos que están dispuestos a dejar de lado sus propios asuntos para trabajar en proyectos de bienestar; dispuestos a viajar millas y millas, una y otra vez, para asistir a sus reuniones; dispuestos a dar de sus bienes, todo lo que sea necesario, por la obra del Señor. Sin vacilación, ha aumentado mi admiración por ellos, por ustedes, por todos los que han testificado así ante el Señor que le aman: recibiendo del Señor; dando al Señor. Así es como debe ser.
¡Qué bien entrenados, qué bien preparados y qué bien probados estarán, cuán útiles serán para Él cuando venga otra vez a reinar sobre la tierra! Pienso que ellos, quienes se han probado de esta manera, estarán entre aquellos a quienes Él llamará para administrar los asuntos de Su reino bajo Su dirección personal.
Es evidente que las familias de quienes están así comprometidos en la obra de la Iglesia se encuentran entre las familias más felices del mundo, porque aquellos que sirven así al Señor son recipientes de esa gran bendición: la paz mental, la cual considero una de las bendiciones invaluables de la vida.
Pero cada vez que pienso en estos grupos e individuos que así sirven al Señor, me pregunto acerca de aquellos que, junto con nosotros, tienen membresía en esta gran Iglesia y, sin embargo, están satisfechos simplemente con tener sus nombres en los registros; quienes no se sienten impulsados a dar de sus bienes, de su tiempo y talentos, sino que están dispuestos a considerar suficiente el hecho de que son miembros de la Iglesia.
Por lo general, nacieron de buenos padres (véase 1 Nefi 1:1). Están dispuestos a dar un reconocimiento pasivo de la verdad del evangelio y de la realidad de la Iglesia de Jesucristo. A veces hacen contribuciones, pero desean que se les deje solos, solicitando que los maestros orientadores y las maestras visitantes de la Sociedad de Socorro pasen de largo, sintiendo que los maestros no pueden hacerles ningún bien. ¡Cuánto deseo que pudiéramos hacer más por estos miembros!
Ellos señalan con justificable orgullo la devoción y los sacrificios por la Iglesia hechos por sus antepasados, y está bien que así lo hagan. Mis hermanos y hermanas, todos deberíamos sentirnos orgullosos de nuestros progenitores. Sin embargo, algunos olvidamos que, como alguien dijo correctamente, no importa cuán alto haya sido tu abuelo, tú tienes que crecer por ti mismo. Así ocurre en esta gran Iglesia: todos debemos darnos cuenta de que la salvación es un asunto individual, que ninguno de nosotros puede ser llevado al reino celestial sobre las espaldas de otros. Debemos ganar nuestra propia posición, tanto aquí como en la eternidad. No es simplemente un reconocimiento de que Dios vive y de que esta es la Iglesia de Jesucristo lo que nos salvará, sino la aplicación de ese conocimiento en buenas obras.
Jesús declaró una vez: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21).
Y Jacob, hablando al pueblo en su época, unos quinientos años antes de Cristo, habló acerca de esta misma cosa. Él usó términos más fuertes de los que yo me atrevería a usar, si no estuviera citándolo.
“¡Ay de aquel a quien se le ha dado la ley, sí, que tiene todos los mandamientos de Dios como nosotros, y los quebranta, y desperdicia los días de su probación, porque terrible es su estado!
“Oh el astuto plan del maligno! ¡Oh la vanidad, y las flaquezas, y la insensatez de los hombres! Cuando son instruidos creen que son sabios, y no escuchan el consejo de Dios, porque lo desechan, suponiendo que saben por sí mismos; por tanto, su sabiduría es necedad y no les aprovecha. Y perecerán.
“Pero bueno es ser instruido si hacen caso a los consejos de Dios” (2 Nefi 9:27–29).
Y así, mis hermanos y hermanas, nuestro conocimiento debe traducirse en servicio; en buenas obras.
La primavera pasada asistí a la conferencia trimestral en una de las estacas del sur de Idaho. Entre los misioneros que informaron se encontraba la hermana Santana, una joven de nacionalidad mexicana. Ella había venido a esa estaca para informar acerca de su misión a quienes la habían enviado. Una de las familias de allí había proporcionado los fondos para su misión, y se informó que esta joven mexicana había sido instrumental en traer a la Iglesia a más de cincuenta personas durante su tiempo en el campo misional. Entre otras cosas, dijo por medio de un intérprete: “Mi testimonio es la joya más brillante que poseo. Vale para mí más que mi propia vida. Espero manifestarlo en buenas obras”. Y añadió a aquellos que la habían ayudado: “Muchas gracias”. Tocó nuestro corazón verla con esta invaluable combinación de tesoros: un testimonio y el deseo de manifestarlo en buenas obras.
