Una Invitación
Presidente Stephen L Richards
Primer Consejero de la Primera Presidencia
Siento muy profundamente la responsabilidad de esta gran oportunidad. Les aseguro que necesito la ayuda del Espíritu Santo, y humildemente ruego poder disfrutarla.
Deseo aprovechar esta oportunidad para extender una invitación. Al hacerlo, siento que tendré la aprobación y el apoyo de mis asociados en los Consejos Presidentes de la Iglesia, no necesariamente en la manera de presentarla, sino en su esencia, y que me sostendrán al hablar por ellos así como por mí mismo. Para los miembros de la Iglesia, no hay nada novedoso en esta invitación. Aunque ha sido extendida al mundo por más de un siglo, aún son pocos los que comprenden plenamente su significado.
Esta es la invitación, dirigida:
A Todos los Hombres, Mujeres y Niños
Estimados Amigos:
Están cordial y sinceramente invitados a participar en la edificación del reino de Dios sobre la tierra.
Lugar—En todas partes.
Tiempo—Ahora.
Firmado:
LA IGLESIA DE JESUCRISTO DE LOS SANTOS DE LOS ÚLTIMOS DÍAS
La aceptación de esta invitación no alterará materialmente los hábitos de vida de muchas buenas personas. Aquellos que tienen en su corazón amor por Dios y por sus semejantes, y que se dedican al servicio cristiano, descubrirán al identificarse con el reino de nuestro Padre un significado para su elevado idealismo y su servicio humanitario que superará cualquier concepto de vida que hayan conocido. Aquellos que no han conformado su vida a la voluntad divina y han sucumbido a las debilidades de la carne, descubrirán que en la participación en el reino hay ayuda, misericordiosa y comprensiva, que fomenta el arrepentimiento y el perdón, y da fortaleza y valor para vencer y ser felices.
Trataré de decirles algo acerca del reino y de algunas de sus características que contienen tanta atracción y promesa para todos los diversos sectores de la sociedad mundial.
Primero, está el hombre común del mundo. Uso la palabra “común” sin ningún sentido despectivo. El mundo hace distinciones entre los hombres sobre la base de educación, riqueza y posición. Fundamentalmente, yo no hago tales distinciones, pero todos estamos obligados a admitir que la gran mayoría de los hombres no pertenece a clases preferenciales mundanas. Este hombre común es, en ciertos aspectos, el elemento más importante de la sociedad mundial. En las naciones democráticas, donde la aristocracia, las castas y el estatismo no limitan sus actividades, con frecuencia asciende al liderazgo. Asimismo, en los países democráticos, él elige a los líderes debido a la preponderancia de su voto. Quizá aún más importante, él encabeza la mayoría de los hogares del mundo. Engendra sus poblaciones, sostiene su infancia y juventud, influye y en gran medida determina las tendencias sociales y de otra índole.
¿Qué hace la participación en el reino por el hombre común? Primero, le brinda una comprensión ampliada y más adecuada de sí mismo. Define para él, de manera realista y no meramente visionaria, su relación con Dios y con sus semejantes. Segundo, introduce un propósito consciente en su vida. Dignifica su servicio y le permite distinguir entre lo verdaderamente valioso y lo frívolo o menos importante. Le da el legítimo orgullo de estar asociado con una gran causa, la más grande de todo el mundo; y tercero, y quizás lo más importante de todo, la membresía en el reino hace posible que reciba la delegación del mismo poder divino y se regocije en las bendiciones que este trae a los hijos de nuestro Padre.
Esta amplia distribución del Santo Sacerdocio es una de las características más distintivas del reino restaurado de nuestro Señor. Existe evidencia digna de crédito para creer que cuando el Salvador estableció Su Iglesia en el Meridiano de los Tiempos, hizo una amplia distribución del sacerdocio entre los miembros de Su Iglesia, tal como lo ha hecho en Su Iglesia restaurada. Cuán lógico parece, al reflexionar, que este haya sido Su deseo. ¿Por qué habría de desear restringir la posesión de Su poder divino, que puede ser delegado a los hombres, a algún grupo favorecido u orden eclesiástico? Si los hombres son hijos de Dios creados a Su imagen y dotados de atributos divinos, ¿por qué no habrían de ser elegibles para la comisión divina del sacerdocio todos los que se hagan dignos mediante la rectitud? Todos son elegibles en el reino de nuestro Padre. La obediencia a Su ley es el único requisito, y los oficiales del reino están obligados a llevar esta gran bendición a todos los que sean dignos.
