Conferencia General Octubre 1952

“Buscad diligentemente”

Élder Levi Edgar Young
Del Primer Consejo de los Setenta


Mis hermanos y hermanas: La historia de los Santos de los Últimos Días desde la organización de la Iglesia en 1830 es una de las historias más maravillosas de todos los tiempos. La gloria de su historia radica en el hecho de que ha existido un propósito e ideal divinos que debían desarrollarse en esta vida. Este propósito divino está basado en la fe en Dios, la inteligencia y la previsión. Muchos visitantes de todas partes del mundo vienen para preguntar sobre el verdadero significado de nuestra religión. Hace unos días estuvo sentado en mi oficina el señor Walter Mallin, representante de uno de los periódicos sobrevivientes de Alemania Occidental. Junto con otros dos periodistas, había sido enviado a América para realizar un estudio sobre el gobierno, la educación y la religión de los Estados Unidos. Vino a Salt Lake City, ya que era uno de los centros que se le había indicado visitar, pues sabía que teníamos muchos conversos alemanes. Sería imposible relatarles las muchas preguntas que hizo, pero la más importante para él fue cómo nuestra religión había contribuido a la educación. Se le habló acerca de nuestros ideales de educación y religión.

En un libro reciente titulado Education—America’s Magic, de Raymond M. Hughes, presidente emérito del Iowa State College, y William H. Lancelot, profesor de educación vocacional del mismo colegio, tenemos la declaración más reciente concerniente a la educación en América y en los diferentes estados del país. Hablando del lugar que ocupan los estados de la Unión en la educación, los autores de este libro nos dicen que “Utah ocupa el primer lugar entre los estados por un amplio margen”. Al hablar de la posición de Utah, encontramos que lidera a todos los estados en educación para adultos.

Esto parece deberse casi por completo al alto valor que el pueblo de Utah concede a la educación, unido a una gran eficiencia en el uso de los fondos destinados a fines escolares. Esta combinación de gran esfuerzo y alta eficiencia en la utilización de los recursos escolares parece haber operado de una manera notable para superar muchas dificultades.

La condición general de la educación en Utah también es mencionada por el profesor Ellsworth Huntington, de la Universidad de Yale, en su interesante libro titulado Civilization and Climate, cuando escribe:

La orgullosa posición de Utah es presumiblemente el resultado del mormonismo. Los líderes de esa fe han tenido la sabiduría de insistir en un sistema completo de escuelas y han obligado a los niños a asistir a ellas. Los “gentiles”, en defensa propia, se han visto obligados a hacerlo igual de bien, y el resultado ha sido admirable. Cualquiera que sea la opinión que se tenga del mormonismo como creencia religiosa, debe reconocérsele haber realizado una obra notable al extender un grado moderado de educación casi universalmente entre el pueblo de Utah…

Además, al corresponsal alemán se le dijo lo que una vez escribió su compatriota, el conde Keyserling. El erudito filósofo visitó América hace algunos años y, en su viaje a través del continente, se detuvo en Salt Lake City. Como resultado de su visita, escribió en su famosa obra de dos volúmenes estas palabras:

Indudablemente Joseph Smith y Brigham Young fueron tan genuinos profetas como Moisés, Lutero y Calvino; solo que eran sumamente poco instruidos.

Luego continúa:

Nosotros, los occidentales, no somos hombres de entendimiento, sino hombres de acción. Los mismos mormones cuyas ideas religiosas parecían tan infantiles, han logrado una civilización apenas alcanzada por cualquier otro pueblo; en apenas medio siglo, han transformado un desierto salado en un jardín. Son además ciudadanos admirables, obedientes a la ley, honestos y progresistas…

Ha sido la visión de futuro, la paciencia tranquila y confiada, y la suprema fe en Dios con las cuales nuestro pueblo ha trabajado. Comenzando con el Templo de Kirtland, edificaron no para una satisfacción presente, sino para algún propósito profundo y noble para su Dios. En el Templo de Kirtland, el profeta José Smith mostró un gran amor por la educación y estableció clases de hebreo, griego y latín, asistiendo él mismo a ellas. En Nauvoo se establecieron escuelas y se fundó una universidad, todo con un propósito grande y noble. Sus vidas fueron la encarnación de la fe política, civil y religiosa. Consideremos por un momento una sola línea de pensamiento, un idealismo que permanece siempre entre el pueblo mormón. Hablamos de las escuelas en Kirtland y posteriormente en Nauvoo, actividades educativas que eclipsaron a todos los demás pueblos de la frontera americana.

