Adoración en el Templo


Las Ordenanzas de Sellamiento


Las ordenanzas culminantes del templo son aquellas que sellan a un esposo y una esposa, y a los hijos con ellos, como familia por la eternidad.

Hace algún tiempo asistí a una reunión sacramental en la que quedé cautivado por una hermosa niña de once años que se dirigió a la congregación y declaró, con tonos puros, audaces pero humildes, que sabía que era hija de un Rey. ¡En verdad lo es! Todos somos hijas e hijos de un Rey: el Rey del Universo, que es nuestro Padre Celestial. Pero más asombroso aún que este hecho es la impactante verdad de que, por medio de Su plan, nosotros mismos podemos llegar a ser reyes y reinas. Eso es posible mediante los poderes de sellamiento del sacerdocio que operan en los templos de nuestro Señor.

El élder Boyd K. Packer escribió que cuando participamos en la investidura del templo, recibimos “una inversión de potencial eterno,” que es, en cierto sentido, preliminar y preparatoria para “venir al altar para ser sellados como esposo y esposa por el tiempo y por toda la eternidad.” Prosiguió diciendo que un esposo y una esposa “se convierten en una familia, libres para actuar en la creación de la vida, con la oportunidad, mediante la devoción y el sacrificio, de traer hijos al mundo y criarlos y guiarlos con seguridad a través de su existencia mortal; de verlos llegar un día, como [nosotros] hemos llegado, a participar en estas sagradas ordenanzas del templo.”¹ Al seguir este modelo, estamos haciendo lo mismo que hacen nuestros Padres Celestiales. Creamos y nutrimos la vida, brindamos a nuestros hijos e hijas oportunidades de crecimiento y progreso, y procuramos que lleguen al punto en que deseen continuar el mismo modelo, en el cual se encuentra la verdadera felicidad.

Ser sellados juntos como esposo y esposa e hijos no es simplemente algo agradable de hacer, ni solo la costumbre tradicional a seguir. Ser sellados juntos como una familia eterna es el orden mismo de los cielos. Es la clase de vida que viven nuestros Padres Celestiales. En otras palabras, la familia no es solo la unidad básica de la sociedad; es la unidad básica de la eternidad.

El poder de sellamiento está asociado con la plenitud de la autoridad y las bendiciones del sacerdocio. Siempre que el evangelio completo de Jesucristo ha estado sobre la tierra, el Señor ha concedido el poder de sellar a Sus representantes autorizados para atar en la tierra y sellar en los cielos (Mateo 16:19). Al hablar de las ordenanzas de salvación, en general puede considerarse que el poder de sellamiento es el medio por el cual “todos los convenios, contratos, vínculos, obligaciones, juramentos, votos, hechos, conexiones, asociaciones o expectativas” se ponen en pleno vigor y efecto “después de la resurrección de los muertos” (DyC 132:7). Todas las cosas, todas las relaciones y asociaciones que no sean selladas por este poder del sacerdocio “terminan cuando los hombres mueren” (DyC 132:7).

El élder Bruce R. McConkie escribió acerca del poder de sellamiento en relación con las ordenanzas del templo:

“A menos que un convenio matrimonial eterno sea sellado por esta autoridad, no llevará a las partes participantes a una exaltación [condición exaltada] en el más alto cielo dentro del mundo celestial.

“Todas las cosas adquieren fuerza y validez perdurables gracias al poder de sellamiento. Tan abarcador es este poder que comprende las ordenanzas realizadas por los vivos y por los muertos, sella a los hijos en la tierra a sus padres que los precedieron y forma la cadena patriarcal eterna que existirá perpetuamente entre los seres exaltados.”²

