Conferencia General Octubre 1952

Sé tú mismo

Henry D. Moyle
Del Consejo de los Doce Apóstoles


“Oh, si yo fuera un ángel y pudiera tener el deseo de mi corazón, para poder salir y hablar con la trompeta de Dios, con una voz que hiciera temblar la tierra, y clamar arrepentimiento a todo pueblo” (Alma 29:1),

fue la declaración del profeta de la antigüedad.

Estoy seguro de que hoy en nuestras vidas muchos de nosotros deseamos ser algo diferente de lo que somos, pensando probablemente que la suerte de otros es preferible a la nuestra. Pero Alma dijo además:

“Sí, declararía yo a toda alma, como con voz de trueno, el arrepentimiento y el plan de redención, para que se arrepintieran y vinieran a nuestro Dios, a fin de que no hubiese más dolor sobre toda la superficie de la tierra.

“Pero he aquí, soy hombre y peco en mi deseo, porque debo contentarme con las cosas que el Señor me ha concedido” (Alma 29:2–3).

Creo que nosotros, como consiervos en el sacerdocio, bien podríamos tomar en serio la amonestación de Alma y contentarnos con aquello que Dios nos ha concedido. Bien podríamos estar seguros de que tuvimos algo que ver con nuestra “asignación” en nuestro estado preterrenal. Esta sería una razón adicional para aceptar nuestra condición presente y sacar el mejor provecho de ella. Es lo que acordamos hacer.

Se nos dice en Doctrina y Convenios que:

“El que guarda sus mandamientos recibe verdad y luz, hasta que es glorificado en la verdad y sabe todas las cosas.

“El hombre también estaba en el principio con Dios. La inteligencia, o la luz de verdad, no fue creada ni hecha, ni tampoco lo puede ser.

Entonces el Señor dice:

“Toda verdad es independiente en la esfera en que Dios la ha colocado, para obrar por sí misma, así como toda inteligencia también; de otro modo no hay existencia” (D. y C. 93:28–30).

Para que eso sea verdad, tuvimos nuestro propio albedrío en nuestra existencia premortal, y lo que somos hoy probablemente es el resultado de aquello que quisimos ser anteriormente. Indudablemente sabíamos, antes de elegir venir a esta tierra, las condiciones bajo las cuales existiríamos, viviríamos y trabajaríamos aquí. Así que no es extraño que Alma dijera antiguamente que pecamos en el pensamiento, o en el deseo, o en el anhelo de ser alguien distinto de nosotros mismos. Él dijo además:

“Ahora bien, ya que sé estas cosas, ¿por qué habría de desear más que efectuar la obra a la que he sido llamado?

“¿Por qué habría de desear ser un ángel para poder hablar hasta los extremos de la tierra?

“Porque he aquí, el Señor concede a todas las naciones, de su propia nación y lengua, enseñar su palabra, sí, con sabiduría, todo lo que él considera conveniente que tengan; por tanto, vemos que el Señor aconseja con sabiduría, de acuerdo con lo que es justo y verdadero.

“Sé lo que el Señor me ha mandado, y me glorío en ello. No me glorío de mí mismo, sino me glorío en lo que el Señor me ha mandado; sí, y ésta es mi gloria: que quizás pueda ser un instrumento en las manos de Dios para llevar alguna alma al arrepentimiento; y éste es mi gozo” (Alma 29:6–9).

Tengo una convicción profunda en mi corazón de que somos exactamente lo que debemos ser, cada uno de nosotros, salvo en la medida en que hayamos alterado ese modelo al desviarnos de las leyes de Dios aquí en la mortalidad. Me he convencido de que todos poseemos aquellos atributos, características y habilidades peculiares que son esenciales para que podamos cumplir plenamente el propósito de nuestra creación aquí sobre la tierra.

Una vez más, esa asignación que nos ha llegado de Dios es una asignación sagrada. Es algo de lo cual debemos sentirnos orgullosos, cada uno de nosotros por derecho propio, y no desear tener la asignación de otra persona. Nuestro mayor éxito proviene de ser nosotros mismos.

Pienso que podemos consolarnos mejor creyendo que, cualquiera que sea nuestra asignación en la vida, cualquiera que sea nuestro llamamiento en el sacerdocio, el Señor ha sido sabio y justo, y podría añadir, misericordioso, al darnos aquello que necesitamos para cumplir el propósito particular de nuestro llamamiento.

Además, cuando estamos en el pleno ejercicio de nuestras facultades y vivimos en obediencia a las leyes y mandamientos de Dios, aquello que hacemos en cumplimiento de nuestro llamamiento como poseedores del sacerdocio u oficiales en la Iglesia es todo lo que las personas que son así afectadas merecen. De otro modo, Dios no podría ser justo, y sabemos que lo es.

