La fortaleza de la Iglesia está en la unidad y la obediencia al plan del Señor
La unidad bajo la dirección del Señor y de Sus profetas es la protección contra el error y la apostasía.
Presidente J. Reuben Clark, Jr.
Primer Consejero de la Primera Presidencia“No salgan a tratar de reformar la Iglesia. Reformémonos nosotros mismos, y la Iglesia sabrá cuidar de sí misma.”
El presidente Smith me ha pedido que hable a continuación. Siento, más bien, que quizás, si concluyéramos ahora, después de las poderosas e inspiradas palabras del presidente McKay, estaríamos mejor que si yo intentara decir algo. Pero, obedeciendo la petición del Presidente, haré lo mejor que pueda.
Ruego sinceramente que el Señor me bendiga, y les pido que tengan la bondad de rogar por mí para que Él me conceda esa bendición, a fin de que ustedes sean edificados, fortalecidos y afirmados.
Durante el último año he estado realizando una lectura mucho más profunda e intensa que en ocasiones anteriores sobre los temas que he estado estudiando, y me han impresionado ciertos hechos históricos a los que deseo referirme brevemente.
HISTORIA DEL CRISTIANISMO PRIMITIVO
Por alguna razón que no resulta clara, ni por la historia ni por las Escrituras, parece que Pedro, Santiago y Juan, quienes quedaron como la Primera Presidencia de la Iglesia primitiva, nunca nombraron sucesores para sí mismos. El resultado fue el que cabía esperar. Surgieron importantes centros, como Alejandría, Roma, Cartago, Cesarea y otros. Con el paso del tiempo, cada uno de ellos quedó bajo la presidencia de un obispo. No existía una dirección central, y como consecuencia comenzaron las disputas acerca de la doctrina, así como de los ritos y las ceremonias. Surgieron sectas: una aquí, otra allá. Estas diferentes comunidades, dirigidas por obispos, fueron apartándose en direcciones opuestas o divergentes. Convocaban concilios de vez en cuando para resolver sus controversias. El gran Concilio de Nicea, alrededor del año 325 después de Cristo, fue el primer gran concilio ecuménico. Allí intentaron resolver ciertas cuestiones doctrinales.
No había unidad en la Iglesia; no existía una dirección unificadora. Eran como ovejas perdidas.
La Iglesia se desenvolvió razonablemente bien mientras los apóstoles aún vivían. Luego vino un segundo período en el que, habiendo muerto ya los apóstoles, todavía vivían quienes los habían conocido y habían recibido de ellos instrucciones. Eso impidió que la Iglesia se desviara demasiado y con demasiada rapidez. Después llegó la tercera generación de la Iglesia y, al no contar ya con el ancla que primero proporcionaron los apóstoles y luego quienes los habían conocido, comenzaron a desviarse, y lo hicieron rápidamente, hasta que a mediados del siglo III habían perdido el sacerdocio. De hecho, ya ni siquiera pretendían conferirlo. En sus ordenaciones solo oraban para que el Señor otorgara los poderes, los poderes del sacerdocio que Cristo había conferido a Sus apóstoles y que ellos, a su vez, según el registro sagrado, habían conferido a muy pocas personas.
IMPORTANCIA DE LA UNIDAD
Nunca he dejado pasar una oportunidad como esta sin hablar sobre la cuestión de la unidad. Les he dicho a ustedes, hermanos, una y otra vez, y lo repito esta noche, que si realmente estuviéramos unidos, si verdaderamente viéramos las cosas de la misma manera y actuáramos al unísono, no habría nada en el mundo, dentro de la rectitud, que no pudiéramos hacer conforme a la voluntad del Señor y sin frustrar Sus propósitos. Pero, a medida que la Iglesia se extiende cada vez más por el mundo, llegan constantemente a la Primera Presidencia señales de que, si no tuviéramos el sacerdocio, si este se hubiera perdido para nosotros como ocurrió en la Iglesia primitiva, estaríamos avanzando por los mismos caminos que la condujeron a la apostasía total.
Ahora bien, hermanos, solo hay una manera de estar unidos, y es estar unidos. El Señor ha establecido entre nosotros, con nuestro sacerdocio y nuestras organizaciones auxiliares, una organización tan cercana a la perfección como nosotros, los mortales en nuestra condición actual, podemos administrar. En el momento en que emprendemos, por nuestra propia cuenta, según nuestro propio pensamiento, nuestra propia voluntad y nuestra propia sabiduría, el establecimiento de organizaciones distintas de las que han sido establecidas por la Presidencia de la Iglesia bajo la dirección del Presidente de la Iglesia, el Sumo Sacerdote Presidente de la Iglesia, desde ese mismo momento nos desviamos del camino. Dejamos de avanzar por el centro del camino. Estamos en una ruta que puede conducir a la apostasía.