En esta dispensación, el poder de sellamiento está dirigido por el presidente de la Iglesia, el apóstol de mayor antigüedad en la tierra, quien posee las llaves del sacerdocio —un término simbólico que significa la autoridad suprema para delegar y dirigir el uso de todo poder del sacerdocio, incluido el poder de sellamiento—. Estas llaves fueron restauradas a la tierra en dos dispensaciones: la dispensación meridiana y nuestra dispensación de los últimos días, por medio del profeta Elías (véase Mateo 17:1–8; DyC 2:1–3; 110:13–16). “Las llaves que poseía Elías eran las llaves del sacerdocio eterno, las llaves del poder de sellamiento que el Señor le dio. Y eso fue lo que él vino a conferir sobre las cabezas de Pedro, Santiago y Juan; y eso fue lo que dio al profeta José Smith.”³

José Smith dijo: “El espíritu, poder y llamamiento de Elías es . . . el de poseer la llave de las revelaciones, ordenanzas, oráculos, poderes e investiduras de la plenitud del Sacerdocio de Melquisedec y del reino de Dios en la tierra; y recibir, obtener y efectuar todas las ordenanzas pertenecientes al reino de Dios, hasta volver el corazón de los padres hacia los hijos y el corazón de los hijos hacia los padres, aun aquellos que están en los cielos.”⁴

Por decreto divino, solo un hombre a la vez sobre la tierra posee la plenitud de las llaves del sacerdocio, incluido el poder de sellamiento —que es el poder supremo en la tierra— (DyC 132:7). Adán fue el primero. “El sacerdocio fue conferido primero a Adán; él obtuvo la Primera Presidencia y retuvo las llaves de ella de generación en generación. . . . Las llaves deben ser traídas del cielo cada vez que el Evangelio es enviado.”⁵ En la Iglesia de Jesucristo posterior a la resurrección, el hombre que poseía las llaves fue Pedro; en 1836, cuando Elías apareció en el Templo de Kirtland, ese hombre fue José Smith; hoy, lo es el profeta viviente y presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Para ilustrar esta doctrina, el élder Boyd K. Packer relató una experiencia personal sumamente impresionante. En 1976, después de la conclusión de una conferencia de área en Copenhague, Dinamarca, él acompañó al presidente Spencer W. Kimball y a otros líderes de la Iglesia a visitar la Vor Frue Kirke, la iglesia donde se encuentran las estatuas del Cristo y de los Doce Apóstoles, esculpidas por Thorvaldsen. La estatua del Cristo se encuentra al frente del templo, detrás del altar, y las de los apóstoles a lo largo de los costados. El élder Packer recordó:

“La mayoría del grupo estaba cerca de la parte posterior de la capilla, donde el encargado, por medio de un intérprete, estaba dando algunas explicaciones. Yo estaba junto al presidente Kimball, el élder Rex Pinegar y el presidente Bentine, el presidente de estaca, frente a la estatua de Pedro. En su mano, representadas en mármol, hay un conjunto de llaves pesadas. El presidente Kimball señaló las llaves y explicó lo que simbolizaban.

“Luego, en un acto que nunca olvidaré, se volvió hacia el presidente Bentine y, con una severidad poco acostumbrada, le señaló con el dedo y le dijo con palabras firmes e impresionantes: ‘Quiero que digas a todos los luteranos de Dinamarca que ellos no poseen las llaves. ¡Yo poseo las llaves! ¡Nosotros poseemos las llaves verdaderas, y las usamos cada día!’

“Esa declaración y testimonio del profeta me impactaron de tal manera que supe que jamás lo olvidaría; la influencia fue poderosamente espiritual, y la impresión tuvo también un efecto físico en mí.

“Caminamos hacia el otro extremo de la capilla donde estaba el resto del grupo. Señalando las estatuas, el presidente Kimball dijo al amable encargado que nos mostraba el edificio: ‘Estos son los apóstoles muertos. Aquí tenemos a los apóstoles vivos.’ Señalándome a mí dijo: ‘El élder Packer es un apóstol.’ Luego designó a los demás y dijo: ‘El élder Monson y el élder Perry son apóstoles, y yo soy un apóstol. Somos los apóstoles vivos. Usted lee acerca de los setentas en el Nuevo Testamento, y aquí hay setentas vivos: el hermano Pinegar y el hermano Hales.’