Si aplicamos ese principio a nuestras vidas de manera práctica, ¿no significa acaso que cuando el obispo, o el presidente de estaca, o el Presidente de la Iglesia, nos llama para ocupar un oficio o prestar un servicio a nuestros semejantes, debemos aceptar ese llamamiento con la seguridad de que poseemos las cualidades esenciales que nuestro Padre Celestial nos ha dado para cumplir apropiadamente esa misión?

Pienso que esto es particularmente cierto para aquellos de nosotros que podamos ser llamados a misiones para ir al mundo y predicar el evangelio de Jesucristo, el llamamiento más elevado que puede llegar al hombre, aquel llamamiento que el Salvador de la humanidad dio finalmente a sus discípulos, antes de su ascensión al cielo: ir al mundo y predicar el evangelio a toda nación, tribu, lengua y pueblo.

Desearía que hoy pudiéramos tomar en serio la amonestación del presidente Joseph Fielding Smith y utilizar aquellas facultades que Dios nos dio, las cuales nos fueron religiosa y sagradamente asignadas para nuestro uso en el cumplimiento de la misión de la vida, a fin de que podamos estar plenamente capacitados mediante nuestros propios esfuerzos, así como por aquella investidura que heredamos y recibimos de nuestro Padre Celestial, para ir al mundo y predicar su evangelio a sus hijos, que esperan en tinieblas que la verdad y la luz les sean llevadas por hombres que han sido capacitados mediante la investidura, la perseverancia y su propio esfuerzo, logrando así cumplir este propósito.

No podemos conformarnos con el hecho de que somos Santos de los Últimos Días y de que hemos recibido el sacerdocio, y de que diversos llamamientos han llegado a nosotros. Si tenemos la verdadera perspectiva de la vida y de nuestra misión, nos prepararemos desde la juventud para afrontar cualquier responsabilidad que pueda llegar a nosotros. Eso es particularmente necesario para un pueblo que profesa ante el mundo que los hombres que los presiden en la Iglesia y en el sacerdocio de Dios han sido llamados por Dios mediante aquellos que tienen autoridad para predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas.

Si verdaderamente creemos en el Quinto Artículo de Fe (A de F 1:5), si verdaderamente creemos que tenemos tal misión que cumplir sobre esta tierra, entonces ciertamente seremos diligentes en prepararnos para afrontar las responsabilidades de la vida. Nos sentiremos capacitados para ir a cualquier lugar y escuchar cualquier doctrina, ya sea de hombres o del diablo, y estar seguros antes de ir que volveremos firmes en el conocimiento de las verdades eternas que Dios ha revelado en estos últimos días por medio de sus profetas.

No necesitamos temer las filosofías del mundo. No necesitaremos ninguna iluminación, ni instrucción, ni ayuda de nadie excepto del Consolador. Porque hoy les doy testimonio de que, si aceptamos del Señor la asignación que nos ha dado como nuestro derecho de nacimiento, como nuestra herencia, y edificamos sobre ella como debemos hacerlo, disfrutaremos durante toda nuestra vida de aquel Consolador que el Salvador prometió a sus discípulos.

“El Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que os he dicho” (Juan 14:26).

Espero y oro, mis hermanos y hermanas, que seamos diligentes en comprender y apreciar las verdades eternas del evangelio de Jesucristo, que vivamos y no simplemente existamos. No puede llegar a nuestra vida una emoción mayor que ser conscientes de que hemos tomado aquellas facultades que Dios nos ha dado y las hemos utilizado tal como nuestro Padre Celestial dispuso que lo hiciéramos.

El otro día me sentí emocionado más allá de toda medida. Tengo un pequeño nieto de tres años de edad. Me encontré con él frente a una vitrina. Él dijo: “Abuelo, cómprame algo”. Miré apresuradamente los artículos y pensé que todos los objetos en la vitrina estaban destinados para una niña, muñecas, etc.

Le dije: “No hay nada ahí para un niño”; pero casi instantáneamente levantó la vista hacia mí con sus grandes ojos y dijo: “Pero, Abuelo, hay un camión allí. Los hombres conducen camiones”.

Me emocionó pensar que en esa mente de tres años de edad ya existía ese poder de utilizar el intelecto, de pensar y razonar, y que le había proporcionado a ese pequeño, al menos en ese momento, el resultado deseado.

Ahora espero y oro, mis hermanos y hermanas, que todos nos coloquemos en la posición donde podamos utilizar estas facultades tal como lo hizo ese niño, en cada circunstancia de la vida, y que mediante nuestra obediencia, y mediante la guía y dirección del Espíritu Santo, venga ante nosotros la respuesta correcta para todos nuestros problemas.

Que Dios nos bendiga así, humildemente lo ruego en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario