La inmortalidad y la vida eterna
La inmortalidad y la vida eterna son dones de Dios que se alcanzan plenamente mediante Jesucristo y la obediencia a Su evangelio.
Élder Milton R. Hunter
Del Primer Consejo de los Setenta“Lo verdaderamente importante no es cuánto tiempo vivimos en este mundo, sino cómo vivimos y si estamos preparados para comparecer ante el Padre Eterno y Su Unigénito.”
Es verdaderamente una experiencia solemne, hermanos y hermanas, ocupar este lugar y contemplar los rostros de esta inmensa multitud de Santos de los Últimos Días que han venido aquí para adorar al Señor. Humildemente confío y ruego que el Espíritu del Señor me acompañe en lo que diré esta mañana.
Yo, al igual que los demás hermanos que han hablado, tengo un testimonio de esta gran obra. Aprecio el privilegio que tengo de ser miembro de la Iglesia de Jesucristo. Mi mayor deseo en la vida es servir al Señor con toda mi capacidad y hacer siempre lo que Él desea que haga.
LA INMORTALIDAD DEL HOMBRE
En lo profundo del corazón de prácticamente toda persona que ha vivido en este mundo, Dios ha implantado una esperanza; sí, más que eso, incluso un fuerte deseo de que continuará viviendo después de la muerte. La inmortalidad del hombre es un concepto extraordinario. El estudio de las antiguas religiones revela que toda religión que llegó a ser popular entre sus seguidores y alcanzó importancia lo hizo porque aseguraba a sus miembros que, después de su permanencia en esta tierra, experimentarían una inmortalidad feliz, gloriosa y bendita. Lo mismo ocurre en la actualidad.
Cuando el padre Adán y Eva estuvieron sobre la tierra, Dios, por medio de Su Unigénito, les reveló el evangelio de Jesucristo; y, como una de las doctrinas más importantes de ese evangelio, les dio la seguridad de que, si ellos y su posteridad vivían de acuerdo con todas las enseñanzas, doctrinas y ordenanzas que les fueron reveladas, algún día podrían regresar a Su presencia. Allí no solo experimentarían la inmortalidad, sino que también disfrutarían de la gran bendición de la vida eterna.
A lo largo de las diferentes dispensaciones en las que Dios ha revelado los principios del evangelio a Sus santos profetas, siempre les ha comunicado esa gran verdad: que los hombres vivirán por todas las eternidades.
Hace poco más de cien años, cuando el plan de salvación del evangelio estaba siendo restaurado al profeta José Smith en nuestra dispensación, las diversas denominaciones cristianas sostenían el concepto de que los hombres vivirían después de la muerte; sin embargo, su comprensión del mundo invisible era muy confusa e imprecisa. Tenían poco, si acaso algún conocimiento, acerca de nuestra vida premortal, y sus conceptos sobre la vida después de la muerte eran erróneos en muchos aspectos. Por lo tanto, fue necesario que nuestro Padre Celestial revelara nuevamente a la tierra una abundancia de conocimiento relativo a la inmortalidad del hombre y señalara el camino que debía seguirse para obtener la vida eterna. Como resultado del amor de Dios por Sus hijos, el profeta José Smith tradujo el Libro de Mormón. Este contiene abundante doctrina relacionada especialmente con la vida después de la muerte. También recibió las maravillosas revelaciones registradas en Doctrina y Convenios. La sección 76 constituye la mayor revelación acerca de la vida después de la muerte que se encuentra registrada en libro alguno en el mundo. José también recibió la Perla de Gran Precio, donde encontramos abundante información acerca del consejo de los dioses y de nuestra existencia premortal.
LA RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO
No solo contamos con las enseñanzas de los profetas y las revelaciones acerca de la inmortalidad del hombre, sino también con abundantes pruebas irrefutables. La mayor evidencia de todas de que usted y yo somos inmortales, de que continuaremos viviendo después de dejar esta vida, es el hecho de que Jesucristo, después de Su crucifixión, se levantó de la tumba. Se apareció a muchas personas en Jerusalén y sus alrededores, estableciendo así el hecho de que era inmortal y extendiendo a toda la humanidad la promesa de que, así como Él resucitó de la tumba, también resucitarían todos los hombres.
Leemos en el libro de Mateo que, en el momento de la resurrección del Salvador, se abrieron los sepulcros de los santos que habían vivido vidas piadosas durante su existencia terrenal, y aparecieron a muchas personas en Jerusalén y sus alrededores (Mateo 27:52–53). Estos santos pudieron haber sido personajes como el padre Abraham, Isaac, Jacob, José, Noé y los demás santos profetas, junto con sus esposas, quienes pertenecían a “la Iglesia del Primogénito” (Doctrina y Convenios 93:22).