Si tuviera tiempo a mi disposición, me gustaría dar a los hombres a quienes presento esta invitación una explicación más completa de la naturaleza del Santo Sacerdocio y de la manera en que se ejerce, según se establece en las revelaciones dadas en la fundación del reino del Señor en esta dispensación. Debo contentarme simplemente con declarar que el sacerdocio del Dios Todopoderoso, conferido sobre Sus siervos, es algo muy diferente de lo que muchos hombres del mundo suponen que es. Es un poder autorizado dado por comisión divina, pero en esencia y en uso está investido con la virtud, la bondad, la misericordia y el juicio de su Autor Divino, el mismo Salvador.
Ahora bien, para el hombre común —aquel que no ha conocido los emolumentos y privilegios que el mundo concede—, ¡qué distinción, qué estímulo, qué elevación de espíritu y qué grandes esperanzas le esperan al compartir con sus hermanos el Santo Sacerdocio en el reino del Señor! El hombre común tiene aspiraciones, aunque su realización pueda parecer remota y muy tenue. El mejoramiento y el progreso son las leyes de la vida. Aquí, con la investidura del Santo Sacerdocio, se encuentran oportunidades ilimitadas para el cumplimiento de aspiraciones dignas y elevadas para el hombre común, así como para todos los hombres de alta o baja posición en la vida.
Debió de haber parecido un proyecto grande y audaz edificar una Iglesia sin un clero profesional. Fue una innovación aún mayor establecerla sin laicos, donde cada hombre y joven es un ministro de religión. José Smith no tenía precedente para una organización semejante, salvo únicamente en la Iglesia establecida por el Maestro mismo durante Su ministerio terrenal. No es de extrañar que un concepto tan novedoso fuera impactante para los contemporáneos del Profeta. Socavaba la necesidad de los llamamientos de los “caballeros del clero” y eliminaba la necesidad de los llamados expertos espirituales. Aunque la nueva doctrina rechaza la ignorancia y exalta la inteligencia, su objetivo es hacer de cada hombre su propio experto espiritual, con poder divino en sí mismo para comprender y aplicar las leyes del evangelio para sí y para aquellos que dependen de él. Esta concesión universal y generosa del sacerdocio hace de cada receptor un maestro y predicador de la palabra de Dios; ya sea o no llamado a una posición especial, su diócesis es tan grande como su círculo de familia, amigos y conocidos, y tiene la obligación de enseñarles la verdad revelada. Si tiene limitaciones en el habla, no hay limitaciones en el poder de su ejemplo y en la irradiación de su personalidad entre quienes lo conocen. Aquí, en el reino del Señor, se encuentra la ejemplificación más perfecta de Su gran ley de justicia e igualdad: que “Dios no hace acepción de personas” Bible
Ahora tengo un gran placer en extender esta invitación a todas las mujeres. Estoy seguro de que no puedo hacerla tan atractiva como podría hacerse, pero quizá pueda señalar algunos aspectos que deberían ser de seria preocupación para las mujeres y que podrían despertar su interés. Sería de esperarse que en el mundo femenino primero mencionara el tema del hogar. A pesar de las tendencias sociales modernas y de la llamada emancipación de la mujer de la supuesta carga de la vida doméstica, estoy seguro de que no necesitamos pruebas estadísticas para convencernos de que la gran mayoría de nuestras mujeres desean esposos y familias, y soy lo suficientemente optimista como para creer, aun frente a las impactantes cifras de divorcio, que la inmensa mayoría de las mujeres quisiera conservar a sus esposos y preservar la solidaridad perdurable del hogar. Si estas suposiciones son correctas o casi correctas, estoy justificado en asegurar a las mujeres que en ningún otro lugar o institución del mundo encontrarán conceptos tan elevados y sublimes del matrimonio y del hogar como en el reino restaurado de nuestro Señor. Aquí una mujer no es ni esclava ni muñeca, sino una verdadera compañera en la empresa de edificar el reino. El papel que desempeña es uno de gran dignidad, con oportunidad para la abundante expresión de todos los sentimientos más nobles, la ternura, el amor paciente y las cualidades ennoblecedoras que son atributos de su sexo.
