Adoración en el Templo


Llegar a Ser como Nuestro Padre Celestial


A través de los poderes selladores del santo sacerdocio, todos los que participan en la adoración en el templo (a ambos lados del velo) tienen la promesa de que pueden llegar a ser como nuestro Padre Celestial.

La doctrina de la deificación —que podemos llegar a ser como Dios y herederos de todas las cosas que poseen nuestros Padres Celestiales— es quizá la doctrina más grandiosa, poderosa, audaz y sagrada asociada con la restauración de todas las cosas en esta dispensación de la plenitud de los tiempos. Es una doctrina que debe ser reverenciada y protegida. Pensar que podemos llegar a ser poseedores de los mismos poderes y bendiciones que la Deidad, los Seres supremos del universo, es incomprensible en su totalidad para nuestras mentes finitas. Pero eso es exactamente lo que nos dicen las promesas asociadas con la ordenanza selladora del matrimonio eterno. Estas son las palabras del Señor:

Y además, de cierto os digo, si un hombre se casa con una mujer por mi palabra, que es mi ley, y por el nuevo y sempiterno convenio, y les es sellado por el Espíritu Santo de la promesa, por aquel que ha sido ungido, a quien he nombrado este poder y las llaves de este sacerdocio… será hecho para ellos en todas las cosas que mi siervo haya puesto sobre ellos, en el tiempo y por toda la eternidad; y será de plena validez cuando estén fuera del mundo; y pasarán por los ángeles y los dioses que están allí, hacia su exaltación y gloria en todas las cosas, conforme ha sido sellado sobre sus cabezas, cuya gloria será una plenitud y una continuación de las simientes para siempre jamás.

Entonces serán dioses, porque no tendrán fin; por tanto, serán desde la eternidad hasta la eternidad, porque continúan; entonces estarán por encima de todo, porque todas las cosas les estarán sujetas. Entonces serán dioses, porque tienen todo poder, y los ángeles les estarán sujetos. (DyC 132:19–20)

Por medio de la explicación inspirada de los profetas, sabemos que ninguno de nosotros obtendrá la exaltación individualmente, por sí solo. Como aprendemos en el templo, la exaltación es una empresa conjunta que involucra a un hombre, una mujer y al Señor:

Si deseáis la salvación en su grado más pleno, es decir, la exaltación en el reino de Dios, para que podáis llegar a ser sus hijos e hijas, debéis entrar en el templo del Señor y recibir estas santas ordenanzas que pertenecen a esa casa y que no pueden obtenerse en otro lugar. Ningún hombre recibirá la plenitud de la eternidad, de la exaltación, solo; ninguna mujer recibirá esa bendición sola; sino que el hombre y la mujer, cuando reciban el poder sellador en el templo del Señor, si después guardan todos los mandamientos, pasarán a la exaltación y continuarán y llegarán a ser como el Señor. Y ese es el destino de los hombres; eso es lo que el Señor desea para sus hijos.¹

Amo esas palabras. Llegar a ser dioses es el destino de los exaltados: “Todas las cosas son suyas” (DyC 76:59). El presidente Joseph Fielding Smith, décimo presidente de la Iglesia, no se anduvo con rodeos en su descripción de la exaltación. En lo que quizá sea la declaración más audaz, clara y concisa sobre las implicaciones de esta doctrina, él dijo:

El Padre nos ha prometido que, mediante nuestra fidelidad, seremos bendecidos con la plenitud de su reino. En otras palabras, tendremos el privilegio de llegar a ser como Él. Para llegar a ser como Él debemos poseer todos los poderes de la divinidad; así, un hombre y su esposa, cuando sean glorificados, tendrán hijos espirituales que finalmente irán a una tierra como esta en la que estamos y pasarán por el mismo tipo de experiencias, estando sujetos a las condiciones mortales, y si son fieles, entonces ellos también recibirán la plenitud de la exaltación y participarán de las mismas bendiciones. No hay fin para este desarrollo; continuará por la eternidad. Llegaremos a ser dioses… Tendremos una eternidad sin fin para lograrlo.²

Esta sagrada promesa del Padre hacia nosotros se hace mediante “un juramento y convenio que no puede ser quebrantado”.³ Debemos tratar esta promesa con gran reverencia.

