Nuestros hogares, ordenados divinamente
El hogar, establecido por Dios, es el fundamento de una familia fuerte, una sociedad estable y una nación perdurable.
Jesucristo, el Evangelio y el Plan de Salvación
Élder Ezra Taft Benson
Del Consejo de los Doce Apóstoles“No existe sustituto satisfactorio para el hogar. Su fundamento es tan antiguo como el mundo. Su misión ha sido ordenada por Dios.”
Los estadounidenses, desde los mismos comienzos de nuestra nación, han amado el hogar. Ha sido nuestra principal institución educativa y el centro de los intereses económicos, sociales y culturales. Nuestros hogares han sido el baluarte de la nación y la institución más fundamental de la sociedad. ¡Qué gratos recuerdos y profundas emociones despiertan en nuestro corazón la sola mención del hogar, la familia, los padres, los hijos, los hermanos y las hermanas! Algunas de las impresiones y experiencias más dulces y satisfactorias del alma están ligadas al hogar y a los vínculos familiares.
EL HOGAR ESTADOUNIDENSE
Pero no todo marcha bien con esta institución tan fundamental: el hogar estadounidense. De hecho, se encuentra en grave peligro, si no al borde de un peligro mortal. Existen pruebas convincentes de que una corrupción moral progresiva está carcomiendo las mismas entrañas de este templo de la civilización estadounidense. Esto constituye un motivo de seria preocupación.
El matrimonio, el hogar y la familia son instituciones sagradas. No fueron creadas por el hombre, sino establecidas por una providencia bondadosa para bendición de Sus hijos. En el relato del primer matrimonio registrado en Génesis, el Señor hace cuatro declaraciones significativas: primero, que no es bueno que el hombre esté solo; segundo, que la mujer fue creada como ayuda idónea para el hombre; tercero, que ambos llegarían a ser una sola carne; y cuarto, que el hombre dejaría a su padre y a su madre para unirse a su esposa.
Más adelante, como para reforzar esa declaración anterior, el Señor dijo:
“…lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.”
También:
“Amarás a tu esposa con todo tu corazón, y te allegarás a ella y a ninguna otra.”
Asimismo, las Santas Escrituras instruyen a los hijos respecto a su deber hacia los padres. El apóstol Pablo escribió:
“Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo.
Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa,
para que te vaya bien y seas de larga vida sobre la tierra.”
LA RESPONSABILIDAD DE LOS PADRES
En cuanto a la responsabilidad divinamente establecida de los padres, se nos da esta solemne amonestación:
“…también enseñarán a sus hijos a orar y a andar rectamente delante del Señor… Y… si los padres… no les enseñan a comprender la doctrina del arrepentimiento, de la fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente… y el don del Espíritu Santo… el pecado recaerá sobre la cabeza de los padres.”
Estas y otras escrituras semejantes dejan absolutamente claro el origen divino del matrimonio, el hogar y la familia, las responsabilidades impuestas por el cielo sobre los padres y las consecuencias que sobrevienen cuando se desobedecen las leyes que rigen estas instituciones sagradas.
La historia revela que los primeros pioneros de Estados Unidos reconocieron y honraron estas obligaciones. Por ello fueron bendecidos en sus hogares y familias. ¿Merece nuestro proceder actual recibir bendiciones semejantes? Si dejamos de aceptar estas responsabilidades y de mantener el hogar estadounidense moral y espiritualmente sano, el futuro mismo de la nación estará en peligro. La decisión está en nuestras manos como padres y como ciudadanos.
INFLUENCIAS QUE DEBILITAN EL HOGAR
Los hechos no son alentadores cuando los examinamos con seriedad. Los profundos cambios provocados por la industrialización, la concentración de la población, la comercialización del entretenimiento y muchas otras actividades que antes se realizaban en el hogar tienden a alejar a las personas de la vida familiar.
Acompañando estos cambios, y en cierta medida como resultado de ellos, ha habido un notable incremento en la búsqueda del placer, la desenfrenada carrera por el dinero y los bienes materiales, la complacencia desmedida de los deseos personales y la insidiosa penetración del tabaco, el alcohol, los juegos de azar y muchas otras tendencias propias de nuestra compleja civilización moderna. Todo ello ha ejercido una fuerza que aparta a las personas del hogar y ha debilitado su estructura.
Parece existir una tendencia entre muchas personas casadas a volverse cómodas y buscar una vida llena de facilidades y de placeres momentáneos. Desean disfrutar de los privilegios del matrimonio, pero con frecuencia rehúsan asumir las responsabilidades de la paternidad. Informes confiables indican que aproximadamente el cuarenta por ciento de las mujeres casadas no tienen hijos o tienen solamente uno.
EL AUMENTO DEL DIVORCIO
La tasa de divorcios continúa aumentando a un ritmo alarmante. Hace cincuenta años había un divorcio por cada dieciséis matrimonios; para 1946, la proporción era de uno por cada tres. En algunas ciudades estadounidenses el número de divorcios casi iguala al de matrimonios. Los informes muestran que dos terceras partes de quienes solicitan el divorcio no tienen hijos.