Después de Su resurrección, Jesucristo también se apareció a los nefitas que vivían en esta tierra. En una de esas ocasiones les pidió que le llevaran sus registros. Mientras los leía, les preguntó si Samuel el Lamanita no había profetizado que, cuando Cristo resucitara, los sepulcros de los antiguos santos serían abiertos y que ellos aparecerían a ese pueblo nefita. Se le informó que así habían sido las profecías y que estas se habían cumplido. Entonces instruyó al historiador nefita para que escribiera esa gran profecía y su cumplimiento en los registros (3 Nefi 23:6–13), a fin de que usted y yo, en los postreros días, pudiéramos saber con certeza que viviremos después de la muerte; que somos seres inmortales además de mortales.
EL TESTIMONIO DE LOS ÚLTIMOS DÍAS
Hace más de cien años, Jesucristo se apareció en varias ocasiones a José Smith. Cristo era un Dios resucitado, glorificado y celestializado cuando hizo esas apariciones. Entre esas visitas, otros seres que habían vivido sobre esta tierra en tiempos antiguos también se aparecieron al profeta José. Personajes como el ángel Moroni, Pedro, Santiago y Juan, Juan el Bautista, Moisés, Elías, Elías el Profeta, Miguel, Rafael y otros visitaron a José Smith. Cada una de esas apariciones añadió testimonio sobre testimonio acerca de la inmortalidad del hombre y de la vida eterna que finalmente alcanzarán los justos que vivan sobre esta tierra.
En las doctrinas de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días tenemos un entendimiento bastante amplio de nuestra vida premortal. Se nos enseña que usted y yo somos hermanos y hermanas; de hecho, todos los hombres, mujeres y niños que han venido a este mundo son hermanos y hermanas, y todos fueron hijos e hijas de Dios el Padre Eterno y de nuestra Madre Eterna en aquel reino celestial de espíritus antes de venir a la mortalidad. Se nos enseña que nacimos en ese mundo espiritual como niños y que allí crecimos hasta alcanzar la madurez, pasando por las diversas experiencias que estaban preparadas para nosotros antes de venir a la tierra. También, por medio de la revelación, hemos aprendido que los dioses celebraron un consejo preparatorio para poblar esta tierra, en el cual se discutieron y proclamaron los planes para la vida terrenal.
NUESTRO DESTINO
Probablemente, de todos los seres humanos que han vivido sobre esta tierra, al menos la inmensa mayoría se ha hecho esta pregunta: “¿A dónde vamos cuando morimos?”. En esta ocasión quisiera decir a todos los Santos de los Últimos Días que el lugar al que usted y yo iremos cuando muramos será determinado, en gran medida, por la manera en que vivamos mientras estemos aquí; me refiero a nuestro destino final, la meta por la que estamos esforzándonos. Tenemos el verdadero plan de salvación, el evangelio de Jesucristo, con todas las ordenanzas del evangelio, todas las enseñanzas, incluido el Santo Sacerdocio según el Orden del Hijo de Dios. Todas estas cosas, necesarias para llevarnos de regreso a la presencia de Dios y exaltarnos en la gloria celestial, son nuestras. Sabemos, por lo tanto, cuál será nuestro destino como miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días si vivimos de toda palabra que sale de la boca de Dios. Por otra parte, con todo el poder, el sacerdocio, las ordenanzas, las doctrinas, las oportunidades y las bendiciones que poseemos, también sabemos que, si pecamos lo suficiente, tenemos el poder de condenarnos a nosotros mismos a las mayores profundidades, incluso de arrojar nuestras almas al infierno. Los profetas han declarado que a quien mucho se le da, mucho se le demanda.
Para los Santos de los Últimos Días la muerte no es algo tan terrible. No tiene mucha importancia cuánto tiempo vivamos en este mundo. Lo verdaderamente importante para usted y para mí es cómo vivimos. ¿Estamos preparados para comparecer ante el Padre Eterno y Su Unigénito? Si la muerte llegara en este mismo instante, ¿estaríamos preparados para entrar en el otro mundo y finalmente llegar al reino celestial de Dios? Esa debe ser su meta y también la mía. Debemos vivir una vida tan limpia y pura cada día, obedeciendo todos los principios y ordenanzas del evangelio, que estemos preparados para morir cuandoquiera que la muerte nos sobrevenga.