Las implicaciones de los comentarios del presidente Smith son significativas, pues nos enseñan no solo que podemos llegar a ser como Dios es, sino también que tenemos la eternidad para alcanzar esa meta. De hecho, esto es lo que el profeta José Smith enseñó hacia el final de su ministerio mortal:

He aquí, entonces, la vida eterna: conocer al único Dios sabio y verdadero; y vosotros debéis aprender cómo llegar a ser dioses vosotros mismos, y ser reyes y sacerdotes para Dios, lo mismo que todos los dioses lo han hecho antes que vosotros, es decir, yendo de un grado pequeño a otro, y de una capacidad menor a una mayor; de gracia en gracia, de exaltación en exaltación, hasta que lleguéis a la resurrección de los muertos, y podáis morar en las llamas eternas, y sentaros en gloria, como lo hacen aquellos que se sientan entronizados en el poder eterno. Y quiero que sepáis que Dios, en los últimos días, mientras ciertos individuos proclaman su nombre, no está jugando con vosotros ni conmigo.⁴

Esta es una doctrina desafiante para algunos, como reconoció el Profeta.⁵ Pero él no se retractó de ella. El 16 de junio de 1844, apenas unos días antes de su martirio, en el bosque de árboles al este del Templo de Nauvoo, el profeta José ofreció una aclaración al texto de la versión del Rey Santiago de Apocalipsis 1:6, que dice: “Y [Jesucristo] nos hizo reyes y sacerdotes para Dios y su Padre: a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén.” En junio de 1844, José quiso dar a conocer toda la verdad acerca de Dios y de la oportunidad de los santos de llegar a ser como Él. Dijo sobre este texto de la versión del Rey Santiago:

Está completamente correcta la traducción. Ahora bien, sabéis que últimamente algunos hombres maliciosos y corruptos han surgido y han apostatado de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, y declaran que el Profeta cree en una pluralidad de Dioses… Así se lee en el [libro de] Apocalipsis; por lo tanto, la doctrina de la pluralidad de Dioses es tan prominente en la Biblia como cualquier otra doctrina… Pablo dice que hay muchos dioses y muchos señores… Si Jesucristo fue el Hijo de Dios, y Juan descubrió que Dios, el Padre de Jesucristo, tenía un Padre, podéis suponer que Él también tuvo un Padre. ¿Dónde hubo jamás un hijo sin padre? ¿Y dónde hubo jamás un padre sin haber sido primero un hijo?⁶

José Smith enseñó la verdad y fue condenado por algunos a causa de ello. Pero la verdad no pudo ser destruida con él. Gracias a él sabemos que estamos siguiendo un grandioso modelo mientras procuramos aferrarnos a las bendiciones de Dios y progresar hasta llegar a ser como Él. Otros antes que nosotros siguieron este mismo patrón. Esto es, en parte, lo que significa la frase escritural: el “curso [de Dios] es un giro eterno” (DyC 3:2; 35:1; véase 1 Nefi 10:19; Alma 7:20).

Muchos otros apóstoles y profetas han confirmado la validez tanto de la pluralidad de dioses como de la gran promesa de que el hombre puede llegar a ser como Dios es. Tal vez la afirmación de esta doctrina que se cita con mayor frecuencia es el pareado de Lorenzo Snow, quinto presidente de la Iglesia:

Así como el hombre es ahora, Dios una vez fue;
Así como Dios es ahora, el hombre puede llegar a ser.⁷

El presidente Snow indicó que esta comprensión le fue revelada por inspiración. Y aunque los Santos de los Últimos Días han sido criticados e incluso acusados de blasfemia por creer tales cosas, toda la noción de la deificación (en griego, theosis) tiene una historia muy larga que nos remonta al Antiguo Testamento. Moisés, por ejemplo, fue hecho “dios [‘elohim] para Faraón” (Éxodo 7:1). Más tarde, el salmista escribió: “Yo dije: Vosotros sois dioses [‘elohim]” (Salmo 82:6). Se informa por Juan que Jesús citó precisamente este pasaje a un grupo de judíos que estaban a punto de apedrearlo (Juan 10:34). De hecho, algunos eruditos no Santos de los Últimos Días han argumentado que “el corpus joánico es un testimonio especialmente rico de la theosis (Juan 3:8; 14:21–23; 15:4–8; 17:21–23; 1 Juan 3:2; 4:12). Comentando sobre ‘Juan el Teólogo’ y sus numerosas referencias a nuestra unión con Dios, Pedro de Damasco invoca la autoridad del mismo Cristo: llegamos a ser ‘dioses por adopción mediante la gracia’, y, habiendo alcanzado la impasibilidad, ‘tenemos a Dios dentro de nosotros—como el mismo Cristo nos ha dicho.’”⁸

Otro texto del Nuevo Testamento que indica que la Iglesia primitiva poseía una profunda comprensión del destino del hombre de llegar a ser como Dios se encuentra en 2 Pedro 1:4: “Por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina.”

