“Dejad a los niños venir a mí…”
Élder Mark E. Petersen
Del Consejo de los Doce Apóstoles
Una vez más estoy agradecido, mis hermanos y hermanas, por la oportunidad de asistir a una conferencia general. Estas reuniones son verdaderamente estimulantes y fortalecen mucho la fe. Siempre soy grandemente edificado por mi asistencia aquí, y estoy seguro de que ustedes también lo son.
Hoy he sido profundamente conmovido por los comentarios que han hecho los diversos oradores. Me gustaría unirme a algunos de ellos para hacer un llamamiento en favor de los jóvenes de la Iglesia, para que los padres hagan todo lo que puedan por edificar la fe en el corazón de sus hijos. Estoy seguro de que todos nosotros, como padres, amamos a nuestros hijos. Estoy seguro de que deseamos que tengan lo mejor en la vida. Pero también sé que muchos padres, por medio de su vida diaria y de sus hábitos cotidianos, en realidad debilitan la fe de sus propios hijos y les quitan el incentivo de vivir el evangelio de Cristo.
En una ocasión, cuando el Salvador estaba en la mortalidad y las multitudes le llevaban sus niños pequeños buscando una bendición, y los discípulos intentaban proteger al Salvador e impedir que los niños se acercaran, Él dijo:
“Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios”. Marcos 10:14
Cuando veo a algunos padres vivir tan descuidadamente y dar ejemplos de desobediencia a sus propios hijos, destruyendo realmente la fe de sus hijos mediante su propia irreligiosidad, casi puedo escuchar al Salvador hablando a esos padres, diciendo:
“Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios”.
Recuerdo muy bien a una buena hermana que vino a mi oficina un día. Se sentó frente a mi escritorio llorando y repitiéndose una y otra vez: “¿Por qué tendría que sucederme esto a mí? ¿Por qué tendría que sucederme esto a mí?”. Cuando pudo serenarse, me habló de su hijo, que estaba en la cárcel por haber cometido un grave delito. Y volvió a decir: “¿Por qué habría de pasarme esto a mí?”. El muchacho había cometido su crimen bajo la influencia del alcohol.
Cuando averigüé más acerca de esa familia, descubrí que sucedía lo siguiente: El padre y la madre solían discutir mucho durante el desayuno. La madre amaba su taza de café. Simplemente tenía que tomar su taza de café. El padre siempre hablaba con ella al respecto, le pedía que viviera la Palabra de Sabiduría, le pedía que tomara otra cosa para el desayuno, y siempre la madre respondía: “No me vas a decir que una taza de café me va a dejar fuera del cielo. No me vas a decir que el Señor será tan estrecho de mente como para dejarme fuera del cielo cuando asisto regularmente a la Iglesia, solo porque tomo una taza de café”. Siempre justificaba el quebrantar esa parte de la Palabra de Sabiduría.
Allí, sentado en esa mesa del desayuno, había un pequeño niño. Ese niño escuchaba la conversación entre el padre y la madre, y mientras la madre defendía su infracción de la Palabra de Sabiduría, mientras decía que la taza de café no importaba y que la Palabra de Sabiduría realmente tampoco importaba, ese pequeño niño creyó a su madre.
Cuando creció un poco más, todavía creía a su madre. Cuando comenzó a juntarse con muchachos que fumaban, él empezó a fumar. Su madre le había enseñado que la Palabra de Sabiduría realmente no importaba. “Si no le importaba a mamá, si no se interpondría en el camino de su salvación, ¿por qué habría de importarme a mí? ¿Cómo podría dejarme fuera del cielo, si no deja fuera del cielo a mamá?”, se decía a sí mismo mientras también justificaba sus acciones.
Y así, mientras la madre le enseñaba a quebrantar la Palabra de Sabiduría, él adquirió el hábito de fumar. Cuando fue a la universidad y se unió a cierta fraternidad donde la bebida era costumbre, comenzó a beber. Una noche, bajo la influencia del licor, cometió un grave delito y fue a la cárcel. Y ahora la madre estaba sentada frente a mi escritorio, llorando y diciendo: “¿Por qué tendría que sucederme esto a mí?”.
Hay otra pareja. Ellos también conversan durante el desayuno y durante la cena, y mediante sus conversaciones también enseñan ciertas cosas a sus hijos. En esta familia, el padre y la madre piensan igual. Están perfectamente de acuerdo y hablan acerca de las cosas en las que coinciden mientras están sentados a la mesa durante la cena o el desayuno. ¿Y saben cuál es el principal tema de conversación? El obispo. ¡Cómo desprecian al obispo! ¡Cómo podrían despedazarlo! Todo lo que hace el obispo está mal. ¡Nada de lo que ese obispo hace podría estar bien! Ese padre y esa madre se sientan criticando al obispo, desmenuzándolo, menospreciándolo y haciendo todo lo posible para que el uno y el otro sientan que el obispo es un representante muy indigno de la Iglesia.
¿Le hizo daño al obispo? El obispo siguió haciendo una excelente labor en el barrio. Pero alguien sí resultó herido. En esa familia también había un pequeño niño. ¿A quién creyó él? Creyó a su padre y a su madre. No tenía razón para no creerles. Ellos eran sus ideales. Ellos eran la ley en esa familia. Y cuando ellos, que establecían la ley, constantemente enseñaban a ese niño mediante sus propias conversaciones a no tener respeto por el obispo, ni por nada de lo que el obispo hacía, le enseñaron al muchacho a despreciar todo aquello que representa un obispo.