Tomando su nombre de un grupo de discípulos de nuestro Señor, los “Setenta” de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días constituyen el consejo central de la actividad misional de la organización. Ya desde el período de Nauvoo en la historia mormona, se sintió intensamente la necesidad de una buena biblioteca, pues los setenta debían entonces, como ahora, leer y buscar diligentemente las verdades del evangelio. En Times and Seasons, del 1 de enero de 1845, se publicó el siguiente artículo:

Entre las mejoras que se están llevando a cabo en esta ciudad, ninguna merece mayor elogio que la Biblioteca de los Setenta. La obra ha sido comenzada sobre una base y escala lo suficientemente amplias como para abarcar las artes y las ciencias de todas partes; de manera que los Setenta, mientras viajan por toda la faz de la tierra como los “Soldados Regulares” del Señor, puedan reunir todas las cosas curiosas, tanto naturales como artificiales, junto con todo el conocimiento, invenciones y maravillosos ejemplos de genialidad que han adornado al mundo durante casi seis mil años… (formando) ¡el fundamento de la mejor biblioteca del mundo!

Nauvoo fue destruida mientras los santos marchaban hacia su nuevo hogar en el lejano oeste. Pero los sueños del pueblo nunca se perdieron, y el 15 de julio de 1851 leemos en la Quinta Epístola General de la Iglesia, describiendo Salt Lake City, lo siguiente:

El 27 de noviembre, el quórum de los Setenta reunido en conferencia acordó erigir una extensa rotonda en Great Salt Lake City, que sería llamada el “Salón de Ciencias de los Setenta”, y Joseph Young, su presidente, fue nombrado fideicomisario y superintendente de la obra. El fundamento del edificio ha comenzado en las calles East Temple y Second South [actualmente Main y Second South Streets]… El diseño es altamente encomiable para los hermanos y tal edificio es muy necesario en este lugar.

Truman O. Angell, quien más tarde fue nombrado arquitecto del Templo de Salt Lake, recibió el encargo de dibujar los planos del edificio, como lo demuestra el dibujo recientemente hallado y olvidado por mucho tiempo.

Si el proyecto se hubiera llevado a cabo, la estructura sin duda habría poseído un interés arquitectónico inusual, pues tenía una majestuosidad y belleza propias, superando cualquier cosa en la frontera en originalidad y dignidad. Los planos de Truman Angell muestran su respuesta al renacimiento gótico contemporáneo, que entonces se hallaba en sus primeras etapas. Fue diseñado para albergar la primera biblioteca llevada a Utah en 1851, pero debido a la pobreza del pueblo que apenas comenzaba a establecer sus hogares, el presidente Brigham Young persuadió a su hermano Joseph, presidente de los Setenta, de no construir sino hasta algunos años después. Por esta razón el edificio nunca fue comenzado. Sin embargo, los Setenta continuaron reuniendo libros, y pronto tuvieron una excelente biblioteca de clásicos modernos y antiguos. Desde la organización del Primer Quórum de los Setenta en Kirtland, sus deberes fueron señalados por el profeta José Smith, y llegaron a comprender que debían ser los maestros y misioneros de la Iglesia. Sensibles a las palabras que se encuentran en la sección 109 de Doctrina y Convenios:

“…buscad diligentemente y enseñaos el uno al otro palabras de sabiduría; sí, buscad palabras de sabiduría de los mejores libros; buscad conocimiento tanto por el estudio como por la fe”. D. y C. 109:7

Tenían un profundo deseo de poseer una biblioteca de obras religiosas, históricas y literarias que les diera el impulso para el desarrollo personal.

Los Setenta llegaron a ser lectores de la mejor literatura del mundo, comenzando con la Santa Biblia, el Libro de Mormón y las otras dos obras de la Iglesia. El pueblo era pobre en recursos materiales, pero se preocupaba por las influencias que se encontraban en los escritos de grandes autores. Sublime era su reverencia por el conocimiento, que es afín al amor por la verdad. Sabían que una gran obra de cualquier tipo solo podía lograrse mediante el poder de algún ideal. Y son los ideales elevados en la conducta de la vida los que sobreviven.

Difícilmente había una familia viviendo en las partes remotas del territorio que no tuviera libros, y creo que muchos de ustedes pueden recordar las bibliotecas de las Escuelas Dominicales de los primeros días. El presidente Joseph Young y sus colaboradores en el Primer Consejo de los Setenta continuaron a través de los años reuniendo libros, y el pueblo mormón llegó a ser un gran lector de literatura. Muchos de ustedes, miembros mayores de la Iglesia, pueden recordar a los grandes maestros que alguna vez estuvieron en las escuelas y colegios de aquí. Un profesor de la Universidad de Princeton, en su obra Life of Mr. Justice Sutherland, escribió reverentemente acerca del doctor Karl G. Maeser, y otros han difundido ampliamente la historia de muchos de los gloriosos intelectos de este pueblo que vivieron en tiempos pioneros. También hubo escritores en los primeros días, y fue William Cullen Bryant quien escogió uno de los poemas de Sarah E. Carmichael para incluirlo en su antología de poesía americana. Muchos de los misioneros que fueron al extranjero largos años antes del ferrocarril llevaban en sus carretillas las obras de Shakespeare y del escritor alemán Goethe. Mi propio padre llevó consigo a Inglaterra en 1857 los ensayos de Francis Bacon. Prácticamente en cada barrio de Utah se estableció una biblioteca en conexión con las Escuelas Dominicales. Afortunadamente, tenemos en nuestra posesión un catálogo de la Biblioteca de los Setenta, que no clasifica los libros, pero incluía escritos sobre religión, idiomas, gobierno, educación, ética y las diversas ramas de las ciencias.