En el reino, la mujer no posee el sacerdocio, pero participa de él junto con su esposo, y es beneficiaria inmediata de muchas de sus grandes bendiciones. Cuando ella se une en matrimonio con un hombre poseedor del sacerdocio en uno de los templos del reino, las bendiciones pronunciadas sobre ella son de igual importancia que las dadas a su esposo, y estas bendiciones solo pueden realizarse mediante el convenio perdurable del matrimonio, porque “ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón, en el Señor” (1 Cor. 11:11). Si toda mujer comprendiera plenamente este elevado concepto del matrimonio, no desearía otro diferente. No es un matrimonio solemnizado con ceremonias elaboradas y pompa para exhibición y prestigio social. Ninguna gran iglesia se llena de espectadores; solo unos pocos están presentes: las partes contratantes, un humilde hombre del sacerdocio para oficiar, los testigos, generalmente los padres, y algunos familiares y amigos cercanos. Tal matrimonio contempla tomar al Señor como parte de la unión, de modo que los participantes se reúnen en Su casa y hacen sus convenios con Él y entre sí, en privacidad, en humildad, sin ostentación, protegidos de la mirada curiosa o del elogio complaciente. ¿Busca un hombre o una mujer reconocimiento público por una oración privada? ¿Por qué una pareja, al entrar en los compromisos más solemnes que jamás harán en sus vidas, de naturaleza privada y personal, habría de exponerse al escrutinio público y distraer sus mentes de una ceremonia sagrada por las exigencias del estilo y la apariencia? Estoy hablando de la ceremonia matrimonial, no de la recepción de bodas. Recuerdo haber leído una vez un artículo escrito por un anciano ministro que había oficiado durante muchos años en la Iglesia Trinity, en el centro de Nueva York. Él decía que durante su tiempo había visto cómo la ceremonia cristiana del matrimonio, en otro tiempo sagrada e impresionante, degeneró en una exhibición pagana diseñada para alcanzar notoriedad social. Eso jamás puede suceder con un matrimonio en el templo. Es una calamidad que suceda con cualquier matrimonio, porque tal tendencia puede ser, en no pequeña medida, responsable de la inestabilidad matrimonial de los últimos años.
Las mujeres amantes del hogar encontrarán en el reino otros conceptos revelados acerca de la vida que les brindarán gran felicidad, esperanza y satisfacción. Aprenderán que el hogar, del cual son una parte tan indispensable, se encuentra en la base misma de la vida con propósito aquí en esta existencia y de nuestras aspiraciones por las bendiciones más elevadas en la vida venidera. Aprenderán que una pareja, correctamente unida en matrimonio, es llamada a oficiar en un servicio trascendentemente hermoso y vital. Como sacerdote y sacerdotisa en el templo del hogar, tienen el alto privilegio de recibir en la mortalidad a los hijos espirituales de nuestro Padre Eterno; luego nutrir, instruir y guiar a estos escogidos que llegan a su hogar de regreso a la presencia eterna de donde vinieron. Solo toma un momento pronunciar esta frase; toma toda una vida cumplir la misión de la paternidad. Es una misión gloriosa cuando se acepta y se cumple. Es una experiencia trágica cuando se resiente. Las mujeres del reino encuentran el gozo supremo de sus vidas en sus familias, a pesar de los sacrificios y la abnegación que implica su cuidado y formación. Se les enseña y ellas creen que las más altas bendiciones del cielo se realizarán mediante la proyección de sus hogares hacia la eternidad. Tienen completa confianza en la perpetuidad de la relación familiar cuando es santificada y sellada bajo el poder del Santo Sacerdocio. Si un hijo es separado del grupo familiar, no sienten que esté perdido. Esperan con confianza una reunión en el círculo familiar eterno, y aunque sienten tristeza por las separaciones terrenales, lo único que realmente temen es el pecado que pueda privar al descarriado de su lugar en el hogar eterno. Las mujeres que entran en estas uniones eternas con sus esposos están mucho mejor fortalecidas para soportar las irritaciones no poco comunes de la vida doméstica. Ellas y sus esposos miran hacia adelante y, en su visión a largo plazo, están dispuestos a pasar por alto muchos de los obstáculos temporales para una vida feliz y armoniosa. Piensen tan solo en la trágica situación de tantos niños inocentes que se evita mediante este concepto de matrimonio eterno. Toda mujer que tenga una seria preocupación por alcanzar una vida plena y feliz haría bien en reflexionar sobre las verdades eternas del reino.
Existe una tendencia cada vez mayor de que las mujeres busquen actividades fuera del hogar. Considero afortunado que las comodidades modernas hayan servido para reducir las horas necesarias que una madre debe dedicar al cuidado del hogar y de la familia. Observarán que no caractericé los deberes de una madre como una carga penosa. Ha sido mi observación que las madres devotas jamás han considerado así sus deberes hacia la familia, por largas que hayan sido las horas de trabajo. Incluso cuando el cuidado del hogar requería jornadas muy largas, las madres del reino encontraban tiempo y medios para innumerables actos de misericordia y bondad, tanto en capacidad organizada como privada. Ahora, bajo las condiciones favorables mencionadas, una gran parte de la obra del reino de nuestro Señor es llevada adelante por buenas mujeres. Ellas tienen responsabilidad inmediata, bajo la dirección y el consejo del sacerdocio, sobre grandes organizaciones de mujeres, y brindan ayuda invaluable en prácticamente todas las instituciones de la Iglesia. Tienen tantas vías de servicio que existe oportunidad para utilizar y expresar todos sus talentos y grandes capacidades. No hay lugar en el mundo donde las mujeres puedan rendir un servicio más completamente aceptable al Padre y más satisfactorio para ellas mismas que en Su reino.