Ese muchacho ahora es un joven adulto. No hace nada en la Iglesia. No tiene respeto por la Iglesia, ni por su obispo, ni por los hombres que llamaron al obispo.
¿Quién es responsable?
“Dejad a los niños venir a mí y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios”.
Tengo un amigo que tiene un hijo, y todos los domingos este amigo sale a pescar o a cazar. Es miembro de la Iglesia. Cree que es un muy buen miembro de la Iglesia, excepto que no guarda el día de reposo. No paga sus diezmos. No vive la Palabra de Sabiduría. Pero si ustedes le preguntan, él es un buen miembro de la Iglesia.
Siempre enviaba a su pequeño hijo a la Escuela Dominical y a la reunión del sacerdocio. Pero cuando el niño creció lo suficiente para darse cuenta de lo que hacía el padre y comprender el gran interés que existe allá afuera, junto al río, con una caña de pescar en la mano, quiso ir con su papá. Al principio, el padre protestó, no tanto porque no quisiera que el niño faltara a la Iglesia, sino porque pensaba que el muchacho sería más bien un estorbo. Sin embargo, el niño siguió pidiendo ir con su padre, y finalmente fue. Entonces, cada domingo ese padre le daba a su hijo lecciones directas de cómo violar el día de reposo, lecciones directas de cómo faltar a las reuniones, de cómo escoger la pesca en domingo en lugar de ir a la Iglesia.
¿Qué oportunidad tenía ese muchacho de convertirse al evangelio cuando su propio padre le estaba enseñando cómo quebrantar la ley de Dios?
“Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis” al continuar con cualquier mal hábito que tengan; “no se lo impidáis” enseñándoles a violar los mandamientos; “no se lo impidáis” dando el tipo incorrecto de ejemplo; “porque de los tales es el reino de Dios”.
El Salvador dijo también otra cosa:
“Cualquiera, pues, que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, este será llamado grande en el reino de los cielos”. Mateo 5:19
El Señor también dijo en otra ocasión:
“¡Ay del mundo por los tropiezos! porque es necesario que vengan tropiezos; pero ¡ay de aquel hombre por quien viene el tropiezo!”. Mateo 18:7
Creo que uno de nuestros grandes estadounidenses es J. Edgar Hoover, jefe de la Oficina Federal de Investigaciones. En cierta ocasión, el señor Hoover habló acerca del problema de la delincuencia juvenil y, entre otras cosas, dijo esto: “Nuestra delincuencia juvenil es un problema que golpea prácticamente a cada hogar en Estados Unidos. Es algo a lo que todo padre debería prestar la más profunda consideración, porque la responsabilidad de las infracciones juveniles hoy recae más sobre la puerta de los adultos que sobre la de los jóvenes. Existe en gran medida debido a la falta de disciplina. Se debe a una tendencia de evadir la responsabilidad, de modo que en muchos casos los padres han permitido que sus hijos se desvíen sin la guía apropiada y, al desviarse, cometen miles de delitos que cada año envían a tantos de nuestros muchachos y muchachas a la prisión”.
El sábado pasado apareció un editorial en la “Sección de la Iglesia” de The Deseret News que trataba acerca del ejemplo de los padres para con los hijos respecto al hábito de beber. Ese editorial indicaba que la gran mayoría de los padres que beben tienen hijos que beben, y la gran mayoría de los padres que no beben tienen hijos que tampoco beben. Se basaba en un estudio realizado por una de las grandes universidades de la parte oriental de los Estados Unidos. El editorial continúa:
“El ejemplo de los padres y su efecto sobre los hijos no se limita en absoluto al uso de bebidas alcohólicas. Entra en todas las demás fases de la vida del niño.
¿Han visto ustedes muchos niños convertidos a la oración, por ejemplo, cuyos padres nunca oraban?…
¿Han visto muchos niños que asisten regularmente a la Iglesia cuyos padres nunca van? Algunos hay, es cierto, y merecen el más alto reconocimiento por ello. Pero tales casos son la minoría.
Y cuando encuentran padres que critican las prácticas y a los oficiales de la Iglesia, ¿encuentran una tendencia en los hijos a hacer lo mismo?
Cuando los padres expresan abiertamente en el hogar su desaprobación hacia la ley del diezmo, ¿es probable que los hijos paguen diezmos?
Cuando el padre y la madre se van de pesca, de cacería o de paseo al cañón en el día de reposo, ¿prefieren los hijos quedarse solos en casa e ir a la Iglesia?
Aunque los padres no se den cuenta, cada acto de su vida tiene efecto sobre sus hijos. Es verdad que muchos hijos aman principios más elevados que sus propios padres y se aferran a esos principios sin importar lo que hagan sus padres. Tales hijos se sienten afligidos por las debilidades de sus propios padres y desearían que fuera de otra manera. Los hijos de ese tipo están hechos de cualidades nobles y deberían recibir el estímulo de toda persona en la Iglesia”.
Y luego concluye:
“Cuando el sabio de la antigüedad dijo: ‘Instruye al niño en su camino’” Proverbios 22:6, “sin duda tenía en mente el poder del ejemplo de parte de los padres”.
Padres, ustedes pueden alentar o desalentar la fe y la actividad religiosa de sus hijos. Por medio de sus propios actos, pueden promover la fe o destruir la fe. ¿Cuál será? “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios”. Marcos 10:14
Que podamos seguir esa instrucción es mi humilde oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.


