Creo que quizá incluso ahora existen indicios de que aquellos que viven en las regiones más apartadas de la organización central de la Iglesia sienten, tal vez, la ausencia de supervisión con mayor intensidad que quienes están más cerca. Sin embargo, quisiera decir aquí que, según mi observación, entre quienes están más lejos de nosotros, quienes no nos ven todos los días, existe un mayor respeto por las Autoridades Generales que entre algunos de quienes viven aquí cerca. No obstante, también existe esa tendencia, aparentemente inevitable, de apartarse en las zonas más remotas, aunque por ahora solo en detalles, de manera que todavía permanecemos fuertes. Pero debemos mantenernos siempre vigilantes.
Como saben, el Señor nos dio el albedrío. Podemos pensar y podemos hablar como queramos, pero no podemos enseñar doctrina falsa, porque eso no forma parte del albedrío. En el ámbito espiritual, la falsa doctrina equivale a la calumnia y la difamación en el ámbito civil. Esas cosas no debemos hacerlas.
LOS PLANES DE LOS HOMBRES
Vivimos en una época en la que todos tienen una nueva idea acerca de cómo solucionar los males de la sociedad. Existen casi tantos planes como personas, planes que por lo general son desarrollados por hombres sin experiencia, sin preparación y sin reflexión, y esos planes encuentran aceptación entre quienes están igualmente faltos de preparación, de experiencia y de buena enseñanza.
Entre nosotros es bastante común mirar a nuestro alrededor, ver algo que necesita corregirse y, entonces, iniciar un movimiento para corregirlo. Vemos algo que creemos que debería hacerse, alguna oportunidad que pensamos que no se ha aprovechado, y así elaboramos un plan para atender esa oportunidad según nuestro propio criterio. Quizá podría decir que nuestras organizaciones auxiliares no siempre se han mantenido dentro de la disciplina de hacer, principalmente, aquello para lo cual fueron establecidas. Pero, sea esto cierto o no, sí es cierto que aquí y allá alguien concibe una idea sobre lo que debería hacer y simplemente se dispone a hacerlo.
Esta noche se nos entregó un plan destinado a satisfacer todas las necesidades de los miembros de un grupo propuesto, desde el punto de vista económico, social, físico, espiritual y educativo. Pues bien, ese sí que es un programa ambicioso para comenzar prácticamente desde cero. Dicen que ya cuentan con varios cientos de miembros.
EL PLAN DEL SEÑOR
Ahora bien, hermanos, el Señor ha establecido, como dije al principio, una organización tan cercana a la perfección como nosotros, los mortales, podemos sostener, y la única seguridad que tendremos será seguir ese plan y ese programa.
A veces pienso que quizá nos llenamos de una confianza excesiva al recordar que el Señor estableció Su obra para que nunca más fuera derribada ni entregada a otro pueblo. Yo creo eso con la misma certeza con que sé que los estoy mirando. Pero eso no significa que todos nosotros estaremos entre quienes permanezcan firmes en el plan que el Señor ha dado. Asegurémonos de no apartarnos jamás del plan del Señor.
Ustedes, hermanos de los quórumes de élderes, de los Setenta, de los Sumos Sacerdotes y todos ustedes, poseedores del Sacerdocio Aarónico, aférrense a lo que el Señor les ha dado. Allí encontrarán toda la oportunidad de actividad en la que puedan participar y, como forma parte de un plan divino, no habrá nada en él que no sea beneficioso para ustedes. No salgan a tratar de reformar la Iglesia. Reformémonos nosotros mismos, y la Iglesia sabrá cuidar de sí misma.
LA DIRECCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO
En ocasiones las personas comienzan a predicar doctrinas falsas. A veces los élderes empiezan a enseñar sus propias ideas acerca de lo que es el Evangelio, ofreciendo sus propias explicaciones. El Profeta registró que, en cierta ocasión, un hombre acudió a él y se sorprendió mucho cuando el Profeta le dijo que un profeta no siempre era profeta. Lo era únicamente cuando hablaba bajo el espíritu de profecía.
En dos ocasiones durante el día de hoy se ha citado y mencionado ese pasaje de las Escrituras que originalmente fue dirigido a Orson Hyde, pero que es aplicable a todos nosotros: que todo lo que digan los siervos del Señor será Escritura, la mente del Señor, la voluntad del Señor, la voz del Señor y el poder de Dios para salvación. Sin embargo, a veces pasamos por alto el comienzo del pasaje: “Todo lo que habléis cuando fuereis inspirados por el Espíritu Santo”.