Cualquier persona que tenga un testimonio que se manifieste en una vida limpia y en buenas obras puede esperar sentir en ese testimonio un tremendo poder motivador. Le ayudará a dirigir su vida, a guiarlo, a impulsarlo, a advertirle. Se convierte en un arma formidable contra el mal mismo.
Algunos han preguntado: “¿Cómo puede uno recibir un testimonio vivo, convincente y orientador de la vida, como del que usted habla? ¿Cómo se obtiene tal conocimiento?”. La pregunta fue respondida por Jesús cuando dijo:
“. . . Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió.
El que quiera hacer la voluntad de él, conocerá si la doctrina es de Dios o si yo hablo por mí mismo” Juan 7:16–17
Así que cualquier persona que se califique a sí misma haciendo la voluntad de Dios puede hallar esta misma seguridad, y no conozco ninguna otra manera de obtenerla.
La fuente de este conocimiento también fue explicada por el Señor cuando, hablando a Sus discípulos, hizo esta pregunta:
“. . . Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Y respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos” Mateo 16:15–17
Ahora bien, los Santos de los Últimos Días aceptan estas enseñanzas, y multitudes testifican, por su propia experiencia, que son verdaderas. Los testimonios expresados por las personas en conformidad con las leyes del Señor y mediante la realización de buenas obras seguramente inducen felicidad y traen satisfacción y paz a esas personas y a sus familias. Tales testimonios bien pueden conducir a alguien a la exaltación en el reino de Dios.
Por otro lado, aquellos que puedan decir: “Oh, yo creo en estos principios, claro que sí, pero no estoy viviendo como debería”, o “Estoy demasiado ocupado para aceptar una asignación en el barrio, la estaca o el quórum”, o “Siento que cuando he trabajado toda la semana en mi empleo, debería tener libre el día de reposo para buscar placer y relajación y hacer lo que me gustaría hacer”. Ellos tienen un testimonio que, me parece, es estéril y sin fruto. A esa persona, y quizá a su familia, esto les hará perder muchas de las dulces cosas de la vida, como las que hemos escuchado relatar aquí esta mañana. En verdad, tal filosofía puede llegar a ser el medio para impedir la realización de las grandes bendiciones eternas que el Señor Dios quisiera que disfrutaran.
Además, aquellos de nosotros que damos testimonio debemos vivir en armonía con nuestras creencias, declaradas en el Artículo de Fe: “Creemos en ser honrados, verídicos, castos, benevolentes, virtuosos y en hacer el bien a todos los hombres” Artículo de Fe 1:13, y debemos reflejar estos atributos en nuestra vida diaria.
No hace mucho se me habló de un hombre de una de las profesiones, quien daba testimonio mediante buenas obras y “haciendo el bien a todos los hombres”, al menos a todos los hombres que acudían a él. A pesar de la presión del grupo para aumentar los honorarios que cobraban a sus pacientes, y a pesar de las recomendaciones de “hacerlos pagar y sacar todo lo que puedas mientras puedas”, este buen hombre continuó practicando lo que siempre había seguido: cobrar tarifas razonables por sus servicios y evitar lo que él consideraba cargos exorbitantes y excesivos.
Ahora bien, me parece que él está dando testimonio mediante buenas obras, tal como la hermana Santana deseaba hacerlo. Tiene paz mental. Tiene respeto por sí mismo. Tiene el respeto de sus amigos y de sus clientes y, dicho sea de paso, tiene casi más trabajo del que puede atender.
La verdadera medida de la devoción de una persona a un principio no se mide por lo que profesa, sino por lo que manifiesta día tras día.
Hace dos mil quinientos años, un gran filósofo, Confucio, lo expresó de esta manera: “Aquellos que conocen la verdad no son iguales a aquellos que la aman, y aquellos que la aman no son iguales a aquellos que la viven”.
Bueno, “¿De qué aprovechará, hermanos míos, si alguno dice que tiene fe y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? . . .
Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras; muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras.
Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan.
¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras está muerta?” Santiago 2:14, 18–20
En toda la Iglesia, miles y miles están testificando mediante sus vidas rectas que Dios vive, que están afiliados a la verdadera Iglesia de Jesucristo sobre la tierra y, mediante su servicio incansable y su deseo de guardar los mandamientos de Dios, tanto líderes como miembros, así como Abraham lo hizo, testifican por medio de su disposición para cumplir cualquier deber que el Señor les requiera.
Como la hermana Santana, ellos expresan sus testimonios mediante buenas obras. Son “. . . hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores” Santiago 1:22
Que cada uno de nosotros pueda sentir cierta responsabilidad de tender la mano a esas otras personas maravillosas, bien nacidas, bien calificadas y capaces, y tratar de ayudarlas a traducir sus testimonios dormidos en obras y servicio que el Señor aprueba. Esto ruego, y doy mi testimonio de la verdad de esta obra, y lo hago en el nombre de Jesucristo. Amén.


