No encontramos que esta profunda comprensión de la doctrina de la deificación se haya perdido al dejar atrás el Nuevo Testamento. Más bien, esta es “repetida por los padres y los teólogos de todas las épocas,”⁹ especialmente por los escritores postapostólicos. Ireneo, un teólogo del siglo II y destacado líder eclesiástico de su tiempo, se asemeja a Lorenzo Snow en su testimonio: “Si el Verbo se hizo hombre, fue para que los hombres pudieran llegar a ser dioses.”¹⁰ También en el siglo II, Clemente de Alejandría escribió: “Sí, digo, el Verbo de Dios se hizo hombre para que tú pudieras aprender de un hombre cómo llegar a ser un dios,”¹¹ lo cual, nuevamente, es un paralelo con el pareado del presidente Snow. Y finalmente, el apologista del siglo II Justino Mártir declaró que los hombres “fueron hechos semejantes a Dios, libres del sufrimiento y de la muerte… considerados dignos de llegar a ser dioses y de tener poder para llegar a ser hijos del Altísimo.”¹²

Estos prominentes escritores vivieron dentro de un siglo de los apóstoles originales y probablemente pudieron rastrear sus creencias fundamentales hasta los mismos testigos fundacionales. En otras palabras, la doctrina de la deificación no era una creencia radical ni marginal. Formaba parte del núcleo de la convicción cristiana primitiva.

La doctrina de llegar a ser como Dios no desapareció después del siglo II, ni fue ignorada. De hecho, recibió un poderoso respaldo, como vemos en dos de los más célebres teólogos medievales de la Iglesia Católica Romana: Atanasio (de quien proviene el Credo Atanasiano) y el incomparable Agustín.

El primero dio al mundo lo que ha llegado a conocerse como el epigrama atanasiano, anticipando a Lorenzo Snow por mil quinientos años: “Dios se hizo hombre para que los hombres pudieran llegar a ser dioses.”¹³ Atanasio amplió su aforismo de esta manera: “El Verbo se hizo carne a fin de que pudiésemos ser hechos dioses… Así como el Señor, al revestirse del cuerpo, se hizo hombre, también nosotros, los hombres, somos deificados por medio de su carne, y de ahora en adelante heredamos la vida eterna.”¹⁴

A Agustín se le considera uno de los pensadores más influyentes de la civilización occidental, quizá uno de los dos o tres teólogos más grandes en la historia del pensamiento cristiano. Él articula la doctrina de la deificación como si hubiera sido instruido por los Santos de los Últimos Días: “Pero el mismo que justifica también diviniza, porque al justificar hace hijos de Dios. ‘Porque les dio potestad de ser hechos hijos de Dios’ [Juan 1:12]. Si, pues, hemos sido hechos hijos de Dios, también hemos sido hechos dioses.”¹⁵

Podrían citarse muchos otros testigos para afirmar la antigüedad y la centralidad de la doctrina de llegar a ser como Dios—de llegar a ser dioses mediante el evangelio de Jesucristo. El cristianismo ortodoxo oriental ha abrazado esta doctrina desde su establecimiento oficial en el año 1054 d.C. En tiempos modernos, los teólogos sinceros no han podido ignorar el principio bíblico de que Dios siempre ha tenido la intención de hacer de sus hijos herederos de todo lo que Él posee (Romanos 8:14–18; Gálatas 4:7).