“El encargado, que hasta ese momento no había mostrado ninguna emoción en particular, de repente se echó a llorar. . . . La palabra llave es simbólica. La palabra sellar es simbólica. Ambas representan, repito, la autoridad suprema sobre esta tierra para que el hombre actúe en el nombre de Dios.”⁶

Así, la plenitud de la autoridad del sacerdocio incluye el poder de sellamiento. El poder de sellamiento es la autoridad más alta y el poder más grande sobre la tierra. Aunque Satanás libra una guerra total contra la rectitud, especialmente contra las familias justas en esta tierra, el poder de Dios —el poder del sacerdocio— es infinitamente mayor. El poder de sellamiento vencerá a todos los enemigos: el pecado, la muerte, el infierno y el diablo.

Algunos aspectos inherentes al poder de sellamiento del sacerdocio son más perceptibles y evidentes que otros. Un aspecto dramático y visible es el control sobre los elementos: el sellar y desatar los cielos, y el invocar o revocar la sequía (véase 1 Reyes 17:1; 18:41–45; Helamán 10:7; 11:5). Así, el poder de sellamiento otorga a quien lo posee poder sobre todas las cosas en la tierra, así como el derecho y la capacidad de que sus acciones sean reconocidas y ratificadas en los cielos por el Padre.⁷ Es asombroso comprender que el sellamiento de esposos, esposas e hijos se realiza mediante el mismo poder que puede cerrar los cielos o cambiar los elementos de la tierra.

Una vez sellados, el esposo, la esposa y los hijos cambian: pertenecen los unos a los otros. De una manera que no podemos explicar científicamente ni comprender por completo, el poder de sellamiento une de forma inseparable a un esposo, una esposa y sus hijos por la eternidad. El poder de sellamiento es un poder real en el universo. Afecta los elementos físicos; los transforma, ya sean los cielos, el clima, las aguas o los mares, o el vínculo eterno de las familias. El poder de sellamiento, que se pone en vigor mediante el Espíritu Santo (DyC 132:7), es semejante a los otros poderes que están bajo el control del tercer miembro de la Deidad. El élder James E. Talmage explicó:

“En la ejecución de estos grandes propósitos, el Espíritu Santo dirige y controla las diversas fuerzas de la naturaleza, de las cuales, en verdad, unas pocas —y quizás estas de orden menor, por maravillosas que parezcan al hombre— han sido hasta ahora investigadas por los mortales. La gravitación, el sonido, el calor, la luz y el poder, aún más misterioso y aparentemente sobrenatural, de la electricidad, no son sino los siervos comunes del Espíritu Santo en Sus operaciones.

“Ningún pensador sincero, ningún investigador verdadero supone que haya aprendido ya todas las fuerzas que existen y operan sobre la materia; en verdad, los fenómenos observados de la naturaleza, que todavía le son totalmente inexplicables, superan con creces en número a aquellos para los cuales ha ideado siquiera una explicación parcial. Hay poderes y fuerzas al mando de Dios con los cuales la electricidad se compara con el caballo de carga frente a la locomotora, el mensajero a pie frente al telégrafo, la balsa de troncos frente al barco de vapor. Con todo su conocimiento científico, el hombre sabe muy poco acerca de la maquinaria de la creación; y, sin embargo, las pocas fuerzas que conoce han producido milagros y maravillas que, de no haber sido realmente realizadas, estarían más allá de toda creencia. Estas poderosas agencias —y otras aún más poderosas, desconocidas para el hombre, y muchas, quizás, incognoscibles para la condición actual de la mente humana— no constituyen al Espíritu Santo, sino que son las agencias ordenadas para servir a Sus propósitos.”⁸

Una analogía que ilustra el tipo de fuerza que el poder de sellamiento puede ejercer proviene de una enseñanza del profeta José Smith. Él habló del efecto físico del Espíritu Santo sobre las personas que no son descendientes literales de Abraham y señaló que “cuando el Espíritu Santo cae sobre uno de la simiente literal de Abraham, es calmo y sereno . . . mientras que el efecto del Espíritu Santo sobre un gentil es purgar la sangre vieja y hacerlo realmente descendiente de Abraham.”⁹ De manera paralela, si los diversos poderes y fuerzas que emplea el Espíritu Santo pueden cambiar la naturaleza o las características de la materia física —incluyendo la sangre o los elementos—, ciertamente el efecto de los poderes de sellamiento sobre los miembros de una familia específica es más que meramente metafórico.