Con frecuencia, incluso en hogares donde no ha habido un divorcio legal, existe infelicidad debido a la infidelidad, la falta de armonía y la ausencia de afecto familiar. Es principalmente de estos hogares quebrantados, deteriorados o descuidados de donde provienen muchos de nuestros jóvenes delincuentes. Según J. Edgar Hoover, director del FBI: “Las acciones de la mayoría de ellos estuvieron —y están— directamente relacionadas con la conducta de sus padres”. Sí, el crimen comienza en el hogar.
Ante estos y otros hechos bien conocidos, aunque profundamente preocupantes, ¿qué debemos hacer? ¿Podemos proteger el hogar y dar estabilidad a la vida familiar? ¿Puede detenerse y corregirse el deterioro de la vida familiar? Si no es así, ¿qué futuro nos espera?
Ninguna nación puede elevarse por encima de sus hogares. La Iglesia, la escuela e incluso la nación permanecen impotentes ante un hogar debilitado y degradado cuando se trata de formar el carácter. El buen hogar es el sólido cimiento, la piedra angular de la civilización. Si nuestra nación ha de perdurar, el hogar debe ser protegido, fortalecido y restaurado a la importancia que le corresponde.
LA CASTIDAD
Para lograrlo debemos comenzar con la juventud: nuestros muchachos y nuestras jóvenes. Deben saber que los cimientos de un hogar feliz se colocan durante los años previos al matrimonio. Sus relaciones deben desarrollarse en un ambiente alegre, pero elevado. Existe un grave peligro en las relaciones desenfrenadas y promiscuas entre los jóvenes. Los efectos dañinos de las familiaridades impropias se trasladan a la vida matrimonial y tienden a debilitar la estructura del hogar. La inmoralidad sexual es uno de los males más destructivos, mientras que la pureza moral constituye uno de los más grandes baluartes para formar un hogar exitoso. Los hogares felices y estables no pueden edificarse sobre la inmoralidad.
Permítanme, como miembro de una familia numerosa y como agradecido padre de seis hijos, decir a los jóvenes de Estados Unidos: conservad puras las fuentes de la vida. Proteged vuestra virtud como protegeríais vuestra propia vida. Reservad para la relación matrimonial esas dulces y profundamente satisfactorias intimidades de la existencia. Así lo dispuso el Dios de los cielos, quien instituyó el convenio del matrimonio. Él ha mandado la pureza de vida y una misma norma moral para hombres y mujeres. Si durante vuestra juventud no aprendéis a dominaros debidamente, pagaréis el precio con dolor, desilusión y pérdida del respeto por vosotros mismos. No busquéis con demasiada ansiedad las emociones y los placeres de la vida, porque terminarán convirtiéndose en cenizas entre vuestras manos. Llegarán a su debido tiempo dentro de los sagrados vínculos del matrimonio. Jóvenes enamorados, permaneced fieles a las santas leyes de Dios. Recordad que no pueden quebrantarse sin consecuencias. Si deseáis ser felices y tener éxito en vuestro noviazgo y en la formación de vuestro hogar, ajustad vuestra vida a las leyes eternas del cielo. No existe otro camino.
LA IMPORTANCIA DEL EJEMPLO
Como padres, ¿cuál es nuestra actitud respecto a las sagradas responsabilidades de la paternidad? Uno de los dos grandes propósitos del matrimonio son los hijos. “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra” fue uno de los primeros mandamientos dados por el Señor. Las naciones que se niegan a aceptar esta obligación dada por Dios terminan desapareciendo. ¿Desearán nuestros hijos e hijas tener hijos debido a nuestra actitud y a nuestro ejemplo?
El matrimonio, destinado a ser un convenio eterno, es el principio más glorioso y más ennoblecedor del evangelio de Jesucristo. Ninguna ordenanza tiene mayor importancia; ninguna es más sagrada ni más necesaria para el gozo eterno del hombre. La fidelidad al convenio matrimonial trae el mayor gozo en esta vida y gloriosas recompensas en la venidera. El abuso de esta ordenanza sagrada destruye la vida de las personas, arruina la institución fundamental del hogar y provoca la caída de las naciones.
Los futuros hogares de Estados Unidos serán fortalecidos cuando los padres vivan las virtudes cristianas delante de sus hijos. Si los esposos se aman y se respetan mutuamente, y si en su sagrada unión existe apoyo pleno y fidelidad incuestionable, esos principios se reflejarán en los hogares del mañana. Por el contrario, si en el hogar hay discusiones, pleitos, falta de armonía y la peligrosa práctica de coquetear con otras personas cuando se está fuera de casa, los hogares del futuro se verán debilitados por ello.
La paternidad conlleva responsabilidades muy particulares. Si estas se aceptan sin quejas, mientras se exalta la maternidad como el llamamiento más elevado de la mujer, nuestros hijos —los padres del mañana— recibirán la debida inspiración y aliento para establecer hogares semejantes.
