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Ordenanzas y Convenios
Todas las ordenanzas y convenios relacionados con la vida eterna fueron instituidos por el Padre y el Hijo antes de que el mundo fuera creado.
Dios no solo prometió la vida eterna a Sus hijos en la existencia premortal, sino que también estableció las ordenanzas y los convenios mediante los cuales la vida eterna podría obtenerse. Esta verdad es confirmada tanto por los profetas modernos como en los templos del Señor en los últimos días. El profeta José Smith enseñó que “Dios mismo, hallándose en medio de espíritus y gloria, porque era más inteligente, consideró apropiado instituir leyes mediante las cuales los demás pudieran tener el privilegio de avanzar como Él.”¹
El concepto de que Dios instituyó leyes, ordenanzas y convenios en la existencia premortal para guiar a Sus hijos hacia la vida eterna se convirtió en un tema al cual el profeta José Smith regresó una y otra vez. En abril de 1842, enseñó que Jehová, el Cristo premortal, también conocía y enseñó en nuestra existencia premortal la doctrina de las ordenanzas necesarias para la vida eterna:
“El gran Jehová contempló la totalidad de los acontecimientos relacionados con la tierra, pertenecientes al plan de salvación, antes de que esta existiera, antes de que ‘las estrellas del alba cantaran juntas’ de gozo; el pasado, el presente y el futuro eran y son, para Él, un eterno ‘ahora’; conocía la caída de Adán, las iniquidades de los antediluvianos, la profundidad de la iniquidad que estaría ligada a la familia humana, su debilidad y su fortaleza, su poder y su gloria, sus apostasías, sus crímenes, su rectitud y su iniquidad; comprendió la caída del hombre y su redención; conocía el plan de salvación y lo señaló; estaba familiarizado con la situación de todas las naciones y con su destino; ordenó todas las cosas de acuerdo con el consejo de Su propia voluntad.”²
El 12 de julio de 1843, el Profeta registró una de las más grandes revelaciones de esta o cualquier dispensación en cuanto al nuevo y sempiterno convenio, incluyendo el convenio eterno del matrimonio. Citando al Señor, se refirió a la naturaleza premortal de las ordenanzas y convenios sobre los cuales se basa el plan de redención y felicidad:
“Porque todos los que reciban una bendición de mis manos deberán obedecer la ley que fue designada para esa bendición, y las condiciones de la misma, tal como fueron instituidas desde antes de la fundación del mundo…
He aquí, mi casa es una casa de orden, dice el Señor Dios, y no una casa de confusión.
¿Aceptaré una ofrenda, dice el Señor, que no se haga en mi nombre?
¿O recibiré de vuestras manos aquello que no he señalado?
¿Y os señalaré yo, dice el Señor, alguna cosa que no sea por ley, tal como yo y mi Padre os la ordenamos antes que el mundo fuese?” (D. y C. 132:5, 8–11).
El 9 de octubre de 1843, José Smith volvió a recalcar el origen premortal de las ordenanzas relacionadas con la vida eterna. “Si los hombres desean obtener la salvación, deben someterse, antes de dejar este mundo, a ciertas reglas y principios que fueron fijados por un decreto inalterable antes de que el mundo existiera.”³ Cuando el Profeta dice que los hombres deben someterse a ciertas reglas y principios antes de dejar este mundo, obviamente se refiere a aquellos que tienen la oportunidad de aprender acerca de ellos durante la mortalidad.
El Padre y el Hijo han provisto un medio para aquellos que mueren antes de que pudiera impartírseles el conocimiento de las ordenanzas y convenios de la vida eterna. Este aspecto del plan del Padre no fue una ocurrencia posterior, aunque no se puso en marcha sino hasta después de la muerte mortal de Jesús en la cruz y Su ministerio redentor en el mundo de los espíritus (véase D. y C. 138). Las doctrinas y ordenanzas relacionadas con la redención de los muertos también fueron instituidas en nuestra existencia premortal. Dijo el profeta José Smith: “Podéis pensar que este orden de cosas es muy particular; pero dejadme deciros que es únicamente para cumplir la voluntad de Dios, conformándose a la ordenanza y preparación que el Señor ordenó y preparó antes de la fundación del mundo, para la salvación de los muertos que morirían sin el conocimiento del evangelio” (D. y C. 128:5).
El presidente Brigham Young también reveló el establecimiento de las ordenanzas salvadoras durante nuestra existencia premortal. Al hablar, por ejemplo, del bautismo, declaró: “¿Qué se requiere de nosotros tan pronto como llegamos a la edad de la responsabilidad? Se nos requiere, porque es una institución del cielo, cuyo origen tú y yo no podemos explicar, por la simple razón de que no tiene principio; es de eternidad en eternidad—se nos requiere descender a las aguas del bautismo.”⁴ No hay duda de que las ordenanzas de exaltación fueron establecidas mucho antes de que esta tierra se formara y nos han sido reveladas en estos últimos días.
El establecimiento de templos en esta dispensación se basa en la revelación—la revelación de asuntos relacionados con nuestra condición premortal, las promesas hechas allí, las ordenanzas delineadas allí y la edificación de templos aquí para administrar esas ordenanzas. El presidente John Taylor preguntó: “¿Quién pensó alguna vez en edificar templos hasta que Dios lo reveló?… ¿Y sabían ustedes cómo ministrar en ellos después de que fueron construidos? No, no lo sabían.”⁵ Todo esto se ha hecho de acuerdo con la revelación. El élder Bruce R. McConkie, del Quórum de los Doce Apóstoles, dijo: “La edificación inspirada y el uso correcto de los templos son una de las grandes evidencias de la divinidad de la obra del Señor… Donde hay templos, con el espíritu de revelación reposando sobre quienes ministran en ellos, allí se encontrará al pueblo del Señor; donde estos no existen, la Iglesia, el reino y la verdad del cielo no están presentes.”⁶
Sin duda, el templo es el gran símbolo del reino del Señor y de nuestra pertenencia a él. Pero también me parece que el templo es el gran símbolo del plan preordenado de exaltación. Los templos son un paralelo de las bendiciones patriarcales y a la vez un complemento de ellas. Ambos delinean el curso y la dirección que el Señor trazó para nosotros en nuestra existencia premortal. Ambos están íntimamente ligados a la revelación. Uno es una experiencia colectiva (que involucra a muchos miembros a la vez); el otro es una experiencia muy privada y personal (que involucra solo al Señor, al patriarca y al individuo). Ambos están diseñados para revelarnos nuestro camino de regreso al Padre. La conexión entre los templos y las bendiciones patriarcales es profunda. Hay momentos en nuestra vida—ya sea en compañía de otros o en soledad—en los que el cielo nos susurra que somos comprendidos, amados y atendidos por el Gran Padre del universo. Los templos proveen un entorno santificado para que eso ocurra.
Es una gran bendición entrar en el templo del Señor y llegar a saber que Dios, nuestro Padre, comprendió el fin desde el principio y que Su mano está sobre Sus hijos (Abraham 2:8). Él conocía todas las cosas relacionadas con la salvación de la humanidad antes de que ocurrieran. Su plan incluye cada eventualidad. Todas las cosas fueron preparadas, y cada uno de Sus hijos fue tomado en cuenta. El aprendizaje que ocurre en la santa casa del Señor finalmente confirma que Dios ha estado al mando desde antes de que comenzara el tiempo. Él conocía a cada uno de nosotros individual y personalmente antes de que esta tierra fuera formada. El Padre no es un principiante; nada de lo que sucede o sucederá lo toma por sorpresa. No es un gran técnico que deba consultar manuales cuando surge algún giro inesperado en nuestras vidas o en nuestras oraciones. Él es poderoso para salvar porque posee todo poder y todo conocimiento, y de Él proceden todas las leyes, ordenanzas y convenios. Él “ha dado una ley a todas las cosas” (D. y C. 88:42), y “está sobre todas las cosas” (D. y C. 88:41). Esta es una de las grandes consolaciones que nos llevamos de nuestra experiencia en el templo: las promesas de Dios para nosotros son seguras y ciertas.
Notas
- Smith, Teachings of the Prophet Joseph Smith, 354.
- Smith, Teachings of the Prophet Joseph Smith, 220; énfasis añadido.
- Smith, Teachings of the Prophet Joseph Smith, 324.
- Brigham Young, 67.
- Taylor, Journal of Discourses, 21:95.
- McConkie, Mormon Doctrine, 781.

