Por esta sola razón, los poderes de sellamiento deben ser protegidos y resguardados, y usarse únicamente bajo la dirección del presidente de la Iglesia. En cierto sentido, somos como niños que comienzan a involucrarse con poderes y fuerzas que no comprendemos plenamente. El poder de sellamiento es sumamente sagrado, y su uso, el más serio y solemne.

Otro aspecto del poder de sellamiento del sacerdocio es la capacidad del siervo autorizado del Señor para sellar a hombres y mujeres para vida eterna, para realizar una ordenanza que les conceda la vida eterna una vez que pasen más allá de la mortalidad, “para poner un sello sobre ellos, de modo que no importe lo que suceda en el mundo, ni cuánta desolación azote la tierra, aun así serán salvos en el día del Señor Jesús” (véase DyC 88:84–85; 109:38, 46; 124:124; 131:5; 132:19, 46, 49).¹⁰ El élder Bruce R. McConkie añadió esta observación significativa:

“Dado que estas bendiciones de sellamiento se confieren por la imposición de manos de aquellos que poseen las llaves de este poder, se sigue que la descripción de Juan acerca de colocar un sello en la frente no es solo una imagen apocalíptica, sino una descripción literal de lo que sucede. Sin embargo, como ocurre con otras cosas sagradas, el diablo tiene un sello sustituto que colocar; él también pone una marca en las ‘frentes’ de sus seguidores (Apocalipsis 13:16–18).”¹¹

El sellamiento de hombres y mujeres (parejas) para vida eterna está supeditado a la fidelidad continua en la mortalidad a lo largo del tiempo, después de su matrimonio en el templo, y no es automático ni inherente a la ceremonia matrimonial cuando una pareja se casa por primera vez en el templo, como las instrucciones del templo dejan en claro. El presidente José Fielding Smith declaró: “Las bendiciones pronunciadas sobre las parejas en relación con el matrimonio celestial están condicionadas a la fidelidad posterior de las partes participantes.”¹²

De hecho, la exaltación llega como resultado de una lealtad comprobada al Señor y a Su reino “a toda costa.”¹³ El profeta José Smith no solo describió el tipo de devoción completa a la rectitud que se requiere para recibir esta bendición suprema, sino que también nos mostró el camino.¹⁴ En 1843, después de años de servir al Señor a toda costa, José escuchó al Señor decirle:

“Porque yo soy el Señor tu Dios, y estaré contigo aun hasta el fin del mundo, y por toda la eternidad; porque de cierto te sello tu exaltación y te preparo un trono en el reino de mi Padre, con Abraham tu padre” (DyC 132:49).

Con respecto al resto de nosotros, el Señor indica en Doctrina y Convenios 50:5 que, ya sea que tal garantía se reciba antes de la muerte o después de que la mortalidad haya concluido, no hace ninguna diferencia. El resultado es el mismo: la exaltación. Por eso es tan importante que todos nosotros perseveremos fiel, paciente y alegremente hasta el fin de nuestra vida mortal.

En cierto modo, la investidura del templo es una preparación para la ordenanza de sellamiento del matrimonio eterno, la cual, a su vez, es una preparación para la promesa de vida eterna, preparatoria para la realización de la exaltación. El propósito de esta vida es tener más vida. Y todo lo que experimentamos en la mortalidad es preparatorio para la vida eterna. Esta vida mortal es, en verdad, “el tiempo para que los hombres se preparen para comparecer ante Dios” (Alma 34:32; énfasis añadido). Y el templo es el gran preparador, o maestro. Las promesas de nuestro Padre Celestial a lo largo del camino son firmes y seguras; nos infunden esperanza creciente, fortalecen nuestra fe en un Padre amoroso y en un Hijo compasivo, y aumentan nuestro amor por Ellos.