EL MUNDO DE LOS ESPÍRITUS
Toda persona que muere irá a un mundo conocido como el mundo de los espíritus. Quienes hayan vivido vidas rectas aquí en la mortalidad encontrarán allí un paraíso, un cielo, un lugar de paz, de gozo, de oportunidades y de progreso. Por otra parte, quienes hayan vivido vidas inicuas se encontrarán en el mundo de los espíritus en una condición semejante a la de una prisión. De hecho, los profetas hablan de ese lugar como una prisión. Leemos en la Segunda Epístola de Pedro que, mientras el cuerpo del Salvador yacía en la tumba, Su espíritu fue al mundo de los espíritus y abrió las puertas del evangelio a aquellos que habían perecido en el diluvio de los días de Noé (1 Pedro 3:18–20). Esas personas habían permanecido privadas de escuchar el evangelio, detenidas en prisión durante ese largo período de más de dos mil años.
Algunas personas con las que he conversado tienen la idea de que, cuando mueran, de repente todos sus pecados serán lavados y llegarán a ser blancos, gloriosos, puros y limpios de una manera automática o milagrosa. Pero ese no es el caso. Según los antiguos profetas, especialmente el Libro de Mormón, confirmado por la revelación moderna, cuando morimos, si somos inmundos, seguimos siendo inmundos (2 Nefi 9:16; Mormón 9:14; Doctrina y Convenios 88:35, 102). El hecho de morir no nos cambia ni un ápice. Usted y yo somos seres duales, poseedores de un cuerpo espiritual que mora en un cuerpo físico. La muerte es la separación del cuerpo espiritual del cuerpo físico. Todas nuestras buenas obras, nuestras malas obras, el conocimiento que hemos adquirido, nuestros hábitos y nuestras inclinaciones tanto buenas como malas residen en el espíritu. El espíritu contiene la personalidad; en otras palabras, el espíritu es el verdadero individuo. Comprendiendo esta doctrina, sabemos que, cuando morimos, llevamos con nosotros al otro mundo exactamente aquello en lo que nos hemos convertido durante la mortalidad. Solo conozco un medio por el cual usted y yo podemos purificarnos, y ese medio es el arrepentimiento. Aquellas cosas de las que debemos arrepentirnos aquí en la mortalidad probablemente sean más fáciles de abandonar ahora que si las postergamos hasta llegar al otro mundo y tengamos que vencer allí esas limitaciones. Por eso diría: “Hoy es el día para prepararse para comparecer ante Dios”. Permítanme citar las palabras de un antiguo profeta nefita sobre este tema:
Porque he aquí, esta vida es cuando el hombre debe prepararse para comparecer ante Dios; sí, el día de esta vida es el día en que el hombre debe ejecutar su obra.
…porque si no aprovechamos nuestro tiempo mientras estamos en esta vida, entonces viene la noche de tinieblas en la cual no se puede hacer obra alguna (Alma 34:32–33).
UN ESTADO PROBATORIO
Toda persona, después de dejar esta vida, permanecerá en el mundo de los espíritus durante cierto tiempo a fin de continuar preparándose para entrar en la presencia de Dios. En ese mundo espiritual existe una intensa actividad. El evangelio de Jesucristo se está enseñando a quienes no recibieron el plan de salvación aquí en la mortalidad, y especialmente a aquellos que anteriormente no tuvieron la oportunidad de hacerlo. Cuando esas personas en el mundo de los espíritus aceptan el evangelio, la obra del templo que los mortales realizan por ellas completa la obra necesaria para que acepten a Jesucristo y el plan de salvación en ese mundo espiritual. El mundo de los espíritus, por tanto, constituye otro estado probatorio para que los hijos e hijas de Dios que así lo deseen puedan prepararse para comparecer ante Él.
LA RESURRECCIÓN UNIVERSAL
Después de nuestra permanencia en el mundo de los espíritus vendrá la resurrección. Habrá una resurrección universal de todo hombre, mujer y niño. Así como todos morimos, así también todos debemos levantarnos de la tumba. Amulek declaró:
“…os digo que este cuerpo mortal es levantado para ser un cuerpo inmortal; es decir, de la muerte, sí, de la primera muerte a la vida, para no morir más; sus espíritus se unirán con sus cuerpos para no ser separados jamás; así el todo llegará a ser espiritual e inmortal, para no volver a ver corrupción” (Alma 11:45).
Jesucristo vino al mundo y murió por los pecados del mundo. Rompió las ligaduras de la muerte y resucitó, siendo las primicias de la resurrección. Puso en funcionamiento la ley de la resurrección y, de ese modo, otorgó gratuitamente a todo hombre, mujer y niño la resurrección o, en otras palabras, la inmortalidad. Así pues, todos, tanto los inicuos como los justos, disfrutaremos de la inmortalidad.