Uno de los comentaristas no Santos de los Últimos Días más famosos sobre la doctrina de la deificación en tiempos recientes ha sido C. S. Lewis, clérigo anglicano y profesor de Oxford. Fue un profundo pensador cristiano y un prolífico escritor que reflexionó intensamente sobre las implicaciones de las promesas de Dios en la Biblia: “Es algo serio vivir en una sociedad de posibles dioses y diosas, recordar que la persona más aburrida y menos interesante con la que puedes hablar puede un día llegar a ser una criatura que, si la vieras ahora, sentirías una fuerte tentación de adorar.”¹⁶

El profesor Lewis creía firmemente que Jesucristo vino al mundo para ayudar a cada uno de nosotros a llegar a ser un hijo o hija de Dios y también “un pequeño Cristo.”¹⁷ Así, en palabras que se asemejan estrechamente a las del presidente Snow y a las de los primeros Padres de la Iglesia, Lewis dijo: “El Hijo de Dios se hizo hombre para capacitar al hombre a convertirse en hijo de Dios.”¹⁸ Luego, en lo que quizá sea su declaración más completa acerca de que los seres humanos pueden llegar a ser dioses, Lewis describe lo que realmente significa el mandato bíblico de “sed perfectos”:

“El mandamiento Sed perfectos no es una ilusión idealista. Tampoco es una orden de hacer lo imposible. Él nos va a transformar en criaturas que puedan obedecer ese mandamiento. Dijo (en la Biblia) que éramos ‘dioses’, y cumplirá sus palabras. Si lo permitimos —porque podemos impedirlo, si así lo elegimos—, Él hará de los más débiles y más impuros de nosotros un dios o una diosa, una criatura deslumbrante, radiante, inmortal, palpitante de tal energía, gozo, sabiduría y amor como no podemos ahora imaginar, un brillante espejo sin mancha que refleje perfectamente a Dios (aunque, por supuesto, en una escala menor) su propio poder, deleite y bondad infinitos. El proceso será largo y, en parte, muy doloroso; pero para eso estamos aquí. Nada menos. Él quiso decir lo que dijo.”¹⁹

Quizá el mayor poder de nuestro Padre Celestial sea su capacidad para elevar a sus hijos al nivel y tipo de vida que Él mismo disfruta. Su poder se convierte en nuestro poder, pero solo llega a nosotros mediante la expiación de Jesucristo y las ordenanzas selladoras del sacerdocio administradas en los templos dedicados del Señor. Dios realmente quiso decir lo que dijo, como declaró C. S. Lewis, pero eso solo puede cumplirse en los templos del Señor. No es de extrañar que los templos deban mantenerse sagrados. Nada menos podría servir como depósito del don supremo y del mayor poder del universo: el lugar donde la divinidad se enseña a los hijos e hijas de los Padres Celestiales y se les confiere. Una vez que hemos ido al templo, nosotros, como los antiguos, confesamos que somos claramente extranjeros y peregrinos sobre la tierra, en espera de la llegada a la destinación prometida (Hebreos 11:13).


Notas

  1. Smith, Doctrines of Salvation, 2:44.
  2. Smith, Doctrines of Salvation, 2:48.
  3. Smith, Doctrines of Salvation, 2:35.
  4. Smith, Teachings of the Prophet Joseph Smith, 346–47.
  5. Smith, Teachings of the Prophet Joseph Smith, 345.
  6. Smith, Teachings of the Prophet Joseph Smith, 369–71, 373.
  7. Snow, “Devotion to a Divine Inspiration,” Improvement Era, junio de 1919, 656.
  8. Clendenin, Eastern Orthodox Christianity, 126.
  9. Clendenin, Eastern Orthodox Christianity, 127.
  10. Ireneo, Against Heresies 5, prefacio, citado en Clendenin, Eastern Orthodox Christianity, 127.
  11. Clemente de Alejandría, Exhortation to the Gentiles 1, citado en Robinson, Are Mormons Christians?
  12. Justino Mártir, Dialogue with Trypho, 124, citado en Robinson, Are Mormons Christians?
  13. Citado en Clendenin, Eastern Orthodox Christianity, 127.
  14. Atanasio, Against the Arians39; 3.34, citado en Robinson, Are Mormons Christians? 61.
  15. Agustín, On the Psalms, 50:2, citado en Robinson, Are Mormons Christians?
  16. Lewis, Weight of Glory and Other Addresses, 39.
  17. Lewis, Mere Christianity, 154.
  18. Lewis, Mere Christianity, 155.
  19. Lewis, Mere Christianity, 176.
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