LA ORACIÓN FAMILIAR
Los hogares de Estados Unidos también necesitan las bendiciones que provienen de la comunión diaria con Dios. La devoción familiar, que durante tanto tiempo fue un ancla tanto para los jóvenes como para los padres, prácticamente ha desaparecido. Hace apenas unas generaciones era una práctica común. Entonces las familias se arrodillaban juntas para orar; las Escrituras se leían en voz alta; y todos participaban en el canto de himnos. Si esta práctica se restableciera, contribuiría enormemente a fortalecer el hogar y la nación. Las diferencias y las irritaciones del día desaparecen cuando las familias se acercan juntas al trono celestial. La unidad aumenta, los lazos de amor y afecto se fortalecen y la paz del cielo entra en el hogar.
En tales hogares, cada miembro de la familia ofrece oraciones personales por la mañana y por la noche. Los problemas individuales y familiares se enfrentan con confianza después de haber invocado el favor del cielo. Los jóvenes que participan en esta devoción familiar salen a sus actividades recreativas con el corazón libre de malas intenciones. Ellos serán una influencia moderadora dentro de su grupo cuando aparezcan las tentaciones más atractivas. Los padres que rodean a sus hijos con la influencia refinadora de la devoción diaria están contribuyendo a preservar el hogar estadounidense.
COMPRENSIÓN MUTUA
Los hogares de Estados Unidos también necesitan la influencia estabilizadora de una relación más estrecha entre padres e hijos. Todo niño y toda niña necesitan la protección que proporciona una asociación íntima con su padre o con su madre. La falta de comprensión mutua entre padres e hijos debilita la estructura del hogar. Esa relación debe edificarse sobre el amor y la confianza mutua. Entonces, cuando surjan los problemas de la vida, el padre y la madre serán los primeros a quienes se acudirá en busca de consejo. Allí se encuentra la verdadera seguridad.
Ese ambiente puede crearse cuando los padres planean momentos de recreación y esparcimiento junto con sus hijos. Una velada en casa dedicada a actividades sanas; un día de campo en las montañas o en un parque cercano; o un proyecto compartido entre padres e hijos, y entre madres e hijas, contribuirán a aumentar el afecto familiar y el amor en el hogar, fortaleciendo la relación entre padres e hijos. El tiempo invertido de esta manera produce abundantes beneficios. El amor en el hogar y la obediencia a los padres aumentan a medida que los lazos familiares se hacen más firmes.
Los padres que mantienen esta estrecha relación con sus hijos no tienen dificultad para enseñar la virtud, la honradez, la laboriosidad, los principios fundamentales de nuestra forma de vida estadounidense y los peligros de las filosofías e ideologías extranjeras. De este modo se proporciona la orientación eficaz de los padres —la mayor necesidad del hogar— para beneficio del individuo, la familia, la comunidad y la nación.
LA PRESERVACIÓN DE LOS HOGARES
Aquí, pues, se encuentra nuestro camino seguro. Nuestros hogares deben convertirse en baluartes de fortaleza, colocando la rectitud en el centro de ellos e introduciendo en su ambiente la paz, la unidad y el altruismo que nacen de la pureza personal, la fidelidad incuestionable y la sencilla devoción familiar. Los padres deben aceptar el matrimonio como una institución divina y honrar la paternidad. Los hijos deben ser inspirados mediante la enseñanza y el ejemplo para prepararse para el matrimonio, protegerse de la inmoralidad como si se tratara de una enfermedad repugnante y practicar las demás virtudes cristianas fundamentales. El amor y la confianza mutua deben preservarse para fortalecer la relación entre padres e hijos. El hogar debe convertirse en la morada permanente del Espíritu de Dios, porque allí habitan los de corazón puro.
Sí, los hogares de Estados Unidos, si esta gran nación ha de perdurar, deben ser fortalecidos y preservados. Deben ser moral y espiritualmente sanos. No existe sustituto satisfactorio para el hogar. Su fundamento es tan antiguo como el mundo mismo. Su misión fue ordenada por Dios.
Que Dios conceda que quienes edifican los hogares de Estados Unidos tengan el valor y la sabiduría para cumplir fielmente sus obligaciones divinas, para inspirar a los jóvenes con una firme convicción de la importancia de estas instituciones establecidas por Dios: el matrimonio, el hogar y la familia; y que los matrimonios de nuestros hijos e hijas se celebren bajo una influencia espiritual y en presencia de familiares y amigos, estableciendo así un fundamento seguro para los hogares del mañana.
Y así, hoy, en la más grande de todas las naciones, en esta tierra escogida por encima de todas las demás, rendimos un humilde tributo al hogar, porque un profeta moderno declaró:
“…que algún día el hogar ordenado divinamente llegará a ser el fundamento mismo del reino de Dios.”
Que una bondadosa Providencia bendiga los hogares de Estados Unidos, es mi humilde oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.


