Recordarán que Pablo y Bernabé tuvieron un desacuerdo en su época. En aquella ocasión, uno de ellos no estaba actuando bajo la dirección ni la inspiración del Espíritu Santo. Pedro y Pablo también tuvieron sus diferencias. En esos momentos, ambos no estaban siendo guiados por el Espíritu Santo.
El Profeta enseña —lo encontrarán en sus escritos— que algunos de los hermanos, en los primeros días de la Iglesia, se interesaron demasiado por el libro de Apocalipsis, una abundante fuente de especulación, y él los reprendió por ello.
Quisiera exhortarlos, hermanos, a que lean las Escrituras por ustedes mismos. Hoy hemos escuchado excelentes discursos acerca de leer el Libro de Mormón. Estoy completamente de acuerdo con todo ello. También se mencionaron los otros libros: la Biblia, Doctrina y Convenios y la Perla de Gran Precio. Pero lean las Escrituras y formen sus propias ideas acerca de ellas.
Al hablar del hermano Hezekiah Brown, el profeta José dijo que se sentía muy feliz de que los hombres pudieran leer, pensar y especular; no estábamos limitados como los sectarios. Sin embargo, advirtió a los hermanos que fueran cuidadosos con lo que enseñaban. Solo existe una fuente sobre la tierra que tiene el derecho de cambiar, modificar o ampliar cualquier revelación del Señor, y esa es el Presidente de la Iglesia, el Profeta, Vidente y Revelador, el Sumo Sacerdote Presidente. Solo él, mediante la inspiración y la revelación del Señor, puede modificar las revelaciones ya dadas. Todos los demás podemos pensar acerca de ellas, hablar de ellas y especular sobre ellas, pero no podemos cambiarlas; y mientras él no hable, las revelaciones permanecen tal como están. No debemos desanimarnos porque alguien vea una revelación desde una perspectiva distinta de la nuestra. Nosotros tenemos derecho a nuestra opinión, y el otro hombre tiene derecho a la suya, pero la revelación permanece vigente hasta que Dios la cambie por el conducto establecido.
LLAMADO A LA UNIDAD
Hermanos, regreso una vez más al tema de la unidad. ¿No podríamos olvidar nuestras pequeñas dificultades y nuestros pequeños desacuerdos? ¿No podríamos unirnos en torno a las palabras del Señor, tal como Él las pronunció, y, una vez unidos en nuestra fe, unirnos también en nuestra obediencia? Sé que estoy hablando a hermanos que son los baluartes de la Iglesia, aquellos en quienes el Señor confía y en quienes el presidente Smith, como representante del Señor, confía para llevar adelante la obra de la Iglesia. Ustedes deben hacerlo. El presidente Smith no puede estar en todas partes. Y han realizado una gran labor. Pero vivimos tiempos peligrosos en lo económico, lo político y lo espiritual; y si simplemente escuchan lo que dice el Profeta del Señor y se dejan guiar por las revelaciones que Dios ha dado por medio de Sus profetas, tanto en la antigüedad como en los tiempos modernos, todo saldrá bien.
Les prometo que procuraré, con toda mi mente, mi alma y mi corazón, hacer aquello que nuestro líder desea que hagamos. Quisiera que cada uno de ustedes, hermanos, me acompañara en ese compromiso; y si lo hacemos, este gran cuerpo del sacerdocio de la Iglesia estará más cerca del cielo de lo que jamás ha estado en esta dispensación.
Testifico que sé que Dios vive, que Jesús es el Cristo y las primicias de la resurrección. Sé que el Evangelio y el sacerdocio fueron restaurados por medio del profeta José. Tengo de ello el testimonio del Espíritu, y ese testimonio del Espíritu me parece mucho más grande que el testimonio de los sentidos.
Que Dios esté con todos nosotros en todo momento, y que vivamos de tal manera que Él pueda acompañarnos en cualquier circunstancia. Eso significa vivir una vida pura, mantenernos alejados del pecado y de los lugares de pecado, y no ir jamás a ningún sitio donde no pudiéramos pedir a nuestro Padre Celestial que nos acompañara. Que vivamos de tal manera que podamos ser salvos y exaltados en Su presencia. Lo ruego humildemente, en el nombre de Jesucristo. Amén.


