Más aún, de saber que los poderes de sellamiento están en pleno funcionamiento en nuestro favor surgen una gran paz, una seguridad emocional profunda y un deseo creciente de guardar los convenios del Señor. Pensemos en el consuelo que reciben los padres e hijos durante los momentos de prueba o tragedia al saber que nada —ni en el cielo ni en la tierra, ninguna persona ni circunstancia— puede separar a las familias que han sido selladas en el templo por la eternidad. Solo una rebelión desenfrenada y no arrepentida contra Dios por parte de miembros individuales de la familia puede causar un daño duradero a nuestras familias. Permítanme compartir un ejemplo personal.

Mis padres se unieron a la Iglesia más adelante en su vida matrimonial, poco antes de que nacieran mi hermana y yo. Varios años después, cuando yo tenía diez años, viajamos desde nuestro hogar en Colorado hasta el Templo de Salt Lake y fuimos sellados como familia. Recuerdo algunos de los detalles de aquel día, pero lo que tengo grabado indeleblemente en la mente es la imagen de mi padre y mi madre, vestidos de blanco, arrodillados alrededor de un altar, mi hermana y yo a sus costados, tomados de la mano con una mujer mayor a quien no conocía. Luego supe que actuaba como representante. Yo había olvidado (si es que alguna vez lo supe) que una pequeña niña había nacido entre mi nacimiento y el de la hermana con la que crecí. No estaba acostumbrado a ver a mis padres derramar lágrimas, pero ese día las lágrimas fluyeron libremente. Llegué a comprender que eran lágrimas de felicidad (lo cual aún me parece una de las ironías más bellas de la naturaleza). Aquella sensación de felicidad abrumadora se intensificó al percibir que todos los demás en el templo ese día y, más tarde, en nuestro barrio, estaban verdaderamente felices por nosotros.

Cuatro años después, mi padre murió inesperadamente. Durante varios días estuve inconsolable. Más tarde, algunos amigos de la familia le dijeron a mi madre (y a mí) que por un tiempo estuvieron sumamente preocupados por mi estado. Recuerdo lo mal que me sentía… hasta que un día vino a mi mente el pensamiento de que habíamos sido sellados como familia. No todo estaba perdido si me esforzaba diligentemente por vivir como me habían enseñado. Aún había dolor, pero podía soportarlo y comprenderlo. Esos pensamientos y sentimientos acerca del templo y del poder de sellamiento cambiaron mi vida. Aun ahora, la mayor parte del tiempo no están lejos de mi conciencia. Cuando regresé al templo —al Templo de Salt Lake, de hecho— justo antes de partir para mi servicio misional de tiempo completo, sentí que había regresado a casa.

Doy testimonio de que el conocimiento del poder de sellamiento del sacerdocio puede bendecirnos tanto ahora como en la eternidad. Ese conocimiento se convirtió en un ancla para un niño inquieto y desorientado hace muchos años.


Notas

  1. Packer, “The Holy Temple,” Ensign, febrero de 1995, 34.
  2. McConkie, Mormon Doctrine, 683.
  3. Smith, Doctrines of Salvation, 2:111–12.
  4. Smith, Teachings of the Prophet Joseph Smith, 337.
  5. Smith, Teachings of the Prophet Joseph Smith, 157.
  6. Packer, Holy Temple, 83–84.
  7. Smith, Doctrines of Salvation, 2:117.
  8. Talmage, Articles of Faith, 145–46.
  9. Smith, Teachings of the Prophet Joseph Smith, 149–50.
  10. McConkie, Mormon Doctrine, 683.
  11. McConkie, Mormon Doctrine, 683.
  12. Smith, Doctrines of Salvation, 2:46.
  13. Smith, Teachings of the Prophet Joseph Smith, 150.
  14. Smith, Teachings of the Prophet Joseph Smith, 149–51.
Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario