Conferencia General Abril 1949

La fuente de la felicidad

La verdadera felicidad se encuentra al vivir en obediencia a Dios y disfrutar de Su favor.

Élder Eldred G. Smith
Patriarca de la Iglesia

“La fuente de felicidad para toda la humanidad, en esta vida y en la venidera por toda la eternidad, es el favor de Dios.”


Deseo expresar mi reconocimiento por todo lo que se ha dicho hasta ahora en esta conferencia y pedir que también yo pueda contar con una porción de su fe y de sus oraciones en mi favor, tal como se ha solicitado en las oraciones de esta conferencia.

Estoy seguro de que no hay una reunión más feliz que la que tenemos aquí hoy, porque no creo que haya personas más felices que aquellas que son miembros activos y fieles de la Iglesia. Puesto que nos hemos reunido para recibir mayor aliento y ayuda en el cumplimiento de nuestras responsabilidades en la obra del Señor, estoy seguro de que el Señor responderá esa oración por nosotros.

Soy feliz en mi testimonio del Evangelio, en el conocimiento del Evangelio con el que el Señor me ha bendecido.

LA META DE LA FELICIDAD

Como ya se ha dicho, la felicidad ha sido la meta del ser humano desde el principio de los tiempos, porque el hombre existe para que tenga gozo. Cuando Moisés llegó a la edad de ciento veinte años y había llegado el momento de partir de esta vida, mandó reunir a todos los hijos de Israel para hablarles. Les dijo: “Venid, pues, permitidme mostraros por qué medios podéis ser felices”.

Moisés había sido un instrumento en las manos del Señor para llevar muchas bendiciones a los hijos de Israel. Por medio de Moisés habían sido liberados de la esclavitud y sacados de Egipto. Había viajado con ellos durante cuarenta años por el desierto, enseñándoles la voluntad del Señor. Había pasado por muchas pruebas y dificultades con ellos y por ellos. Juntos habían sufrido hambre, sed y habían huido de sus enemigos. Ahora, al final de su vida, cuando los hombres suelen hablar con mayor seriedad, los reunió para darles sus últimas instrucciones. Lo que ocupaba el primer lugar en su mente respecto a las huestes de Israel era su felicidad. Continuó diciendo:

“¡Oh, hijos de Israel! Solo hay una fuente de felicidad para toda la humanidad: el favor de Dios; porque solo Él puede dar bienes a quienes los merecen y privar de ellos a quienes pecan contra Él. Si os comportáis conforme a Su voluntad y de acuerdo con lo que yo, que conozco bien Su mente, os exhorto a hacer, seréis considerados bienaventurados y admirados por todos los hombres; nunca caeréis en la desgracia ni dejaréis de ser felices…” (Josefo, Antigüedades de los judíos, libro 4, cap. 8).

LA OBEDIENCIA ASEGURA LA FELICIDAD

Después de haber resistido la prueba de miles de años, esta verdad sigue siendo tan cierta hoy para toda la humanidad como lo fue entonces: la verdadera felicidad y el verdadero gozo provienen del favor de Dios. ¿Cómo podemos obtener el favor de Dios en nuestra vida diaria? El Señor nos ha dado mandamientos cuya obediencia asegurará nuestra felicidad, si tan solo los escuchamos. Ante todo: “…amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas”.

Si nuestro corazón está lleno de amor por Dios, también estará lleno de amor por nuestros semejantes. Estaremos dispuestos a tender una mano de ayuda o a ofrecer una palabra de aliento a un vecino. Y permítanme decir aquí que el amor, al igual que la caridad, comienza en el hogar. Si tienen la bendición de contar con un hogar y una familia, sus posibilidades de ser felices son ilimitadas. Pero hace falta amor, mucho amor, para que un hogar sea feliz. Cuanto más demos a los demás en comprensión, simpatía y servicio, más felices seremos. El amor es bondadoso; está dispuesto a pasar por alto las faltas y volver a intentarlo. Si tan solo pudiéramos mantener nuestro corazón lleno de amor, esta tierra sería un cielo de felicidad. ¿Recuerdan el himno de nuestro himnario “Amor en el hogar”? Es un himno muy hermoso. La próxima vez que se sientan tentados a dejar que algo distinto del amor entre en su corazón, cántenlo y comprueben si no les ayuda.