EL GRAN JUICIO
Después de la resurrección viene el gran juicio. Toda persona que ha vivido y vivirá en este mundo —todo hombre, mujer y niño— comparecerá ante el tribunal de Dios para responder por la vida que vivió aquí en la mortalidad y también por la vida que haya llevado en el mundo de los espíritus.
Alma, aquel gran profeta nefita, predicó un día esta doctrina a su pueblo. Les explicó que todo hombre, mujer y niño, “tanto esclavos como libres… tanto los malvados como los justos” (Alma 11:44), resucitarían y serían llamados a comparecer ante el tribunal de Dios. Allí rendirían cuentas por la vida que vivieron durante la mortalidad, por cada acto que realizaron, sí, por cada palabra que pronunciaron y por cada pensamiento que albergaron. Usted y yo somos seres responsables, y responderemos incluso por aquello que pensamos. Cito sus palabras:
“Porque nuestras palabras nos condenarán; sí, todas nuestras obras nos condenarán; no seremos hallados sin mancha; y nuestros pensamientos también nos condenarán” (Alma 12:14).
Alma también explicó en esa ocasión que Dios dividiría a las personas en dos grupos. Miraría a los integrantes de uno de esos grupos con agrado. Ellos son los justos. Les declararía que podían entrar en Su presencia. ¡Cuán grande sería su gozo! Luego miraría a quienes componían el otro grupo, y estos sentirían tanta vergüenza por la vida que habían llevado en la mortalidad que clamarían a los montes para que cayesen sobre ellos y los escondieran de la presencia de Dios (véase Alma 12:14–15). Pero eso no sucedería. Tendrían que permanecer en Su presencia mientras eran juzgados, y toda rodilla se doblaría y toda lengua confesaría que Él es el Cristo y que Sus juicios son verdaderos y justos (véase Mosíah 27:31). Entonces oirían la voz de Dios decirles que se apartaran de Él a causa de la vida pecaminosa que habían llevado. Este es el grupo del que hablan las Escrituras cuando declaran que llorarán, lamentarán y crujirán los dientes porque habrán perdido la gran bendición de la gloria celestial y de la vida eterna (véase Alma 40:13).
TRES GRADOS DE GLORIA
Después del juicio, según la revelación moderna, la inmensa mayoría de los habitantes de esta tierra será asignada a uno de tres reinos, mundos o grados de gloria. Estos se conocen como el reino telestial, el reino terrestre y el reino celestial. La ley por la cual seamos vivificados en el momento de la resurrección determinará el mundo al que seremos asignados. Escuchemos la palabra del Señor sobre este tema:
“Porque aunque mueran, también resucitarán, un cuerpo espiritual.
“Los que son de un espíritu celestial recibirán el mismo cuerpo que fue un cuerpo natural; sí, recibiréis vuestros cuerpos, y vuestra gloria será aquella por la cual vuestros cuerpos sean vivificados.
“Vosotros que sois vivificados por una porción de la gloria celestial recibiréis entonces de esa misma gloria, sí, una plenitud.
“Y los que sean vivificados por una porción de la gloria terrestre recibirán entonces de esa misma gloria, sí, una plenitud.
“Y también los que sean vivificados por una porción de la gloria telestial recibirán entonces de esa misma gloria, sí, una plenitud.
“Y los que queden también serán vivificados; sin embargo, volverán otra vez a su propio lugar para disfrutar de aquello que estuvieron dispuestos a recibir, porque no estuvieron dispuestos a disfrutar de aquello que pudieron haber recibido” (Doctrina y Convenios 88:27–32).
LA GLORIA CELESTIAL
Para los Santos de los Últimos Días, nuestros intereses se centran en la gloria celestial. En realidad, no tenemos mucho interés en los otros dos grados porque, mediante la revelación, se nos asegura que quienes alcancen el reino celestial y reciban la exaltación son miembros de la Iglesia del Primogénito (véase Doctrina y Convenios 76:54, 94), quienes han vivido de toda palabra que ha salido de la boca de Dios, siendo humildes y fieles en todas sus actividades durante esta vida. Somos, por lo tanto, herederos de la gloria celestial. La puerta de entrada a la gloria celestial es la fe, el arrepentimiento, el bautismo y la confirmación. Después, conforme los santos entran en el reino de Dios al cumplir con estos requisitos, hacen firme su llamamiento y elección al obedecer, día tras día y durante toda su vida mortal, todas las ordenanzas y doctrinas del evangelio de Jesucristo. Estos son quienes habitarán en la presencia de Dios.