Y ahora debo extender la invitación a la juventud, a los muchachos y muchachas en la escuela, en la granja, en las fábricas, en los establecimientos militares, dondequiera que se encuentre la juventud. Invito a todos ustedes, jóvenes, a venir a una sociedad divinamente establecida donde existe más conocimiento acerca de sus orígenes, sus necesidades y sus propósitos y ambiciones legítimos que en cualquier otro lugar del mundo. Soy consciente de que pueden considerar esta declaración arrogante y presuntuosa, pero pienso que pueden verla de manera diferente cuando les diga que el conocimiento del cual hablo no es hecho por el hombre; no es producto de la investigación académica; es dado por Dios, revelado por Él para Su reino. Este conocimiento trae reconciliación de todas las verdades, por muy contradictorios que puedan parecer los hallazgos y las declaraciones de los hombres. Todo el proceso de aprendizaje se simplifica. Todos los aspectos de la vida y del vivir son correctamente evaluados y los objetivos se vuelven claros, liberando a la juventud de las frustrantes incertidumbres de gran parte de la filosofía y enseñanza modernas.
Mis jóvenes amigos, apenas pueden apreciar qué alivio será para ustedes, y cuánto contribuirá a su paz mental y felicidad, tener objetivos claramente definidos hacia los cuales puedan dirigir con confianza las energías de sus vidas. Los invito a actividades que los estimularán a desarrollar y ejercer lo mejor que hay dentro de ustedes. Sus talentos latentes, su amor por las personas y todas sus habilidades naturales encontrarán oportunidad para una abundante expresión. Esta sociedad les enseñará cómo adquirir felicidad en la bondad, que es la única felicidad duradera. Les enseñará cómo llegar a ser dueños de sí mismos, controlar apetitos y pasiones, y así adquirir los atributos de un gran carácter. De esta manera contribuirá a su éxito en las ocupaciones que elijan, porque ningún éxito permanente llega a quienes no poseen buen carácter.
Quizás la mayor adquisición al entrar en esta sociedad y unirse al reino será el conocimiento de Dios y de cómo pueden servirle mejor. Descubrirán por primera vez su misión en la vida, lo que el Padre desea que hagan. Se elevarán en su propio y justo respeto por sí mismos. Los jóvenes serán investidos con el Santo Sacerdocio. Descubrirán, sin renunciar a la felicidad de la juventud, que gran parte de su frivolidad y ligereza puede ser reemplazada positivamente con servicio gozoso en una gran causa. Las jóvenes también descubrirán lo mismo y se regocijarán en el bien que pueden hacer. He visto a miles de jóvenes hombres y mujeres ir al campo misional. He escuchado sus testimonios y he presenciado la gran felicidad que la obra de salvar almas les ha traído. Los he oído proclamar que esos años de devoción desinteresada a la obra del Maestro fueron los mejores de sus vidas. ¿Dónde, mis jóvenes amigos, pueden encontrar oportunidades comparables a las que se les ofrecen en el reino del Dios Viviente?
Y ahora, mis amigos, tanto ancianos como jóvenes, les hago esta pregunta: ¿Es prudente postergar su decisión respecto a los asuntos que brevemente les he presentado? ¿Es la duración de la vida tan segura como para que podamos esperar tranquilamente hasta el próximo año para considerar asuntos que afectan tan vitalmente nuestras vidas aquí y en la eternidad? Asisto a muchos funerales. Algunas vidas terminan de manera muy repentina, de la forma más inesperada. Soy testigo del dolor de los seres queridos en las tristes despedidas. Un funeral no es momento para la crítica. Pensamos y hablamos de quienes se han ido en términos caritativos y bondadosos. Dejamos los juicios al Gran Juez, pero pienso que muchas familias sufren su mayor tristeza al separarse de un ser amado recordando oportunidades perdidas, omisiones y acciones de las que lamentablemente desean que pudieran haberse evitado. Tales son los peligros de postergar nuestra reconciliación con el Señor y la aceptación del santo evangelio. Ninguno de nosotros puede estar seguro de que terminará la carrera de la vida con perfecta fe y devoción, pero todos podemos estar seguros de que jamás podremos correr la carrera sin comenzarla. Mi invitación es a comenzar ahora el curso de la vida en la manera del Señor, mientras todavía hay tiempo.
No puedo concluir sin decir una palabra acerca de mi propia experiencia personal en el reino de nuestro Padre. Si tengo alguna justificación para hacerlo, es con la esperanza de que pueda haber algunos que escuchen y encuentren una medida de aliento en lo que les diga. No fui preparado para el ministerio en el sentido en que el mundo entiende tal preparación, condición que comparto con mis hermanos por razones que ya he explicado anteriormente. Fui preparado de manera limitada para el derecho y para los negocios. Quizás mi educación más amplia haya venido de mis contactos con hombres de muchos ámbitos de la vida. Con pocas excepciones, he admirado a los hombres y mujeres que he conocido, y las personas de gran inteligencia, profundo aprendizaje y capacidad de servir bien en buenas causas han merecido mi respeto y estima. En presencia de una gran mente, siento algo parecido a la reverencia.
Sin embargo, a lo largo de los años, ha habido una observación que he hecho y que, debo decir francamente, ha disminuido mi admiración por muchos hombres y mujeres capaces, y me ha causado gran preocupación por ellos. He observado que muchos, exitosos en logros materiales, aparentemente se han enorgullecido de emanciparse de las cosas espirituales, con una indiferencia jactanciosa expresada en declaraciones tales como: “No soy naturalmente religioso”; “La religión es para las mujeres y los niños”; “Llevo mi religión en el nombre de mi esposa”. Personalmente pienso que estas actitudes son tácticas defensivas, no verdaderamente representativas de los sentimientos internos y la sobria conciencia de quienes las expresan. No hablo ahora de hombres que han permitido que el pecado adormezca su conciencia. Hablo de hombres que he conocido en el mundo de los negocios y de incontables otros semejantes a ellos.
Deseo hacer esta declaración a todos esos hombres y mujeres, y espero poder hacerlo sin parecer jactancioso. He conocido la ambición profesional. He tenido asociación con instituciones comerciales durante casi medio siglo. He servido en diversas capacidades en empresas comerciales y comunitarias, y he disfrutado de los beneficios, las satisfacciones y las amistades que emanan de tales asociaciones. Con este trasfondo de experiencia, no como predicador, aunque es mi deber y privilegio predicar, doy a mis amigos la seguridad de que si reformulan sus ideas y actitudes respecto a la importancia relativa de lo espiritual frente a lo material, y llegan a participar en la gran causa de establecer el reino de Dios en la tierra, encontrarán una satisfacción, una seguridad de propósito, una paz y contentamiento que superarán cualquier cosa que hayan conocido antes. No se avergonzarán de decirse a sí mismos y a sus semejantes que Dios y Su obra vienen primero. Cuando desarrollen la fe y el valor para hacer este reconocimiento, la autosuficiencia y el egoísmo serán reemplazados por humildad de espíritu. La hermandad de los hombres llegará a ser real para ellos. Su servicio será ennoblecido, y pondrán el fundamento para alcanzar las más altas recompensas y bendiciones concedidas a la humanidad.
He observado que las personas ambiciosas, inteligentes y llenas de energía rara vez se satisfacen con algo que no sea lo mejor. Cuando invito a hombres y mujeres al reino, los invito a venir y obtener lo mejor, algo que no puede conseguirse en ningún otro lugar o institución de este vasto mundo. Sé que eso es verdad, y la razón por la que lo sé, y la razón por la cual ustedes deberían creerlo, es que el Señor mismo ha declarado que así es. Los profetas de la antigüedad lo predijeron, así como el Señor y Sus discípulos en el Meridiano de los Tiempos, y evidencias irrefutables del auténtico establecimiento del reino en nuestros días invitan al escrutinio e investigación de todas las personas honestas.
Además, está disponible el testimonio del Espíritu Santo, más confirmador y personalmente satisfactorio que todas las demás evidencias. Les prometo, en el nombre del Señor Jesucristo, que ese testimonio divino vendrá a ustedes, mis amigos, si entran en el reino restablecido de nuestro Señor y participan en Su gloriosa obra en el mundo. Oro para que el Señor los bendiga y quite el prejuicio, la amargura y la indiferencia de sus corazones, y les traiga un humilde deseo de compartir la verdad con sus hermanos y hermanas en la familia de Dios, quien los ama. Así lo ruego en el nombre de Jesucristo, el Señor del reino. Amén.


























