Conferencia General Abril 1949

La luz del sacerdocio y la obediencia a la guía del Señor

La fidelidad a los mandamientos y a la guía del Señor preserva a los poseedores del sacerdocio de las tinieblas y los conduce a la felicidad eterna.

Presidente George Albert Smith

“Guarden los mandamientos del Señor, hermanos, y no se apartarán hacia la oscuridad.”


Espero que esta noche todos hayamos recibido en nuestra alma las instrucciones que se nos han impartido.

Nos hemos reunido aquí en el nombre del Señor, como representantes del Señor, poseedores de Su sacerdocio. Por el hecho de habernos reunido así, hemos tenido derecho a recibir guía divina. A veces surgen ocasiones —y me imagino que la mayoría de nosotros las ha experimentado— en las que podemos sentir que existe una mejor manera de hacer las cosas que la forma en que se están haciendo. Pero si guardamos los mandamientos del Señor —y cuando hablo de los mandamientos del Señor me refiero a los Diez Mandamientos y a las demás revelaciones que Él ha dado a los hijos de los hombres por medio de los profetas—, si observamos esas enseñanzas, no nos desviaremos. Es cuando dejamos de guardar los mandamientos de Dios cuando caemos en la oscuridad.

Me siento agradecido de estar aquí con ustedes. Dudaba si debía venir esta noche, porque no me encuentro tan fuerte como quisiera. Sin embargo, sentí que no podía perder la oportunidad de estar con este grupo de hombres y, como resultado, he sido edificado y lleno de gozo.

ESCUDRIÑAD LAS ESCRITURAS

Quisiera volver a recalcar, si es que necesita ser recalcada, la sugerencia que ya se ha hecho: lean las Escrituras. Ese es el consejo del Señor. ¿Lo están siguiendo? Fue el Salvador quien dijo: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí”.

No dice simplemente: “Lean las Escrituras”, sino: “Escudriñad las Escrituras”. ¿Qué significa eso para ustedes? Para mí significa investigar con espíritu de oración lo que el Señor ha dicho; y de esa manera, si somos humildes, tendremos derecho a Su guía y no seremos engañados.

Hace unos días recibí una carta de un hombre que había sido excomulgado de la Iglesia, no porque hubiera hecho lo que el Señor quería que hiciera, sino porque hizo lo que él quiso hacer. Después quiso poner la responsabilidad sobre algunos de los hermanos, diciendo que ellos le habían aconsejado actuar de esa manera. Había olvidado que, antes de meterse en la dificultad que provocó que fuera separado de la Iglesia, una de las Autoridades Generales le había aconsejado que no hiciera precisamente aquello que estaba decidido a hacer. En cuanto lo hizo, quedó en tinieblas.

Guarden los mandamientos del Señor, hermanos, y no se apartarán hacia la oscuridad. Nunca habrá un momento en que no puedan arrodillarse y, si pueden decir sinceramente: “Padre Celestial, he hecho lo que me has pedido y lo que me has indicado que haga; ¿qué debo hacer ahora?”, recibirán la respuesta y no se equivocarán. Pero si hacen lo que no debe hacerse y reciben sus sugerencias del adversario de toda justicia, se encontrarán vagando en la oscuridad y pueden perder la perla de gran precio.

LOS DERECHOS DE LAS ESPOSAS

Quisiera enfatizar esta noche algo a lo que ya se ha hecho referencia, y es que algunos hombres que se han casado con mujeres y han convenido, delante de testigos, guardar los mandamientos de Dios y vivir como deben, a veces llegan a ser tan egoístas y tan obstinados que olvidan que sus esposas también tienen derechos. Quiero decir que el sacerdocio no concede a ningún hombre el derecho de maltratar a su esposa. El sacerdocio sí le da el derecho de ser bondadoso, fiel, honorable, de enseñar la verdad y de enseñar la verdad a sus hijos; y cuando hace eso, no caerá en el pecado. Nunca, en la historia del mundo, hemos necesitado más la guía divina que en este momento.

Se ha hecho referencia con toda claridad esta noche al hecho de que la Presidencia de la Iglesia, compuesta por tres hombres, ha sido llamada para desempeñar determinadas responsabilidades y que, junto con ellos, otros hombres han sido llamados para ayudar a llevar adelante el programa de la Iglesia. Cuando estos tres hombres y los demás que han sido llamados al Quórum de los Doce, así como aquellos que han sido llamados a los demás cargos de presidencia entre las Autoridades Generales, están unidos, no tenemos por qué preocuparnos por lo que sucederá con la Iglesia. Todos los hombres y todas las mujeres tienen el derecho de consultar a su obispo, a la presidencia de estaca y al sumo consejo con respecto a los asuntos de la Iglesia. Tienen derecho a hacer preguntas y, si no quedan satisfechos, tienen el privilegio de acudir a una autoridad superior; pero muy rara vez será necesario hacerlo si quien pregunta está actuando dentro del cumplimiento de su deber. Así pues, no olvidemos, hermanos, que se nos ha conferido un don maravilloso: la autoridad divina que proviene de nuestro Padre Celestial. Es un don inapreciable otorgado por el Señor. No es como una recomendación de cualquier otra organización. Significa que, si vivimos como debemos cuando se nos confiere esa autoridad del sacerdocio, tenemos derecho a la inspiración del Todopoderoso, y la recibiremos si guardamos Sus mandamientos. Pongamos, pues, nuestra casa en orden; celebremos la oración familiar y pidamos una bendición sobre los alimentos. Procuremos aprender lo que el Señor quiere que hagamos, no lo que nosotros quisiéramos hacer ni lo que alguien más quisiera que hiciéramos.

ACEPTAR EL CONSEJO

Mientras estoy aquí de pie, puedo pensar en varios hombres que acudieron a los líderes de la Iglesia en busca de consejo y que, si lo hubieran seguido, todavía estarían en la Iglesia; pero ya no lo están. Aquellos a quienes acudieron no tenían motivos ocultos; quienes dieron el consejo cuando les fue solicitado solo tenían el deseo de bendecir a la persona que lo pedía. Sin embargo, ese consejo era contrario a las ambiciones y deseos del individuo y, como ya estaba en el pecado, no pudo comprender el consejo del buen hombre que desinteresadamente le indicó lo que debía hacer.

Este mundo se encuentra en una condición lamentable. Hay cientos de miles de personas que ni siquiera creen en Dios; es decir, en el Dios de este mundo, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Padre de Jesucristo, nuestro Señor. Están en tinieblas. No podemos esperar que encuentren el camino de la felicidad hasta que reciban la luz, y recae sobre este gran cuerpo del sacerdocio, así como sobre quienes sirven en las distintas estacas, barrios y misiones de la Iglesia, el deber de hacer brillar nuestra luz de tal manera que los demás, al ver que verdaderamente somos siervos del Señor, se sientan impulsados a aceptar el Evangelio y conformar su vida a la verdad.

Permítanme suplicarles una vez más, hermanos míos: sean pacientes con sus hijos. Recuerden que uno de los mayores dones que pueden recibir en esta vida es la familia que pueden disfrutar si son dignos del sacerdocio y lo han recibido.

LA INFLUENCIA DE LA ORACIÓN

No siempre veremos las cosas de la misma manera; los hombres no siempre razonarán como sus esposas, ni las esposas como sus maridos. Pero si oran juntos, con un sincero deseo de permanecer unidos, puedo decirles que llegarán a estar de acuerdo en todos los asuntos importantes.

Hace algunos meses observé, en un cartel publicitario de South Temple Street, esta frase: “La familia que ora unida permanece unida”. No sé quién la colocó allí, pero quiero decirles que, si reflexionan un momento sobre ella, sabrán que es verdadera. Los exhorto a orar juntos al Señor, y con ello no quiero decir simplemente recitar oraciones. No me refiero a ser como un fonógrafo que repite una y otra vez las mismas palabras, sino a abrir su alma al Señor como esposos y padres en su hogar, invitando a sus esposas y a sus hijos a unirse a ustedes. Háganlos participar. Entonces llegará al hogar una influencia que podrán sentir cada vez que entren en él. Ha sido una gran bendición para mí viajar por toda la Iglesia y entrar en los humildes hogares de quienes guardan los mandamientos del Señor, y participar del espíritu que allí se percibe.

Ninguno de nosotros se está haciendo más joven. Muchos ya hemos pasado la mitad de la vida. Si vamos a hacer alguna corrección, algún ajuste —y la mayoría de nosotros necesita hacer ajustes—, el momento de hacerlo es ahora, no dejarlo para el futuro.

GRATITUD POR LOS OBISPOS

Quisiera exhortarlos a que vayan a sus obispos y les expresen su gratitud por su fidelidad y su dedicación hacia nosotros. Vivo en un barrio donde tenemos a tres de los mejores hombres del mundo en el obispado: hombres maravillosos, humildes y llenos de espíritu de oración. No tienen otro deseo en ese barrio que bendecir a las personas, y supongo que encontrarán lo mismo en casi todos los barrios de la Iglesia, con muy pocas excepciones.

Cuando recibimos el sacerdocio, cuando somos ordenados y apartados para desempeñar determinados deberes en la Iglesia por la autoridad de nuestro Padre Celestial, debemos comprender que se trata de una bendición grande y maravillosa, y que conlleva una inmensa responsabilidad. No debemos tomarla a la ligera.

Hemos estado reunidos durante dos días. Hemos disfrutado de un tiempo muy feliz. Antes de que esta conferencia concluya, aún se celebrarán otras reuniones; y si asistimos a ellas con una oración en el corazón, procurando tener el Espíritu del Señor, ser guiados e inspirados por Él en nuestros pensamientos, no solo al enseñar, sino también al aprender, cuando la conferencia termine podremos regresar a nuestros hogares llevando con nosotros la inspiración del Todopoderoso. Podremos poner en orden nuestros hogares y ayudar a mantener en orden nuestros barrios y estacas; pero eso requerirá trabajo. Requerirá un esfuerzo reflexivo, constante y acompañado de oración.

SE NECESITA ARREPENTIMIENTO

Existen condiciones dentro de la Iglesia de las que es necesario arrepentirse. En esta conferencia se ha hecho referencia al hecho de que la venta de bebidas alcohólicas está siendo legalizada. Hace años, el Presidente de la Iglesia se puso de pie en este púlpito, durante una conferencia general, y suplicó al pueblo que no abandonara la Ley Volstead. Se había promulgado una legislación que hacía ilegal vender o comprar bebidas alcohólicas. El Señor nos ha aconsejado no consumir bebidas fuertes, y todo Santo de los Últimos Días debe prestar atención al consejo de nuestro Padre Celestial en cuanto a este asunto. Permítanme suplicarles que escudriñen la Palabra de Sabiduría con espíritu de oración. No se limiten a leerla; escudríñenla en oración. Descubran por qué nuestro Padre Celestial nos la dio. Nos la dio con la promesa de una vida más larga y más feliz, no si dejamos de obedecerla, sino si la obedecemos. Lean la Palabra de Sabiduría en presencia de sus familias y den el ejemplo. Si hacemos eso, Sion continuará creciendo. Si hacemos eso, la Iglesia del Cordero de Dios continuará convirtiéndose en un poder para el bien en el mundo.

Me asombra la cantidad de hombres grandes e influyentes que hay en nuestro propio país y que no pertenecen a la Iglesia; no sé si pertenecen a alguna otra iglesia o no. Sin embargo, en su correspondencia con las oficinas centrales de la Iglesia manifiestan cuán complacidos están con aquello que defendemos; y nosotros, espero, siempre defenderemos aquello que el Señor desea que defendamos.

LAS BENDICIONES DEL SACERDOCIO

Hermanos, recibir el sacerdocio es un favor del Señor; es un gran privilegio representar a nuestro Padre Celestial. Es una bendición que, si somos fieles, abrirá las puertas del reino celestial y nos dará un lugar allí para vivir por las eternidades. No tomen a la ligera esta bendición inestimable.

Obispos, permítanme suplicarles que, cuando ordenen a los jóvenes como diáconos, maestros o presbíteros, se aseguren de dejarles muy claro que, junto con ese don que proviene de nuestro Padre Celestial, viene también una responsabilidad. Si hacen eso, ellos crecerán para ser protectores del sexo más vulnerable, y habrá menos tristeza y menos sufrimiento a causa de la inmoralidad entre los hijos y las hijas de nuestro Padre Celestial en las comunidades donde vivimos.

El Señor desea que seamos felices. Esa es la razón por la que nos dio el evangelio de Jesucristo. Esa es la razón por la que nos confirió el sacerdocio. Él desea que tengamos gozo. Esa es la razón por la que organizó esta Iglesia y estableció en ella los diversos oficios; y todas estas cosas están en perfecto orden. Como ya lo han mencionado esta noche los demás hermanos, si siguen la dirección del Señor y de aquellos a quienes el Señor sostiene, no caerán en la oscuridad, no perderán la luz, no transgredirán las leyes de Dios ni perderán los privilegios que Él tanto desea que todos disfrutemos.

Ese es mi sentir esta noche, hermanos. Estoy agradecido de estar aquí. Me siento agradecido cada vez que tengo el privilegio de estrechar sus manos, mirar sus rostros, y me llena de gozo verlos caminar como el Señor desea que caminen, siguiendo Su consejo y Su dirección. Todos seremos felices si hacemos eso; el mundo será enriquecido; y las misiones que ya se han abierto continuarán funcionando hasta que los pueblos hayan sido amonestados, y las naciones que aún no han recibido esa advertencia tengan también la oportunidad de aprender el evangelio de Jesucristo. Entre las que todavía no han sido advertidas se encuentran hoy las naciones más pobladas del mundo. Pero es nuestra responsabilidad encontrar los medios y las maneras de llevar el mensaje de vida y salvación a toda nación.

Gracias, hermanos, por su amor y por su compañerismo, por su bondad y por la ayuda que me brindan a mí y a mis asociados que estamos aquí en este estrado. Los amamos. Estamos agradecidos por ustedes y con ustedes, y ruego que cada uno de nosotros viva de tal manera que, cuando llegue el momento de partir de esta vida y se abra el registro de nuestra existencia, este revele que hemos deseado con todo nuestro corazón ser lo que Dios quería que fuéramos y que hemos sido guiados por Él por sendas de paz, felicidad y rectitud. Y cuando llegue el día en que esta tierra sea limpiada y purificada por fuego y llegue a ser el reino celestial —porque eso es lo que será, hermanos—, ruego que todos hayamos vivido de tal manera que encontremos nuestros nombres escritos en el Libro de la Vida del Cordero, con derecho a permanecer allí para siempre en compañía de nuestras esposas, nuestros hijos y todos nuestros seres queridos, sin que falte ninguno. Lo pido en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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