LA EXALTACIÓN
En el grado celestial de gloria hay tres reinos o tres divisiones. La más elevada de ellas corresponde a quienes reciben la exaltación o vida eterna. Son aquellos que viven la ley del sacerdocio, o sea, el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio, conocido como matrimonio celestial. Los Santos de los Últimos Días, así como las personas de las distintas dispensaciones del mundo que han pertenecido a la verdadera Iglesia de Jesucristo, que han sido sellados por el poder del sacerdocio y han guardado todos los convenios del sacerdocio que han contraído, viviendo de acuerdo con todas las enseñanzas del evangelio, son quienes serán exaltados en el reino celestial. El Señor ha declarado Su ley sobre esta doctrina de la siguiente manera:
“…de cierto te digo, que si un hombre se casa con una mujer por mi palabra, que es mi ley, y por el nuevo y sempiterno convenio, y les es sellado por el Santo Espíritu de la promesa, por conducto de aquel que es ungido, a quien he nombrado este poder y las llaves de este sacerdocio; [y si no cometen ningún pecado que quebrante ese sello]; …pasarán por los ángeles y los dioses que están allí puestos, hacia su exaltación y gloria en todas las cosas, según les haya sido sellado sobre sus cabezas; la cual gloria será una plenitud y una continuación de la posteridad por los siglos de los siglos.
“Entonces serán dioses” (Doctrina y Convenios 132:19–20).
El profeta José Smith explicó que esta continuación de “la posteridad” por los siglos de los siglos significaba el poder de la procreación; en otras palabras, el poder de engendrar hijos espirituales conforme al mismo principio por el cual nosotros nacimos de nuestros Padres Celestiales, Dios el Padre Eterno y nuestra Madre Eterna. Por lo tanto, un hombre no puede recibir la más alta exaltación sin una mujer, su esposa, ni una mujer puede ser exaltada sin su esposo (véase 1 Corintios 11:11). Esa es la plenitud del evangelio de Jesucristo, el plan de salvación. La vida eterna es el mayor don que Dios tiene reservado para quienes lo aman y guardan Sus mandamientos (véase Doctrina y Convenios 14:7), y usted y yo sabemos cómo puede alcanzarse.
En el grado celestial de gloria hay otras dos divisiones. Están ocupadas por ángeles de Dios. Estos ángeles son aquellos que no vivieron la ley del matrimonio celestial; sin embargo, aceptaron a Cristo y llevaron vidas rectas, aunque no aceptaron todas las ordenanzas del evangelio. Esta es la palabra del Señor sobre ese tema:
“Porque estos ángeles no permanecieron en mi ley; por tanto, no pueden ser engrandecidos, sino que permanecen separados y solos, sin exaltación, en su condición de salvación por toda la eternidad; y desde ese momento no son dioses, sino ángeles de Dios para siempre jamás” (Doctrina y Convenios 132:17).
LA VIDA ETERNA
Hermanos y hermanas, ¿a dónde vamos cuando morimos? Como Santos de los Últimos Días esperamos algún día llegar no solo al grado celestial de gloria, sino también recibir la exaltación en Su reino; es decir, recibir la vida eterna. Si aceptamos todas las ordenanzas del evangelio de Jesucristo y obedecemos todas sus enseñanzas; si vivimos de acuerdo con la ley del matrimonio celestial; si pagamos nuestros diezmos y ofrendas al Señor; si somos limpios y puros en nuestros pensamientos y hábitos, conservando así nuestros cuerpos como templos de Dios, limpios y puros como Él desea; si vivimos virtuosamente y le servimos en todo, entonces, en el gran día del juicio, oiremos la voz de Dios decirnos palabras semejantes a estas: “Bien hecho, mis amados siervos. Fuisteis fieles en las pocas y pequeñas cosas que os di para hacer durante la mortalidad; por tanto, ahora podéis entrar en mi presencia”.
Y, para continuar parafraseando Doctrina y Convenios: “Entonces pasarán por los ángeles y los dioses que están allí puestos hacia su exaltación” (véase Doctrina y Convenios 132:19), y llegarán a ser sacerdotes y reyes para el Dios Altísimo. Llegarán a ser como Él es. En otras palabras, recibirán la vida eterna. Entonces entrará plenamente en vigor el juramento y convenio del sacerdocio que usted y yo hemos hecho, cada uno de nosotros que posee el Sacerdocio de Melquisedec. Todo lo que Dios tiene será nuestro (véase Doctrina y Convenios 84:38). Él lo compartirá con nosotros.
Ruego humildemente que ese sea el destino de los Santos de los Últimos Días, en el nombre de Jesucristo. Amén.


