Existe un método seguro para permanecer en el favor del Señor. Cuando estamos en constante comunicación con Él, difícilmente podremos desviarnos. Cada mañana, durante el día y por la noche, pidamos a Dios que Su Espíritu esté con nosotros para guiarnos en todo lo que hagamos. Es como la señal que guía al piloto de un avión. Mientras permanece sobre esa señal, sabe que todo marcha bien; pero no debe alejarse demasiado o la perderá. Cada uno de nosotros tiene una conciencia que nos dirá cuando ya no estamos sobre esa guía. No hay camino más seguro hacia la infelicidad que llevar constantemente una conciencia culpable como compañera. No lo hagan. Vuelvan a la guía.

Hay muchas otras cosas que contribuyen a nuestra felicidad, y Dios nos ha dado instrucciones acerca de ellas. Nuestra capacidad para disfrutar de la vida es mayor cuando gozamos de buena salud. Es difícil ser feliz cuando siempre estamos cansados. El Señor nos enseñó cómo evitar el cansancio y mantener nuestra mente vigorosa. Él dijo:

“…acuéstate temprano, para que no estés cansado; levántate temprano, para que tu cuerpo y tu mente sean fortalecidos”.

Sin embargo, junto con cada bendición, el Señor ha establecido un precio o una ley sobre la cual esa bendición se basa. Por guardar la Palabra de Sabiduría, Él promete:

“Y todos los santos que se acuerden de guardar y hacer estas palabras, andando en obediencia a los mandamientos, recibirán salud en el ombligo y médula en los huesos;

Y hallarán sabiduría y grandes tesoros de conocimiento, sí, tesoros escondidos;

Y correrán sin fatigarse, y andarán sin desmayar. Y yo, el Señor, les hago la promesa de que el ángel destructor pasará de ellos, como de los hijos de Israel, y no los matará”.

El versículo diecinueve es, para mí, el más importante. “Hallarán sabiduría y grandes tesoros de conocimiento, sí, tesoros escondidos”. ¿Existe una felicidad mayor que la de recibir un testimonio de la divinidad de este Evangelio y del plan de vida y salvación? Ese conocimiento solo viene por medio del Espíritu Santo.

Además, el Señor promete: “…probadme ahora en esto… si no os abriré las ventanas de los cielos y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde”. En cuanto al precio de esta fuente de felicidad, el Señor dice:

“Traed todos los diezmos al alfolí, y haya alimento en mi casa…”.

EL PRECIO DE LA PROSPERIDAD

El Libro de Mormón registra las promesas de prosperidad para quienes viven en esta tierra prometida. El precio de la prosperidad es guardar los mandamientos del Señor. Hubo muchas ocasiones en que el antiguo Israel perdió el favor del Señor. Entonces Él retiró Sus bendiciones; el pueblo fue humillado, y nuevamente las bendiciones del Señor fueron concedidas. Encontramos la misma repetición entre los descendientes de Lehi en este continente. ¿Y qué hay de nosotros? ¿Podemos aprovechar la experiencia de ellos?

El Señor también prometió: “Todo lo que mi Padre tiene le será dado…”. ¿A quién? ¿Y por qué?

“Y también todos los que reciben este sacerdocio me reciben a mí, dice el Señor;

Porque el que recibe a mis siervos me recibe a mí;

Y el que me recibe a mí recibe a mi Padre;

Y el que recibe a mi Padre recibe el reino de mi Padre; por tanto, todo lo que mi Padre tiene le será dado”.

La recompensa por guardar los mandamientos del Señor es la felicidad.

La felicidad ciertamente no proviene de una bondad pasiva. El Salvador dijo: “El mayor entre vosotros será vuestro servidor”. Bien podría haber dicho: “El más feliz entre vosotros será vuestro servidor”. El servicio activo a los demás es servir a Dios. El misionero más feliz es aquel que procura verdaderamente servir a sus semejantes al declararles el mensaje del Evangelio de Jesucristo. Los miembros activos de la Iglesia en todas partes experimentan esa misma felicidad. Y la felicidad no termina con esta vida. Aquellos que guardan plenamente los mandamientos del Señor, entran en el nuevo y sempiterno convenio y son sellados como esposo y esposa por el tiempo y por toda la eternidad, disfrutarán del más alto grado de felicidad.

Así pues, como declaró Moisés: “La fuente de felicidad para toda la humanidad”, tanto en esta vida como en la venidera, por toda la eternidad, “es el favor de Dios”.

Ruego que el Señor nos ayude a obtenerlo, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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