“Sed, pues, obedientes”
Élder John Longden
Ayudante del Consejo de los Doce Apóstoles
“Aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen” (Heb. 5:8–9).
Estoy agradecido esta tarde por la fe y el testimonio en esta verdad del evangelio de Jesucristo, porque sé y les testifico que el Salvador es nuestro Redentor, y que si obedecemos Sus verdades, seremos abundantemente bendecidos, porque todas las bendiciones que recibimos están condicionadas a la obediencia a los principios del evangelio de Jesucristo.
El Salvador fue el gran ejemplo en esta verdad. Cuando acudió para ser bautizado por Juan, Juan le dijo: “Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?”. Y el Salvador respondió: “Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia” (véase Mateo 3:14–15). Si fue necesario que Jesús, el Salvador del mundo, se sometiera humildemente a la voluntad del Padre para poder cumplir toda justicia, cuánto más recae sobre nosotros hacer estas cosas y vivir en obediencia a las verdades del evangelio de Jesucristo.
Estoy agradecido, al visitar con los líderes de barrios y estacas por toda esta Iglesia, de ver su fe, su devoción y su obediencia a los principios del evangelio. Hace apenas unos meses tuve el privilegio de estar en el campus de una de las universidades más importantes del Medio Oeste. Allí vi inscripciones en uno de los edificios de ciencias. Debajo de cada cita aparecía el nombre del autor; sin embargo, había una en la que faltaba el nombre del autor. La inscripción decía: “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32). Si hemos de ser obedientes a las verdades del evangelio, debemos tener un profundo y permanente testimonio y amor por la verdad.
Hace aproximadamente ciento quince años, siete misioneros salieron de esta gran tierra de América para responder al llamado misional en Gran Bretaña. Entre esos siete misioneros estaban Heber C. Kimball, Orson Hyde y Willard Richards. Llegaron a Liverpool el 20 de julio de 1837. Se sintieron inspirados a seguir adelante, por lo que fueron a la ciudad de Preston. Cuando llegaron a esa ciudad, había una gran celebración en progreso. En una de las pancartas leyeron: “La verdad prevalecerá”. Y pronunciaron al unísono: “Amén, gracias sean dadas a Dios, porque la verdad prevalecerá”.
Sí, mis hermanos y hermanas, nosotros no tratamos con medias verdades. Tratamos con toda la verdad del evangelio de Jesucristo. Eso solo llega al liderazgo de esta Iglesia por creer en el principio divino de la revelación y por obedecer ese principio y enseñanza. Oh, reconozco que tenemos desalientos. Eso es solamente humano. Vendrán mientras vivamos en la carne mortal, porque una de las herramientas del adversario es desalentar y ofrecer medias verdades, y no sostener la verdad completa.
Hace algún tiempo me interesó leer un incidente ocurrido en la vida de la actriz francesa Sarah Bernhardt. Ella había recorrido los Estados Unidos en muchas ocasiones, y en esta ocasión en particular, al regresar a su Francia natal, resbaló a bordo del barco y se lesionó una pierna. No permitió que el médico del barco la atendiera; deseaba esperar hasta llegar a su ciudad natal de París para que su propio médico la atendiera, pero ya era demasiado tarde. Fue necesario amputarle la pierna. Mientras la llevaban en silla de ruedas al quirófano, los asistentes, el médico y las enfermeras trataban de animarla, pero ella les dio esta sencilla filosofía que hoy les transmito: “No es tanto lo que te sucede en esta vida, sino cómo lo tomas, lo que cuenta”. Ella demostró que podía soportar el desaliento. No permitió que el hecho de tener solo una pierna le impidiera continuar ejerciendo su amada profesión durante muchos años después de aquello.
El mensaje de nuestro Salvador para nosotros, al venir a esta existencia mortal y laborar aquí, sabiendo que tendríamos desalientos, que necesitaríamos ropa para cubrir este cuerpo físico y alimento para sostener la vida, fue: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33). A los obedientes se les promete en el capítulo veinticinco de Mateo que cuando Él venga en Su gloria, separará a los hijos de los hombres, y aquellos que hayan sido justos estarán a Su derecha, y los injustos a Su izquierda, y Él dirá: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí”. Y ellos, algo sorprendidos, dirán: “Señor, ¿cuándo hicimos esto contigo?”. Y Su significativa respuesta será: “En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (véase Mateo 25:35–40), mostrando así que aquellos que eran justos no podrían haber sido clasificados como tales a menos que hubieran tenido una fe profunda y permanente en la verdad del evangelio y hubieran sido obedientes a esas verdades. Humildemente ruego, mis hermanos y hermanas, que prestemos atención a esta escritura.
Cuando Jesucristo estaba con Sus discípulos en el monte de los Olivos, les dijo: “No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino” (véase Lucas 12:32). A medida que vivimos en obediencia a estas verdades, podemos disfrutar de las bendiciones del reino y esperar el día en que seremos reunidos nuevamente con nuestro Padre Celestial y con Su Hijo, Jesucristo, quien es el Autor de nuestra salvación.
Para concluir, recuerdo cómo Samuel enseñó a Saúl la lección de la obediencia: “Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios” (1 Samuel 15:22). Recordamos la historia de que Saúl había tomado lo mejor de los rebaños y los había reservado como holocausto y sacrificio, lo cual era idea suya y no obediencia al mandamiento que se le había dado. Vivamos entonces en obediencia al consejo que recibimos de estos grandes líderes de nuestra Iglesia, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Sigamos las enseñanzas de Pablo cuando nos dijo: “Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos; ¿por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos?” (Heb. 12:9).
Oh, mis hermanos, que podamos comprender la importancia de ser obedientes y enseñar igualmente a nuestros hijos, para que ellos sigan nuestro digno ejemplo, porque les testifico que estas cosas son verdaderas. Estoy agradecido por mi testimonio, por mi membresía en la Iglesia de Jesucristo, y ruego a nuestro Padre Celestial que nos bendiga para que podamos tener una fe profunda y permanente en este evangelio restaurado y fortalecer nuestros testimonios viviendo en obediencia a sus verdades. Esto lo ruego humildemente en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.


























