Conferencia General Octubre 1952

“Sobre Esta Roca”

Élder Antoine R. Ivins
Del Primer Consejo de los Setenta


Mis amados hermanos y hermanas: Supongo que nunca me acercaré a esta asignación sin un profundo sentimiento de dependencia de su fe y de sus oraciones a mi favor, para que quizás lo que diga pueda ser de ayuda para algunos de nosotros.

Siento darles hoy mi testimonio de que sé que estamos comprometidos en la obra de Dios, que Jesucristo es el Hijo de Dios y que esta obra fue establecida por Él.

Cuando Él hablaba con Sus discípulos, dijo a Pedro: “… sobre esta roca edificaré mi iglesia” (véase Mateo 16:18), y al leer esa escritura, creo que esa roca se refiere a un testimonio revelado de que Jesucristo es el Hijo de Dios. Imagino que si les preguntara hoy a ustedes, que están ante mí, quiénes pueden dar testimonio de ese hecho por medio del Espíritu de Dios y les pidiera ponerse de pie, todos se levantarían. Ese testimonio, hermanos y hermanas, es lo que debe impulsarnos al servicio en la Iglesia en beneficio de nuestros semejantes. Un verdadero testimonio de que estamos comprometidos en la obra de Dios debe llevarnos a amar a nuestros semejantes, porque el amor ha sido dado por Cristo como el gran principio fundamental del Evangelio: que debemos amar a Dios y amar a nuestros semejantes como nos amamos a nosotros mismos.

El Salvador dijo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (véase Juan 14:15), y deduzco de ello que la lealtad a este testimonio que profesamos debe impulsarnos al servicio que manifiesta nuestro amor por nuestros semejantes.

Les hablé antes acerca de una declaración que una vez leí, la cual dice que hay más almas incultas en el mundo que tierras sin cultivar. Nuestro propósito es cultivar nuestras almas y las almas de otras personas. Trabajar en favor de los demás implica sacrificio, y el sacrificio trae las bendiciones del cielo. Ese servicio se manifiesta de muchas maneras. Pienso en la obra misional temprana de la Iglesia, en la cual hombres, como el presidente Young, por ejemplo, emprendieron una misión mientras estaban postrados en un lecho de enfermedad. Pienso en el servicio de hombres que, después de haber llegado a estos valles mediante un arduo y difícil esfuerzo, dieron media vuelta y regresaron al este empujando un carro de mano desde aquí hasta el río Misisipi. Pienso en el servicio de mi abuelo, quien comenzó, creo yo, a los diecisiete años como misionero de la Iglesia y murió sin haber abandonado jamás ese servicio. En todo ello puedo ver cierto elemento de sacrificio en beneficio de otros. Nosotros lo consideramos sacrificio. En su resultado final, demuestra no ser un sacrificio sino una bendición. Pero tenemos el hábito de considerar esas cosas como sacrificio, y cuando servimos con ese espíritu, y solo con ese espíritu, se produce un desarrollo, un crecimiento y un ensanchamiento del alma del hombre que no llegan de ninguna otra manera.

Ahora bien, como miembros de la Iglesia, testificamos que Dios vive y que Cristo es Su Hijo, así como también que el sacerdocio ha sido restaurado, que mediante ese sacerdocio la Iglesia ha sido reorganizada en esta época moderna, y que algunos de nosotros poseemos ese sacerdocio, el sacerdocio que, según el hermano Clissold, tuvieron que traducir al japonés como el poder de Dios. Lo poseemos y damos ese testimonio al mundo sin vergüenza, sino deliberadamente. Ahora bien, si tenemos ese testimonio y somos leales a él, eso implica que debemos servir a la Iglesia. Hay muchas maneras de hacerlo: algunos en el servicio misional, otros en presidencias locales, otros como maestros orientadores y de muchas otras formas. Pero hoy tengo en mente otro tipo de servicio. Es un servicio que impulsa a uno a meter la mano en su bolsillo, sacar de allí los fondos que podría usar para su placer y satisfacción, y entregarlos a la Iglesia para sus propósitos benéficos. A pesar del maravilloso progreso que se ha logrado en el pago de diezmos y ofrendas, como se indicó hoy, y en agradecimiento por las enormes contribuciones que han hecho posible el programa de construcción de la Iglesia, mi mente vuelve a una época en que la Iglesia no tenía fondos. El abuelo de mi esposa me contó de una ocasión en que él y un hermano compañero tuvieron el privilegio de contribuir con novecientos dólares a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días para pagar los intereses de sus obligaciones, las cuales los diezmos de la Iglesia hasta ese momento no habían alcanzado a cubrir. Ahora hemos logrado un progreso tremendo, pero todavía estamos muy lejos de la meta establecida a ese respecto. En los veintiún años en que he ministrado con ustedes y para ustedes como miembro del Primer Consejo de los Setenta, aún no he visitado una estaca donde todos los oficiales de la estaca y de los barrios afirmaran pagar lo que antes llamábamos un diezmo íntegro, y que ahora llamamos un diezmo. Todavía tenemos mucho camino por recorrer si queremos alcanzar esa meta.

Ahora bien, la escritura dice: “Probadme ahora en esto… si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde” (véase Malaquías 3:10). ¿Qué clase de bendición esperan ustedes cuando pagan sus diezmos y ofrendas? ¿Es una bendición temporal, un aumento en sus rebaños y ganados, lo que tienen en mente?

Y si es así, sugiero que quizás sea un motivo egoísta, y el interés personal nunca desarrolla ni engrandece el alma del hombre. He visto hombres tan egoístas que no podían ver su propio interés y bienestar. Ahora bien, si vamos a probar a nuestro Padre Celestial, ¿qué vamos a esperar cuando entregamos nuestros diezmos y ofrendas? Sugiero que las bendiciones que deben venir a nosotros por medio de ese servicio deben esperarse como bendiciones espirituales: el engrandecimiento del alma, el aumento de nuestro amor hacia Dios y hacia nuestros semejantes, una mayor determinación de servir y la paz y felicidad que entran en el corazón del hombre al darse cuenta de que ha hecho su parte para ayudar a la Iglesia en su obra de redención, porque ese es nuestro gran propósito. No podría haber mayor bendición, me parece, que llegue a sus corazones que la paz y la tranquilidad, la devoción a la obra de Dios y el amor por sus semejantes. Yo mismo creo que ese es el tipo de bendición que viene no solo del pago de diezmos y ofrendas, sino también del servicio en todas las demás ramas de la Iglesia.

Que Dios nos conceda la determinación de servirle con ese único propósito: el propósito de bendecir a los demás, venga sobre nosotros lo que venga como resultado de ese servicio. Dios les bendiga. Amén.

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