Además de la Biblioteca de los Setenta, estaba la biblioteca territorial llevada por carretas tiradas por bueyes a Utah en 1851. Había sido comprada en la ciudad de Nueva York por el doctor John M. Bernhisel y era una maravillosa colección de libros. Allí estaban las obras de Shakespeare, Milton, Bacon, Homero, Juvenal, Lucrecio, Virgilio, Eurípides, Sófocles, Platón, Montaigne, Tácito, Spenser, Heródoto, Goldsmith y muchos otros grandes maestros de la mejor literatura del mundo. La biblioteca recibía ejemplares del New York Herald, New York Evening Post, Philadelphia Saturday Courier y North American Review. Entre las obras científicas estaban el Principia de Newton, Outlines of Astronomy de Herschel y Cosmos de Von Humboldt. Estos libros también eran bien conocidos por Orson Pratt. Los tratados de filosofía incluían las obras de John Stuart Mill, Martín Lutero, John Wesley y Emanuel Swedenborg.

El tema de la educación fue solo una fase de la conversación con nuestro visitante alemán. El tema más importante fue el de la religión y nuestros libros sagrados: la Santa Biblia, el Libro de Mormón, Doctrina y Convenios y la Perla de Gran Precio, lo cual ocupó muchas horas durante los tres días que nuestro amigo estuvo aquí. Llamé su atención a la declaración erudita hecha por el famoso académico alemán Adolf Harnack, rector y profesor de historia eclesiástica de la universidad y miembro de la Real Academia Prusiana de Berlín:

Señores, es la religión, el amor de Dios y del prójimo, lo que da significado a la vida; el conocimiento no puede hacerlo. Permítanme, si desean, hablar de mi propia experiencia, como alguien que durante treinta años ha tenido un sincero interés en estas cosas. El conocimiento puro es algo glorioso, y ¡ay del hombre que lo considere insignificante o embote su sensibilidad hacia él! Pero a la pregunta: ¿de dónde?, ¿hacia dónde?, ¿y con qué propósito?, hoy responde tan poco como hace dos o tres mil años. Ciertamente, nos instruye en hechos; detecta inconsistencias; relaciona fenómenos; corrige los engaños de los sentidos y de las ideas. Pero dónde y cómo comienza la curva del mundo y la curva de nuestra propia vida —de la cual solo nos muestra una sección— y hacia dónde conduce esa curva, el conocimiento no lo dice. Pero si con voluntad firme afirmamos las fuerzas y normas que, en las cumbres de nuestra vida interior, brillan como nuestro bien supremo, sí, como nuestro verdadero yo; si somos lo suficientemente sinceros y valientes para aceptarlas como la gran Realidad y dirigir nuestras vidas por ellas; y si entonces observamos el curso de la historia de la humanidad, seguimos su desarrollo ascendente y buscamos, mediante un servicio esforzado y paciente, la comunión de las mentes en ella, no desfalleceremos en cansancio y desesperación, sino que llegaremos a tener certeza de Dios, del Dios a quien Jesucristo llamó su Padre y que también es nuestro Padre.

Para concluir nuestra conversación, se mencionó la vida y obra de George Santayana, quien fue profesor de filosofía en la Universidad de Harvard y uno de los más grandes filósofos de nuestro tiempo. Habíamos leído el capítulo trece de 1 Nefi en el Libro de Mormón y citado la referencia a un hombre llamado de entre los gentiles.

“Y miré, y vi entre los gentiles a un hombre que estaba separado de la descendencia de mis hermanos por las muchas aguas; y vi que el Espíritu de Dios descendió y obró sobre aquel hombre; y salió sobre las muchas aguas hasta la descendencia de mis hermanos, que estaba en la tierra prometida.

Y aconteció que vi que el Espíritu de Dios obró sobre otros gentiles, y salieron del cautiverio sobre las muchas aguas”. 1 Nefi 13:12–13

George Santayana escribió una vez un hermoso poema titulado “Fe”, relacionado con el primer viaje de Colón. Las palabras iniciales son:

Oh mundo, ¡no eliges la mejor parte!
No es sabiduría ser solamente sabio,
y cerrar los ojos a la visión interior;
sino que es sabiduría creer en el corazón.
Colón descubrió un mundo y no tenía mapa,
salvo uno que la fe descifraba en los cielos;
confiar en la invencible intuición del alma
fue toda su ciencia y su único arte.

A vosotros, mis hermanos Setenta, permitidme decir: “Aquello que vuestros padres os han legado, ganadlo de nuevo si queréis poseerlo”.

“Esforzaos y cobrad ánimo; no temáis ni tengáis miedo de ellos, porque Jehová tu Dios es el que va contigo; no te dejará ni te desamparará”. Deut. 31:6

Que el Señor nos bendiga a todos, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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