Mi Testimonio
El testimonio de que Dios guía Su Iglesia por medio de profetas vivientes y el llamado a sostenerlos con fe y lealtad.
Élder Mark E. Petersen
Del Consejo de los Doce Apóstoles“Es una realidad que caminamos en la presencia de un profeta viviente de Dios. Estemos dispuestos a aceptarlo como tal.”
Hace cinco años, estuve de pie en este púlpito temblando de pies a cabeza cuando acepté el llamamiento al Consejo de los Doce. Durante estos cinco años he vivido en estrecha asociación con los hombres a quienes hoy sostuvieron como líderes de esta Iglesia. He llegado a conocerlos bien. Conocía muy bien a la mayoría de ellos antes de ocupar este cargo, pero no tan profundamente como los conozco ahora.
GRANDES HOMBRES
He descubierto que estos hombres son grandes hombres, grandes en el sentido de la verdadera grandeza. Sé que en la Presidencia de la Iglesia hay hombres que son grandes en el mismo sentido en que Lincoln fue grande. Sé que son profetas de Dios en el mismo sentido en que Moisés, Jeremías, Elías, Pedro y Pablo fueron profetas de Dios. He descubierto que estos hombres no tienen motivos egoístas; que entregan su tiempo y sus talentos, su fortaleza física, mental y espiritual; que dan todo lo que poseen para la edificación del reino de Dios. He descubierto que son hombres honestos y veraces; que son fieles y dedicados; que aman al Señor su Dios con todo su corazón y con toda su alma. Sé que son hombres de Dios en el verdadero sentido de la palabra.
Por eso me sentí profundamente conmovido cuando ustedes votaron hoy para sostener a estos hombres. Me emocionó ver este inmenso mar de manos levantarse en un voto de sostenimiento por aquellos a quienes aceptan como sus profetas, videntes y reveladores. Al ver esas manos, y al levantar la mía junto con las de ustedes, no pude evitar pensar en algunas de las cartas ofensivas que reciben estos hermanos de hombres y mujeres que creen que ellos los conducirían por mal camino; cartas de personas que sí tienen motivos egoístas; cartas de personas que harían tropezar a los profetas de Dios si tan solo pudieran.
GUIADOS POR EL ESPÍRITU SANTO
Quiero darles mi testimonio, y lo hago teniendo a Dios por testigo, de que estos hombres que dirigen la Iglesia son hombres honestos, íntegros y grandes siervos de Dios; que reciben revelación e inspiración del Todopoderoso; que son guiados por el Espíritu Santo; que esta es la Iglesia de Dios; y que, si desean recibir dirección del cielo, deben seguir la guía de estos hombres a quienes sostienen como profetas de Dios. Ellos son profetas. Son profetas tal como lo fueron Jeremías y Moisés. Son Apóstoles en el mismo sentido en que Pedro, Santiago y Juan fueron Apóstoles, porque fueron esos tres quienes confirieron los poderes del apostolado a los hombres de esta dispensación, y esos poderes han sido transmitidos hasta los hombres que hoy están de pie y sentados ante ustedes.
Creo que es algo muy serio cuando alguien levanta su mano contra los profetas de Dios. ¿Han leído cuidadosamente la historia de Jeremías en el Antiguo Testamento y visto cómo hombres y mujeres levantaron sus manos, sus voces y se rebelaron contra el profeta? Quiero que sepan que es tan grave para nosotros, que vivimos hoy, levantar nuestra mano contra estos profetas modernos, como lo fue para el antiguo Israel levantar su mano contra Jeremías, a quien arrojaron en una cisterna y a quien habrían visto morir con gusto.
UNA GRAN IGLESIA
Esta es una gran Iglesia. Es, en verdad, el reino de Dios. Tenemos un gran hombre al frente de la Iglesia. Él es el revelador, el vidente y el profeta de Dios para nuestros días. Es una realidad que caminamos en la presencia de un profeta viviente de Dios. Estemos dispuestos a aceptarlo como tal. Y estos otros hombres que sostienen sus manos y lo apoyan son también profetas del Señor.
Estoy agradecido por la experiencia de estos últimos cinco años. He aprendido a apreciar mucho más esta gran Iglesia restaurada, sus principios y los hombres que la dirigen. Humildemente les expreso mi solemne testimonio de que el mormonismo es verdadero, de que la Iglesia restaurada, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, es la Iglesia misma de Dios, y de que por medio de ella hallamos la salvación.
Que tengamos el valor de vivir el Evangelio. Que tengamos el valor de guardar los mandamientos. Que tengamos la lealtad de permanecer firmes y seguir a los líderes que Dios ha colocado sobre la tierra en estos últimos días, es mi humilde oración, la cual ofrezco en el nombre de Jesucristo. Amén.



























